LAS CASAS NUEVAS

«La constancia es el recurso de los feos, dice la célebre Ninon de

Lenclos en sus lindas cartas al marqués de Sévigné; las personas de

mérito, que saben por donde quiera han de encontrar ojos que se prenden

de ellas, no se curan de conservar la prenda conquistada; los feos,

los necios, los que viven seguros de que difícilmente podrán encontrar

quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor, que una vez

por acaso encontraron, como las ostras á las peñas que en el mar las

sostienen y alimentan.

ȃstos son generalmente los que temerosos de perder el bien, que

conocen no merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud, y

hacen con ella el tormento de una vida que deben llenar la variedad y

la sucesión de sensaciones tan vivas como diferentes».

Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,

porque no á todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin

embargo profunda y filosófica, y aun puede, fuera del amor, encontrar

más de una exacta aplicación. Pero mi propósito no es hundirme en

consideraciones metafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que le

ha dejado tomar incremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas

sobre tan quisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad

todavía de querer ni de ser querido, cuando entre otras varias obras

francesas que en mis manos cayeron, hacía ya un papel muy principal

la de la famosa cortesana citada. Chocóme aquella máxima, y fuese

pueril vanidad, fuese temor de que por apocado me tuviesen, adoptéla

por regla general de mis aficiones. Tuve que luchar en un principio

con la costumbre, que es en el hombre hija de la pereza y madre de

la constancia. El hombre efectivamente se contenta muchas veces con

las cosas tales cuales las encuentra, por no darse á buscar otras,

como se figura acaso difícil encontrarlas; una vez resignado por

pereza, se aficiona por costumbre á lo que tiene y le rodea; y una vez

acostumbrado, tiene la bondad de llamar constancia á lo que es en él

casi naturaleza. Pero yo luché, y al cabo de poco tiempo de ese empeño

en cerrar mi corazón á las aficiones que pudieran llegar á dominarle,

agregado esto á la necesidad de viajar y variar de objetos, en que

las revoluciones del principio del siglo habían puesto á mi familia,

lograron hacer de mí el ser más veleidoso que ha nacido. Pesándome de

ver á las mismas gentes todos los días, no hay amigo que me dure una

semana; no hay tertulia adonde pueda concurrir un mes entero; no hay

hermosa que me lo parezca todos los días, ni fea que no me encante

una vez siquiera al mes: esto me hace disfrutar de inmensas ventajas,

porque sólo se puede soportar á las gentes los quince primeros días

que se las conoce. ¡Qué de atenciones en ellas! ¡Qué de sinceros

ofrecimientos! ¿Pasaron aquéllos? ¿Se intimó la amistad? ¡Á Dios!, como

ya de cualquier modo tienen cumplido con usted; todos son desaires,

todas crudas y acedas respuestas. Pesándome de comer siempre los mismos

alimentos, hoy como á la francesa, mañana á la inglesa, un día ceno y

otro meriendo; ni tengo horas fijas, ni hago comida con concierto. Y

esto tiene la ventaja de predisponerme para el cólera. Pesándome de

hablar siempre en español, tengo amigos franceses sólo para hablar en

francés una hora al día: me trato con los operistas para hablar una vez

á la semana en italiano: aprendí griego por conocer una lengua que no

habla nadie; y sufro las impertinencias de un inglés, á quien trato,

por darme á entender en el idioma en que decía Carlos V que hablaría á

los pájaros. Pesándome de que me llamen todos los días desde el año 9

en que nací, por el mismo apellido, cien veces dejé aquél con que vine

al mundo, y ora fuí el _Duende satírico_, ora el _Pobrecito hablador_,

ora el _Bachiller Munguía_, ora _Andrés Niporesas_, ora _Fígaro_,

ora... y qué sé yo los muchos nombres que me quedarán aún que tomar

en los muchos años que, Dios mediante, tengo hecho propósito de vivir

en este bajo suelo; porque si alguna cosa hay que no me canse es el

vivir; y si he de decir la verdad, consiste esto en que á fuerza de

meditar he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir variando.

Por último, y vengamos al asunto, pesándome de vivir todos los días en

una misma casa, la vista de un cuarto desalquilado hace en mi ánimo

el mismo efecto que produce la picadura del pez en el corazón del

anhelante pescador que le tiende el cebo. Corro á mí casa, pongo en

movimiento á mi familia, hágome la ilusión de que emprendo un viaje,

y de cuartel en cuartel, de calle en calle, de manzana en manzana,

y hasta de piso en piso, recorro alegremente y reconozco los más

recónditos escondrijos y rincones de esta populosa ciudad. Si la casa

es grande: «¡Qué hermosura!, exclamo; esto es vivir con desahogo, esto

es hijo y magnificencia». Si es chica: «Gracias á Dios, me digo, que

salí de esos eternos caserones que nunca bastan muebles para ellos;

ésta es á lo menos recogida, reducida, propia, en fin, del hombre tan

reducido también y limitado». Si es cuarto bajo: «No tiene escalera,

digo, y el hombre no ha nacido para vivir en las estrellas». Si es

alto el piso: «¡Bendito sea Dios, qué claridad, qué ventilación, y qué

pureza de aires!» Si es caro: «¿Qué importa?, lo primero es tener buena

habitación». Si es barato: «Mejor; con eso emplearé en galas lo que

había de invertir en mi vivienda».

Nadie, pues, más feliz que yo, porque en cuanto á las habladurías y

murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas como de ir

á la Meca. Pero es el caso que tengo un amigo que es de esos hombres

que se dejan impresionar fácilmente por la última persona que oyen,

de esos caracteres débiles, flojos, apáticos, irresolutos, de reata,

en fin, que componen el mayor número en este mundo, que nacieron por

consiguiente para obedecer, callar y ser constantemente víctimas, y

cuya debilidad es la más firme columna de los fuertes.

Oyóme este amigo las reflexiones que anteceden, y vean ustedes á mi

hombre descontento ya con cuanto le rodea: ya que no lo puede mudar

todo, quiere cuando menos mudar de casa, y hetele buscando conmigo

papeles en los balcones de barrio en barrio, porque ésta es muy de

antiguo la señal que distingue las habitaciones alquilables de esta

capital, sin que yo haya podido dar hasta ahora con el origen de

esta conocida costumbre, ni menos con la de poner los papeles en

las esquinas de los balcones cuando la casa es sólo alquilable para

huéspedes.

Las casas antiguas, dijimos, que van desapareciendo de Madrid

rapidísimamente, están reducidas á una ó dos enormes piezas y muchos

callejones interminables; son demasiado grandes; son oscuras por lo

general á causa de su mala repartición y combinación de entradas,

salidas, puertas y ventanas.

Dirigímonos, pues, á ver las casas nuevas; ésas que surgen de la

noche á la mañana por todas las calles de Madrid; ésas que tienen más

balcones que ladrillos, y más pisos que balcones; ésas por medio de

las cuales se agrupa la población de esta coronada villa, se apiña,

se sobrepone y se aleja de Madrid, no por las puertas, sino por

arriba, como se marcha el chocolate de una chocolatera olvidada sobre

las brasas. La población que se va colocando sobre los límites que

encerraron á nuestros abuelos, me hace el efecto del helado que se

eleva fuera de la copa de los sorbetes. El caso es el mismo: la copa es

pequeña y el contenido mucho.

Muchas casas y muy lindas vimos. Mi amigo observó con razón que se

sigue en todas el método antiguo de construcción: sala, gabinete

y alcoba pegada á cualquiera de estas dos piezas; y siempre en la

misma cocina, donde se preparan los manjares, colocado inoportuna

y puercamente el sitio más desaseado de la casa. ¿No pudiera darse

otra forma de construcción á las casas, de suerte que este sitio

quedase separado de la vivienda, como en otros países lo hemos visto

constantemente observado? ¿No pudieran llegarse á desusar esos vidrios

horribles, desiguales, pequeños, unidos por plomos, generalmente

invertidos en las vidrieras? ¿No se les podrían sustituir vidrios de

mejor calidad, de más tamaño, y unidos entre sí con sutiles listones

de madera, que harían siempre mejor efecto á la vista y darían más

entrada á la luz? ¿No convendría desterrar esas pesadas maderas que

cierran los balcones, llenas de inútiles rebajos y costosas labores,

sustituyéndoles puertas ventanas de hojas más delgadas y lisas? ¿No

pudiera introducirse el uso de las comodísimas chimeneas para las casas

sobre todo más espaciosas, como se hallan adoptadas en toda Europa?

¿Tanto perderíamos en olvidar los mezquinos y miserables braseros que

nos abrasan las piernas, dejándonos frío el cuerpo y atufándonos con

el pestífero carbón, y que son restos de los sahumadores orientales

introducidos en nuestro país por los Moros? ¿Qué mal haríamos en

desterrar los canalones salientes, cuyo objeto parece ser el de reunir

sobre el pobre transeúnte, además del agua que debía naturalmente

caerle del cielo, toda la que no debía caerle, y en sustituirles los

conductos vertederos semejantes á los de Correos, pegados á la pared?

Los caseros más que al interés público consultan el suyo propio:

_aprovechemos terreno_; ése es su principio: _apiñemos gente en estas

diligencias paradas, y vivan todos como de viaje_: cada habitación es

en el día un baúl en que están las personas empaquetadas de pie, y las

cosas en la posición que requiere su naturaleza: tan apretado está

todo, que en caso de apuro todo podría viajar junto sin romperse. Las

escaleras son cerbatanas, por donde pasa la persona como la culebra que

se roza entre dos piedras para soltar su piel. Un poco más de hombre ó

un poco menos de escalera, y serán una sola cosa hombre y escalera.

Pero sigamos la historia de mi amigo. No bien hubo visto la blancura

de una de las casas nuevas, la monería de las acomodadas piececitas,

el estado de novedad de las habitaciones del piso tercero, alborózase

y: _¡este cuarto es mío!_, exclama.--Pero acabemos de ver.--Nada;

inútil, quiero casa nueva, casa nueva; no hay remedio.--De allí á

media hora estábamos ya en casa del casero. Inútil es decir que

el casero tenía mala cara; todos la tienen: es la primera cosa

que hacen en comprando casa; á lo menos tal nos parece siempre á

los inquilinos, sin que esto sea decir que no pueda ser ilusión de

óptica.--¿Qué tiene usted que mandarme?...--¿Usted es el dueño de

la casa que se está haciendo?...--Sí, señor.--Hay varios cuartos

en la casa.--Están dados.--¡Cómo!, si no están hechos...--Ahí verá

usted.--¿Pero no habría?...--Un tercero queda.--Bueno; he dicho

que quiero casa nueva.--No es tampoco de los más altos, caballero:

no tiene más que noventa y tres escalones y un tramito.--Ya se ve

que no es mucho: se baja uno á Madrid en un momento; quiero casa

nueva.--¿Pagará usted adelantado?--Hombre, ¿adelantado? Á mí nadie me

paga adelantado.--Pues déjelo usted.--¡Ah! no, eso no; bien; pagaré;

¿un mes?--Tres meses ó seis.--Pero, hombre...--Dejarlo.--No; bien,

bien; ¿cuánto renta? Es tercero y tiene pocas piezas y estrechas,

y...--Diez reales diarios; dé usted gracias que no se le pone en

doce.--¡Diez reales!--Si no acomoda...--Sí, señor, sí. ¡Cómo ha de

ser! ¡Casa nueva!--Fiador.--¿Fiador?--Y abonado.--Bueno; ¡paciencia!

Tengo amigos; el marqués de...--¿Marqués? no, no, señor.--El coronel

de...--¿Militar?, menos.--Un mayordomo de semana.--¿Tiene fuero?,

no, señor.--Pero, hombre, ¿adónde he de ir á buscar?--Ha de tener

casa abierta.--Pero si yo no me trato con taberneros, ni...--Pues

dejarlo.--¡Voto va!

No hubo más remedio que buscar el fiador: ya daba mi amigo la mudanza á

todos los diablos. Venciéronse por fin las dificultades; ya cogió las

llaves, y cogió al celador, y cogió el padrón, y cogió... ¿qué había

de coger por último?, el cielo con las manos, lectores míos. Comenzó

la mudanza: el sofá no cupo por la escalera; fué preciso izarle por

el balcón, y en el camino rompió los cristales del cuarto principal,

los tiestos del segundo, y al llegar al tercero, una de sus propias

patas, que era precisamente la que le había estorbado; si se hubiera

roto al principio, pleito por menos; fué preciso pagar los daños: el

bufete entró como taco en escopeta, haciendo más allá la pared á fuerza

de rascarle el yeso con las esquinas: la cama del matrimonio tuvo que

quedarse en la sala, porque fué imposible meterla en la alcoba; el

hermano de mi amigo, que es tan alto como toda la casa, se levantó un

chichón, en vez de levantar la cabeza, con el techo que estaba hombre

en medio con el piso. En fin, mal que bien, estuvo ya la casa adornada;

pero ¡oh desgracia!, mi amigo tiene un suegro sumamente gordo: verdad

es que es monstruoso; y es hombre que ha menester dos billetes en

la diligencia para viajar: como á éste no se le podía romper pata

como al sofá, no hubo forma de meterlo en casa. ¿Qué medió en este

conflicto? ¿Reñir con él y separarse porque no cabe en casa?, no es

decente.--¿Meterlo por el balcón?, no es para todos los días. ¡Santo

Dios!, ¡que no se hagan las casas en el día para los hombres gordos!

En una palabra, desde ayer están los trastos dentro: mi amigo en la

escalera mesándose los cabellos, luchando entre la casa nueva y el amor

filial; y el viejo en la calle esperando, ó á perder carnes, ó á ganar

casa.

REPRESENTACIÓN

DE

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 14 / 75 题