¡Qué dulcemente en el eterno sueño
que en flor segó una vida sin agravios...!
La pálida escarlata de tus labios
que el rocío del alma humedecía,
los santos clavos del sagrado Leño
tenuamente teñía.
Contemplando tu faz agonizante,
contemplando impotente que arrastraba
mis venturas la Muerte en su fiereza,
"¡En tus manos, Señor,
encomiendo mi espíritu...!", clamaba
trémula de estupor
mi voz desesperante.
Dulcísima rendiste la cabeza
consumando espantoso sacrificio;
a la gloria ascendiste con presteza
para empuñar de la virtud la palma,
dejándome en el alma
mortal tortura, aterrador suplicio...
Tus despojos después enriquecieron
próvidas flores que en cercano día
en ánforas tus manos dispusieron,
las mismas que en tus últimos delirios
impetrabas la amable compañía.
Y verbenas y anémonas y lírios,
llenos de excelsitud y de poesía,
rociados con mi llanto
fueron contigo, ¡Emula!, al Camposanto...