Bien, aquí estoy, de cara al Universo,
Altivo el gesto y el mirar sereno;
Lanzando al viento mi sonoro verso,
De grato incienso y de perfumes pleno.
Desde mi alto sitial, indiferente,
Contemplo al pueblo que ante mi se inclina;
La pobre humanidad triste y doliente
Que por la senda del ideal camina.
Me encuentro solo, sin ningún recelo
A los Zoilos pedantes y ruines.
Yo tengo por bandera el ancho cielo,
Vibra mi voz en todos los confines.
Me inspiran compasión esos traidores
Que vallas van poniendo en mi camino,
Mi numen de centellas y fulgores
Les señala a cada uno su destino.
No me asusta el ladrido de los canes
Que celosos envidian de mi suerte;
Yo, como Cristo, repartiendo panes
Protejo al débil cuanto insulto al fuerte.
Soy el bardo rebelde que en sí encierra
Un corazón ingente y bondadoso;
Y mi verbo es de admonición y guerra
Que aplasta al necio vil, ruin y coloso.
No me espanta la voz del sordo trueno.
Yo no conozco el miedo ni el fracaso,
Mi alma es un sol de resplandores lleno...
Sobre la ignata muchedumbre paso.
¡Oh, musa, ven a mi! Dame tu aliento,
Que quiero hablar retando al orbe entero,
Y aunque el dolor me abrume el sentimiento
No he de soltar mi cítara de acero.
Me gusta combatir. Amo la lucha.
Me siento fuerte ante el cruel tirano,
Y al torpe que mi voz no atento escucha,
Castigo impío con nervuda mano.
¿Qué me importa lidiar?--Si tras la lidia
Me aguarda entre sus brazos la victoria.
¿Qué me importa que otros con perfidia
Quieran manchar mi nombre envuelto en gloria?
Detesto el odio, la traición y engaño
Y a aquellos quienes me odian los perdono;
Podrán viles hacerme todo daño,
Mas no me harán temblar en mi alto trono.
Por encima del odio y de la inquina,
Todos pregonan mi carácter noble.
Yo proclamo mi sangre filipina,
Y tengo la altivez del viejo roble.
He heredado mi roja rebeldía
De un valiente sultán invicto moro.
Es mi sola heredad, y a fe mía,
Yo la guardo como único tesoro...
1920.