En las postreras horas del crepúsculo,
cuando respira todo paz y calma,
y la tristeza reina en el ambiente
oloroso a sampagas...;
ese momento hermoso
del sol que se desmaya,
ocultando sus últimos fulgores
en las cumbres lejanas,
para dar paso a la plateada luna
que en luces se desata;
cuando pára el acento
de las corrientes mansas,
y de las ramas dormidas
descansan sosegadas
las _mayas_[15] que anhelantes sólo sueñan
en la pronta alborada
para lanzar de nuevo por los aires
la voz de su garganta;
cuando parece que la gente toda
el calor del hogar busca en sus casas,
gusta en estas horas de quietud solemne
mi fantasía alada
de remontarse hasta el azul del cielo
a regiones soñadas
donde no existen viles opresores,
ni pasiones funestas y malvadas.
[Nota 15: Pájaro diminuto, de dulce pio, abundante en los bosques
del país.]
Semejante ilusión mi mente crea
cuando en la imperial calma
de la tarde que muere lentamente,
cual la luz de una llama,
yo dejo en libertad mi pensamiento
que forja una añoranza;
sueño estar a tu lado, y es mi anhelo
y son mi dicha y mi alegría tantas
que con amor te llamo como un loco
buscando a la mujer que yo soñara
en un rato de ciego desvarío,
que con fervor pensaba,
recordando en el brillo de tus ojos
cual fulgor de alborada...
Mas, ¡nada!, esta ilusión, fugaz, ligera,
sólo es vana esperanza
que aumenta mi dolor y mi agonía
que me roba la calma,
y arranca de mis ojos melancólicos,
sinceras, fugitivas, muchas lágrimas.
Abril, 1919.