¡Feliz el alma que la Cruz adora,
siguiendo, amante, de Jesús la huella!
¡Feliz el que la mira cuando llora!
¡Aparece, entre lágrimas, tan bella!
¡Feliz quién llega a su postrera hora
de pies y manos enclavado en ella,
y espira donde Dios espirar quiso,
y pasa de la Cruz al Paraíso...!