_Real orden._
«Excmo. Sr.: Enterada S. M. la reina gobernadora del oficio de V. E. de
29 de diciembre último, ha tenido á bien resolver que mediante haber
cesado el riesgo que ofrecía la carretera de Aragón á Barcelona, y
no ser tampoco grande el que presenta la que va desde aquella ciudad
á Valencia, se despache la correspondencia pública de Barcelona por
ambas carreras, hasta que libre de todo peligro el camino de Aragón,
sea éste el solo conducto de comunicación entre Madrid y Barcelona;
siendo la voluntad de S. M. cuide V. E. de que se anuncie esta
disposición temporal en _la Gaceta_. Dios, etc. Madrid, 8 de enero de
1836.--Heros.--Excmo. Sr. director general de Correos».
Es decir que mediante á que ya no hay riesgo de Aragón á Barcelona,
se despache por ahí la correspondencia, hasta que no haya peligro.
Más claro, señor, que ya no hay riesgo; ya no hay más que peligro.
Luego llama _temporal_ á esta disposición, y efectivamente no es mal
chubasco; más que real orden parece granizada de palabras; á no ser que
la llame así por no llamarla espiritual, y por corresponder más bien
al cuerpo que al alma los asuntos de esta carretera. Concluye la real
orden con un _Dios_, etc., que no he podido dar en lo que significa,
aunque presumo que el que la puso acabó diciendo, _Dios me asista_, ó
_Dios me entiende_, ó _Dios sobre todo_, pues que su divina Majestad es
capaz de dar cumplimiento á tan extraordinaria resolución. Por donde se
ve que es más digno de lástima de lo que parece el señor director de
correos, pues no sólo ha de dirigir sus cartas á cada uno, sino que ha
de entender al ministerio; á no ser que sus excelencias se entiendan
por bajo de cuerda de otra manera más explícita, y guarden sólo para el
público ese lenguaje anfibológico.
Es lo peor que en 16 de enero, ocho días después, no estábamos más
adelantados en punto á estilo de reales órdenes, porque su majestad
por real decreto de dicho día promueve á don Francisco Javier Uriarte
y Borja á la dignidad de capitán general de la armada, «sin aumento
alguno de goce, á que generosamente renuncia Uriarte en atención á las
presentes circunstancias». Convengo en que las presentes circunstancias
no son para muchos goces; pero también es gran lástima que desde el
16 de enero no pueda gozar el señor de Uriarte sino precisamente lo
mismo que gozara hasta aquél día, y que haya de tener tan en el fiel la
balanza de sus penas y placeres. Es decir que si al día siguiente del
real decreto le hubieran dado al señor Uriarte una buena noticia, como
por ejemplo la disolución del Estamento, debería haberse mirado mucho
en gozar de aquella satisfacción que debería naturalmente caberle,
porque ése sería aumento de goce, supuesto que en su vida habrá tenido
otro igual antes del 16 de enero.
¿No sería bueno que para mejorar la suerte del señor Uriarte, y aun la
del director de Correos, se comenzasen á emplear en los ministerios
gentes que supiesen ya leer por lo menos y escribir?
Pero estarás impaciente por saber el objeto de esta segunda carta; te
habrá chocado el rótulo que en cabeza le he puesto, «_¡Buenas noches!_,
dirás, ¡cuando estoy yo esperando un nuevo día y el progreso y difusión
de las luces en cada noticia que de la patria recibo!» Quiérote sacar
de confusiones. Las _buenas noches_ que te doy no son para ti; no es
ahí, sino aquí, donde nos hemos quedado á oscuras. ¿Ves claras ahora
las _buenas noches_? ¿Tampoco? Manos pues á la obra, y escucha, que hay
que tomarlo de más arriba.
Hay entre nosotros unos pocos hombres que andan jugando á la gallina
ciega con nuestra felicidad, y que tienen el raro tino de hacer siempre
las cosas al revés. Estos tales habían leído ya el año 12 los escritos
del siglo pasado, y se habían hecho ellos solos liberales, que no había
más que pedir. Oyeron el grito de independencia nacional, y dijeron
para su sayo: «_¡Oiga!, la España se ha ilustrado_»; con lo cual no
tuvieron duda en que se podía dar una constitución, y diéronse una
especie de código, sagrado, respetable siempre como paladión que fué de
nuestra independencia y cuna de nuestra libertad, pero cuya bondad no
hubo de ser muy comprendida por los pueblos todos, realmente atrasados
para tanta mejora, pues que en cuanto se presentó el amo de casa hubo
día de sábado, y quedó el suelo limpio de innovaciones. Los hombres de
que te voy hablando dijeron: «Esto ha sido una traición, y otra vez
sucederá mejor». Esperaron, y el año 20 helos aquí que tornan á poner
la mesa y los mismos manjares sobre ella, porque el apetito, decían,
era el mismo. Pero van y vienen días; van y vienen franceses, viene y
se va la constitución, y vienen y se van nuestros hombres otra vez. Ya
en medio de los tres años entró en reflexión alguno de ellos, y dijo
para sí empezando á escarmentar: «Acaso no está la España bastante
ilustrada, y no tiene su estómago tanto apetito como yo le había
supuesto; no será malo sustituir las Cámaras á la Constitución». Pero
el tercero en discordia decidió la cuestión, y mientras que aquéllas
y éstas se andaban representando la comedia de _¿Quién ha de mandar
en casa?_, se adjudicó él á sí mismo la parte del león de la fábula.
Nuestros hombres pasaron diez años en el extranjero, y aquéllos de
quienes te voy hablando, en lugar de decir esta vez como dijeron la
primera: _Esto ha sido traición_, que entonces hubieran acertado,
dijeron: _Está visto, la España no está ilustrada_. La cosa es clara;
malograda la intentona dos veces, era preciso inferir una de dos cosas:
_ó los gobernantes ó los gobernados no sirven para el paso_. Alguien
que hubiese sido modesto hubiera dicho: _¿Si seremos unos torpes?_ Pero
nuestros hombres dijeron: _Ellos son unos sandios_. Y pusieron de nuevo
la masa: Pero esta vez, añadieron, no os hemos de ahitar, porque si el
año 12 no teníais apetito, si el año 23 dejasteis hundirse el banquete,
¿cómo podréis digerirlo el 34?» Rara consecuencia: yo hubiera sacado
precisamente la contraria; porque algo habíamos de haber adelantado del
año 12 al 20 y del 23 al 34. De suerte que ellos, que habían andado
demasiado cuando los demás estaban parados, comenzaron á pararse cuando
los demás empezamos á andar.
Figúrate, amigo mío, que eres sastre, y que le haces á un niño de siete
años un uniforme de consejero: ¡claro está que ha de venirle ancho!;
tú, sastre, entonces, dices: «Vea usted, ¡qué niño tan torpe!, le hago
un uniforme de consejero, tan hermoso y tan bordado, y al muy necio no
le viene».
Coges el uniforme, desprecias al niño y te vas. Á los siete ú ocho
años vuelves con el mismo uniforme, y el niño tiene quince. «¿Ancho
todavía?, exclamas; esto no se puede aguantar; si el uniforme está lo
mismo, ¿cómo no le viene? Está visto que este muchacho no sirve para
consejero, es un sandio». Vuélveste á tu taller, y escarmentado de las
pasadas experiencias hácesle una bonita envoltura, y vuelves con tu
lío debajo del brazo á los diez años, y entonces el muchacho tiene ya
veinte y cinco. «¡Qué diantres!, gritas asombrado, este muchacho es el
diablo, ¡tampoco le viene la envoltura! ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, pues, señor,
es investible»; y coges y le dejas en cueros.
¡Vive Dios, señor sastre, qué consecuencia y qué tijera!!
He aquí, amigo mío, la historia de España desde el año 12 hasta el
34, más clara que la del padre Duchesne, traducida por el padre Isla.
Me parece que habrás entendido cuál es la envoltura, y excuso decirte
quién es el sastre. Ahora que nos podíamos empezar á vestir nos viene
con la envoltura, y porque no nos asienta dice que somos unos brutos.
Mal acomodada, en fin, esta vestimenta, que nos lía de pies y manos, y
sin siquiera andadores, reúnense los Estamentos del siglo XV arreglados
á las necesidades del siglo XIX, esto es, la envoltura con faldones
y corbata; y pasamos largos meses haciendo una comedia de capa y
espada, que no ha sido otra cosa todo el año 35, según lo mezclado de
la intriga, lo enredado del embrollo, los velos que se han corrido
y descorrido, las entradas y salidas, las mutaciones de escena, los
encuentros por las calles, las tapadas que han implorado nuestro favor,
y lo exquisito de los conceptos sin que puedan olvidarse las largas
relaciones de dama y galán, que sólo para lucirse los actores se han
estudiado y se han dicho.
Pero cansado el público de tan largos parlamentos, y de ver todavía tan
oscuro el desenlace, ilumina una noche la Península con conventos; al
resplandor de los sublimes flameros no ve cosa que le estorbe sino el
ministerio, y pide por junto su caída.
Un hombre nuevo es llamado á deshacer la facción y á rehacer la nación;
se necesitan recursos por una parte, y el hombre nuevo encuentra
recursos. Pero para rehacer la nación es preciso empezar por deshacer
lo que encuentra mal hecho. ¡Triste suerte, que hayamos de pasar un año
en deshacer el error de un día! Nueva Penélope, la España no hace sino
tejer y destejer.
Júntanse en esto las Cortes. «¡Gracias á Dios, dirás, que tenemos
quien ilustre la materia!» El trono habla á las Cortes, y las Cortes
contestan al discurso del trono. Hasta aquí no hay cuestión de
gabinete, es sólo cuestión de buena crianza. El uno dice: _Servidor
de usted_; y el otro contesta: _Muy señor mío_. No es decir esto, sin
embargo, que no baya transcurrido casi un mes en debatir y dilucidar si
el uno podía decir á su riesgo y peligro el primer cumplimiento, y si
podría el otro en consecuencia responder con el segundo. Pero al fin se
convino, se decidió que no había peligro ni por una ni otra parte en
decirse los mencionados piropos.
En seguida el ministerio abriga dudas acerca de si tiene ó no tiene
la confianza de la nación, que le acaba de confiar el poder. Y va y lo
pregunta al apoderado de la nación, cuyo apoderado conviene consigo
mismo en que no es tal apoderado, supuesto que la ley electoral, por la
cual existe, es provisional y defectuosa, y no pudo dar por resultado
la expresión de la voluntad de la nación; lo cual es tan cierto, que
esa misma representación nacional, que no es representación nacional,
va á hacer ella en virtud de sus poderes, que no son poderes, otra
ley electoral que dé por resultado la expresión nacional. Pero has de
saber que en estos gobiernos representativos queda destruido el antiguo
refrán que dice: _que nadie da lo que no tiene_, más claro, con un
ejemplo, en ellos una vela apagada puede encender otra vela. ¿Lo ves
claro ahora? Pues sin embargo, el ministro puesto por la nación, le
pregunta al tal apoderado de la nación, si la nación tiene confianza
en él. Es decir que yo mayordomo tuyo y puesto por ti, le pregunto
á tu ayuda de cámara si me da licencia de que te siga sirviendo de
mayordomo. Ya ves que el paso es natural. ¡Ventajas inmensas todas de
haber hecho las cosas á medias, cuando hubo coyuntura de hacerlas por
entero! ¡Suerte precisa de un pueblo que se empeña en que le den lo que
no se da, lo que sólo se toma! Porque el que da no puede menos de ser
legal, y la legalidad repugna toda innovación.
Felizmente como le había de haber dado al apoderado por decir que no,
dióle por decir que sí, y tuvimos _voto de confianza_.
Dióse de paso otro empujón á la cosa pública, y púsose por fin el
nombre de _guardia nacional_ á lo que el año pasado no se podía llamar
así sino con manifiesto peligro. Ya te lo he dicho, _tejer y destejer_.
En unos cuantos meses no hemos hecho sino destruir nombres nuevos para
llegar á los viejos: destejer; de _fomento_ á _interior_, de _interior_
á _gobernación_, de _subdelegado_ á _gobernador civil_; ya llegaremos
á _jefes políticos_; de _Estamentos_ á _Cortes revisoras_, y ya
llegaremos á _constituyentes_ y á _constitucionales_. En unos cuantos
meses han perdido las palabras _guardia nacional_ todo el veneno
que tenían; puestas en prensa, como han estado, lo han escurrido.
Semejantes en eso al vino, que nuevo hace daño, y embotellado y
guardado se vuelve mejor. Por el contrario, las palabras _milicia
urbana_ perdieron su fuerza y se malearon, semejantes también al vino,
que expuesto al aire libre se agria y se desvirtúa.
Después de haber conseguido desandar ese trozo de camino, vamos á la
ley electoral; que ya no sé con qué comparártela, porque, sea dicho con
respeto, no sé á qué se parece. En primer lugar el ministro, picado
sin duda de la generosidad del Estamento que le acababa de conceder su
voto de confianza, no quiere ser menos, y le da el suyo al Estamento
con tres proyectos adjuntos, el suyo, el de la mayoría, y el de la
menoría de la comisión, diciendo que no es cuestión de gabinete, y que
adopta lo que el Estamento decida. Confianza por confianza. Se adopta
la totalidad. ¡Gran victoria, parecida á otra moderna que no quiero
nombrar, y que también se volvió toda principio! _¿Qué importa?_, dice
la oposición. En los artículos te aguardo. En el todo están de acuerdo;
en lo que no están de acuerdo es en las partes que componen ese todo;
pero por lo demás, ¡qué bobería! El encabezamiento, la fecha, el oficio
de remisión, todo está bien. Es decir: «Yo te regalo una capa hecha,
sólo que no quiero que gastes de ella ni el paño, ni los embozos, ni el
cuello, ni las hechuras». Ahora, abrígate tú como puedas, que al fin yo
te regalo la capa.
Contarte, querido amigo, los pasos de la discusión es obra superior
á mis fuerzas, y decirte en quién estuvo la culpa y nombrarte al que
por falta de práctica parlamentaria dejó que su enemigo se adelantase
á tomar la mejor posición, es superior á mi voluntad; por tanto te
aconsejo que eches mano de las sesiones de cortes, y te las leas de
cabo á rabo, y si llegas á entender claro en el asunto, te aconsejo
también que te des la enhorabuena, y te tengas en la sucesivo por
hombre de talento.
¿Quieres que te diga lo que yo he sacado en limpio, por ende verás que
soy un pobre hombre? Ya yo me lo presumía, pero nunca creí quedarme á
oscuras con tantas luminarias; porgue decía yo para mí: para que se
entienda una cosa habrá de bastar ó que el que trata de averiguarla
no sea lerdo, ó que el que la explica sea muy avisado. Nada de eso, y
juzga si el pobre Fígaro es lerdo, cuando no ha sacado en limpio sino:
Que la elección directa es la más liberal; que el ministerio es
liberal, y quería lo mismo que quisiese el Estamento, siempre que lo
que quisiese el Estamento fuese lo mismo que él quería. Que ha habido
una comisión y dos proyectos en ella, y que el ministro quería lo mismo
que la comisión, que quería dos cosas distintas, y que el Estamento,
que no quería ni al ministro ni á la comisión. Que la oposición en el
Estamento era de hombres retrógrados que abogaban por el progreso,
y que querían la elección directa como la más liberal, ellos que
eran los menos liberales; que el ministro, que hacía de ministerio,
y la comisión, que hacía de las suyas, eran hombres progresivos que
abogaban por el retroceso, y que querían la elección indirecta como
la menos liberal, ellos que eran los más liberales; que los más
liberales querían que se efectuase la elección por provincias, y los
menos liberales por partidos; que hay cincuenta y tantas provincias
y doscientos y tantos partidos en España; que las provincias son más
liberales, á pesar de que los más liberales son los partidos, etc.,
etc.; y he entendido, en fin, que ni los he entendido, ni se entienden,
ni ya nunca nos entenderemos.
¿Me has entendido, Andrés? Bueno: pues ahora sabrás que de resultas
amaneció un día y se votó todo eso: abstuviéronse diez señores de
votar, lo cual hace tal vez el elogio de su conciencia; sin duda no
estaban todavía más ilustrados que yo, y se perdió la votación, todo
por cinco votos, que han venido á ser las cinco llagas, Andrés mío, de
este pobre cuerpo crucificado: viniendo á ser también por lo tanto en
sus partes cuestión de gabinete, la que en su todo no era sino cuestión
de escalera abajo.
Con esto, amigo, y para que nos entendiéramos, se tomó la determinación
de hacer callar al Estamento, que si no estaría hablando todavía,
quedándonos todos el 27 de enero á oscuras de Estamento, y de Cortes,
y de ley electoral, con la rara circunstancia de que la nación estaba
deseando que la disolvieran, y el pueblo es el primero que ha dado la
enhorabuena al gobierno por haberlo enviado á pasear. Y sin embargo ha
hecho bien y ha tenido razón. ¡Ahí verás tú lo que son anomalías!
En efecto, el trono, usando de su prerrogativa, dijo á cada cual en
lengua castellana lo que mi tocayo dice en cierta parte: _Buona sera,
don Basilio, presto andate a riposar_; y ya á la hora de ésta deben de
ir por esos caminos los señores procuradores á poner en claro para sus
comitentes la ley electoral, que así acertarán los unos á entenderla,
como los otros á explicarla.
Pero al día siguiente, querido amigo, y cuando creíamos los amigos del
ministerio que iba á dar un _golpe de estado_, sustituyendo á la ley
provisional agregada al Estatuto, otra ley provisional, en la cual
podía decir _ni quito ni pongo rey, pues no es aquélla fundamental, y
tan ministro soy yo como el padre mismo del Estatuto_, nos encontramos
con una _Gaceta_ extraordinaria que dice que se reunirán nuevas Cortes
el 22 de marzo, mas no _revisoras_ ni _constituyentes_, sino sólo
para hacer dos meses después lo que éstas debían haber hecho dos
meses antes. Á ver si lo entiendes: el ministro dijo, al llegar al
artículo que levantó la polvareda: «No me le toquéis, porque de no ser
la elección por provincias, habré de tardar dos meses más, y entonces
no puedo cumplir mi promesa, porque estoy de prisa». Respondieron las
Cortes: «Abajo el artículo»; parece natural creer que el ministro va
á echar por el atajo y decir: «No me ahorráis los dos meses; pues en
atención á la urgencia, yo me los ahorro»; no, señor, sino que dice:
«Me embarazáis dos meses, y os disuelvo para que dentro de esos dos
meses veamos si otras Cortes mejores me los ayudan á saltar». En ese
caso, pues, ¿para qué disolverlas? Aguantar los dos meses, pues que por
todos lados se presentan, y así no serán más que dos; porque si las
otras Cortes vienen diciendo erre que erre, entonces serán cuatro en
vez de dos.
De suerte que yo por el pronto sólo veo clara una cosa; y es que
para el 22 de marzo se reunirán de nuevo en Madrid otras Cortes, uno
de cuyos Estamentos será elegido por los electores que elijan los
ayuntamientos y mayores contribuyentes; que sus individuos deberán
tener doce mil reales de renta, treinta años, y haber nacido ó estar
arraigados en la provincia, según el Estatuto. Que estas tales Cortes
oirán otro discurso de la corona, y volverán á contestarle; que se
volverá á poner sobre la mesa la ley electoral, en atención á que
es preciso hacer una nueva, pues que la actual, por la cual van á
ser elegidos esos mismos que harán la otra, no vale nada. Que para
entonces es probable que empecemos á entendernos, porque es de suponer
que Tarragona, Granada y Asturias, no han de reelegir exactamente
á todos sus poderhabientes; que se discutirá luego el proyecto de
libertad de imprenta, el de responsabilidad ministerial; _y demás
objetos importantes que el bien público reclame_; que para entonces
seguramente no tendremos facción, porque estarán al caer los seis
meses de la promesa, ó no tendremos ministerio, porque estará caído si
no la cumple; que en eso se pasará la primavera y el verano;, que para
el otoño se pondrá en vigor la nueva ley electoral; y que mucho antes
del día del juicio veremos las Cortes _revisoras_ que engendrarán las
_constituyentes_; y que..., y en fin, que se acabará el mundo, algún
día, si hemos de creer las sagradas escrituras, las cuales añaden
hablando de eso, que nuestro Señor Jesucristo vendrá á juzgar á los
vivos y á los muertos; de los muertos no digo nada, pero ¡vive Dios que
si yo fuera quien hubiese de juzgar, ya los vivos estarían juzgados!
Y he aquí, amigo mío (en tanto que descubrimos el del ministerio),
descubierto el secreto de la oposición, y explicada un tanto la
anomalía de como querían los menos liberales el método más liberal, á
saber, porque era el más largo, sin contar con el rodeo que nos hacen
dar sus señorías, que por mucho tiempo reposen, ya que tan completa y
oportunamente les damos todos las _Buenas noches_.
Concluiré diciéndote, que hasta la presente estamos tan á buenas
noches de ministros como de Estamentos (pues los señores Próceres, sin
comerlo ni beberlo, también han callado todos á un tiempo, que era como
hablaban, sin que por eso dijesen entonces más que ahora).
El de la guerra está en su elemento: estos días se andaba buscando uno
para estado, ó para hacienda, como quieras entenderlo, pero vaya usted
á saber dónde estará metido: con respecto al de marina, ya oirías que
se trataba de hacer ministro de marina al señor de Galiano, á causa de
que habla muy bien; pero como el ministro ha cortado la conversación,
dudo mucho que insistan en eso: su excelencia se quedaría hablando con
las olas, y diciéndoles el _quos ego_ de Virgilio, y por cierto que
lo aprecio demasiado para desearle que le hagan ministro. De todas
suertes, no debe de admirar en ese ramo la tardanza, porque así pueden
andar buscando ministro para la marina, como marina para el ministro.
Hay quien añadía si el de la gobernación ha de mudarse; pero te aseguro
que lo tiemblo, porque si cada ministro ha de traer consigo, como ha
sucedido hasta ahora, un nombre nuevo y un nuevo reglamento para ese
dichoso ramo tan desgobernado, no ganamos para memoria y para membretes
impresos.
Sigilo y más sigilo, si he de seguirte escribiendo, no me suceda algún
chasco; y en el ínterin que te vuelvo á escribir, que será pronto,
recibe las _Buenas noches_ de tu amigo--_Fígaro_.
DIOS NOS ASISTA
TERCERA CARTA DE FÍGARO Á SU CORRESPONSAL EN PARÍS
Después de mi segunda carta, fecha de 30 de enero, esperé largo
tiempo para escribirte, querido Andrés, que ocurriesen cosas dignas
de contarse. Pensarás que han ocurrido efectivamente: yo no sé si
ha sucedido algo; paréceme otras que no. Pero si no ha sucedido,
seguramente que va á suceder, y por si saliera falsa mí conjetura no
quiero fiar á la contingencia de los acontecimientos la continuación de
nuestra correspondencia. Allá va otra carta á buena cuenta.
Como te referí, cerráronse los Estamentos y quedamos á buenas noches.
La primera novedad que dió que hablar en aquellos días fué, que, según
pareció después, le quedaba algo que decir al señor Perpiñá. ¿Y qué
dirás que hizo? va, coge, y cree que tenemos libertad de imprenta:
el buen señor es por lo visto incapaz de pensar mal de nadie, y como
de cierto tiempo á esta parte no ha habido ministro que no se haya
proclamado abogado de la libertad de imprenta, aunque por el estilo
del marido que delante de gentes animaba á su mujer á comer de los
pichones, y en quedando solos le decía enseñándole un garrote _¡ay si
los catas!_ hubo de imaginar que entre nosotros pensar y decir era todo
uno; más breve: creyó que para hablar le bastaba tener licencias de
Dios, y que por tanto no necesitaba la del gobernador civil. Al revés
me las calcé. Excusable es el señor ex-procurador, porque hace tanto
tiempo que nos están diciendo que somos libres, que á veces uno mismo
se lo llega á creer. Echa mano de un folleto, desparrama en él sus
ideas como quien siembra, y tiéndese á esperar la cosecha. ¿Pero qué
dirás que cogió? Él, nada. La autoridad fué la que cogió los folletos.
Eso sí, al día siguiente la autoridad nos probó en un artículo
comunicado que los folletos se podían coger: ya lo sabíamos, y si
no, se lo hubiéramos podido preguntar al autor. Seamos con todo
imparciales. El gobierno añadió que nosotros _no ignoramos que para
publicar un papel, sea cual fuere su tamaño, se necesita licencia_.
¡Y cómo si lo sabemos! Pluguiera al cielo que nos fuese dado
ignorarlo. Es como si te pusieras en camino y te asaltasen ladrones,
y te quejases, y te respondiese el ladrón:--_¿Pues no sabe que hay
ladrones?_ y repusieras tú:--_¡Cómo no debiera haberlos!_--y te
tornasen á replicar:--_¡Pero cómo los hay!_--que sería el cuento de
nunca acabar y de tener razón el ladrón, es decir, el más fuerte.
Sólo en una cosa me divirtió el gobierno: en decir que sentía como el
que más que así sucediese; eso prueba que estaba de buen humor, señal
de que la cosa iba bien. Es la del verdugo, que te pide perdón antes
de ahorcarte; si fuese siquiera después probara arrepentimiento. Yo le
diría: «¿Y quién le pone á vuestra señoría un puñal al pecho para que
sea verdugo, si el oficio no le agrada?»
Lo peor del caso fué que el folleto no tenía más cosa buena que el
ser corto; mas como tuvo los honores de la persecución, vino á leerlo
todo el mundo; perjuicio para el gobierno, que lo había recogido;
más perjuicio aún para el autor, que lo había escrito, y á quien la
autoridad logró desacreditar, dando á su producción la mejor especie
de publicidad; y mayor que para nadie para el público, que tuvo que
echárselo á pechos en aquellos días en que no se hablaba de otra cosa.
Punto en el folleto, que es cosa antigua. Á pocos días ocurrió otra
friolera, si en estos tiempos es lícito llamar friolera á la cantidad
de dos mil reales. Giró el lance sobre la misma libertad de imprenta,
sobre si un párrafo del _español_ tenía al pie un garabato ó si no lo
tenía, sobre si se había invertido el orden, y si lo había leído el
censor antes que el público ó el público antes que el censor. Pareció
no haberlo leído en su vida el censor: se consultó el libro de los
oráculos, por apodo reglamento, y éste respondió en términos bastante
claros:
Y para casos tales,
Que pague el editor dos mil reales.
Figúrate qué golpe para el gobierno, y más lloviendo sobre mojado.
¡Él que como arriba dejamos dicho siente tanto estas cosas! Éstos son
golpes, amigo, que acaban con un gobierno sensible; así es que yo lo
veo y no lo veo.
Á mí me da qué hacer la libertad de imprenta: yo soy el único á quien
da qué hacer, pero en fin me da. Habla la reina, y se hace lenguas
de la libertad de imprenta; hablan los ministros, y para ellos no hay
altar donde ponerla; hablan también (esto no es pulla) los próceres, y
convienen en que es la base; abren la boca los procuradores, y procuran
por ella como por las niñas de sus ojos; hablan los periódicos, y
hártanla de piropos. Y hablo yo y digo, como don Basilio en la ópera de
mi tocayo: «_¿Á quién engañamos pues aquí?_», ¿quién diantres impide
que la establezcan? Alguno hay que habla de mala fe, y deben de ser el
pueblo, los Estamentos y los periódicos, porque en cuanto al gobierno,
¿cómo dudar de él, cáspita, siendo tan patriota?
Me podrás decir que á pesar de cuanto llevo escrito hay libertad de
imprenta, sólo que está cara, como bocado delicado que es. Cierto; por
dos mil reales te puedes dar un hartazgo; por cuatro mil dos hartazgos,
y así progresivamente hasta la cantidad de tres hartazgos, porque en
llegando á ese número simbólico, como le llama Dupuis, mueres de un
causón. Yo pienso usar de ese medio, y darme algún día hasta dos: los
primeros doscientos duros que yo vea reunidos, los tengo ya destinados
á un día de asueto. Es lo malo que si me recogen antes de que me lean,
habré pagado caro el placer de un monólogo escrito; pero siempre me
queda el recurso de aprenderlo antes de coro, y de irlo diciendo á
mis amigos, los cuales son tantos que vendrá á ser como imprimirlo.
Por fortuna no está previsto en el reglamento el caso de que uno se
sirva de imprenta á sí mismo. Sólo me detendría el temor de causar una
desazón al gobierno, quien al tomar los ejemplares y los cuatrocientos,
bien sé yo que se le había de caer la lágrima tan gorda.
De lo que puedes vivir seguro es de que esas multas no se aplican á
pago de censores; seis meses hace que están los pobrecitos echando
rúbricas día y noche como en barbecho en cuanto papel les cae debajo,
sin ver la cara de un rey en una mala moneda: eso parte el corazón.
Digo, si fuese gente interesada como muchos creen; vale Dios que no
necesitan ellos que nadie les dé un maravedí por atajar el paso á
la licencia. Hombre hay que con tan buen fin daría dinero encima de
lo suyo, si censor ó no censor hubiera aquí hombre que lo tuviera;
aun harán más probablemente, que será dejar parte del sueldo, que no
cobran, para el donativo voluntario, á que obligan ahora á todo el
mundo, con cuyos auxilios va la guerra que vuela. Es lo que muchos
dicen: ya quisieran ver á lo menos lo que dan, para formar una idea
de lo que deberían tomar. Sueldo, Dios le dé, pero rúbricas no
faltan. Censor conozco yo á quien le presentaron en un mismo día la
cuenta de su lavandera y el contrato matrimonial de su hija, y en la
primera puso: _imprímase_; y en el segundo: _no puede correr, por ser
contra las prerrogativas del altar y del trono, y encerrar alusiones
inmorales_. Y tenía razón, porque al matrimonio se sigue lo que tú
sabes, cosa por cierto inmoral y hasta fea en cuanto á ornato.
Chanzas aparte; no es el mío, que es hombre en verdad racional si los
hay, y de él estoy tan contento que el día que me lo quiten, como es de
presumir, me arrancan un pedazo del alma y el cuerpo todo entero, que á
fuerza de verdades alimento.
Dejemos á un lado esas boberías de la libertad de imprenta, que se
parece al dinero en lo indispensable, y en lo filosóficamente que sin
la una y sin el otro vamos trampeando.
Ya sabrás en París los asesinatos del santuario de Hort: hicieron eco
en Barcelona, y hubo allí la de Dios es Cristo. Muchos liberales se
afligieron, y yo también me afligí; ¡vaya!, pero no precisamente en
cuanto liberal, sino en cuanto hombre. Une estos que llaman atentados,
y que realmente lo son, con los de los conventos, y remontándote más
arriba con los del 17 de julio, de triste recordación para los frailes
de Madrid, yo te diré una cosa.
Cuando yo veo á los principales pueblos de una nación alzarse
tumultuosamente, y á pesar de las guarniciones y de la guardia
nacional, y del poder del gobierno, atropellar el orden y propasarse
á excesos lamentables en distantes puntos, en épocas diversas, y á
despecho de los sentimentales sermones de los periódicos, difícilmente
me atrevo á juzgarlos con ligereza: mientras mayores son los excesos,
más increíble el olvido de las leyes y más fuerte la insurrección,
más me empeño en buscarles una causa; ni en el orden físico ni en el
moral comprendo que lo poco pueda más que lo mucho: no comprendo que
pueda suceder nada que no sea natural, y para mí natural y justo son
sinónimos. De donde infiero que una insurrección triunfante es cosa tan
natural como la erupción de un volcán, por perjudicial que parezca. Una
causa no es una defensa, pero es una disculpa, desde el momento en que
se me conceda que una causa dada ha de tener forzosamente un efecto.
Ahora bien. ¿En dónde ve el pueblo español su principal peligro, el
más inminente? En el poder dejado por una tolerancia mal entendida,
y por muy largo espacio, al partido carlista; en la importancia que
de resultas de la indulgencia y de un desprecio inoportuno ha tomado
la guerra civil. ¿No veía en los conventos otros tantos focos de esa
guerra, en cada fraile un enemigo, en cada carlista preso un reo
de estado tolerado? ¿No procedía del poder de esos mismos enemigos
dominantes siglos enteros en España, la larga acumulación de un antiguo
rencor jamás desahogado? ¿Qué mucho, pues, que la sociedad acometida
en masa, en masa se defienda? ¿Qué mucho que no pudiendo ahogar de una
vez al enemigo entre sus brazos, se arroje sobre la fracción más débil
de él que tiene más cerca y á su disposición? Sólo puede ser generoso
el que es ya vencedor: si al gobierno le es dado juzgar y condenar
legalmente, es porque está fuera de combate, porque representa á la
justicia imparcial. Pero se pretende que de dos atletas en la fuerza
de la pelea, el uno continúe su victoria hasta acabar con su enemigo,
y que éste se contente con decirle: «¡¡¡Espérate, no me mates, que
voy á dar parte á la justicia, que es de mi partido, para que ella te
ahorque!!!»
El pueblo no es el gobierno; es más fuerte que él, cuando éste no
comprende y satisface sus necesidades; y prueba de ello es que lleva
á cabo sus atentados sin que aquél los pueda prever ni impedir. No
es esto alabar los atentados, sino decir los inconvenientes de las
revueltas, y que por malos que parezcan son naturales, como es malo,
pero natural, que un río atajado por diques, inferiores á él, se
salga irritado de su madre é inunde la campiña que debiera fertilizar
mansamente.
Nota aquí una cosa. Quien pudo hace un año dar salida conveniente á
ese río no lo supo hacer, y cuando llega la avenida, se queja del
río. Quéjese de su torpeza, que no calculó antes de poner los diques
la fuerza que el agua traería. El gobierno no supo á tiempo contentar
á los pueblos y dar salida legal á su justo enojo, y su sucesor, que
heredó la culpa, se queja ¿de qué?, ¡¡¡de que los pueblos no son de
cartón, como uno y otro creyeron!!!
Recorre la historia: en ella aprenderás que un asesino nunca puede ser
justo; pero cuando no es uno, cuando no es una facción, cuando son los
pueblos enteros los que asesinan, rara vez dejan de obrar naturalmente.
Que no fueron entre nosotros cuatro malévolos, mal pudiera negarlo el
gobierno mismo, pues á haberlo sido, ¿cómo no hubiera estado en su
mano sujetarlos? De donde infiero que los desórdenes del pueblo, ó son
naturales y justos cuando el gobierno no los puede contener, ó son
culpa del gobierno cuando puede y no sabe, ó no quiere. Argumento sin
contestación.
Pero eso sí, vivimos en el tiempo de la legalidad. Los principales
motores fueron presos y trasladados á Canarias. Por supuesto, me
dirás, previa formación de causa y la competente condenación de los
tribunales. Claro está. ¿Cómo querías tú que un gobierno, que se queja
de los excesos del pueblo, vaya él á cometerlos? ¿Un gobierno, que
no puede como el pueblo disculparse con la seducción y la irritación
de las pasiones, había de atropellar las leyes, de que es guardián
y ejecutor, con la misma facilidad que ese pueblo á quien castiga
por haberlas atropellado? ¿Pues no ves que si el gobierno hubiera
atropellado las leyes para castigar los atropellos de otros, debería
haber empezado por embarcarse él para Canarias, y decir: _Marchemos
todos francamente, y yo el primero, por la senda de presidio?_ Vaya,
Andrés, que eso ni suponerse puede, y si te cuentan que tal caso ha
sucedido, puedes decir que el que lo cuente es un malévolo de ésos que
traen la anarquía en el bolsillo. Diría el gobierno y diría bien: «Yo
no hice tal cosa, y si la hiciera, ¿qué diferencia habría entre los
atentados del pueblo y los míos? Porque en fin, mientras que la ley no
le ha declarado reo, el condenado es asesinado: en ese caso no habría
entre mi atentado y el del pueblo más que una diferencia, á saber: que
el pueblo asesinó malamente carlistas y yo asesino malamente liberales».
Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del
pueblo.
Puedes estar seguro de que hay causa; y si no se les ha formado, es
porque andamos de prisa, ó por mejor decir, lo que ha ido á Canarias no
ha sido una cadena de culpables, sino una comisión artística compuesta
de liberales, que van á costa del gobierno á acabar de descubrir
aquellas islas, y escribir una memoria de las alturas del globo, y á
dar testimonio al mundo sobre todo de la altura á que estamos, tomando
el meridiano del pico de Tenerife.
También te habrán contado posteriormente otra pequeña arbitrariedad
ejecutada oficialmente en una vieja, en virtud de un _cúmplase_ de un
héroe. ¡Dios nos libre de caer en manos de héroes! Sólo te diré que á
lo menos en Barcelona tuvieron que acometer una fortaleza y exponerse
á ser rechazados. Bueno es remontarse á las causas de las cosas, al
tronco, y no á las ramas. Es así que la primera causa de que existen
facciosos fueron las madres que los parieron; ergo quitando de en medio
á las madres; lo que queda. Los teólogos dicen: _sublata causa tollitur
efectus_. Es lástima que no haya vivido el abuelo, porque mientras
más arriba más seguro es el golpe. Pero hemos tenido que contentarnos
con la madre. Está probado que así como Sansón tenía la fuerza en el
pelo, los facciosos tienen el veneno en la madre, que viene á ser
la hiel de ellos; en quitándosela se vuelven como malvas: así lo ha
probado la experiencia, porque de resultas el otro no ha fusilado
más que á treinta. ¿Quién sabe los que hubiera fusilado si hubiera
tenido madre todavía? Luego, las mujeres son las que están impidiendo
la felicidad de España, y hasta que no acabemos con ellas no hay que
pensar en tener tranquilidad. En cuanto á las hermanas, como estaban
casadas con guardias nacionales, les tocaba fusilar la mitad á los de
allá, y la otra mitad á los de acá; pero nosotros, más desprendidos,
no quisimos perdonar ni la mitad que nos tocaba, y lo fusilamos todo.
¡Bienaventurados en tiempos de héroes los incluseros, porque ellos no
tienen padre ni madre que les fusilen!
Pasadas estas etiquetas de recíproca cortesía, dieron en correr voces
de que el ejército estaba descontento, y que la guerra de Navarra
no iba lo ligera que debía. Felizmente para todos, algunos amigos
tuyos y míos, que así saben mover la pluma como esgrimir la espada,
enderezaron la opinión en artículos luminosos, probando lo que ninguno
debía tener olvidado, que las guerras civiles son largas, á pesar de
todos los programas del mundo; que éstos son por el contrario los que
tienen corta vida; que así las civiles como las demás se sostienen con
dinero y con soldados; que un gobierno en lucha con una facción pierde
más cuando pierde una batalla, que adelanta cuando la gana, y que una
derrota nuestra nos quita más honra que gloria da á la facción; que por
lo tanto es fuerza no aventurarse sino á ciencia cierta; que la guerra
no se hace en el ministerio, sino en Vizcaya; que de real orden se
llevan y se traen jueces, se envían buques á Canarias, y se conquistan
votos, pero de real orden no se ganan batallas; que algunos descalabros
nuestros han sido debidos á reales órdenes; que para hacer la guerra
se necesita un plan; que para tener plan es preciso que el general
sólo sea responsable; y que Córdoba, en fin, sin que haya necesidad
de llamarle héroe, tiene un plan, el cual es forzoso dejarle llevar á
cabo, siquiera porque no ha habido hasta ahora otro mejor que el suyo.
Tales razones no convencieron, fué bien acogida la representación del
ejército, y si bien ninguno de los que hablaban fué á dar su brazo en
vez de su voto, al fin no se admitió la dimisión, y sigue el general, y
su plan, y la guerra de Navarra, en el mejor estado posible.
Mientras todo esto pasaba echáronse encima las _próximas elecciones_,
hoy ya pasadas, y porque digo se echaron encima, no vayas á pensar
alguna tontería. Dijeron muchos si habría amaños ó si no habría
amaños; que se escribió largo y se intrigó más. Lo primero solo
prueba cultura en el país, lo segundo arguye talento. ¡Vaya usted á
impedir que hablen las gentes! Para que no fuesen las elecciones muy
populares bastante amaño era ya la propia ley electoral, en virtud de
la cual debían elegir los electores nombrados por los ayuntamientos y
los mayores contribuyentes. No hay cosa para elegir como las muchas
talegas: una talega difícilmente se equivoca; dos talegas siempre
aciertan, y muchas talegas juntas hacen maravillas. Ellas han podido
decir á su procurador por boca de los mayores contribuyentes la famosa
fórmula aragonesa: «Nos, que cada una de nos valemos tanto como vos, y
todas juntas mucho más que vos, os hacemos procurador».
Luego, los elegidos habían de tener doce mil reales de renta: gran
garantía de acierto: por poco que valga un real en estos tiempos, no
hay real que no valga una idea, sin contar con las muchas que hasta
ahora hemos visto que no valían un real, y con los varios casos en que
por menos de real daría uno todas sus ideas: bueno es siempre que haya
reales en el Estamento por si acaso no hubiese ideas. Tanto mejor si
hay lo uno y lo otro.
No es menos importante lo de los treinta años; no es menos simbólico ni
cabalístico el número de treinta que el de tres tan citado, y de que es
décuplo; treinta días tiene el mes, treinta minutos cada media hora,
por treinta dineros vendió Judas á un Dios, treinta años representa
la vida de un jugador, y treinta años, en fin, la capacidad de un
procurador. Muchos filósofos han creído que cuando el hombre nace, el
Ser Supremo, que esta atisbando, le sopla dentro el alma por medio del
mismo procedimiento que usa un operario en una fábrica de cristales
para dar forma á una vasija; pero eso es el alma, mas no la capacidad
y la facultad de procurar: esta tal otra quisicosa se la infunde el
Criador el día que cumple treinta años, por la mañanita temprano, así
como la aptitud legal y la mayoría se la comunica á los veinte y cinco.
Oh tú, Andrés, que no los has cumplido, está con cuidado el día que
los hayas de cumplir, y escríbeme para mi gobierno lo que sientas en
ese día: dime por dónde entra la capacidad, y hacia dónde se coloca en
tu persona: prevenido de esa suerte de los síntomas que la anuncian
podré yo hacer á la mía, el día que me baje, el recibimiento que se
debe á tan ilustre huésped. ¿Cuándo tendremos treinta años? Aquel día
seremos ya unos hombrecitos.
Bien ha habido hombres que han discurrido antes de los treinta años,
pero ésos son fenómenos portentosos, raros ejemplos de no vista
precocidad; y en cuanto á Pitt y otros de su especie, ministros ya
mucho antes, ni siquiera es posible considerarlos como monstruos de
naturaleza; es fuerza inferir error de cálculo y mala fe en la de
bautismo.
El haber nacido en la provincia, ó tener en ella arraigo, no es de
menos importancia, si recordamos que las primeras impresiones se
graban para siempre en la cabeza del niño, y deciden de lo que ha de
ser después cuando grande: ni es posible que un hombre conozca su
provincia, y se interese por ella, si no ha nacido por allí cerca.
Puede suceder que una provincia tenga más confianza en la reputación,
en el saber de un forastero; pero páselo en paciencia la buena de la
provincia, que más pasó Cristo por ella.
Dicen sin embargo que todos los electores no han tenido presentes todas
esas verdades; así que, unos procuradores no han nacido, otros no
tienen la renta, ¡qué sé yo! Esto tiene compostura habiendo comisión de
poderes, y en todo caso se aplica la renta de unos á otros, como hacen
los buenos cristianos con los méritos de nuestro Señor Jesucristo,
que valen mucho más que las rentas; y así poniendo de aquí y quitando
de allí tengo para mí que se ha de remediar. Y aun yo diría más. Don
Juan Álvarez Mendizábal fué elegido por ejemplo por Barcelona, siendo
natural de Cádiz, y no habiendo residido en Cataluña. Decían: «Pero
no tiene nada suyo en Cataluña, sino los electores:» ¿pues eso no es
tener?, ¿no valen tanto por lo menos los electores como una casa, ó una
tapia, ó unas cuantas fanegas de pan llevar? ¡Sino que poniéndose á
hablar las gentes!...
Por lo demás es sabido que el gobierno no ha influido absolutamente
nada en las elecciones, y desde luego se dijo que eran á pedir de boca.
Para que formes una idea, han salido elegidos los sugestos siguientes:
Por Barcelona, como llevo dicho, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Cádiz, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Gerona, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Granada, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Madrid, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Málaga, don Juan Álvarez Mendizábal.
Por Pontevedra, don Juan Álvarez Mendizábal, etc., etc., etc.
Que es el cuento de pasó una cabra, y volvió y pasó otra, y volvió á
tornar y á pasar otra cabra, y así sucesivamente.
Si oyes decir que se abre el Estamento, di que es broma, que quien se
abre es don Juan Álvarez Mendizábal.
No habrás olvidado que los ministros de estado y de hacienda, y el
presidente del consejo, son don Juan Álvarez Mendizábal, y que los
otros ministros no son sino una manera de ser, distinta sólo en
la apariencia del don Juan Álvarez Mendizábal. Ahora figúrate el
día que el Estamento don Juan Álvarez Mendizábal pida cuentas al
ministro don Juan Álvarez Mendizábal...; aquí llaman esto un _gobierno
representativo_: sin que sea murmuración, confieso que yo llamo esto un
_hombre representativo_.
Una vez conocida la buena índole de las elecciones y la idoneidad
de esos diversos señores procuradores, ocurrió la duda de si estas
Cortes que iban á reunirse vendrían sólo para hacer una ley electoral
mejor que la que les confiere su derecho; ó si podrían constituirse
revisoras. Quiénes se agarraron á la legalidad, diciendo que esto
último sería ilegal; quiénes intentaron probar que lo de menos era la
legalidad, y que lo que importaba era la conveniencia. Por fin salimos
del atolladero, y parece que no tratarán de constituirse por varias
razones. Porque no han sido convocadas para eso. Porque siendo su
objeto principal hacer una ley electoral, en virtud de la cual puedan
convocarse luego las revisoras, es claro que los demás asuntos que á
ellas se sometan, por importantes que sean, habrán de ser subalternos
al principal. La nación tiene un cimiento, y necesita una casa: en
estas Cortes va á decidir cuáles han de ser las circunstancias del
arquitecto que se la puede hacer á su gusto. Por consiguiente, todo lo
que sea proceder á construir el que sólo está comisionado para designar
el constructor, es hacer la casa y dejar para después el arquitecto:
equivale á blanquear después de pintar; es dejar al que venga detrás el
derecho de poner en duda la validez de la construcción.
En estas disputas andábamos, cuando otro _run run_ más terrible vino
á poner nuevo espanto en nuestro corazón. He aquí que una noche corre
la voz de que se va á poner la constitución del año 12. ¡Bravo!, dije
yo: esto es lo que se llama andar camino. Aquí no se sabe multiplicar,
pero restar á las mil maravillas. Vamos á quién puede más. El año 14
vino el rey y dijo: quien de catorce quita seis, queda en ocho. Vuelvan
pues las cosas al ser y estado del año 8. El año 20 vienen los otros
y dicen: quien de veinte quita seis, queda en catorce: vuelvan las
cosas al ser y estado del año 14. El año 23 vuelve el de más arriba y
dice: quien de veinte y tres quita tres, queda en veinte; vuelvan las
cosas al ser y estado de febrero del año 20. El año 1836 asoman los
segundos, y éstos quieren restar más en grande: quien de treinta y seis
quita veinte y cuatro, queda en doce; vuelva todo al año 12. Éstos han
pujado, si se exceptúa el del Estatuto, que más picado que nadie cogió
y lo restó todo, y nos plantó en el siglo XV.
¡Diantre!, ¡si volveremos todavía á la venida de Túbal! Sepamos primero
cómo se entiende nuestro progreso. ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia atrás, ó
hacia adelante? Tengamos el cuento del cochero, que, montado al revés,
arreaba al coche.
Ya te lo he dicho: tejedores; tejer y destejer. Nadie vende su tela, y
nadie hace tela nueva.
Decían ellos que el volver atrás no era más que tomar carrera. ¡Dios
los bendiga, y qué larga la toman!
Vamos claros. La constitución del año 12 era gran cosa en verdad, pero
para el año 12: en el día da la maldita casualidad de que somos más
liberales que entonces: si te he de hablar ingenuamente, á mí me parece
poco.
Las circunstancias del año 12, la guerra que sosteníamos apoyada en el
fanatismo popular, y el mayor atraso de la época, exigieron concesiones
en el día no necesarias, ridículas.
En ellas hablan las Cortes en nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo
y Espíritu Santo: gran principio para una novena: buena es la devoción,
pero á su tiempo: eso es adoptar, heredar de la monarquía el derecho
divino: la sociedad puede servir á Dios en toda clase de gobiernos.
El Supremo Hacedor no delega facultades temporales ningunas, ni en un
soberano, ni en un congreso; la sociedad se hace ella misma por derecho
propio sus reyes y sus asambleas. Cristo vino al mundo á predicar, no
á redactar códigos. Á Dios daremos cuenta de nuestras creencias, no á
los hombres: reflexión igualmente aplicable al capítulo II, artículo
12, porque el Salvador quiso convencer, no obligar, porque no quiere
más homenajes que los voluntarios.
Ítem más: en la constitución del año 12 no está consignada la libertad
de imprenta, sino para las ideas políticas, y eso es decirle á un
hombre: _Ande usted, pero con una sola pierna_.
En cambio nos impone como ley fundamental el amor á la patria y la
obligación de ser justos y benéficos... en cambio... Andrés mío,
callemos, porque, repito, que la venero, y tengo por indigno de
un liberal poner en ridículo el paladión de nuestra independencia
nacional, y la cuna de nuestra libertad, por fácil que eso sea. Pero la
respeto, como Cristo respetó el testamento viejo, fundando el nuevo.
Veneremos el viejo código, y venga no obstante otro nuevo más adecuado
á la época.
Parécense los hombres del año 12, amigo Andrés, al cura que no sabía
leer más que en su breviario: ó mejor al gastrónomo en Vista-Alegre,
que viendo su mesa puesta, pugna por sentarse á ella en cuanto le dejan
un momento libre, en cuanto ve un resquicio por donde acercarse á la
mesa. El caso es el mismo: todos les hacemos cumplimientos, pero no
les dejamos sentarse. Unas veces se lo impidió el poseedor don Pascual
de la Rivera, otras los mozos de su fábrica... Convengo en que es una
desesperación; pero culpen, no á nosotros, sino á ellos mismos, que
tantas veces se dejaron interrumpir antes de llegar el bocado á la boca.
Aténgome á su artículo, que dice:
«La nación española es libre é independiente, y no es ni puede ser
patrimonio de ninguna familia, ni persona».
Esto digo yo: entre á gobernar, no éste ni aquél, sino todo el que se
sienta con fuerzas, todo el que dé pruebas de idoneidad. Basta de
ensayos. Á eso nos responden ellos: «¿Y dónde están esos hombres?»
¿Dónde han de estar? En la calle, esperando á que acaben de bailar los
señores mayores, para entrar ellos en el baile.
«¿Cómo no salen esos hombres?», añaden. ¿Cómo han de salir? De
Calomarde acá, ¿qué protección, qué ley electoral ha llamado á los
hombres nuevos para darles entrada en la república? Cuenta sin embargo
con ella, y llámelos la ley presto: ¡¡¡déjese entrar legalmente á los
hombres del año 1836, ó se entrarán ellos de rondón!!!
En conclusión, hombres nuevos para cosas nuevas: en tiempos turbulentos
hombres fuertes sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en
quienes haya ilusiones todavía, hombres que se paguen de gloria, y en
quien arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro.
«¿Qué saben los jóvenes?», exclaman. Lo que ustedes nos han enseñado,
les responderemos, más lo que en ustedes hemos escarmentado, más lo
que seguimos aprendiendo. ¡Y qué eran ustedes el año 12! Nosotros
fundaremos nuestro orgullo en ser sus sucesores, en aprovechar sus
lecciones, en coronar la obra que empezaron. Nosotros no rehusamos su
mérito; no rehúsen ellos nuestra idoneidad, que el árbol joven es la
esperanza del jardinero, si el viejo ya le da sombra.
Según el miedo que tienen de que la juventud entre en los puestos, no
parece sino que es posible hacerlo peor que ellos.
Para el año 1836 la única constitución posible es la constitución de
1836.
Una idea te diría, si no la hubieras de contar; y sólo á ti te la
diría, porque ellos la tomarán á personalidad, si de ella hiciese
un artículo, y sabe Dios que no lo digo por tal. Mucho venero á los
hombres de otra época, Andrés mío; mucho saben, sobre todo en no
hablándose de gobernar, para lo cual ya nos han manifestado repetidas
veces hasta donde rayan: mucho saben, y tanto que no sólo no los
lanzaría yo de la república, sino que los guardara muy guardados como
guardaban los romanos los libros sibilinos, para consultarlos con el
mayor respeto: de ellos armaría una biblioteca viva, donde vueltos de
espaldas en muy pulidos estantes, leyese el estudioso encima _Fulano,
de Economía Política_; _Mengano, de Reformas Constitucionales_;
_Zutano, de la Guerra de la Independencia_; _Perengano, de Metáforas y
del Espíritu del Siglo_, etc., etc.; de suerte que no hubiese más que
volverlos y ojearlos en un apuro, cuidando mucho de quitarles antes
y después el polvo, y de tornarlos á volver hasta otra duda, como
pergaminos preciosos.
Ahí verás tú si los respeto, y si los tengo en estima.
Hasta aquí de la constitución y de los hombres del año 12. Pasó el
susto, y la noticia, como habrás visto, no tuvo consecuencia. Sin duda
el ruido que metió fué el último cumplimiento de despedida que nos hizo.
No ganamos para sustos. Posteriormente se cruzaron de palabras el
pueblo de Valencia y su capitán general. Éste tomó una porción de
providencias, entre otras las de Villadiego; con cuyo ingenioso
arbitrio no le pudieron haber los valencianos, que es decir que ha
podido más que ellos, que se ha burlado de ellos. Tiene mucho talento.
Buen chasco se han llevado. Así, así: á los alborotadores hay que
jugarles esas pasadas; con eso escarmientan. Á buen seguro que si Basa
hubiera hecho otro tanto, no le hubieran deshecho á él, y el pueblo de
Barcelona se hubiera llevado el mismo chasco que el de Valencia. ¿No
queréis capitán general? Pues tomad capitán general. ¿No te figuras tú
al pueblo de Valencia buscando á su capitán general por todas partes,
como quien busca una sanguijuela extraviada, y él trota que trota para
Madrid? Á mí me hace morir de risa. Es lo que él dice: «¿Pues qué,
querían ustedes que me mataran?» ¿Qué habíamos de querer?
Conque ahora está aquí bueno, gordo y tranquilo; no ha sido poca
fortuna el poderlo contar.
En Zaragoza fué por otro estilo: salieron unos carlistas sentenciados
á qué sé yo qué bobería: se levantó el pueblo, sitió á los jueces, y
dieron en quererlos juzgar. Al maestro cuchillada. Pero no les da el
naipe para esos pasajes á los jueces de Zaragoza, como á los capitanes
generales de Valencia.
Entre tanto el ministerio de gracia y justicia sigue siempre de
mudanza, y hace bien, porque el juez que no da fruto en una tierra, lo
da en otra. El juez ha de ser como el zapato, hecho al pie; por eso el
que no le viene bien al uno, le viene al otro.
Para eso el de la gobernación no se mete con nadie, ni habla mal de
nadie. Es un excelente señor; á su oficina y no más. Da lástima hacerle
daño, y sería completo si se le volviese _C_ la _H_ de su apellido;
pero llámalo _h_.
En cuanto al de la guerra nadie sabe una palabra de él.
En mi última te pintaba en globo la confusión que en el Estamento y
fuera de él había causado la ley electoral, y te añadía:
«Yo por el pronto sólo veo clara una cosa, y es que para el 22 de marzo
se reunirán de nuevo en Madrid otras Cortes... que para entonces es
probable que empecemos á entendernos... y que seguramente no tendremos
facción, porque estarán al caer los seis meses de la promesa, ó no
tendremos ministerio, si no la cumple, porque estará caído, etc.».
De todas esas profecías sólo en la primera acerté; porque en cuanto á
entendernos da gusto. Unos dicen que Mendizábal es el primer hombre
del mundo; otros que no es tal, sino el último; que el primero es
Istúriz y Galiano; te advierto que éste son dos: otros que ni Istúriz
ni Mendizábal: no sé qué te diga: quién asegura que esto puede durar
unos quince días, quién defiende que durará más que un constipado
mal curado: éste no ve más que el prestigio que tiene todavía en
las provincias, el cual no se destruye tan fácilmente, sobre todo
cuando no deja de tener algún fundamento; aquél no atiende más que al
descrédito en que ha caído en sus corros y cafés, y cree que toda la
nación puede juzgarle con igual talento, y tan de cerca como él. Éstos
disputan que no hay hombres aquí; aquéllos que sí hay hombres; los de
la izquierda que hay dinero; los de la derecha que no hay un cuarto;
estoy por éstos. Quién opina que la guerra es inacabable; quién la da
por acabada; añadiendo que no falta más que tirar una línea: uno dice
que el mal de España no tiene remedio; otro que ésa es la mejor señal,
que empieza la revolución, y que en Francia sucedía lo mismo, á pesar
de que todo era diferente; varios juzgan que el rigor es de justicia, y
que el árbol de la libertad se riega con sangre: algunos creen que la
humanidad repugna tales horrores: no falta quien piensa que es guerra
de empleos, y sobra quien no piensa ni eso ni nada. Pero todos somos
liberales y vamos á una: eso sí. Por lo cual esto se acabará pronto de
un modo ó de otro: en prueba de ello te puedo decir que se empiezan ya
á acabar dos cosas: el dinero y la paciencia.
Pero son tantas las opiniones en fin y los hechos que se acumulan, y
tantas las cosas que van á suceder, sin contar las que han sucedido
desde la apertura de las Cortes, que me es indispensable reservarlas
para otras cartas: me limito en ésta á ponerme al corriente, saliendo
del atraso de noticias en que te tenía. En lo sucesivo aprovecharé
todas las ocasiones posibles de escribirte, y al siguiente correo para
Francia recibirás la inmediata, salvo extravío, golpe de mano airada, ó
caso fortuito.
Si en el ínterin, y en medio de este conflicto de opiniones
encontradas, me pides la mía, te contaré un caso que juzgo oportuno.
Sitiaban los Franceses al mando del mariscal Moncey esa misma Valencia,
que en distintas épocas han mandado el Cid y Carratalá. Reuniéronse
en tan grave apuro el ayuntamiento y las personas más ricas del
pueblo, entre las cuales quedóse dormido de confusión y pesadumbre
un confitero, que entendía más de ramilletes que de disturbios
políticos. Iba diciendo cada uno en la asamblea su opinión como mejor
lo entendía. Llegada que le fué su vez á nuestro hombre,--y usted, le
dijo sacudiéndole del brazo el que á su lado tenía, ¿qué piensa?--Sí,
¿cuál es su opinión de usted?, preguntaron todos á un tiempo; á cuya
pregunta contestó despertando y todo despavorido el confitero: ¡¡¡mi
opinión, sí, mi opinión, señores, es de que _Dios nos asista_!!! En
cuyo voto imitaba el confitero la rara discreción del padre Froilán
Díaz, confesor de Carlos II.
Eso mismo opino yo, Andrés mío, por ahora, y mientras no vea levantarse
en masa á la nación para ahogar de una vez y para siempre el monstruo
que en el norte nos devora, en vez de entretenerse en cuestiones
secundarias y en rencillas personales, de las cuales debiera el país
hacer justicia, como del orgullo mezquino y de la loca vanidad de sus
dueños.--Tu amigo,--_Fígaro_.