¿Quién se arrojó a tus pies, que no sintiera
la pasión sosegarse que le agita?
¿Quién no halló en ti la calma verdadera
que anhela el pecho que de amor palpita?
¿Quién no querrá abrazarte, oh Cruz bendita?
¿Quién morirá, si en tu virtud espera,
hacecillo de mirra regalado,
que nos dejó en recuerdo nuestro amado?