La lucidez de mi amoroso anhelo
entrevé tu límpida mirada,
que a través de las sombras de tu velo
me hiere el corazón como una espada.
Marchando, silenciosa y recatada,
hacia el altar, con religioso celo,
pareces una virgen arrancada
de las alturas del divino cielo.
La nieve de tu frente se ilumina
cuando el ungido tu presencia acierta
y a darte el cuerpo de Jesús se inclina;
Mi adormecido corazón despierta,
y en tus hermosos ojos adivina
los mismos ojos de mi madre muerta.