No ha dos días que un señor orador apellidó en el Estamento de
Procuradores á la cuestión de los empleos, cuestión transparente,
porque detrás de ella, por más que se quiera evitar, siempre se ven
las personas. Nosotros pensamos lo mismo. Hay expresiones felices que
nunca quedarán, en nuestro entender, bastante grabadas en la memoria.
Cuánto sea el valor de estas expresiones dichas en tiempo y lugar, no
necesitamos inculcárselo al lector. Felices son por lo bien ocurridas;
felices por el apropósito; y felices, en fin, porque hacen fortuna.
Estas expresiones, de tal suerte dispuestas y colocadas, suelen ser
el cachetero de las discusiones, la última mano, la razón, en fin,
sin réplica ni respuesta. Después que un orador ha dicho en clara y
distinta voz que el pretendiente es un faccioso más, ya quisiera yo
saber qué se le contesta. Cuando un orador suelta el _mal aconsejado_,
el _inoportuno_, el _cimiento_ y la _rama podrida_, ya quisiera yo que
me dijeran hasta qué punto puede llevarse la cuestión en cuestión;
y si hay oradores, si hay epítetos y adjetivos, si hay expresiones
felices, hay cuestiones que no lo son menos. Una cuestión, cuando es
una simple cuestión, es una cuestión y nada más. Pero hay cuestiones de
cuestiones. Las hay espesas y de suyo oscuras y enmarañadas, al trasluz
de las cuales nada se ve: puédese escribir encima de ellas _non plus
ultra_; nada hay más allá; entre éstas pudiera muy bien clasificarse la
de los _derechos sociales_. ¿Qué se ve al través de esta cuestión? Nada
ciertamente; algún _visto_, algún _veremos_, ó por mejor decir algún
_no veremos_. La de la _libertad de imprenta_. He aquí otra cuestión,
oscura, negra como boca de lobo. Encima de ella ya se distinguen
algunas prohibiciones, tal cual destierro; pero al trasluz, ¿qué se ve
detrás? Absolutamente nada: como dice Guzmán en _la Pata de cabra_,
sólo se ve que no se ve nada. Lo de la milicia urbana: he aquí una
señora cuestión; ésta es más tupida que una manta. ¿Qué se ve detrás?
Es todo lo más, si confusamente se divisa por encima un reglamento que
se las puede apostar en enmiendas y fe de erratas al mismo diccionario
geográfico. Es todo lo más, si en la superficie se distinguen algunos
miles de hombres sin fusiles, y multitud de fusiles sin hombres. Pero
al trasluz nada. Semejante al retablo de maese Pedro, las pocas figuras
que hay, todas están delante. Detrás ni aun Ginesillo de Parapilla y
Pasamonte, que las mueve, se distingue.
Estas cuestiones, pues, oscuras y tupidas, no valen nada. Las grandes
cuestiones son las _transparentes_. La de los empleos, por ejemplo:
he aquí una cuestión de pura gasa. Aquí es donde se ve claro; detrás
de ella, no se necesita lente para echar de ver los empleos, y no
tamaños como avellanas; el más pequeño aparece á guisa de prodigio
microscópico, más grande que nuestra misma libertad; y en punto á
tamaños no hay más que ponderar; pues aún se ve más, porque detrás del
empelo se ve á lo lejos (un poco más en pequeño, es verdad) al hombre;
pero se ve. ¡Qué no se divisa detrás de ciertos empleos! y no á ojos
vistas precisamente, sino aun á cierra ojos. Se ven los empleados;
verdad es que apenas se ven los de los tres; pero, en fin, se ve; en
una palabra, se ve que se ve algo; se ve que se verá más; y se verá,
digámoslo de una vez, lo que siempre se ha visto; los compromisos,
los amigos, los parientes... es el gran punto de vista: todo se ve.
¡Fatalidad de las cosas humanas! En las otras cuestiones anhelaríamos
la transparencia. Y en ésta en que se ve, nos hallamos precisados á
exclamar: _¡Ojalá no se viera!_
¿ENTRE QUÉ GENTES ESTAMOS?
Henos aquí refugiándonos en las costumbres: no todo ha de ser siempre
política; no todos facciosos.--Por otra parte no son las costumbres
el último ni el menos importante objeto de las reformas. Sirva, pues,
sólo este pequeño preámbulo para evitar un chasco al que forme grandes
esperanzas sobre el título que llevan al frente estos renglones, y
vamos al caso.
No hace muchos días que la llegada inesperada á Madrid de un
extranjero, antiguo amigo mío de colegio, me puso en la obligación
de cumplir con los deberes de la hospitalidad. Acaso sin esta
circunstancia nunca hubiese yo solo realizado la observación sobre que
gira este artículo. La costumbre de ver y oir diariamente los dichos
y modales que son la moneda de nuestro trato social, es culpa de que
no salte su extrañeza tan fácilmente á nuestros sentidos; mi amigo
no pudo menos de abrirme el camino, que el hábito tenía cerrado á mi
observación.
Necesitábamos hacer varias visitas: «¡Un carruaje!» dijimos; pero un
coche es pesado; un cabriolé será más ligero: no bien lo habíamos
dicho, ya estaba mi criado en casa de uno de los mejores alquiladores
de esta corte, sobre todo, de ésos que llevan dinero por los que
llaman _bombés décents_, donde encontró efectivamente uno sobrante
y desocupado, que, para calcular cómo sería el maldecido, no se
necesitaba saber más. Dejó mi criado la señal que le pidieron, y dos
horas después ya estaba en la puerta de mi casa un birlocho pardo con
varias capas de polvo de todos los días y calidades, el cual no le
quitaban nunca porque no se viese el estado en que estaba, y aun yo
tuve para mí que lo debían de sacar en los días de aire á tomar polvo
para que le encubriese las macas que tendría. Que las ruedas habían
rodado hasta entonces, no se podía dudar; que rodarían siempre y que no
harían rodar por el suelo al que dentro fuese de aquel inseguro mueble,
eso era ya otra cuestión: que el caballo había vivido hasta aquel punto
no era dudoso; que viviría dos minutos más, eso era precisamente lo que
no se podía menos de dudar cada vez que tropezaba con su cuerpo, no
perecedero, sino ya perecido, la curiosa visual del espectador. Cierto
ruido desapacible de los muelles y del eje le hacía sonar á hierro como
si dentro llevara medio rastro. Peor vestido que el birlocho estaba el
criado que le servía, y entre la vida del caballo y la suya no se podía
atravesar concienzudamente la apuesta de un solo real de vellón: por
lo mal comidos, por lo estropeados, por la vida, en fin, del caballo
y el lacayo, por la completa semejanza y armonía que en ambos entes
irracionales se notaba, hubiera creído cualquiera que eran gemelos,
y que no sólo habían nacido á un mismo tiempo, sino que á un mismo
tiempo iban á morir. Si andaba el birlocho era un milagro; si estaba
parado un capricho de Goya. Fué preciso conformarnos con este elegante
mueble: subí, pues, á él y tomé las riendas, después de haberse sentado
en él mi amigo el extranjero. Retiróse el lacayo cuando nos vió en
tren de marchar, y fué á subir á la trasera; sacudí mi fusta sobre el
animal, con mucho tiento por no acabarle de derrengar; ¿mas cuál fué
mi admiración, cuando siento bajar el asiento y veo alzarse las varas
levantando casi del suelo al infeliz animal, que parecía un espíritu
desprendiéndose de la tierra? ¿Y qué dirán ustedes que era?, que el
birlocho venía sin barriguera; y lo mismo fué poner el lacayo la planta
sobre la zaga, que, á manera de balanza, vino á tierra el mayor peso,
y subió al cielo la ligera resistencia del que _tantum pellis et ossa
fuit_.
«Esto no es conmigo», exclamé; bajamos del birlocho, y á pie nos fuimos
á quejar, y reclamar nuestra señal á casa del alquilador. Preguntamos
y volvimos á preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muy
recibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan
mal encarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedíle mi señal en
vista de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para
que tirase él de mí.--¿Qué tiene usted que pedirle á ese birlocho y
á esa jaca sobre todo?, me dijo echándome á la cara una interjeción
expresiva y una bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos.
Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.--Véale usted
despacio, le contesté sin embargo.--Pues no hay otro, siguió diciendo;
y volviéndome la espalda: ¡Á París por gangas!, añadió.--Diga usted,
señor grosero, le repuse, ya en el colmo de la cólera, ¿no se contentan
ustedes con servir de esta manera, sino que también se han de aguantar
sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, ó para mandar al
público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para los que son más
que él.--Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de éstas
que arrebañan á la persona mirada, de éstas que van acompañadas de un
gesto particular de los labios, de éstas que no se ven sino entre los
majos del país.--Nadie es más que yo, don caballero ó don lechuga; si
no acomoda, dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! Á
ver, chico, saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta
debo tener uno!--Y al decir esto, salió una mujer y dos ó tres mozos
de cuadra; y llegáronse á oir cuatro ó seis vecinos y catorce ó quince
curiosos transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía
en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, é insultaba á la
gente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía y
soltaba la carcajada, y le animaba á seguir: en fin, sólo una retirada
á tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba á
hacernos pasar el concurso que allí se había reunido.
¿Entre qué gentes estamos?, me dijo el extranjero asombrado. ¡Qué
modos tan raros se usan en este país!--Oh, es casual, le respondí algo
avergonzado de la inculpación, y seguimos nuestro camino. El día había
empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días que empiezan mal:
acaban peor.
Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fué preciso acompañarle á
una oficina de policía: ¡aquí verá usted, le dije, otra amabilidad y
otra finura! La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos;
pero no habíamos andado cuatro pasos, cuando una especie de portero
vino á nosotros gritándonos:--¡Eh! ¡hombre!, ¿adónde va usted?,
fuera.--Éste es pariente del calesero, dije yo para mí; salimos fuera,
y sin embargo esperamos el turno.--Vamos, adentro: ¿qué hacen ustedes
ahí parados?, dijo de allí á un rato para darnos á entender que ya
podíamos entrar: entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de
arriba abajo, no creyeron que debían contestar al saludo, se pidieron
mutuamente papel y tabaco, echaron un cigarro de papel, nos volvieron
la espalda, y á una indicación mía para que nos despachasen en atención
á que el Estado no les pagaba para fumar, sino para despachar los
negocios:--Tenga usted paciencia, respondió uno, que aquí no estamos
para servir á usted.--Á ver, añadió dentro de un rato, venga eso;
y cogió el pasaporte y lo miró.--¿Y usted quién es?--Un amigo del
señor.--¿Y el señor?, algún francés de estos que vienen á sacarnos los
cuartos.--Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si
está ese papel en regla.--Ya le he dicho á usted que no sea insolente
si no quiere usted ir á la cárcel.
Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto á hacer un
disparate.--Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.--¿Y qué
nos han de hacer?--Mucho y malo.--Será injusto.--¡Buena cuenta!--Logré
por fin contenerle.--Pues ahora no se le despacha á usted; vuelva usted
mañana.--¿Volver?--Vuelva usted, y calle usted.--Vaya usted con Dios.
Yo no me atrevía á mirar á la cara á mi amigo.--¿Quién es ese señor
tan altanero?, me dijo al bajar la escalera, y tan fino y tan... ¿Es
algún príncipe?--Es un escribiente que se cree la justicia y el primer
personaje de la nación: como está empleado, se cree dispensado de tener
crianza.
--Aquí tiene todo el mundo esos mismos modales según voy viendo.--¡Oh!,
no; es casualidad.--_C'est drôle_, iba diciendo mi amigo, y yo
diciendo: ¿Entre qué gentes estamos?
Mi amigo quería hacerse un pantalón, y le llevé á casa de mi sastre.
Ésta era más negra: mi sastre es hombre que me recibe con sombrero
puesto, que me alarga la mano y me la aprieta; me suele dar dos
palmaditas ó tres, más bien más que menos, cada vez que me ve; me llama
simplemente por mi apellido, á veces por mi nombre como un antiguo
amigo; otro tanto hace con todos sus parroquianos, y no me tutea, no
sé por qué: eso tengo que agradecerle todavía. Mi francés nos miraba
á los dos alternativamente, mi sastre se reía; yo mudaba de colores,
pero estoy seguro que mi amigo salió creyendo que en España todos
los caballeros son sastres ó todos los sastres son caballeros. Por
supuesto que el maestro no se descubrió, no se movió de su asiento,
no hizo gran caso de nosotros, nos hizo esperar todo lo que pudo,
se empeñó en regalarnos un cigarro y en dárnoslo encendido él mismo
de su boca; cuantas groserías, en fin, suelen llamarse franquezas
entre ciertas gentes.--Era por la mañana: la fatiga y el calor nos
habían dado sed: entramos en un café y pedimos sorbetes.--¡Sorbetes
por la mañana!, dijo un mozo con voz brutal y gesto de burla. ¡Que
si quieres!--¡Bravo!, dije para mí. ¿No presumía yo que el día había
empezado bien?--Pues traiga usted dos vasos pequeños de limón...--Vaya,
¡hombre!, anímese usted; tómelos usted grandes, nos dijo entonces el
mozo con singular franqueza, si tiene usted cara de sed.--Y usted tiene
cara de morir de un silletazo, repuse yo ya incomodado; sirva usted con
respeto, calle, y no se chancee con las personas que no conoce, y que
están muy lejos de ser sus iguales.
Entre tanto que esto pasaba con nosotros, en un billar contiguo diez
ó doce señoritos de muy buenas familias jugaban al billar con el mozo
de éste, que estaba en mangas de camisa, que tuteaba á uno, sobaba á
otro, insultaba al de más allá, y se hombreaba con todos: todos eran
unos. ¿Entre qué gentes estamos?, repetía yo con admiración.--_C'est
drôle!_, repetía el francés.--¿Es posible que nadie sepa aquí ocupar su
puesto? ¿Hay tal confusión de clases y personas? ¿Para qué cansarme en
enumerar los demás casos que de este género en aquel bendito día nos
sucedieron? Recapitule el lector cuántos de éstos le suceden al día y
le están sucediendo siempre, y esos mismos nos sucedieron á nosotros.
Hable usted con tres amigos en una mesa de café: no tardará mucho en
arrimarse alguno que nadie del corro conozca, y con toda franqueza
meterá su baza en la conversación. Vaya usted á comer á una fonda, y
cuente usted con el mozo que ha de servirle como pudiera usted contar
con un comensal. Él le bordará á usted la comida con chanzas groseras;
él le hará á usted preguntas fraternales y amistosas... él... Vaya
usted á una tienda á pedir algo.--¿Tiene usted tal cosa?--No, señor;
aquí no hay.--¿Y sabe usted dónde la encontraría?--¡Toma!, ¡qué sé yo!
Búsquela usted. Aquí no hay.--¿Se puede ver al señor de tal?, dice
usted en una oficina.--Y aquí es peor, pues ni siquiera contestan
_no_: ¿ha entrado usted?, como si hubiera entrado un perro.--¿Va usted
á ver un establecimiento público?--Vea usted qué caras, qué voz, qué
expresiones, qué respuestas, qué grosería.--Sea usted grande de España;
lleve usted un cigarro encendido. No habrá aguador ni carbonero que no
le pida la lumbre, y le detenga en la calle, y le manosee y empuerque
su tabaco, y se le vuelva apagado. ¿Tiene usted criados? Haga usted
cuenta que mantiene unos cuantos amigos, ellos llaman por su apellido
seco y desnudo á todos los que lo sean de usted, hablan cuando habla
usted, y hablan ellos... ¡Señor!, ¡señor! ¿entre qué gentes estamos?
¿Qué orgullo es el que impide á las clases ínfimas de nuestra sociedad
acabar de reconocer el puesto que en el trato han de ocupar? ¡Qué
trueque es éste de ideas y de costumbres!
Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho
la principal; faltábale observar que nuestro país es el país de las
anomalías; así que, al concluirse el día: Amigo, me dijo, yo he viajado
mucho; ni en Europa, ni en América, ni en parte alguna del mundo he
visto menos aristocracia en el trato de los hombres; éste es el país
adonde yo me vendría á vivir; aquí todos los hombres son unos: se
cree estar en la antigua Roma. En llegando á París voy á publicar
un opúsculo en que pruebe que la España es el país más dispuesto á
recibir...
--Alto ahí, señor observador de un día, dije á mi extranjero
interrumpiéndole: adivino la idea de usted. Las observaciones que
ha hecho usted hoy son ciertas: la observación general empero que de
ellas deduce usted es falsa: ésa es una anomalía como otras muchas que
nos rodean, y que sólo se podrían explicar entrando en pormenores que
no son del momento: éste es desgraciadamente el país menos dispuesto
á lo que usted cree, por más que le parezcan á usted todos unos. No
confunda usted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas
son debilidad; las causas son no obstante diferentes; esa franqueza,
esa aparente confusión y nivelamiento extraordinario no es el de una
sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza; porque yo llamo
empezar...--¡Oh! sí, sí entiendo. _¡C'est drôle! ¡C'est drôle!_,
repetía mi francés.
--Ahí verá usted, repetía yo, entre qué gentes estamos.