DOCUMENTO NÚM. 3

Pastoral del Arzobispo de Manila, de 26 de Abril de 1898, al romperse

las hostilidades entre los Estados Unidos y España.

Quodcumque volueritis petetis et

fiet vobis.--(_Joan._ 15, .7)

En estos momentos de prueba tenemos que intimaros, amados hijos, el

cumplimiento de dos deberes que os impone vuestra fe: el de orar y el de

combatir.

Un pueblo heterodoxo, poseído de negros rencores y de todas las pasiones

abyectas que la herejía engendra, trata de atacarnos: odia en nosotros

lo que más estimamos, que es nuestra Religión, la religión de nuestros

padres, que como preciada herencia nos legaron, y la que estamos

obligados á mantener incólume, aun á costa de nuestra sangre. Si, por

mal de nuestros pecados, permitiera Dios que el intento del enemigo

prosperase, la desolación y la ruina se extenderían sobre estos pueblos;

pronto ofrecerían el tristísimo espectáculo de sus templos derribados,

profanados los altares del Dios verdadero, arrollada nuestra Religión

por la muchedumbre de sectas que la bandera herética cobija: la paz de

los hogares y todo el bienestar de estos pueblos, congregados y

ennoblecidos con las prácticas y enseñanzas de la fe cristiana,

desaparecerían radicalmente á los impulsos del implacable odio que

nuestros enemigos profesan á la Religión y á las razas diferentes de la

suya.

Pero, no; el Señor no ha de permitir que triunfe la arrogancia de

nuestros enemigos. Nuestra causa es la de la justicia y de la Religión,

y por ello tendremos á Dios de nuestro lado. _Y si Dios nos favorece,

¿quien podrá hacernos frente?_--Confíe el enemigo en sus escuadras y en

sus tesoros; nosotros, amados hijos, guiados por la luz de la fe,

ponemos nuestra confianza en Dios, que ama la justicia y aborrece la

iniquidad, que humilla al soberbio y ensalza al humilde, y dispensa á su

arbitrio la victoria burlando los cálculos de la presunción humana. Que

no es el número de combatientes, ni el bélico aparato lo que decide las

batallas, sino la fortaleza del corazón, que desciende de lo alto: _de

coelo fortitudo est_.

Por ello, prosternados ante el Dios de los Ejércitos, elevaremos humilde

súplica diciendo con el Profeta: ¡Señor, ven en nuestra ayuda;

apresúrate á socorrernos; renueva hoy los prodigios que has obrado con

nuestros padres; ellos acudieron á Tí llenos de fe y esperanza, y

escuchaste sus votos; sobre ellos extendiste tu brazo poderoso, y los

salvaste; fuertes en la fe de tu palabra, pelearon pocos contra muchos,

y alcanzaron gloriosa victoria!

Lepanto y el mar de Mindoro son testigos: allí sucumbió la armada

soberbia que amenazaba á la Cristiandad; aquí fué abatido el orgullo de

la Nación heterodoxa que con furor sectario pretendía, á la vez que

humillar la bandera española, derramar sobre estos pueblos los

pestilentes errores de la herejía. Aquí y allá lucharon los valientes

soldados de la Fe contra ejércitos muy superiores en número, los cuales,

no obstante, fueron arrollados por los nuestros, transformados todos en

héroes por la soberana fortaleza que Dios les inspiró, como recompensa

al mérito de santas oraciones. Oró España, oró Filipinas, oraron

nuestros soldados; desplegados los estandartes de María en las naves de

Lepanto y en los improvisados galeones de Cavite, la confianza no

reconoció límites; la oración del Rosario, elevada al Cielo por manos de

María, fué prenda segura de victoria. Por eso, después del triunfo, la

Virgen del Rosario fué aclamada Virgen de las victorias.

Bastarán, amados hijos, no lo dudamos, hechos tan persuasivos de la

eficacia de la oración, para que no oigais con indiferencia la

intimación que os hacemos de orar. En todo tiempo incumbe á todos la

obligación de hacerlo, porque en todo tiempo necesitamos de los divinos

auxilios para vencer los enemigos interiores y exteriores que nos

rodean; pero es más apremiante esta obligación, cuando, como ahora

acontece, el Señor en sus justos juicios nos somete á la prueba de

públicas calamidades. Tan grave como es la obligación de afrontarlas con

resignación y cristiano esfuerzo, es la que tenemos de orar, puesto que,

la oración es el medio que Dios, en su amorosa providencia, nos ha

otorgado para merecer sus auxilios. Y así como sería culpable el hombre

que por rehusar la medicina necesaria arriesgara la vida, sería también

culpable el pueblo que, amenazado de mortales daños, no recurriese á

Dios; porque si Dios, como nos dice el Profeta, no guarda la ciudad,

serán inútiles todos los esfuerzos de los hombres para guardarla.

Avivad, amados hijos, vuestra Fe en la palabra de Dios, que nos dice:

_Pedid y recibiréis_; y en otro lugar nos dice Jesucristo, que todo

cuanto pidiéramos al Padre en su nombre nos será otorgado. Orad, para

que podáis decir con el Profeta: _En el día de la tribulación busqué al

Señor, y no fuí defraudado: á El clamé, y oyó mis oraciones_. Y en otro

lugar: _Tú, Señor, eres dulce y benigno, é infinitamente misericordioso

para todos los que te invocan. Ninguno_, continúa el Profeta, _esperó en

el Señor, y fue confundido._ No podemos desconfiar de las promesas

solemnes que Dios hace á los que oran, porque sería ultrajar á la Divina

Bondad, creyéndola capaz de faltar á sus promesas. Por eso tampoco

podría justificarse el desaliento y la pusilanimidad de ánimo en estas

y cualesquiera circunstancias adversas, teniendo por cierto, como lo

tenemos si somos creyentes, que _Dios protege á los que esperan en El_.

Ni debe ser motivo de escándalo el vernos agobiados con tantos males,

suponiendo por ello que Dios nos ha abandonado. No, amados hijos, Dios

no nos abandona. Nos corrige y castiga porque nos ama: _Quem enim

diligit Dominus corripit, et quasi pater in filio complacet sibi_

(Proverbio 3, 11), y por San Juan nos dice también, que á los que ama

los reprende y castiga. (Apoc. 3, 19.) No intenta Dios nuestra ruina con

el castigo, sino la enmienda. Busca por medio de estas tribulaciones que

nos convirtamos á El, y despertemos del letargo de la culpa en que hemos

vivido, para hacernos dignos de sus favores. Porque hemos desoído su voz

que amorosa nos llamaba, nos habla ahora con el fuerte lenguaje de la

tribulación. Si, penetrados de estos designios amorosos de Dios, no se

endurecen nuestros corazones como los israelitas del desierto, y

reconocemos que Dios al castigarnos es el Padre amante que busca al hijo

extraviado, nos haremos dignos de sus misericordias, y la tribulación

presente se convertirá en gozo.

Os volvemos á repetir, amados hijos, que es necesario orar sin

desfallecimientos, y para que la oración vaya apoyada en el poderoso

patrocinio de María, os recomendamos el Santo Rosario. Por medio de esta

oración, tan encomiada por la Iglesia, se alcanzaron los gloriosos

triunfos que anualmente conmemoramos en las religiosas festividades de

la _Naval_.

Aunque es Dios nuestra principal esperanza, no por esto, amados hijos,

quedamos dispensados de concurrir con el esfuerzo personal á la defensa

de la santa causa. Todos los sacrificios, sin excluir el de la vida,

reclama la santa causa que vamos á defender. Todo lo debemos á Dios, y

es justo que todo lo sacrifiquemos al triunfo de su santa bandera. _Pro

aris et focis_ vamos á luchar; es decir, por la santidad de la Religión

y por el honor de nuestros hogares. Si alguna vez es glorioso y hasta

dulce el sacrificio de la vida, lo es ciertamente cuando se hace en

obsequio de tan caros intereses.

Por eso tenemos el dulce consuelo de creer que acudiréis con entusiasmo

al llamamiento que os hacemos para que concurráis á rechazar al enemigo

común. Cuantos tengan robustez para empuñar un arma, deben inscribirse

en esta guerra santa, persuadidos de que prestan obsequio grato á Dios.

No corresponderíais, amados hijos, á los deberes que como cristianos

tenéis, ni á los gloriosos ejemplos de vuestros antepasados, si en las

presentes circunstancias desoyerais la voz de la Religión. Desde su

sepulcro, guarecidos á la sombra de la Santa Cruz, os increparían

vuestros padres, sintiendo el remordimiento de haber tenido hijos poco

celosos de perpetuar su buen nombre de católicos. Pero, no; á pesar de

los extravíos de algunos, más bien seducidos que malvados, seguros

estamos que el católico pueblo filipino sabrá en esta ocasión cumplir

con su deber. Y si alguno, apostatando de su fe, intentara hacerse

cómplice de la herejía, favoreciendo por cualquier modo al adversario,

la gran masa del pueblo católico sabría hacerle sufrir el justo castigo

de su temeraria osadía.

Sin necesidad de salir de vuestros pueblos, podéis favorecer la buena

causa concertándoos para la defensa del orden bajo la dirección de las

Autoridades. No debéis consentir el escándalo de que, mientras Filipinas

se ocupa en rechazar al enemigo común, gente mal avenida con el orden,

con el decoro y con la conciencia, promueva disturbios en los pueblos.

Quiera el Señor, en cuyo nombre tres veces santo os bendecimos,

confirmar en vuestros corazones estos sentimientos de fe y de piedad.

Manila 26 de Abril de 1898.==Fr. Bernardino, Arzobispo.

Defensa obligada contra acusaciones gratuitas · 第 6 / 33 题