EL DOLOR DE LAS CUARTILLAS VÍRGENES

Quedó sin nada en la mesa la inmaculada cuartilla,

y yo me dí en pensar hondo pidiendo una maravilla

a la luz chisporroteante de una candela amarilla

de pena... Quedó sin nada la inmaculada cuartilla.

Yo quise llenar el pliego, casto por sus resplandores,

de mis locuras de niño, de mis risas y dolores,

del aroma inolvidado de no sé qué santas flores,

y así convertir el pliego en libro de mis amores.

Era la noche de luna. Fuera decían los vientos

el suspiro milenario de sus plácidos lamentos.

En mi frente había un loco florecer de pensamientos

y de tristezas nocturnas... ¡Fuera lloraban los vientos!

Mis pobres quimeras iban rotas en el torbellino;

mis pies no tenían rumbo, ni mi espíritu destino;

pero allá lejos un niño, un niño ciego y divino,

me disparaba una flecha y me enseñaba el camino.

Tomé la pluma. En mi mano hubo temblores febriles,

miedo de no encarnar nunca en las palabras sutiles

la voz de mi vida; el miedo de un _bebé_ de cuatro abriles

a las brujas y los duendes de los cuentos infantiles.

¿Qué escribir? ¿Qué pensamientos consignar en aquel trozo

de papel? ¿Mis ilusiones? ¿La hora triste o la del gozo?

Miré dentro de mi vida y mi vida era un destrozo;

miré fuera, y desde fuera llegó a mí un hondo sollozo.

Solté el cálamo. Mi vida no me daba la respuesta;

no había una flor en toda la inmensidad de la cuesta;

mi fatiga siempre grande, la carga siempre molesta,

y en el aire ni el susurro de la más leve respuesta.

¿Qué escribir...? La tinta obscura del tintero era tristeza;

tristeza el silencio augusto de la gran Naturaleza,

y en medio de este dualismo de dolor y de aspereza,

se moría lo más triste de lo triste: mi cabeza.

Quedó sin nada en la mesa la cuartilla inmaculada.

Hundí en las manos mi frente ardorosa y quebrantada;

pedí al pábilo amarillo la lumbre de una mirada,

y en el fondo de mi vida no hubo nada, nada... nada.

¡Oh vacío de las almas...! ¡Oh negras horas tediosas

en que no hay para las manos que tiemblan divinas rosas,

ni para los ojos tristes un vuelo de mariposas

novias del sol...! ¡Oh infinita pesadumbre de las cosas!

Dejadme esta noche solo retroceder a mi cuna,

ver que la besa y la envuelve un suave rayo de luna;

no me arranquéis de los ojos una lágrima importuna...

¡Dejadme solo esta noche, que la noche está de luna!

Alcé mi frente. La vida no me daba su respuesta.

No había una flor en toda la inmensidad de la cuesta;

mi fatiga siempre grande, mi carga siempre molesta,

y los labios de mi musa no me daban la respuesta...

Y mientras yo meditaba sobre la virgen cuartilla,

penetró por mi ventana un ave de pesadilla;

yo pedí que me cantara un canto de maravilla,

y el ave mató la luz de la candela amarilla.

Quedó sin nada en la mesa la cuartilla inmaculada.

Hundí en las manos mi frente ardorosa y quebrantada;

busqué en mi cofre más íntimo alguna perla encantada,

y en el cofre de mi vida no hallé nada, nada... ¡nada...!

Septiembre, 1910.

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 100 / 368 题