Los hombres son raros en verdad. De cuatro veces tres no se entienden
unos á otros; y de tres cuatro no se entienden á sí mismos. Diría
uno oyendo ese prolongado clamor que pide libertad de imprenta
diariamente: «Éste es el país de la imprenta, de los libros... de los
periódicos...». Solemne chasco se llevaría quien tales consecuencias
dedujese. Es preciso entendernos: ese clamor de libertad de imprenta,
tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios:
puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por
un pueblo víctima, que hace el último esfuerzo para romper la cadena;
y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido
por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta
es el baluarte de la libertad civil, en el segundo el paladión de los
conocimientos humanos. Desgraciadamente, si se contempla despacio el
cuadro de nuestra ilustración científica, literaria y artística, esta
ansia de libertad de imprenta no se puede achacar á la cooperación de
ambos principios reunidos, cooperación que sería la perfección; no. Es
preciso contentarse con reconocerle la primera causa por origen; y esto
pinta bastante nuestra situación. Pedimos libertad de imprenta, no para
lucirnos, sino para quejarnos, como anda buscando la voz para gritar el
que abrumado por una horrible y miedosa pesadilla, tiene embargada el
habla por el sueño. Busquemos en España desgraciados y oprimidos, ¿pero
literatos?
Á estas tristes reflexiones da lugar cada publicación original que
levanta la cabeza de cuando en cuando, mostrándose, como á hurtadillas,
entre nosotros. Es la voz que resuena en el desierto: ni un eco hay
que responda, ni un oído que la albergue, ni un pueblo que la escuche.
Montes de arena, hoy aquí, mañana allí: y un huracán violento. Nada más.
Si bien luce algún ingenio todavía de cuando en cuando, nuestra
literatura sin embargo no es más que un gran brasero apagado, entre
cuyas cenizas brilla aún pálida y oscilante tal cual chispa rezagada.
Nuestro siglo de oro ha pasado ya, y nuestro siglo XIX no ha llegado
todavía.
En poesía estamos aún á la altura de los arroyuelos murmuradores, de la
tórtola triste, de la palomita de Filis, de Batilo y Menalcas, de las
delicias de la vida pastoril, del caramillo y del recental, de la leche
y de la miel, y otras fantasmagorías por este estilo. En nuestra poesía
á lo menos no se hallará malicia; todo es pura inocencia. Ningún rumbo
nuevo, ningún resorte no usado. Convengamos en que el poeta del año
35, encenagado en esta sociedad envejecida, amalgama de oropeles y de
costumbres perdidas; presa él mismo de pasioncillas endebles, saliendo
de la fonda ó del billar, de la ópera ó del sarao, y á la vuelta de
esto empeñado en oir desde su bufete el cefirillo suave que juega
enamorado y malicioso por entre las hebras de oro ó de ébano de Filis,
y pintando á la Gesner la deliciosa vida del otero (invadido por los
facciosos), es un ser ridículamente hipócrita, ó furiosamente atrasado.
¿Qué significa escribir cosas que no cree ni el que las escribe, ni el
que las lee?
Empero no quisiéramos que se interpretara en mal del libro que
analizamos esta serie de reflexiones generales, que tienden sólo á
probar, no el atraso particular de tal ó cual poeta, sino el general
atraso de nuestra poesía. Mal pudiéramos por otra parte acriminar á
nadie de seguir demasiado estrictamente el camino más trillado; no
todos tienen espíritu suficiente para sacudir las cadenas de la rutina;
ni la antigua escuela que nos abruma aún por todas partes con su
acompasada monotonía nos permite otra cosa. Antes de inventar nos es
forzoso olvidar, y ésta es una doble tarea de que no son todos capaces;
acaso cuando le ocurre á cada cual olvidar, es tarde ya para él. Todo
va despacio entre nosotros, ¿por qué ha de ir de prisa sólo la poesía?
Colocándonos, pues, en la época á que corresponden estas poesías,
examinemos el libro en venta, no ya comparando á nuestro autor con
lord Byron ó Lamartine, puesto que su género es tan distinto que
difícilmente se le pudieran hallar puntos de contacto.
El tomo del señor Alonso se compone de _odas_, según la antigua
clasificación, y bajo este rótulo se encierran verdaderos _discursos_,
más ó menos filosóficos, elegíacos ó pindáricos, en que el poeta
desarrolla buena porción de dotes aventajadísimas: consta el volumen
además de romances, de sonetos, de letrillas, anacreónticas y canciones.
La colección del señor Alonso comienza con una oda titulada: _Que la
instrucción es la mejor y la más durable de las riquezas_. Sin convenir
de ninguna manera en este principio, encontramos en la tal composición
buen juicio, y esa misma instrucción que el autor llama riqueza, y que
nosotros, menos poetas sin duda, llamaremos sólo instrucción á secas.
La oda elegíaca que sigue está salpicada de poesía por todas partes:
es á la muerte de una joven hermosa recién casada. Imágenes atrevidas,
símiles felicísimos, sentimiento alguna vez. Después de haber dicho que
Cintia á su Delio mira
Y entre sus brazos sonriendo espira.
añade el poeta Alonso:
Así en oscuro templo,
Donde el silencio sepulcral domina,
La agonizante lámpara vislumbra
Sus moribundos trémulos reflejos,
Mientras su luz se ahuyenta
En desiguales partes soñolienta;
Y al consumir oculta
Entre las sombras de la negra noche,
Último resto del fulgor dudoso,
El tibio germen de su triste vida,
Fugaz vigor adquiere
Y súbita creciendo alumbra y muere.
Quítensele á esas estrofas algún adjetivo inútil, y cierta oscuridad
que resulta de la violenta colocación del tercer verso de la segunda, y
es un rasgo de primer orden.
Como imitación de san Juan de la Cruz, la oda á la profesión religiosa
de la señorita madrileña tiene todo el mérito de hallarse bien tomado
el tono de esta clase de composiciones: hay unción, hay aquel dialecto
figurado y simbólico que han usado todos los poetas de este género.
Dice el poeta á la muerte de una niña:
Impune hiere el bárbaro asesino,
Y tranquilo se goza en sangre humana
Retiñendo el puñal de muerte lleno;
Y asesinando vive
Alumbrándole el sol, que alumbra al bueno.
Esta estrofa parece de Cienfuegos; su mismo atrevimiento, su novedad,
su amargura misma.
Parécenos sin embargo que el género filosófico no es el sol de
Austerlitz para el señor de Alonso: le comparáramos de buena gana en
esta circunstancia con Meléndez, de quien las odas y los discursos,
salvo alguna excepción como el de _las artes y las estrellas_, no son
lo que le da inmortalidad.
El género del señor Alonso es el género mismo de Meléndez, el bucólico;
tiene composiciones enteras dignas de Batilo, sabe revestirse
perfectamente del candor pastoril, de aquel dialecto juguetón, de aquel
tono que huele á tomillo, según la feliz expresión de un académico, que
también hay académicos felices en ocurrencias.
Iremos á la fuente
Y allí la sed fogosa apagaremos
En su fresca corriente,
Y el bien que nos debemos
Sin miedo y sin testigos gozaremos.
............................................
¿Á qué envidiar cortadas
Las frutas en los cestos cortesanos,
Si aquí penden colgadas
En árboles galanos
Que desde el suelo alcanzarán las manos?
He aquí al poeta en su terreno. Cuando se entrega á su verdadera
inspiración, nada huelga en él, nada le falta. Ya no hay aquella
dureza, aquella confusión de epítetos superabundantes, aquella especie
de oscuridad, aquella afectada profundidad, aquel lujo pampanoso de
poesía y de ruido que se advierte en sus primeras composiciones. Las
dos estrofas citadas son un modelo; es difícil hacer nada más acabado
que la segunda, felicísima imitación de Virgilio.
¿Cómo no citar aquí, cual la reina del tomo, la composición á la _vida
feliz_, desempeñada en primorosas quintillas? Es de lo mejor que hay
escrito en castellano, y en cualquiera lengua. ¡Qué sencillez tan
elocuente!, ¡qué giros tan castizos, tan elegantes!, ¡qué verdad, qué
pureza, qué encanto singular! Júzguela el lector por sí mismo, y una
vez leído ese lindo rasgo de poesía, le aconsejamos que, en lugar de
pasar á leer ninguna otra composición, la vuelva á leer segunda vez, y
no salga de ella jamás.
Como modelo de facilidad en la versificación, las _Quejas del Moro_ es
romance inimitable; y en punto á romances, aunque son buenos el retrato
de Rosana, el del cumpleaños de la señora doña María de los Dolores
Armijo de Cambronero, el de Anfriso á Dalmiro, campea sobre todos
el de _el Consejo_. Es todo un romance y todo un consejo. ¡Qué pura
intención!, ¡qué verdad!, ¡qué noble indignación contra el seductor
Fabio!, ¡qué interés tan noble por la inocente Elisa!, ¡cómo corre la
pluma en él!, ¡cómo se desahoga la vena del poeta!
Fácilmente conocerá el lector que ya puestos á citar, citaríamos de
buen talante infinitas bellezas más por ese mismo estilo que brillan
en la colección; con tanto más placer, cuanto que amigos del poeta,
quisiéramos no vernos obligados á poner al lado del elogio conquistado
la merecida crítica. Pero conocemos demasiado al señor Alonso y sus
severos principios de virtud, para ofenderle con una parcialidad
indigna del escritor público. Al notar los defectos de su obra, como
lo hemos hecho, repetiremos su axioma: _Amicus Plato, sed magis amica
veritas_.
En resumen, el señor de Alonso tiene en general el mérito de ser
original, y en estos tiempos no es poco. No se puede comparar con
Rioja, con Herrera, con Garcilaso; no es precisamente Meléndez, ni
Cienfuegos; no es Quintana; no es... es un poeta _sui generis_; el
señor Alonso es Alonso. Es superior, como hemos dicho, en el género
bucólico. Su versificación es en general buena, casi siempre armoniosa.
No es muy correcto, y esto no porque le creamos incapaz de corrección;
pero ha hecho mal en no pulirse más, como él mismo dice en su prólogo,
por falta de _humor y de paciencia_. Hubiera podido expurgar algún
tanto sus poesías, suprimir alguna composición, y acortar muchas. Poeta
franco y libre, suelta la rienda á su inspiración y escribe demasiado.
El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para
saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Esa superabundancia de
vena suele dañar al efecto, desliendo demasiado ideas que, ligeramente
apuntadas, resaltarían doble; porque en las artes de imaginación suele
querer decir de más lo que se dice de menos. Manifiesta instrucción
y filosofía, si no abusara á veces de la primera, y si no afectase
demasiado la segunda. Conoce su lengua, y aun creemos que pueda deber
al cultivo de la poesía esas disposiciones oratorias que hemos oído
elogiar en él aplicadas al foro.
Damos el parabién al señor Alonso por los laureles que acumula sobre
su cabeza con la publicación de sus poesías, y nos le damos á nosotros
mismos por haber tenido ocasión de hacer pública justicia al mérito del
señor Alonso.
CARTA DE FÍGARO
Á SU ANTIGUO CORRESPONSAL
Ya se ve que te escribo poco, amigo mío; pero ¿qué quieres? me he
propuesto no escribirte sino cuando suceda por acá alguna cosa buena,
cuando haya alguna buena noticia, ó cuando las novedades que ocurran
sean tan grandes que valgan la pena de escribir sobre ellas cuatro
párrafos de sustancia y de gusto. Cosa buena no ocurre, ni viene buena
noticia de ninguna parte; y por lo que hace á novedades, todas las de
por acá son viejas. Á mí se me figura siempre que he visto ya en otra
parte todas nuestras novedades; y debe de consistir en que las unas son
plagios, las otras imitaciones, y las demás repeticiones de nosotros
mismos. Siempre vamos por el mismo camino, y, lo que es peor, al mismo
paraje. Hay sin embargo quien asegura que esta vez no vamos por ningún
camino, ni á ninguna parte; si esto fuese cierto, ya sería el caso muy
diferente.
Me preguntas ¿qué era eso que andábamos buscando aquí y que no se
encontraba? Por esas señas apenas sé lo que me quieres decir. Todo...
Me he figurado, al fin, si me querrías hablar del ministerio. Pero si
era eso, ¿á qué tanto misterio? Ya no estamos en tiempo de Calomarde;
ahora se puede hablar claro y sin rodeos todo lo que se piensa, cuando
se piensa. Aquí se habla mal de muchos ministros, y se los nombra y
todo: á nadie han preso todavía por eso, lo cual es muy de alabar, y
prueba por lo menos que no se quieren cometer injusticias.
En punto á ministerio te diré que es cierto que hemos andado buscando
ministros. Tú sabes el cuento de Diógenes y la linterna. Poco más ó
menos se ha hecho aquí buscando un hombre. Parece que no es nada el
ser ministro. Pues es algo. Antes, ¡vaya! Pero ahora con esto de que
el ministro ha de saber hablar, y se ha de vestir limpio, y qué sé yo
cuántas cosas... Sucede que no se atreven á quitar un ministro, porque,
amigo, ¿dónde van por otro? Hombres para ministros no nacen todos los
días; y si _nacieran_, como decía muy bien el señor presidente del
consejo de ministros en una lindísima elegía,
Sólo al tocarlos yo se marchitarán,
porque ésa es la suerte de todas las cosas de nuestro país. Pero por
fin el hombre ya parece que se ha encontrado, y está provisto el
ministerio de la guerra.
Hace un año, poco más, decía el gobierno (que entonces era Cea)
que para acabar con don Carlos no se necesitaban _liberales_ ni
_innovaciones_. Pasó el tiempo, y fué preciso echar mano de _liberales_
y de _innovaciones_, lo menos que se pudo, es verdad; pero al fin fué
preciso. Que tuvimos ya nuestro poco de liberales, y nuestro poquito de
innovación; siguieron los que entraron con el mismo cantar: «Nosotros
lo acabaremos, dijeron; pero ni hace falta Mina, ni...». Pues hizo
falta _Mina_, hizo falta _Valdés_... Y hará falta todo.
Pues un espejo de lo que ha sucedido en guerra ha sido _gracia_ y
_justicia_. De renuncia en renuncia vinimos á parar en fin al señor
Dehesa. Yo no le conocía, ni tú tampoco; pero eso no prueba nada. Me
dirás á eso que tú no has dicho que pruebe algo; entonces estamos de
acuerdo. En interior ha sido otra cosa; allí no costó nada el hacer la
mudanza, si se exceptúa lo que costó decidirse á ella, y han puesto al
señor Medrano. Con respecto á sus doctrinas, bien conocidas son; no hay
sino coger los periódicos y echarse á adivinar en las sesiones que dan
los taquígrafos lo que deben haber dicho los oradores, y por ahí te
pones al corriente en un momento.
Lo que es la hacienda sigue lo mismo, y el estado _in statu quo_. La
marina sin novedad, que por cierto es lástima. La cuádrupla alianza
parece que tiene olvidada su cláusula de sacar al pretendiente del
territorio de la Península. Á eso dirán que ya han cumplido, y que lo
han sacado otra vez... No es para todos los días andar como pala de
horno, sacando y metiendo á su alteza en la Península. Que se salga
él si quiere, y si no que lo deje; lo demás no es tener maldita la
formalidad.
Los presupuestos van en boga. El Conservatorio de música no ha podido
sacar un maravedí á la nación. Primero se contentó con 600,000 reales,
luego ya pidió 400,000, después bajó hasta 80,000. Pero nada. Sin
embargo, á él se le dan dos cominos de todo eso. Anoche se cantó allí
la _Norma_, y se asegura que siguen cantando. Siempre se ha dicho que
«el español cuando canta, ó rabia ó no tiene blanca». Mira tú lo que
es: yo era de opinión de que le hubieran votado alguna friolera.
Ya vamos mudando los nombres á las cosas. En verdad que hasta ahora no
estamos más que en las calles; pero por alguna parte se ha de empezar.
Ya los mudaremos todos, si Dios quiere.
Los teatros siguen abiertos la cuaresma; eso sí, las comedias con este
régimen, ó lo que sea, pelechan. Y á propósito de comedias, te diré
que aquellos veinte y ocho carlistas que se habían cogido en la costa
cantábrica han resultado ser veinte y siete. Parece que había sido un
yerro de cuenta.
La fusión sigue en boga por todas partes: dentro de poco conseguirán
que se junten el agua y el aceite. Pero ¡qué químicos, amigo, qué
químicos! Así nos refundiéramos como nos fundimos.
Á propósito, también se me olvidaba la gran novedad, la verdadera
novedad del día. _La Revista_ y _el Mensajero_ se han fundido, es
decir, se han casado. Si ha sido casamiento por amor ó por interés
no te lo diré; pero yo creo que se querían; ya sabes que hace tiempo
que se conocían; dónde se han visto, y dónde se han tratado, nadie lo
sabe, porque al fin los padres siempre han andado por distinto lado,
pero los chicos son el diablo: ello es que de la noche á la mañana nos
hemos encontrado hecha la boda. La novia ha llevado casa puesta, coche
y buen dote; y el novio sobre un capital decente muy buenas dotes. Él
es un poco brusco y exigente; nada de transigir: hombre al fin: ella,
que si fué coqueta, que si no fué coqueta. Pero es lo que ha dicho _el
Mensajero_: «Lo que no es en mi año, no es en mi daño». Por otra parte,
vaya usted á buscar una mujer que no sea coqueta, y que no haya hecho
cara á... ¡Delirios! ó no casarse, ó apechugar con ellas como son.
La boda fué ayer, y hoy podemos decir con Desmahis:
La jeune épouse de la veille
Tout à la fois pâle et vermeille
Avait encor l'air étonné;
Et tout ensemble heureuse et sage,
Laissait lire sur son visage
Le plaisir qu'elle avait donné.
Yo creo que harán buen menaje, porque, al fin, pienso como Voltaire:
Point de milieu; l'hymen et ses liens
Sont les plus grands ou des maux ou des biens.
Y más creo, que no tendrá que reproducir nunca _la Revista_ la
queja aquella de la señora que se querellaba de su marido ante los
tribunales, diciendo: «Mi marido es gran músico, buen escribano,
singular contador, salvo que no multiplica».
Con esto, y con añadirte que en Navarra no hay novedad, y que
se acabará probablemente la sesión sin presentarse la ley de
ayuntamientos, y sin lograr una buena ley de imprenta, ya me parece que
te digo bastante. Si á esto añades que estas semanas pasadas nos han
robado en Madrid hasta por las calles, ¡tantos ladrones ha habido! no
te queda más que saber.--Tuyo.