Comedias en un acto

Era tiempo de peste en Cádiz, y daba su parte á la autoridad un

sargento que estaba de facción en Puerta de tierra, diciendo en los

términos siguientes: «Sin novedad: hoy han salido por esta puerta

veinte muertos con sus respectivos cadáveres. Sargento fulano».--Eso

mismo decimos hoy nosotros al público al darle parte de las dos

funciones nuevas que acabamos de ver desaprobadas con tanta razón por

el auditorio. «Sin novedad: se han representado en este teatro dos

comedias con sus respectivas silbas:» que silbas y comedias son cosas

ya tan inseparables como cadáver y muerto.

Pero vamos á la primera cosa que se representó en esta funesta noche.

Casóse un labrador, y proponíase tener muchos hijos; tantos que le

pareció venir allí de molde un libro de memorias, donde pudiera ir

apuntando sus nombres y no confundirse él, ni confundirlos jamás.

Encuadernó, pues, su libro en blanco, é iba apuntando así: «Hijos del

labrador Antón Antúnez: el primer hijo no fué hijo sino hija».

Lo mismo decimos nosotros: comedias del 24: la primera comedia, no

fué comedia, sino farsa. Júzguelo sino el lector. El caso ocurre en

Londres en tiempo de no sé qué príncipe, que acaba de desterrar á su

favorito el conde de Rochester, por ciertas sátiras que el señor conde

se ha tomado la libertad de escribir en mala hora, en peor sazón, y en

aciago día. El conde, que es hombre taimado, así se cuida de cumplir

su destierro como de adorar el zancarrón de Mahoma. El príncipe le

destierra; pero él no se da por desterrado. Todo lo contrario; quédase

el conde escondido; y ¿dónde les parece á ustedes que se esconde? En

alguna guardilla ó sótano, en algún... nada de eso: escóndese en medio

de una fonda pública que ha arrendado y beneficia en persona: ¿quién

le ha de conocer allí? En las fondas de Londres no se conoce á nadie.

Esto parece una paradoja; pero el hecho es que un constable encargado

de prender al desterrado, y que lleva sobre sí todas sus señas, le ve,

le habla, y no le conoce. Entre tanto el príncipe, que está cansado de

los pesados cargos del gobierno, ó que acaso ha encontrado alguna mosca

en la sopa y anda torcido con su cocinero, coge la capa y el sombrero,

y vase á comer á la fonda como si fueran los días de su mujer. ¿Y á

qué fonda ha de ir el príncipe? á la misma que ha arrendado Rochester.

El príncipe acaba de comer, y como había de tomar café para despejarse

la cabeza, se pone á hacer versos, como chico que acaba su plana,

porque el príncipe es poeta, por más que parezca imposible. Acaba su

composición éste, que deberá ser alguna anacreóntica, y consulta á un

muchacho de paja y cebada de la fonda, que hace también versos. En

tanto Rochester soborna al ayuda de cámara del príncipe, el cual no

hace versos, pero hace cuanto le mandan, que es mucho mejor. De allí

á poco viene el constable y quiere prender al príncipe creyéndole

Rochester. El príncipe, temblando que le lleven á la cárcel y le den

azotes por haber hecho novillos de su oficio de gobernar y haber traído

la vida del hombre malo comiendo de figón en figón, imagina la idea

de darle al constable un papel con su firma, donde está el perdón del

conde. Éste, que anda á caza de descuidos por este estilo, atrapa el

papel, y con esta superchería queda perdonado. En celebridad se casa

la muchacha de la fonda con el mancebo de los versos, porque ya hemos

dicho que en esta farsa todos son poetas menos el autor. Casada la

chica, perdonado el conde, se acaba la comedia y empieza la silba.

Seguía la apuntación del labrador Antón Antúnez, y decía: «El segundo

hijo murió al nacer, por lo cual no fué hijo ni hija». La segunda

comedia, pues, fué todo mentira: ni fué cierta ni verosímil. Federico

de Prusia acaba de ser derrotado por los Rusos, gente descomunal ya

desde aquellos tiempos, y se echa á buscar solo y de incógnito casa de

huéspedes por los pueblos de la comarca. Llega á uno donde meten mucho

ruido un pleito sobre unas aceitunas (que por lo malas deben de ser

de la fonda de Rochester arriba expresada). Un sargento prusiano dejó

al partir para la guerra, ocho años antes, un barril de aceitunas en

depósito á un vecino del pueblo, pero dejó también oculta en el barril

una suma de dinero. El taimado depositario le vuelve á su regreso las

aceitunas, mas no las monedas. En el momento en que acaba de llegar

Federico, ha sentenciado el pleito en favor del infiel depositario un

majadero, es decir, un alcalde del pueblo. El rey, que está desocupado,

ya que no pudo ganar la batalla, se empeña en ganar el pleito: un

muchacho que es muchacha, y á quien le sucede lo mismo que al hijo de

Antón Antúnez, porque le representa la señora Castillo vestida de

hombre, da en conocer la falsedad del depositario al notar que las

aceitunas son frescas, cosa imposible llevando ocho años de depósito;

lo cual es una prueba convincente de que anduvo en las aceitunas la

mano del gato, ó la del depositario, que galos y depositarios se van

allá. El rey, pues, hace justicia seca, entre polvo y polvo, porque

Federico tomaba mucho tabaco; y castigado el vicio, y recompensada la

virtud, y dicha la moraleja, de la cual se deduce que es muy peligroso

cambiar las aceitunas cuando se trata de robar, y comenzada de nuevo la

batalla, que suena en el teatro á vejigas reventadas, y descubierto el

rey, y quedándose sólo en majadero el que era antes majadero y alcalde

todo junto, cae la cortina; lo que comunicamos al público para su

satisfacción. Aquí vuelve á empezar el estribillo de la silba con que

rematan ahora todas las piezas.

¿Dónde hemos leído nosotros que poseía el teatro tantas comedias nuevas

para la próxima temporada cómica? Por la cruz que tenemos á cuestas con

este teatro, no lo creemos, y no lo creemos porque recordamos cierto

caso que queremos contar á nuestros lectores, ya que con tanta comezón

de contar nos encontramos hoy. Reñían un andaluz y otro andaluz, el

uno más feo que el otro, y echábanse á la cara mil denuestos, cuando

cansado ya el uno del mucho vocear, y del no decirse nada en limpio,

empínase en las puntas de los pies, y dícele á su adversario:--Pero

¿qué habla usted ahí, compadre?, si todo el mundo sabe que usted es

hombre de dos caras. Á lo que repuso el menos feo, no bien lo hubo

oído:--Amigo, siento mucho no poder decir á usted otro tanto.--¿Y por

qué?, diga usted, preguntó el feo.--Porque si usted tuviera otra cara,

repuso el chulo, no le veríamos nunca ésa que trae hoy.

Si tuviera el teatro buenas comedias, ¿cómo le habíamos de ver nunca

esos harapos de farsa que nos enseña?

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 17 / 75 题