En la pequeña estancia, la luz pálida
alumbra al reo; fuera,
la dormida ciudad con su pesado
silencio de necrópolis desierta...
Quedan horas no más... Ya es el instante
en que todo refluye a la conciencia;
en que, a través de todos los recuerdos,
y todos los amores y quimeras,
el alma quiere mucho más la vida,
porque la muerte más y más se acerca...
¡Hora sombría en que sudó con sangre
el mismo Cristo en la sagrada huerta...!
Quedan horas no más para el martirio.
El alma que ya acecha,
es el alma que quiere nubes rojas,
pero rojas con sangre de las venas.
Cada minuto ya la va acercando,
fatal inevitable... El reo espera,
vibrante el corazón, opresa el alma,
pero tranquilo el rostro y la conciencia.
Allí quedan "sus padres; sus hermanos,
en el perdido hogar"; más allá deja
"a la dulce extranjera, su alegría",
y sobre todo amor, su "amada" tierra.
¡Oh, la tierra de todos sus encantos,
la idolatrada tierra,
"dolor de sus dolores" de patriota
y sueños de sus sueños de poeta!
Rápidos, en tropel, sólo a su nombre,
como nubes compactas de tormenta,
luchas, melancolías, desalientos,
acuden, se avalanzan, se atropellan
y llenan el espíritu del reo,
resanando ecos de perdidas épocas
con la dulce quimera de una patria
que resurge triunfante de la ciénaga.
Era la patria que llenó su vida.
Como santa promesa,
allá, en la proscripción, brilló animando
su corazón de bronce a la pelea.
Lo recordaba: desolado, loco,
la vió llorar, se estremeció a sus quejas,
y sintióse morir con sus angustias,
y sintióse ahogarse con sus penas...
Nadie estaba en redor; ¡nadie...! tan sólo
unas sombras muy lúgubres, muy densas,
unas sombras que todo lo envolvían,
porque la podre horrible no se viera.
Y fué entonces. Cual vívido relámpago
horadó las tinieblas
el rayo de su noble pensamiento,
despertando a las masas. Tronó recia
su voz de apóstol, y el enjambre mudo
de ilotas escuchó:--"¡La patria es esta!"
¡Sólo entonces cayeron de rodillas!
¡sólo entonces supieron conocerla...!
Corrió en la multitud hervor de fuego,
eléctrica explosión de vida nueva,
un ansia de elevar aquella patria
al bello Sinaí de las grandezas.
Y estalló fragorosa la borrasca...
Hoy, desde aquella celda,
parece percibir rumor de lucha
encarnizada, pertinaz, violenta.
¡Son los cruzados de Simoun que acuden
y se lanzan pujantes a la arena,
son los nobles ilusos que pretenden
ascender hasta el triunfo de su idea
con el vuelo del águila gloriosa,
sin otras alas que su fé sin mengua...!
¡No caerán como Icaro!--está escrito--:
¡Los que van con la patria siempre llegan!
El llegaba también. La noche huía,
y con palidez tétrica
la luz temblaba sus fulgores últimos
envueltos en la agónica tristeza.
Oye el reo anhelante... ¡Ya es el alba!
¡Son los soldados que a llevarle llegan!
¡Es la hora tenebrosa de la muerte...!
¡La muerte misma que fatal se acerca!
Todo se pierde en el horrible caos
del cerebro estallante, y sólo encuentra
--¡luz única!---la patria por quién muere,
triunfadora, sublime, resurrexa.