Así como hay en el mundo hombres buenos, también hay cosas buenas: no
citaremos nombres propios en la primera clase, por no ofender á la
mayoría; pero en la segunda preciso será citar si queremos que nos
crean. Cosa buena por ejemplo es la previa censura, y para algunos
no sólo buena sino excelente. Que manda usted, y que manda usted mal,
dos cosas que pueden ir juntas. ¿Pues no es cosa buena y rebuena que
nadie pueda decirle á usted una palabra? Que manda usted, y que no
manda usted mal, pero que es usted hombre de calma; y como había usted
de mandar algo bueno, no manda usted nada, ni bueno, ni malo. ¿Pues no
es un placer verdaderamente que si hay algún escritorzuelo atrevido
que sale á decir: «Esto no marcha», salga por otra parte el censor
que usted le pone, y le escriba en letra gorda y desigual al pie del
folleto: «Esto no puede correr?». Vaya si es cosa buena. Que es usted
un sujeto de luces por otra parte, amigo del gobierno, y que tiene
usted poco sueldo, ó no tiene usted ninguno, como suele suceder; vaya
si es cosa buena que le den á usted 20,000 reales de sueldo, ú opción á
los primeros que vaquen, sólo por poner: «Esto no puede correr», que al
cabo es decir una verdad como un templo... Cosa buena es y muy buena.
Replicáronnos los que viven de disputar que la tal previa censura no es
igualmente buena para el que escribió el artículo que no puede correr,
ni para el país que de él pudiera sacar provecho; pero en primer lugar,
que al sentar nosotros la proposición de que hay cosas buenas, no
hemos dicho para quién, y en segundo añadiremos que ése es el destino
de las cosas de este mundo, en las cuales no hay una sola buena para
todos. Países hay donde se cree que la perfección consiste en que las
cosas sean buenas para los más; pero también hay países donde se cree
en brujas, y no por eso son las brujas más verdaderas. Dejemos por
consiguiente este punto, que entra en el número de los muchos que no
son oportunos todavía para nosotros, y convengamos únicamente en que
hay cosas buenas.
Sabido esto, pocas hay que se puedan comparar con la policía. Por de
pronto su origen está en la naturaleza; la policía se debe al miedo, y
el miedo es cosa tan natural, que poco ó mucho no hay quien no tenga
alguno; y esto sin contar con los que tienen demasiado, que son los
más. Todos tenemos miedo: los cobardes á todo: los valientes á parecer
cobardes: en una palabra, el que más hace es el que más lo disimula,
y esto no lo digo yo precisamente; antes que yo lo ha dicho Ercilla,
en dos versos, por más señas, que si bien pudieran ser mejores,
difícilmente podrían ser más ciertos.
El miedo es natural en el prudente,
Y el saberlo vencer es ser valiente.
Preclaro es, pues, el origen de la policía. No nos remontaremos á las
edades remotas para encontrar apoyos en favor de la policía. Trabajo
inútil fuera, pues ya nos lo dan hecho; un orador ha dicho que en todos
los países la ha habido _con este ó aquel nombre_, y es punto sabido
y muy sabido que la había en Roma y en el consulado de Cicerón: no se
sabe si con este ó con aquel nombre, no precisamente con su subdelegado
al frente y sus celadores al pie; pero ello es que la había, y si
la había en Roma, es cosa buena: si á esto se añade que la hay en
Portugal, y que el pueblo da á sus individuos el nombre de _morcegos_,
ya no hay más que saber.
Venecia ha sido el estado que ha llevado á más alto grado de esplendor
la policía; pues ¿qué otra cosa era el famoso tribunal pesquisidor de
aquella república? Á ella se debía la hermosa libertad que se gozaba
en la reina del Adriático, y que con colores tan halagüeños nos ha
presentado un literato moderno en la escena, y un célebre novelista en
su _Bravo_. La inquisición no era tampoco otra cosa que una policía
religiosa; y si era buena la inquisición, no hay para qué disputarlo.
Aquí se prueba lo que ha dicho el orador citado, de que siempre ha
existido en todos los países _con este ó aquel nombre_.
Otra prueba de que es cosa buena la policía es su existencia, no sólo
en Roma y en Portugal, sino también en Austria; y sobre todo, en la
Italia sujeta á aquel imperio, donde es delito á los ojos de la policía
haber á las manos un papel francés. Así son los Italianos tan felices,
así se hacen lenguas del emperador de Austria. Óigase otro ejemplo.
Ahí está la Polonia, que debe su actual felicidad, ¡vaya si es feliz!,
á la policía rusa. Que la policía es, pues, una institución liberal,
se deduce claramente de su existencia en Austria y en Polonia; y si
nos venimos más acá, veremos que en Francia la instaló Bonaparte, uno
de los amigos más acérrimos de la libertad; y tanto, que él tomó para
sí toda la que pudo coger á los pueblos que sujetó; y á España, por
fin, la trajo el célebre conquistador del Trocadero el año 23, y fué
lo que nos dió en cambio y permuta de la constitución que se llevó;
prueba de que él creía que valía tanto por lo menos la policía como la
constitución.
Pues luego, si ha hecho bienes al país, no hay para qué ponerlo en
cuestión.
Á la policía debió el desgraciado Miyar su triste fin; y como ha
dicho muy bien otro orador, á la policía se debió sin duda alguna
aquella inocente treta por la cual se sonsacó de Gibraltar á un
célebre patriota para acabarlo en territorio español, con toda
nobleza y valentía. Pero ¿á qué más ejemplos?; de cuantos liberales
han muerto judicialmente asesinados en los diez años, acaso no habrá
habido uno que no haya tenido algo que agradecer á esa brillante
institución. Ahora bien, continuador el año 35 y heredero universal,
como se ha pretendido, de los diez años, mal pudiera rehusar herencia
tan legítima: así hemos visto á nuestra policía recientemente hacer
prodigios en punto á conspiraciones.
La policía se divide en política y en urbana. Y es cosa tan buena como
otra. Por la primera, supongamos que sabe usted que se habla en un
café, en una casa, ó que no se habla, pero que tiene usted un enemigo;
¿quién no tiene un enemigo? Va usted á la policía, y con contar el
caso, y con añadir que en la casa tienen pacto con _isabelinos_, y
que detrás del _viva de ordenanza_ está tapada la anarquía, hace
usted prender á su enemigo. ¿Pues no es cosa excelente? Luego, para
cualquier carrera se necesita saber algo, suponiendo que no haya favor
ó parentesco; para médico, por ejemplo, alargar la enfermedad; para
abogado, embrollar el asunto; para militar, ir á Vizcaya... para cura,
todos sabemos ya lo que se necesita saber, y por ese estilo; pero para
ser de policía, basta con no ser sordo, ¡Y es tan fácil no ser sordo!
Ahora, si fuera preciso hacerse el sordo, ya era otra cosa: era preciso
saber entonces casi tanto como para ser ministro.
Por otra parte decía un ilustre amigo nuestro, que la España se había
dividido siempre en dos clases; gentes que prenden á gentes que son
prendidas: admitida esta distinción, no se necesita preguntar si es
cosa buena la policía.
Acerca de los premios destinados á la delación, y para cuyos gastos
será sin duda gran parte de los millones del presupuesto, esto es
indispensable: primero, porque uno no ha de delatar de balde, y
segundo, porque no se cogen truchas, etc., refrán que pudiéramos
convertir en _no se cogen anarquistas_, etc. En una palabra, ó se ha
de prender, ó no se ha de prender: si se ha de prender, es preciso que
haya quien delate; y si ha de haber delatores, éstos han de comer,
porque tripas llevan pies. Por consiguiente, no sólo es cosa buena la
policía, sino también los ocho millones.
En los Estados-Unidos y en Inglaterra no hay esta policía política;
pero sabido es en primer lugar el desorden de ideas que reina en
aquellos países; allí puede uno tener la opinión que le dé la gana; por
otra parte, la libertad mal entendida tiene sus extremos, y nosotros
leyendo en el gran libro abierto de las revoluciones, como ha dicho muy
bien otro orador, debemos aprender algo en él, y no seguir las mismas
huellas de los países demasiado libres, porque vendríamos á parar al
mismo estado de prosperidad que aquellas dos naciones. La riqueza vicia
al hombre, y la prosperidad le hace orgulloso por más que digan.
La otra policía es urbana. Ésta es todavía más cosa buena que la otra.
Entre las ventajas que produce nos contentaremos con los pasaportes,
con los cuales va usted adonde quiere y adonde le dejan. Paga usted
su peseta, y ya sabe usted que tiene pasaporte. Suponga usted que á
imitación de Inglaterra no hubiera pasaportes. En verdad que no se
concibe cómo se puede ir de una parte á otra sin pasaporte: si fuera
sin caminos, sin canales, sin carruajes, sin posadas, ¡vaya!, ¡pero sin
pasaportes! Por el mismo consiguiente saca usted su carta de seguridad,
y ya está usted seguro de haberse gastado dos reales; pero en cambio
hay otro que desde que usted los tiene de menos los tiene de más. De
modo, que para éste, sobre todo la carta de seguridad es cosa buena,
tan buena por el pronto como dos reales. Hay cosas mejores, es verdad,
pero siempre es cosa buena.
Probada, pues, hasta la evidencia la bondad de la policía, ¿cómo
pudiéramos no agregarnos al voto de los 50 señores Procuradores que
han perdido la última votación? Poco vale por cierto nuestra opinión;
no somos desgraciadamente ni procuradores ni inviolables, pero en
cambio tendremos policía por lo menos; pagaremos en compañía de
nuestros compatriotas ocho millones para que nos averigüen nuestras
conversaciones, nuestros pensamientos, nuestros... y si algún día la
policía nos prende, como es probable, por anarquistas, exclamaremos con
justo entusiasmo: «¡Buena cárcel nos mamamos! ¡Pero buen dinero nos
cuesta!»