Llueve torrencialmente, y el chubasco
es tan pródigo en agua que sepulta
los caminos en lodo. El sol se oculta
tras cortinas de nubes. De un peñasco,
dando tumbos, despéñase un torrente:
entre un choque ruidoso de guijarros
y un murmullo de roce de chinarros
se desliza del río en la corriente.
Vuelve a lucir el sol. La lluvia es fina
como agujas de plata, en cuyos ojos
ténues hilos de oro el sol enhebra;
pero quiere bordar, en sus antojos,
un capricho en el agua cristalina
y las agujas y los hilos quiebra.
1919.