POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO

Los hombres son raros en verdad. De cuatro veces tres no se entienden

unos á otros; y de tres cuatro no se entienden á sí mismos. Diría

uno oyendo ese prolongado clamor que pide libertad de imprenta

diariamente: «Éste es el país de la imprenta, de los libros... de los

periódicos...». Solemne chasco se llevaría quien tales consecuencias

dedujese. Es preciso entendernos: ese clamor de libertad de imprenta,

tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios:

puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por

un pueblo víctima, que hace el último esfuerzo para romper la cadena;

y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido

por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta

es el baluarte de la libertad civil, en el segundo el paladión de los

conocimientos humanos. Desgraciadamente, si se contempla despacio el

cuadro de nuestra ilustración científica, literaria y artística, esta

ansia de libertad de imprenta no se puede achacar á la cooperación de

ambos principios reunidos, cooperación que sería la perfección; no. Es

preciso contentarse con reconocerle la primera causa por origen; y esto

pinta bastante nuestra situación. Pedimos libertad de imprenta, no para

lucirnos, sino para quejarnos, como anda buscando la voz para gritar el

que abrumado por una horrible y miedosa pesadilla, tiene embargada el

habla por el sueño. Busquemos en España desgraciados y oprimidos, ¿pero

literatos?

Á estas tristes reflexiones da lugar cada publicación original que

levanta la cabeza de cuando en cuando, mostrándose, como á hurtadillas,

entre nosotros. Es la voz que resuena en el desierto: ni un eco hay

que responda, ni un oído que la albergue, ni un pueblo que la escuche.

Montes de arena, hoy aquí, mañana allí: y un huracán violento. Nada más.

Si bien luce algún ingenio todavía de cuando en cuando, nuestra

literatura sin embargo no es más que un gran brasero apagado, entre

cuyas cenizas brilla aún pálida y oscilante tal cual chispa rezagada.

Nuestro siglo de oro ha pasado ya, y nuestro siglo XIX no ha llegado

todavía.

En poesía estamos aún á la altura de los arroyuelos murmuradores, de la

tórtola triste, de la palomita de Filis, de Batilo y Menalcas, de las

delicias de la vida pastoril, del caramillo y del recental, de la leche

y de la miel, y otras fantasmagorías por este estilo. En nuestra poesía

á lo menos no se hallará malicia; todo es pura inocencia. Ningún rumbo

nuevo, ningún resorte no usado. Convengamos en que el poeta del año

35, encenagado en esta sociedad envejecida, amalgama de oropeles y de

costumbres perdidas; presa él mismo de pasioncillas endebles, saliendo

de la fonda ó del billar, de la ópera ó del sarao, y á la vuelta de

esto empeñado en oir desde su bufete el cefirillo suave que juega

enamorado y malicioso por entre las hebras de oro ó de ébano de Filis,

y pintando á la Gesner la deliciosa vida del otero (invadido por los

facciosos), es un ser ridículamente hipócrita, ó furiosamente atrasado.

¿Qué significa escribir cosas que no cree ni el que las escribe, ni el

que las lee?

Empero no quisiéramos que se interpretara en mal del libro que

analizamos esta serie de reflexiones generales, que tienden sólo á

probar, no el atraso particular de tal ó cual poeta, sino el general

atraso de nuestra poesía. Mal pudiéramos por otra parte acriminar á

nadie de seguir demasiado estrictamente el camino más trillado; no

todos tienen espíritu suficiente para sacudir las cadenas de la rutina;

ni la antigua escuela que nos abruma aún por todas partes con su

acompasada monotonía nos permite otra cosa. Antes de inventar nos es

forzoso olvidar, y ésta es una doble tarea de que no son todos capaces;

acaso cuando le ocurre á cada cual olvidar, es tarde ya para él. Todo

va despacio entre nosotros, ¿por qué ha de ir de prisa sólo la poesía?

Colocándonos, pues, en la época á que corresponden estas poesías,

examinemos el libro en venta, no ya comparando á nuestro autor con

lord Byron ó Lamartine, puesto que su género es tan distinto que

difícilmente se le pudieran hallar puntos de contacto.

El tomo del señor Alonso se compone de _odas_, según la antigua

clasificación, y bajo este rótulo se encierran verdaderos _discursos_,

más ó menos filosóficos, elegíacos ó pindáricos, en que el poeta

desarrolla buena porción de dotes aventajadísimas: consta el volumen

además de romances, de sonetos, de letrillas, anacreónticas y canciones.

La colección del señor Alonso comienza con una oda titulada: _Que la

instrucción es la mejor y la más durable de las riquezas_. Sin convenir

de ninguna manera en este principio, encontramos en la tal composición

buen juicio, y esa misma instrucción que el autor llama riqueza, y que

nosotros, menos poetas sin duda, llamaremos sólo instrucción á secas.

La oda elegíaca que sigue está salpicada de poesía por todas partes:

es á la muerte de una joven hermosa recién casada. Imágenes atrevidas,

símiles felicísimos, sentimiento alguna vez. Después de haber dicho que

Cintia á su Delio mira

Y entre sus brazos sonriendo espira.

añade el poeta Alonso:

Así en oscuro templo,

Donde el silencio sepulcral domina,

La agonizante lámpara vislumbra

Sus moribundos trémulos reflejos,

Mientras su luz se ahuyenta

En desiguales partes soñolienta;

Y al consumir oculta

Entre las sombras de la negra noche,

Último resto del fulgor dudoso,

El tibio germen de su triste vida,

Fugaz vigor adquiere

Y súbita creciendo alumbra y muere.

Quítensele á esas estrofas algún adjetivo inútil, y cierta oscuridad

que resulta de la violenta colocación del tercer verso de la segunda, y

es un rasgo de primer orden.

Como imitación de san Juan de la Cruz, la oda á la profesión religiosa

de la señorita madrileña tiene todo el mérito de hallarse bien tomado

el tono de esta clase de composiciones: hay unción, hay aquel dialecto

figurado y simbólico que han usado todos los poetas de este género.

Dice el poeta á la muerte de una niña:

Impune hiere el bárbaro asesino,

Y tranquilo se goza en sangre humana

Retiñendo el puñal de muerte lleno;

Y asesinando vive

Alumbrándole el sol, que alumbra al bueno.

Esta estrofa parece de Cienfuegos; su mismo atrevimiento, su novedad,

su amargura misma.

Parécenos sin embargo que el género filosófico no es el sol de

Austerlitz para el señor de Alonso: le comparáramos de buena gana en

esta circunstancia con Meléndez, de quien las odas y los discursos,

salvo alguna excepción como el de _las artes y las estrellas_, no son

lo que le da inmortalidad.

El género del señor Alonso es el género mismo de Meléndez, el bucólico;

tiene composiciones enteras dignas de Batilo, sabe revestirse

perfectamente del candor pastoril, de aquel dialecto juguetón, de aquel

tono que huele á tomillo, según la feliz expresión de un académico, que

también hay académicos felices en ocurrencias.

Iremos á la fuente

Y allí la sed fogosa apagaremos

En su fresca corriente,

Y el bien que nos debemos

Sin miedo y sin testigos gozaremos.

............................................

¿Á qué envidiar cortadas

Las frutas en los cestos cortesanos,

Si aquí penden colgadas

En árboles galanos

Que desde el suelo alcanzarán las manos?

He aquí al poeta en su terreno. Cuando se entrega á su verdadera

inspiración, nada huelga en él, nada le falta. Ya no hay aquella

dureza, aquella confusión de epítetos superabundantes, aquella especie

de oscuridad, aquella afectada profundidad, aquel lujo pampanoso de

poesía y de ruido que se advierte en sus primeras composiciones. Las

dos estrofas citadas son un modelo; es difícil hacer nada más acabado

que la segunda, felicísima imitación de Virgilio.

¿Cómo no citar aquí, cual la reina del tomo, la composición á la _vida

feliz_, desempeñada en primorosas quintillas? Es de lo mejor que hay

escrito en castellano, y en cualquiera lengua. ¡Qué sencillez tan

elocuente!, ¡qué giros tan castizos, tan elegantes!, ¡qué verdad, qué

pureza, qué encanto singular! Júzguela el lector por sí mismo, y una

vez leído ese lindo rasgo de poesía, le aconsejamos que, en lugar de

pasar á leer ninguna otra composición, la vuelva á leer segunda vez, y

no salga de ella jamás.

Como modelo de facilidad en la versificación, las _Quejas del Moro_ es

romance inimitable; y en punto á romances, aunque son buenos el retrato

de Rosana, el del cumpleaños de la señora doña María de los Dolores

Armijo de Cambronero, el de Anfriso á Dalmiro, campea sobre todos

el de _el Consejo_. Es todo un romance y todo un consejo. ¡Qué pura

intención!, ¡qué verdad!, ¡qué noble indignación contra el seductor

Fabio!, ¡qué interés tan noble por la inocente Elisa!, ¡cómo corre la

pluma en él!, ¡cómo se desahoga la vena del poeta!

Fácilmente conocerá el lector que ya puestos á citar, citaríamos de

buen talante infinitas bellezas más por ese mismo estilo que brillan

en la colección; con tanto más placer, cuanto que amigos del poeta,

quisiéramos no vernos obligados á poner al lado del elogio conquistado

la merecida crítica. Pero conocemos demasiado al señor Alonso y sus

severos principios de virtud, para ofenderle con una parcialidad

indigna del escritor público. Al notar los defectos de su obra, como

lo hemos hecho, repetiremos su axioma: _Amicus Plato, sed magis amica

veritas_.

En resumen, el señor de Alonso tiene en general el mérito de ser

original, y en estos tiempos no es poco. No se puede comparar con

Rioja, con Herrera, con Garcilaso; no es precisamente Meléndez, ni

Cienfuegos; no es Quintana; no es... es un poeta _sui generis_; el

señor Alonso es Alonso. Es superior, como hemos dicho, en el género

bucólico. Su versificación es en general buena, casi siempre armoniosa.

No es muy correcto, y esto no porque le creamos incapaz de corrección;

pero ha hecho mal en no pulirse más, como él mismo dice en su prólogo,

por falta de _humor y de paciencia_. Hubiera podido expurgar algún

tanto sus poesías, suprimir alguna composición, y acortar muchas. Poeta

franco y libre, suelta la rienda á su inspiración y escribe demasiado.

El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para

saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Esa superabundancia de

vena suele dañar al efecto, desliendo demasiado ideas que, ligeramente

apuntadas, resaltarían doble; porque en las artes de imaginación suele

querer decir de más lo que se dice de menos. Manifiesta instrucción

y filosofía, si no abusara á veces de la primera, y si no afectase

demasiado la segunda. Conoce su lengua, y aun creemos que pueda deber

al cultivo de la poesía esas disposiciones oratorias que hemos oído

elogiar en él aplicadas al foro.

Damos el parabién al señor Alonso por los laureles que acumula sobre

su cabeza con la publicación de sus poesías, y nos le damos á nosotros

mismos por haber tenido ocasión de hacer pública justicia al mérito del

señor Alonso.

CARTA DE FÍGARO

Á SU ANTIGUO CORRESPONSAL

Ya se ve que te escribo poco, amigo mío; pero ¿qué quieres? me he

propuesto no escribirte sino cuando suceda por acá alguna cosa buena,

cuando haya alguna buena noticia, ó cuando las novedades que ocurran

sean tan grandes que valgan la pena de escribir sobre ellas cuatro

párrafos de sustancia y de gusto. Cosa buena no ocurre, ni viene buena

noticia de ninguna parte; y por lo que hace á novedades, todas las de

por acá son viejas. Á mí se me figura siempre que he visto ya en otra

parte todas nuestras novedades; y debe de consistir en que las unas son

plagios, las otras imitaciones, y las demás repeticiones de nosotros

mismos. Siempre vamos por el mismo camino, y, lo que es peor, al mismo

paraje. Hay sin embargo quien asegura que esta vez no vamos por ningún

camino, ni á ninguna parte; si esto fuese cierto, ya sería el caso muy

diferente.

Me preguntas ¿qué era eso que andábamos buscando aquí y que no se

encontraba? Por esas señas apenas sé lo que me quieres decir. Todo...

Me he figurado, al fin, si me querrías hablar del ministerio. Pero si

era eso, ¿á qué tanto misterio? Ya no estamos en tiempo de Calomarde;

ahora se puede hablar claro y sin rodeos todo lo que se piensa, cuando

se piensa. Aquí se habla mal de muchos ministros, y se los nombra y

todo: á nadie han preso todavía por eso, lo cual es muy de alabar, y

prueba por lo menos que no se quieren cometer injusticias.

En punto á ministerio te diré que es cierto que hemos andado buscando

ministros. Tú sabes el cuento de Diógenes y la linterna. Poco más ó

menos se ha hecho aquí buscando un hombre. Parece que no es nada el

ser ministro. Pues es algo. Antes, ¡vaya! Pero ahora con esto de que

el ministro ha de saber hablar, y se ha de vestir limpio, y qué sé yo

cuántas cosas... Sucede que no se atreven á quitar un ministro, porque,

amigo, ¿dónde van por otro? Hombres para ministros no nacen todos los

días; y si _nacieran_, como decía muy bien el señor presidente del

consejo de ministros en una lindísima elegía,

Sólo al tocarlos yo se marchitarán,

porque ésa es la suerte de todas las cosas de nuestro país. Pero por

fin el hombre ya parece que se ha encontrado, y está provisto el

ministerio de la guerra.

Hace un año, poco más, decía el gobierno (que entonces era Cea)

que para acabar con don Carlos no se necesitaban _liberales_ ni

_innovaciones_. Pasó el tiempo, y fué preciso echar mano de _liberales_

y de _innovaciones_, lo menos que se pudo, es verdad; pero al fin fué

preciso. Que tuvimos ya nuestro poco de liberales, y nuestro poquito de

innovación; siguieron los que entraron con el mismo cantar: «Nosotros

lo acabaremos, dijeron; pero ni hace falta Mina, ni...». Pues hizo

falta _Mina_, hizo falta _Valdés_... Y hará falta todo.

Pues un espejo de lo que ha sucedido en guerra ha sido _gracia_ y

_justicia_. De renuncia en renuncia vinimos á parar en fin al señor

Dehesa. Yo no le conocía, ni tú tampoco; pero eso no prueba nada. Me

dirás á eso que tú no has dicho que pruebe algo; entonces estamos de

acuerdo. En interior ha sido otra cosa; allí no costó nada el hacer la

mudanza, si se exceptúa lo que costó decidirse á ella, y han puesto al

señor Medrano. Con respecto á sus doctrinas, bien conocidas son; no hay

sino coger los periódicos y echarse á adivinar en las sesiones que dan

los taquígrafos lo que deben haber dicho los oradores, y por ahí te

pones al corriente en un momento.

Lo que es la hacienda sigue lo mismo, y el estado _in statu quo_. La

marina sin novedad, que por cierto es lástima. La cuádrupla alianza

parece que tiene olvidada su cláusula de sacar al pretendiente del

territorio de la Península. Á eso dirán que ya han cumplido, y que lo

han sacado otra vez... No es para todos los días andar como pala de

horno, sacando y metiendo á su alteza en la Península. Que se salga

él si quiere, y si no que lo deje; lo demás no es tener maldita la

formalidad.

Los presupuestos van en boga. El Conservatorio de música no ha podido

sacar un maravedí á la nación. Primero se contentó con 600,000 reales,

luego ya pidió 400,000, después bajó hasta 80,000. Pero nada. Sin

embargo, á él se le dan dos cominos de todo eso. Anoche se cantó allí

la _Norma_, y se asegura que siguen cantando. Siempre se ha dicho que

«el español cuando canta, ó rabia ó no tiene blanca». Mira tú lo que

es: yo era de opinión de que le hubieran votado alguna friolera.

Ya vamos mudando los nombres á las cosas. En verdad que hasta ahora no

estamos más que en las calles; pero por alguna parte se ha de empezar.

Ya los mudaremos todos, si Dios quiere.

Los teatros siguen abiertos la cuaresma; eso sí, las comedias con este

régimen, ó lo que sea, pelechan. Y á propósito de comedias, te diré

que aquellos veinte y ocho carlistas que se habían cogido en la costa

cantábrica han resultado ser veinte y siete. Parece que había sido un

yerro de cuenta.

La fusión sigue en boga por todas partes: dentro de poco conseguirán

que se junten el agua y el aceite. Pero ¡qué químicos, amigo, qué

químicos! Así nos refundiéramos como nos fundimos.

Á propósito, también se me olvidaba la gran novedad, la verdadera

novedad del día. _La Revista_ y _el Mensajero_ se han fundido, es

decir, se han casado. Si ha sido casamiento por amor ó por interés

no te lo diré; pero yo creo que se querían; ya sabes que hace tiempo

que se conocían; dónde se han visto, y dónde se han tratado, nadie lo

sabe, porque al fin los padres siempre han andado por distinto lado,

pero los chicos son el diablo: ello es que de la noche á la mañana nos

hemos encontrado hecha la boda. La novia ha llevado casa puesta, coche

y buen dote; y el novio sobre un capital decente muy buenas dotes. Él

es un poco brusco y exigente; nada de transigir: hombre al fin: ella,

que si fué coqueta, que si no fué coqueta. Pero es lo que ha dicho _el

Mensajero_: «Lo que no es en mi año, no es en mi daño». Por otra parte,

vaya usted á buscar una mujer que no sea coqueta, y que no haya hecho

cara á... ¡Delirios! ó no casarse, ó apechugar con ellas como son.

La boda fué ayer, y hoy podemos decir con Desmahis:

La jeune épouse de la veille

Tout à la fois pâle et vermeille

Avait encor l'air étonné;

Et tout ensemble heureuse et sage,

Laissait lire sur son visage

Le plaisir qu'elle avait donné.

Yo creo que harán buen menaje, porque, al fin, pienso como Voltaire:

Point de milieu; l'hymen et ses liens

Sont les plus grands ou des maux ou des biens.

Y más creo, que no tendrá que reproducir nunca _la Revista_ la

queja aquella de la señora que se querellaba de su marido ante los

tribunales, diciendo: «Mi marido es gran músico, buen escribano,

singular contador, salvo que no multiplica».

Con esto, y con añadirte que en Navarra no hay novedad, y que

se acabará probablemente la sesión sin presentarse la ley de

ayuntamientos, y sin lograr una buena ley de imprenta, ya me parece que

te digo bastante. Si á esto añades que estas semanas pasadas nos han

robado en Madrid hasta por las calles, ¡tantos ladrones ha habido! no

te queda más que saber.--Tuyo.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 62 / 75 题