_Ilang-ilang_ de los huertos filipinos,
donde aroman aurinegras mariposas
sus dos alas de colores vespertinos
cual flabeles para reinas voluptuosas;
_ilang-ilang_ de ramaje desmayado
--varillaje de verdosos parasoles--
tú eres fuerte por el beso que han dejado
en tu copa melodiosa muchos soles.
Son tus flores glaucos astros pensativos
y eres todo, cuando ondulas, incensario
ante el ara de los dioses primitivos
en el templo de algún bosque milenario.
Tu perfume, como un alma grande y sola,
ha pasado del terruño las fronteras;
y el prestigio que embellece tu corola
no lo olvidan las beldades extranjeras.
De sus áureos tocadores los cristales
--ostensorios de tu lírica fragancia--
reverdecen en los lechos virginales
un delirio que halló vida en la constancia...
_Ilang-ilang_, árbol patrio, suave y bello:
a tu sombra dicen cuentos y cariños
nuestras musas de negrísimo cabello
y alma ingenua como el alma de los niños.
Si tus hojas, bajo el ala de la brisa,
dan al aire de la noche madrigales,
no hay un labio que no enflore una sonrisa
ni una fuente que no azule sus cristales.
_Ilang-ilang_ que arrojaste tus corolas
en mis sendas a la luz del plenilunio:
¡cuántas almas que están tristes y están solas
han cubierto con tus flores su infortunio!
Y han creído que era un beso muy cercano
el suspiro de tus flores estelares,
y han gritado: "¡Ya, ya viene el beso hermano
a la herida que han abierto los pesares!"
Por tí, todo: por la gloria de tu esencia,
por tus hojas que alcatifan nuestra ruta,
por tu sombra, donde es buena la existencia
y pensamos que no es todo fuerza bruta.
Danos siempre con tu olor de primavera
un anhelo de ser libres como el viento,
que sacude tu fragante cabellera
y emborracha nuestra vida con su aliento.
_Ilang-ilang_ de los huertos filipinos
a que el alma de mis cánticos se abraza;
sé tú el árbol de verdores matutinos
que perfume las tristezas de mi raza.
Septiembre, 1909.