EL HOMBRE-GLOBO

La física ha clasificado los cuerpos, según el estado en que los pone

el mayor ó menor grado de calórico que contienen, en sólidos, líquidos

y gaseosos. Así el agua es sólido en el estado de hielo, líquido en el

de fluidez, y gas en el de la ebullición. Es ley general de los cuerpos

la gravedad, ó la atracción que ejerce sobre ellos el centro común; es

natural que esta atracción ejerza más fuertemente en los que reúnen

en menor espacio mayor cantidad de las moléculas que los componen;

que éstos por consiguiente tengan más gravedad específica, y ocupen

el puesto más inmediato al centro. Así es, que en la escala de las

posiciones de los cuerpos, los sólidos ocupan el puesto inferior, los

líquidos el intermedio, y los gaseosos el superior. Una piedra busca

el fondo de un río; un gas busca la parte superior de la atmósfera.

Cada cuerpo está en continuo movimiento para obedecer á la ley que

le obliga á buscar el puesto variable, que corresponde al grado de

intensidad que adquiere ó que pierde. La nube, conforme se condensa,

baja, y cuando se liquida, cae; este mismo cuerpo, puesto al fuego, se

dilata, y cuando se evapora y se gasifica, sube.

No trato de instalar un curso de física, lo uno porque dudo si tengo la

bastante para mí, y lo otro porque estoy persuadido de que mis lectores

saben de ella más que yo; no hago más que sentar una base de donde

partir.

Igual clasificación á esta que ha hecho la ciencia de los fenómenos en

los cuerpos en general, se puede hacer en los hombres en particular.

Probemos.

Hay hombres sólidos, líquidos y gaseosos. El hombre sólido es ese

hombre compacto, recogido, obtuso, que se mantiene en la capa inferior

de la atmósfera humana, de la cual no puede desprenderse jamás. Sólo

el contacto de la tierra puede sostener su vida; es el Anteo moderno,

y usando de un nombre atrevido, el _hombre-raíz_, el _hombre-patata_:

arrancado el terrón que le cubre, deja de ser lo que es. Es el sólido

de los sólidos. Toda la ausencia posible de calórico le mantiene en

un estado tal de condensación, que ocupa en el espacio el menor sitio

posible; gravita extraordinariamente; empuja casi hacia abajo el suelo

que le sostiene; está con él en continua lucha, y le vence y le hunde.

Le conocerán ustedes á legua: su frente achatada se inclina al suelo,

su cuerpo está encorvado, su propio pelo le abruma, sus ojos no tienen

objeto fijo, ven sin mirar, y en consecuencia no ven nada claro. Cuando

una causa, ajena de él, le conmueve, produce un son confuso, bárbaro y

profundo, como el de las masas enormes que se desprenden en el momento

del deshielo en las regiones polares. Y como en la naturaleza no falta

nunca, ni en el hielo, cierto grado calórico, él también tiene su

alma particular; es su grado de calórico; pero tan poca cosa, que no

desprende luz; es un fuego fatuo entre otros fuegos fatuos; sirve para

confundirle y extraviarle más; el _hombre-sólido_, por lo tanto, en

religión, en política, en todo, no ve más que un laberinto, cuyo hilo

jamás encontrará; un caos de fanatismo, de credulidad, de errores.

No es siquiera la linterna apagada; es la linterna que nunca se ha

encendido, que jamás se encenderá: falta dentro el combustible. El

_hombre-sólido_ cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es

la base de la humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene

todos los demás cuerpos, á los cuales impide que se precipiten al

centro, así el _hombre-sólido_ sostiene á los demás que se mantienen

sobre él. De esta especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto;

en una palabra, el que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice

de él. No raciocina, no obra, sino sirve. Sin _hombres-sólidos_ no

habría tiranos; y como aquéllos son eternos, éstos no tendrán fin. Es

la muchedumbre inmensa que llaman pueblo, á quien se fascina, sobre

el cual se pisa, se anda, se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se

levanta, y es terrible, como se levanta la tierra en un terremoto.

Entonces dicen que abre los ojos. Es un error. Tanto valdría llamar

ojos de la tierra á las grietas que produce un volcán. Ni más ni menos

que una piedra, no se mueve de su sitio si no le dan un empellón; de la

aldea donde nació (si es que el _hombre-sólido_ nace; yo creo que al

nacer no hace más que variar de forma); del café donde le pusieron á

servir sorbetes; del callejón donde limpia botas; del buque donde carga

las velas ó les toma rizos; del regimiento donde dispara tiros; de la

cocina donde adereza manjares; de la esquina donde carga baúles; de la

calle donde barre escorias; de la máquina donde teje medias; del molino

donde hace harina; de la reja con que separa terrones. Es el primer

instrumento adherido siempre á los demás instrumentos.

El _hombre-líquido_ fluye, corre, varía de posición; vuela á ocupar el

vacío, tiene ya mayor grado de calórico; serpentea de continuo encima

del _hombre-sólido_, y le moja, le gasta, le corroe, le arrastra, le

vuelca, le ahoga. En momentos de revolución él es el empujado; pero se

amontona, sale de su cauce, y como el torrente que arrastra árboles y

piedras, lo trastorna todo aumentando su propia fuerza con las masas

de _hombre-sólido_ que lleva consigo. Pero así como el torrente no

sabe la fuerza que le impele, ni si hace al correr daño ó provecho,

así el _hombre-líquido_ al moverse no es más que un instrumento menos

imperfecto, que subleva instrumentos más ignorantes; pero lleno ya de

pretensiones, mete ruido, desafía al cielo, enuncia una voz, produce

eco. Ésta es una diferencia esencial del sólido al líquido para

nuestro asunto; la piedra no suena sino cuando la impelen á rodar;

el agua murmura sólo corriendo y existiendo. La clase media de la

humanidad, así también, va siempre murmurando. Un golpe dado en un

cuerpo sólido le arranca un pedazo; el golpe dado ya en el líquido

encuentra resistencia, produce ondas, imprime movimiento. He aquí otra

observación. El golpe dado al pueblo simplemente es sólo perjudicial

para él: el que se da en la clase media suele salpicar al que le da.

El _hombre-líquido_ tiene un alma menos compacta, y en ella más

grados de calórico, pero alma de imitación; como todo líquido, remeda

al momento la forma del vaso donde está; en pequeña cantidad se le

da la figura que se quiere, en gran porción toma la que puede. El

_hombre-líquido_ es la clase media; le conocerán ustedes también al

momento; su movimiento continuo le delata; pasa de un empleo á otro, va

á ocupar los vacíos de las vacantes: hoy en una provincia, mañana en

otra, pasado en la corte; pero por fin, como todo líquido, encuentra

el mar, donde se para y se encarcela; no le es dado correr más. Hoy

es arroyo, mañana río caudaloso. Igual. Hoy es meritorio, mañana

escribiente, pasado oficial; su instinto es crecer, rara vez separarse

del suelo; si se alza momentáneamente, vuelve á caer.

Dada una idea rápida y general del _hombre-sólido_ y del

_hombre-líquido_, pasemos al objeto de nuestro artículo, al

_hombre-gas_. De las dos especies referidas está lleno el mundo; no se

ve otra cosa. Pero como para la formación de la tercera se necesita

un grado altísimo de calórico, hay regiones enteras que carecen del

suficiente para formarla.

He aquí nuestra desgracia; siguiendo el camino que nos señala nuestra

nueva metafísica, estamos, por ahora, en las regiones árticas del

pensamiento. Lo probaré.

El _hombre-gas_, llegado á adquirir la competente dilatación, se

alza por sí solo donde quiera que está, y se sobrepone á ocupar el

puesto que le corresponde en la escala de los cuerpos; llega hasta

la altura que su intensidad le permite, y se detiene en ella; no hay

obstáculos para él, porque si pudiera haberlos, rompería, como el

vapor, la caldera, y escaparía. Ponedle en una aldea; él vencerá la

distancia y llegará á la capital; tirará el arado; pondrá un pie en el

_hombre-sólido_, otro en el _líquido_, y una vez arriba: «Yo mando,

exclamará, no obedezco». Tales son las leyes de la naturaleza. Una vez

comprendido este principio general de física, mis lectores conocerán al

_hombre-gas_ á primera vista. Su frente es altiva, sus ojos de águila,

su fuerza irresistible, su movimiento el del tapón de una botella de

Champagne. Pero para dar al gas una forma no hay más medio que el de

encerrarle en un continente que la tenga. Nada, pues, más natural que

el que demos á esta especie el nombre de _hombre-globo_: sólo así

podemos hacerle perceptible á nuestros sentidos.

De todos nuestros lectores es conocida la historia de los globos desde

las primeras mongolfieras hasta el último experimento de la dirección,

emprendido y malogrado últimamente en París: todos saben que hay gases

de gases, y que los hay específicamente más ligeros que otros; pero

no todos se habrán parado á considerar detenidamente hasta qué punto

podemos vanagloriarnos en nuestro país de la perfección de los gases

que artificialmente necesitamos producir para nuestras ascensiones. Yo

creo que nuestra vanidad no debe hacernos perder la cabeza, si queremos

reparar en su equívoca calidad.

Es claro que en tiempos pasados la atmósfera en que podía elevarse el

_hombre-globo_ entre nosotros, era sumamente limitada: los que más se

habían podido separar del suelo habían hecho consistir todo su esfuerzo

en llegar á los escalones del trono, y si un _hombre-globo_ llegaba á

ser entonces ministro, había hecho toda la ascensión que se podía de

él esperar: uno solo conocieron nuestros físicos más experimentados

que consiguió remontarse en aquella época hasta las más altas cornisas

del coronamiento del real palacio; pero sea por falta de dirección una

vez en el aire, sea por haber calculado mal la intensidad de su gas,

una ráfaga violenta bastó para romper el globo, y el aire se lo llevó

hasta caer todo agujereado á orillas del Tíber, donde yace todavía

mal parado: culpa acaso también de no haber hecho uso de para-caídas,

aunque, como dice muy bien don Simplicio de Bobadilla, _para-caídas_ no

hay _como un globo roto_.

Pero cuando posteriormente se han visto en todos los países elevarse

muchos á alturas desmesuradas y mantenerse más ó menos tiempo en ellas,

no se concibe nuestra casi total ausencia de _hombres-globos_ que se

elevan verdaderamente, sino atribuyéndolo á desgracia del país mismo.

Los Estados-Unidos tuvieron un _hombre-globo_ que subió cuanto pudo, y

manejando diestramente su válvula, descendió como y cuando le plugo;

de Francia hicieron mil su ascensión, que están todavía en altura,

haciendo la admiración de los espectadores; la Suecia mira uno en

su pináculo todavía; y si el mayor de todos fué á parar hasta Santa

Elena, es preciso confesar que hay descensos gloriosos, como retiradas

honrosas.

Ahora bien, observamos al _hombre-globo_ en nuestro país. El año 8

empezaron á quererse henchir multitud de mongolfieras; pero estábamos

indudablemente al principio de la invención, y no debieron de tener

gas mejor que el humo de paja, porque los unos dieron al traste con su

globo en el estrecho, los otros quisieron sostenerse en tierra firme;

pero han ido poco á poco deshinchándose, y una ráfaga ha acabado con

unos, otra con otros.

El año 20 quisieron repetir el experimento; pero por lo visto no

habían aprendido nada nuevo: no contaron nuestros _hombres-globos_ con

el aire del norte, que los envolvió, pegó fuego á unos que cayeron

miserablemente donde pudieron, y arrebató á otros á caer de golpe

y porrazo en países remotos y extranjeros. Raro fué el que cayó

suavemente. Pero adelanto positivo para la ciencia no hubo ninguno.

He aquí sin embargo á nuestros _hombres-globos_ probando de nuevo otra

ascensión; pero escarmentados ya nuestros antiguos y derretidos Ícaros,

tienen miedo hasta al gas que los ha de levantar: y en una palabra,

nosotros no vemos que suban más alto que subió Rozzo. Para nosotros

todos son Rozzos.

Vean ustedes sin embargo al _hombre-globo_ con todos sus caracteres.

¡Qué ruido antes! «¡La ascensión! Va á subir. ¡Ahora, ahora sí va

á subir!» Gran fama, gran prestigio. Se les arma el globo; se les

confía: ved cómo se hinchan. ¿Quién dudará de su suficiencia? Pero

como casi todos nuestros globos, mientras están abajo entre nosotros

asombra su grandeza, y su aparato y su fama. Pero conforme se van

elevando, se les va viendo más pequeños; á la altura apenas de Palacio,

que no es grande altura, ya se les ve tamaños como avellanas, ya el

_hombre-globo_ no es nada: un poco de humo, una gran tela, pero vacía,

y por supuesto, en llegando arriba, no hay dirección. ¡Es posible que

nadie descubra el modo de dar dirección á este globo!

Entre tanto el _hombre-globo_ hace unos cuantos esfuerzos en el aire,

un viento le lleva aquí, otro allá, descarga lastre... ¡inútiles

afanes!, al fin viene al suelo: sólo observo que están ya más duchos en

el uso del para-caídas: todos caen blandamente, y no lejos: los que más

se apartan van á caer al Buen-Retiro.

Pero, señor, me dirán, ¿y ha de ser siempre esto así? ¿No les basta

á esos hombres de experiencias? ¿Serán ellos los últimos que se

desengañen de sí mismos?

He ahí una respuesta que yo no sabré dar. Yo no veo la ciencia

desesperada, creo que acaso habrá por ahí escondidos otros

_hombres-globos_; pero si los hay, ¿por qué no obedecen á las leyes de

la naturaleza? Si su gas tiene más intensidad, ¿cómo no se elevan por

sí solos, cómo no se sobreponen á los otros?

Esta investigación me conduciría muy lejos. Mi objeto no ha sido más

que pintar el _hombre-globo_ de nuestro país: un artículo de física no

puede ser largo: si fuera de política sería otra cosa. Haré mi última

deducción, y concluiré: los Rozzos, que hasta ahora han hecho pinitos

á nuestra vista, parece que ya se han elevado cuanto elevarse pueden.

¡Otros al puesto, experimentos nuevos! Si por el camino trillado nada

se ha hecho, camino nuevo.

Esto la razón sola lo indica. Si hay un _hombre-globo_, que salga,

y le daremos las gracias; mas cuenta con engañarse en sus fuerzas:

recuerde que primero hay que subir, y luego hay que dar dirección; y

como dice Quevedo, «ascender á rodar es desatino; y el que desciende

de la cumbre, ataja», observe que puede sucederle lo que á los demás,

que conforme se vaya elevando se vaya viendo más pequeño. Si no le hay,

lastimoso es decirlo, pero aparejemos el _para-caídas_.

LA ALABANZA

ó

QUE ME PROHÍBAN ÉSTE

Suponiendo que se escriba con principios, se puede escribir después

con varios fines. Ó se escribe para sí, ó se escribe para otros.

Descifremos bien esto. Lo que se escribe en un libro de memorias se

escribe evidentemente para sí. De modo que un souvenir es un monólogo

escrito. No diré precisamente que sea necio el decirse uno las cosas á

sí mismo, porque al cabo, ¿dónde habían de encontrar ciertos hombres un

auditorio indulgente si no hablasen consigo mismos? Lo que diré es que

yo nací con buena memoria. ¡Ojalá fuera mentira! Y tengo reparado que

las cosas que una vez me interesan, tarde ó jamás se me olvidan; por

lo tanto nunca las apunté; y las que no me interesaron siempre juzgué

que no valían la pena de apuntarlas. Por otra parte, de diez cosas que

en la vida suceden las nueve son malas, sin que esto sea decir que la

otra sea enteramente buena. Razón de más para no apuntar. ¡Cuánto

más filosófico y más consolador sería sustituir al _souvenir_ otro

repertorio de anotaciones llamado _olvido! Cosas que debo olvidar_,

pondría uno encima: figúrese el lector si el tal librico necesitaría

hojas, y si podría uno estar ocioso un solo instante, una vez

comprometido á llenar sus páginas de buena fe. Siempre he abundado en

la idea de que se hacen generalmente las cosas al revés: el _souvenir_

es una idea inversa; en este sentido nunca he escrito para mí.

Continuemos echando una ojeada sobre los que escriben para sí.

El que escribe un memorial escribe sin duda para sí. Generalmente nadie

lee los memoriales, sino el que los escribe, que es el único á quien

importan; la prueba de esto es que cuando el empleo se ha de dar,

ya está dado antes de hacer el memorial; y cuando hay que hacer el

memorial, es señal de que no hay que contar con el empleo. Apelo á los

señores que están colocados y á los que se han de colocar. Es, pues,

más necio escribir un memorial, que un _souvenir_. En este sentido

tampoco he escrito nunca para mí.

El que escribe un informe, un consejo, un parecer, escribe para sí; la

prueba es que generalmente siempre se pide el consejo después de tomada

la determinación, y que cuando el informe no gusta se desecha.

El que escribe á una querida escribe para sí, por varias razones; por

lo regular rara vez se encuentran dos amantes en igual grado de pasión;

por consiguiente el calor del uno es griego para el otro, y vice versa.

Además, desde el momento en que dejamos de querer á nuestra amada,

dejamos de escribirla. Prueba de que no escribíamos para ella.

Los autores han dicho siempre en sus prólogos, y se lo han llegado á

creer ellos mismos, que escriben para el público; no sería malo que

se desengañasen de este error. Los no leídos y los silbados escriben

evidentemente para sí: los aplaudidos y celebrados escriben por su

interés, alguna vez por su gloria; pero siempre para sí.

¿Quién es, pues, me dirán, el que escribe para otro? Lo diré. En los

países en que se cree que es dañoso que el hombre diga al hombre lo

que piensa, lo cual equivale á creer que el hombre no debe saber lo

que sabe, y que las piernas no deben andar, en los países donde hay

censura, en esos países es donde se escribe para otro, y ese otro es el

censor. El escritor que, lleno ya un pliego de papel, lo lleva á casa

de un censor, el cual le dice que no se puede escribir lo que él lleva

ya escrito, no escribe ni siquiera para sí. No escribe más que para el

censor. Éste es el único hombre en que yo disculparía que escribiese

un libro de memorias, y hasta que escribiese un memorial. Á mayores

tonterías puede obligar una prohibición.

Estoy muy lejos de querer decir que yo haya escrito nunca para otro,

en este sentido, porque, aunque es verdad que he tenido relaciones con

varios señores censores, por otra parte muy beneméritos, puedo asegurar

que en cuanto he escrito nunca he puesto una sola palabra para ellos,

no porque no crea que no son muy capaces de leer cualquier cosa, sino

porque siempre acaban por establecerse entre el censor y el escritor

etiquetillas fastidiosas y dimes y diretes de poca monta, y á decir

verdad soy poco amigo de cumplimientos. Los de los censores me hacen el

mismo efecto que le hacían al portugués los del casteçao. El cuento es

harto sabido para repetirlo. Esto sería no escribir para nadie.

Bien determinado como estoy á no escribir jamás para el censor, he

tratado siempre de no escribir sino la _verdad_, porque al fin, he

dicho para mí, ¿qué censor había de prohibir la _verdad_, y qué

gobierno ilustrado, como el nuestro, no la había de querer oir? Así

es, que si en el reglamento de censura se prohíbe hablar contra la

religión, contra las autoridades, contra los gobiernos y los soberanos

extranjeros, y contra otra porción de materias, es porque se ha

presumido con mucha razón que era imposible hablar mal de esas cosas,

diciendo verdad. Y para mentir más vale no escribir. Todo esto es

claro; es más que claro; casi es justo.

Lo que está permitido es alabar, sin que en eso haya límite ninguno;

porque es probado que en la alabanza ni puede haber demasía, sobre

todo, para el alabado, ni puede dejar de haber verdad y justicia. Por

esta razón yo me he propuesto alabarlo siempre todo, y á este principio

debo la gran publicidad que se ha permitido á mis débiles escritos.

Sistema que seguiré siempre, y que hoy más que nunca seguiré, porque

efectivamente no hay motivo para otra cosa.

Al decidirme á este plan tuve presente otra consideración, por mejor

decir, un principio de moral incontestable en todos los tiempos y

países. El hombre no debe hacer cosa que no pueda confesar y publicar

altamente. Es así que no puede decir ningún escritor que se le ha

prohibido un artículo por la censura porque eso lo prohíbe la ley, y

la ley no puede ser mala; luego ¿cómo había yo de escribir artículos

que se me pudiesen prohibir? Ni los he escrito, ni los he de escribir,

ni lo dijera, si por algún evento los hubiera escrito, ni yo lo quiero

decir, ni me dejarán tampoco, aunque yo quisiera. No hay medio. Por eso

hago bien en no querer.

Persuadir ahora de las ventajas que me trae el no escribir para otro, y

el alabar constantemente cuanto veo, paréceme un tanto inútil. Y tienen

mis alabanzas lo que tienen pocas, y es, que no me han valido ningún

empleo; no porque yo no pudiera servir para él, sino porque ellos que

no lo dan, y yo que no lo recibo, hemos querido sin duda que mis

alabanzas sean del todo independientes.

De esta independencia nace el desembarazo con que he alabado

francamente en distintas ocasiones, ora el amor de familia con que se

ha solido colocar á los deudos y amigos de los gobernantes, cosa que

ha variado ya enteramente; ora la prudente lentitud con que se han

entregado y se entregan las armas á nuestros amigos; ora la oportunidad

ó idea con que se vistió á los señores Próceres, y en momentos de

aprieto, fundados en que más da el _duro que el desnudo_; ora la

perspicacia con que se han descubierto varias conspiraciones, y se ha

salvado á la patria amenazada; ora la previsión con que se evitó que se

interpretase mal la primera acometida del cólera; ora la precipitación

con que se ha llevado á su término la guerra civil; ora... pero ¿á qué

más? yo no he dejado cosa apenas que no haya alabado; y si algo me he

dejado, por mi vida que me pesa, y téngolo de alabar hoy.

Por todo lo que llevo dicho hay pocas cosas que me incomoden tanto como

el oir el continuo clamoreo de esas gentes quejumbrosas, á quienes

todo cuanto se hace, ó parece mal, ó parece por lo menos poco. Aquí

me irrito, y les respondo: ¿Poco, eh? Vamos á ver: ¿cuántos meses

llevamos?--¿De qué?, me preguntan.--¿De qué? De que... de... Estatuto

Real.--No llega á un año.--Y en poco menos de un año, aquí es la mía,

se han reunido dos estamentos; se han mudado dos ministros de la

guerra; se han visto tres ministros de lo interior; no se ha visto más

que un ministro de Estado, pero se le ha oído más que si hubieran sido

tres. Se ha visto un ministro de hacienda, y la hacienda también, y,

como dice el refrán, _hacienda, tu dueño te vea_; y si no se ha visto

marina, eso poco importa, que nada dice de marina el refrán. En menos

de un año se ha abolido el voto de Santiago; ha habido también sus

sesiones de Próceres alguna vez; y si en menos de un año se ha puesto

la facción sobrado pujante, también en menos de un año han penetrado

los primeros talentos de España, que era preciso, por fin, hacer un

esfuerzo. En menos de un año, ¡qué de generales famosos no se han

estrellado! ¡Qué de facciosos no se han perdonado! ¡Qué de gracias no

se han dicho por varios insignes oradores! ¡Cómo en menos de un año ha

dicho el uno un chascarrillo, y cómo le han contestado con otro y con

otros! ¡Qué de insultillos ocultos del procurador al ministro, y del

ministro al procurador!

Cien veces ciento

Mil veces mil.

¡Cuánta serenidad, pues, en menos de un año, para ocuparse en apuros

de la patria hasta de los más pequeños dimes y diretes! ¡Cuánta

conversación! Temístocles le decía á su general: _¡Pega, pero escucha!_

Cada uno de nuestros oradores es un Temístocles; con tal que le dejen

hablar, él le dirá también á la guerra civil, al pretendiente, á toda

calamidad: _Pega, pero escucha_. ¿Qué más cosas querrían ver esas

gentes, qué más sobre todo querrían oir en poco menos de un año?

_No hay previsión_, me decía uno días pasados.--¡No hay previsión!,

exclamé. Esto ya es mala fe. Y todo ¿por qué? Porque han sucedido

cuatro lances desgraciados, que á pesar de haberse sabido no se

pudieron prevenir. Pero esto ¿qué importa? Á buen seguro que en cuanto

acabó de suceder lo de Correos bien se puso un centinela avanzada en

medio de la Puerta del Sol, que antes no le había; el cual se está allí

las horas muertas, viendo si viene algo por la calle de Alcalá. ¡Qué

vuelvan ahora los del 18! ¿Y no hay previsión?

¡Maldicientes! Lo mismo que el entusiasmo. Mil veces he oído decir

que han apagado el entusiasmo. ¿Y qué? Pongamos que sea cierto. ¿No

se acaba de decidir ahora que se haga entusiasmo nuevo? ¿No se va á

escribir á todos los señores gobernadores que fomenten el espíritu

público y que hagan entusiasmo á toda prisa? ¿Y no lo harán por

ventura? Y excelente y de la mejor calidad. El año pasado no hacía

falta el entusiasmo; como que la facción era poca y el peligro

ninguno nos íbamos bandeando sin entusiasmo y sin espíritu público;

y luego, que entonces estaba la anarquía cosida siempre á los autos

del entusiasmo, y ahora ya no. Y el entusiasmo de ahora ha de ser un

entusiasmo moderado, un entusiasmo frío y racional, un entusiasmo que

mate facciosos, pero nada más: entusiasmo, señor, de quita y pon,

y entusiasmo, en una palabra, sordo-mudo de nacimiento: entusiasmo

que no cante, que no alborote el cotarro; que no se vuelva la casa

un gallinero. Y éste es el bueno, el verdadero entusiasmo. No, si no

volvamos á las canciones patrióticas. ¿Qué trajo la ruina del sistema?

Unas veces dicen que fué la libertad de imprenta, otras que fué... No,

señor, hoy estamos de acuerdo en que fueron las canciones. ¿Y esto no

será de alabar?

Yo alabaré siempre; yo defenderé: reniego de la oposición. ¿Qué quiere

decir la oposición?

He aquí un artículo escrito para todos, menos para el censor. La

ALABANZA, en una palabra: ¡QUE ME PROHÍBAN ÉSTE!

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 63 / 75 题