I
Sonríe, poeta del dolor, sonríe;
ya tu ensueño de amores ha triunfado
en una luminosa apoteosis
al pié del tabernáculo.
Por los mismos dolores que sufríste,
por lo que has de sufrir seca tu llanto,
y a la pálida novia que a tí viene,
sedienta de tu amor, abre los brazos.
A tu puerta ha llegado sonriente,
como una virgen rústica, temblando,
a ahuyentar tus tristezas dolorosas
con la caricia de sus dedos blancos.
Cierra al dolor tu corazón, poeta;
para las dichas guárdalo;
ahuyenta los fantasmas de las penas
que hoy sólo la alegría ha de ocuparlo.
Deja la puerta de tu estancia abierta
al paso del amor y obra el milagro
de tu resurrección inesperada
con la consolación de lo esperado.
Ya la pálida novia que esperabas
en busca de tus brazos ha llegado
a enfriar los ardores de tu carne
y a calentar las nieves de tu tálamo.
El juego de sus dedos ha deshecho
el trenzado de sedas del peinado
y la luz moribunda de tu lámpara
al soplo de su aliento se ha apagado.
Sonríe, poeta del dolor, sonríe;
la hora de los besos ha sonado...