Nace el niño.
Y su primer saludo
es un llanto inconsciente;
ni siente lo que llora
ni llora lo que siente.
Pero en los huecos que egoísta deja
el reir y llorar de su niñez,
deposita la mano del destino
la pólvora dormida,
y la oculta alegría
que explote en la tragedia
y en la comedia ria.
El drama ya ha empezado y sin sentirlo
un acto ha terminado.