Cuando inclinan las flores sus corolas
sobre los tallos,
meditan sus pesares
y vierten llanto.
A las flores he oído muchas veces
gimiendo por lo bajo...
¿Tal vez entre sus pétalos el alma
hay de un enamorado?
¿Tal vez las mismas flores aun lozanas
reciban desengaños,
y tengan de amarguras y dolores
repletos los nectarios?
Yo no sé, yo no sé qué es lo que tienen,
pero ello es el caso
que cuando agita el aire sus corolas
suspiran por lo bajo...
¡Las flores son las almas de mujeres
que en la tierra su crimen no purgaron,
mujeres que murieron olvidadas
después que tanto amaron,
y ahora vagan sus almas
de unas flores a otras emigrando,
y en el crisol ardiente de sus penas
purifican las huellas del pasado...
¡No arranquemos jamás con mano brusca
una flor de su tallo:
las flores tienen alma; las he oído
gimiendo muchas veces por lo bajo...!
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Salí al campo cantando una mañana,
y vi sobre su alfombra
una siembra de gotas cristalinas,
de polícromas gotas.
¿Quién había llorado aquella noche?
¿Fueron, quizá, las sombras?
¿Fueron, quizá, los astros?
¿Fuera, quizá, la luna soñadora...?
No sé, no sé quién fuera,
pero lágrimas eran tales gotas;
lágrimas transparentes
y de luces radiantes como auroras...!
Dicen que tienen alma las estrellas;
mas, ¿por qué lloran?
Yo conozco esas lágrimas y juro
que son de penas hondas...
A veces, cuando el cielo está sereno
y la noche reposa,
levanto al firmamento la mirada
y pálidas las veo y ojerosas...!
¿Hay penas allá arriba?
Y si penas no hay, ¿por qué sollozan?
¡Las estrellas son almas
que vivieron errantes y azarosas,
informando unos cuerpos
de materia podrida y hedionda...!
Marzo, 1916.