LA FONDA NUEVA

Preciso es confesar que no es nuestra patria el país donde viven

los hombres para comer: gracias por el contrario si se come para

vivir: verdad es que no es éste el único punto en que manifestamos lo

mal que nos queremos: no hay género de diversión que no nos falte:

no hay especie de comodidad de que no carezcamos. «¿Qué país es

éste?», me decía no hace un mes un extranjero que vino á estudiar

nuestras costumbres. Es de advertir, en obsequio de la verdad,

que era francés el extranjero, y que el francés es el hombre del

mundo que menos concibe el monótono y sepulcral silencio de nuestra

existencia española.--Grandes carreras de caballos habrá aquí, me

decía desde el amanecer: no faltaremos.--Perdone usted, le respondía

yo; aquí no hay carreras.--¿No gustan de correr los jóvenes de las

primeras casas? ¿No corren aquí siquiera los caballos?...--Ni siquiera

los caballos.--Iremos á caza.--Aquí no se caza: no hay dónde, ni

qué.--Iremos al paseo de coches.--No hay coches.--Bien: á una casa de

campo á pasar el día.--No hay casas de campo, no se pasa el día.--Pero

habrá juegos de mil suertes diferentes, como en toda Europa... habrá

jardines públicos donde se baile; más en pequeño, pero habrá sus

_tívolis_, sus _ranelagh_, sus _campos elíseos_... habrá algún juego

para el público.--No hay nada para el público: el público no juega.--Es

de ver la cara de los extranjeros cuando se les dice francamente que

el público español, ó no siente la necesidad interior de divertirse,

ó se divierte como los sabios (que en eso todos lo parecen) con sus

propios pensamientos: creía mi extranjero que yo quería abusar de su

credulidad, y con rostro entre desconfiado y resignado, «Paciencia,

me decía por fin: nos contentaremos con ir á los bailes que den las

casas del buen tono y las suarés...».--Paso, señor mío, le interrumpí

yo: ¿conque es bueno que le dije que no había gallinas y se me viene

pidiendo?... En Madrid no hay bailes, no hay suarés. Cada uno habla

ó reza, ó hace lo que quiere en su casa con cuatro amigos muy de

confianza, y basta.

Nada más cierto sin embargo que este tristísimo cuadro de nuestras

costumbres. Un día sólo en la semana, y eso no todo el año, se

divierten mis compatriotas: el lunes, y no necesito decir en qué: los

demás días examinemos cuál es el público recreo. Para el pueblo bajo el

día más alegre del año redúcese su diversión á calzarse las castañuelas

(digo calzarse porque en ciertas gentes las manos parecen pies), y

agitarse violentamente en medio de la calle, en corro, al desapacible

son de la agria voz y del desigual pandero. Para los elegantes todas

las corridas de caballos, las partidas de caza, las casas de campo,

todo se encierra en dos ó tres tiendas de la calle de la Montera. Allí

se pasa alegremente la mañana en contar las horas que faltan para irse

á comer, si no hay sobre todo gordas noticias de Lisboa, ó si no dan en

pasar muchos lindos talles de quien murmurar, y cuya opinión se pueda

comprometer, en cuyos casos varía mucho la cuestión y nunca falta que

hacer.--¿Qué se hace por la tarde en Madrid?--Dormir la siesta.--¿Y el

que no duerme, qué hace?--Estar despierto; nada más. Por la noche, es

verdad, hay un poco de teatro, y tiene un elegante el desahogo inocente

de venir á silbar un rato la mala voz del bufo caricato, ó á aplaudir

la linda cara de la _altra prima donna_; pero ni se proporciona tampoco

todos los días, ni se divierte en esto sino un muy reducido número

de personas, las cuales, entre paréntesis, son siempre las mismas, y

forman un pueblo chico de costumbres extranjeras, embutido dentro de

otro grande de costumbres patrias, como un cucurucho menor metido en un

cucurucho mayor.

En cuanto á la pobre clase media, cuyos límites van perdiéndose y

desvaneciéndose cada vez más, por arriba en la alta sociedad, en

que hay de ella no pocos intrusos, y por abajo en la capa inferior

del pueblo, que va conquistando sus usos, ésa sólo de una manera se

divierte. ¿Llegó un día de días? ¿Hubo boda? ¿Nació un niño? ¿Diéronle

un empleo al amo de la casa?, que en España ése es el grande alegrón

que hay que recibir. Sólo de un modo se solemniza. Gran coche de

alquiler, decentemente regateado; pero más gran familia: seis personas

coge el coche á lo más. Pues entra papá, entra mamá, las dos hijas, dos

amigos íntimos convidados, una prima que se apareció allí casualmente,

el cuñado, la doncella, un niño de dos años y el abuelo: la abuela no

entra porque murió el mes anterior. Ciérrase la portezuela entonces

con la misma dificultad que la tapa de un cofre apretado para un

largo viaje, y á la fonda. La esperanza de la gran comida, á que se

va aproximando el coche mal que bien, aquello de andar en alto, el

rubor de las jóvenes que van sentadas sobre los convidados, y la

ausencia sobre todo del diurno puchero alborotan á nuestra gente en tal

disposición, que desde media legua se conoce el coche que lleva á la

fonda á una familia de enhorabuena.

Tres años seguidos he tenido la desgracia de comer de fonda en Madrid,

y en el día sólo el deseo de observar las variaciones que en nuestras

costumbres se verifican con más rapidez de lo que algunos piensan, ó

el deseo de pasar un rato con amigos, pueden obligarme á semejante

despropósito. No hace mucho sin embargo que un conocido mío me quiso

arrastrar fuera de mi casa á la hora de comer.--Vamos á comer á la

fonda.--Gracias; mejor quiero no comer.--Comeremos bien; iremos á

Genyeis: es la mejor fonda.--Linda fonda: es preciso comer de seis ó

siete duros para no comer mal. ¿Qué aliciente hay allí para ese precio?

Las salas son bien feas: el adorno ninguno: ni una alfombra, ni un

mueble elegante, ni un criado decente, ni un servicio de lujo, ni un

espejo, ni una chimenea, ni una estufa en invierno, ni agua de nieve

en verano, ni... ni burdeos, ni champagne... Porque no es burdeos el

valdepeñas, por más raíz de lirio que se le eche.--Iremos á los _Dos

Amigos_.--Tendremos que salirnos á la calle á comer, ó á la escalera,

ó llevar una cerilla en el bolsillo para vernos las caras en la sala

larga.--Á cualquiera otra parte. Crea usted que hoy nos van á dar bien

de comer.--¿Quiere usted que le diga yo lo que nos darán en cualquier

fonda adonde vayamos? Mire usted, nos darán en primer lugar mantel y

servilletas puercas, vasos puercos, platos puercos y mozos puercos:

sacarán las cucharas del bolsillo, donde están con las puntas de

los cigarros; nos darán luego una sopa que llaman de yerbas, y que

no podría acertar á tener nombre más alusivo; estofado de vaca á la

italiana, que es cosa nueva; ternera mechada, que es cosa de todos

los días; vino de la fuente; aceitunas magulladas; frito de sesos y

manos de carnero, hechos aquéllos y éstas á fuerza de pan: una polla

que se dejaron otros ayer, y unos postres que nos dejaremos nosotros

para mañana.--Y también nos llevarán poco dinero, que aquí se come

barato.--Pero mucha paciencia, amigo mío, que aquí se aguanta mucho.

No hubo sin embargo remedio: mi amigo no daba cuartel, y estaba visto

que tenía capricho de comer mal un día. Fué preciso, pues, acompañarle,

é íbamos á entrar en los _Dos Amigos_, cuando llamó nuestra atención

un gran letrero nuevo que en la misma calle de Alcalá y sobre las

ruinas del antiguo figón de Perona dice: _Fonda del Comercio_.--¿Fonda

nueva?--Vamos á ver. En cuanto al local, no les da el naipe á

los fondistas para escoger local; en cuanto al adorno, nos cogen

acostumbrados á no pagarnos de apariencias; nosotros decimos: ¡como

haya que comer, aunque sea en el suelo! Por consiguiente nada nuevo en

este punto en la fonda nueva.

Choconos sin embargo la diferencia de las caras de ahora, y que hace

medio año se veían en aquella casa. Vimos elegantes, y diónos esto

excelente idea. Realmente hubimos de confesar que la fonda nueva es la

mejor; pero es preciso acordarnos de que la Fontana era también la

mejor cuando se instaló: ésta será, pues, otra Fontana dentro de un par

de meses. La variedad que hoy en platos se encuentra cederá á la fuerza

de las circunstancias; lo que nunca podrá perder será el servicio: la

fonda nueva no reducirá nunca el número de sus mozos, porque es difícil

reducir lo poco; se ha adoptado en ella el principio admitido en todas:

un mozo para cada sala, y una sala para cada veinte mesas.

Por lo demás no deja de ofrecer un cuadro divertido para el observador

oscuro el aspecto de una fonda. Si á su entrada hay ya una familia en

los postres, ¿qué efecto le hace al que entra frío y sereno el ruido

y la algazara de aquella gente toda alborotada porque ha comido? ¡Qué

miserable es el hombre! ¿De qué se ríen tanto? ¿Han dicho alguna

gracia? No, señor; se ríen de que han comido, y la parte física del

hombro triunfa de la moral, de la sublime; que no debiera estar tan

alegre sólo por haber comido.--Allí está la familia que trajo el

coche... ¡¡¡Apartemos la vista y tapemos los oídos por no ver, por no

oir!!!

Aquel joven que entra venía á comer de medio duro; pero se encontró

con veinte conocidos en una mesa inmediata: dejóse coger también por

la negra honrilla, y sólo por los testigos pide de á duro. Si como son

conocidos fuera una mujer á quien quisiera conquistar, la que en otra

mesa comiera, hubiera pedido de á doblón: á pocos amigos que encuentre,

el infeliz se arruina. ¡Necio rubor de no ser rico! ¡Mal entendida

vergüenza de no ser calavera!

¿Y aquél otro? Aquél recorre todos los días á una misma hora varias

fondas: aparenta buscar á alguien: en efecto, algo busca; ya lo

encontró; allí hay conocidos suyos: á ellos derecho: primera frase

suya:--¡Hombre! ¿Ustedes por aquí?--Coma usted con nosotros, le

responden todos.--Excúsase al principio; pero si había de comer

solo... un amigo á quien esperaba no viene... Vaya, comeré con ustedes,

dice por fin, y se sienta. ¡Cuán ajenos estaban sus convidadores de

creer que habían de comer con él! Él sin embargo sabía desde la víspera

que había de comer con ellos: les oyó convenir en la hora, y es hombre

que come los más días de oídas, y algunos por haber oído.

¿Qué pareja es la que sin mirar á un lado ni á otro pide un cuarto al

mozo y?... Pero es preciso marcharnos, mi amigo y yo hemos concluido

de comer: cierta curiosidad nos lleva á pasar por delante de la

puerta entornada donde ha entrado á comer sin testigos aquel oscuro

matrimonio... sí; duda... Una pequeña parada que hacemos alarma á los

que no quieren ser oídos, y un portazo dado con todo el mal humor

propio de un misántropo nos advierte nuestra indiscreción y nuestra

impertinencia. Paciencia, salgo diciendo: todo no se puede observar

en este mundo; algo ha de quedar oscuro en un cuadro: sea esto lo que

quede en negro en este artículo de costumbres de la _Revista española_.

POESÍAS

DE

DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

Es tan conocido el mérito del autor de esta nueva colección poética,

son tan justamente apreciados en España y fuera de ella los varios

ensayos didácticos y composiciones dramáticas que en anteriores tomos

ha publicado, que no es mucho que entremos con respeto y miedo á

juzgar al que puede juzgar á los demás. El justo criterio, el gusto

depurado son las dotes que más brillan en sus escritos; pero no

contento el señor Martínez de la Rosa con haber indicado el camino

que deben trillar los que á la gloria inmortal de poetas aspiren,

nos quiere dar el ejemplo al lado de la admonición. Harta empresa es

ésa para un solo hombre. No presta el cielo al mismo tiempo la fría

severidad del crítico y la ardiente imaginación del vate, y mal pudiera

prestarlas sin contradecir sus propias leyes. Si alguna vez, pues,

se ven ambas calidades reunidas puede reputarse fenómeno. Recorramos

la lista de los primeros poetas; no hallaremos en ésa á los grandes

didácticos: preceptos será lo que en sus obras encontraremos, preceptos

de inspiración; rara vez preceptistas. Homero, Virgilio, Anacreonte,

Píndaro, Taso, Millón, etc., etc., se contentaron con la parte que les

tocó; verdad es que les tocó lo más, porque nunca harán los preceptos

un poeta. Recorramos por otra parte las obras de los grandes maestros

del arte. Aristóteles hubiera probado á entonar la trompa épica; en

balde hubiera ensayado á observar sus mismas reglas. Longino, que tan

bien entendió el sublime, no hubiera dado nunca con él. El severo

Boileau quiso pulsar la lira, y Apolo la rompió en sus débiles manos;

toda su oda á la toma de Namor puede darse por el peor concepto de

su arte poética. La Harpe dió modelos; pero modelos de escuela. En

una palabra, la cabeza puede aventajarse en el hombre, pero es por

lo regular á costa del corazón. Dos nombres colosales, que son los

que más acaso á la perfección en distintos géneros se han acercado,

pudieran citarse como poderosas excepciones de nuestro aserto: Horacio

y Voltaire. Esto sin embargo podría ser objeto de larga discusión en

que no podemos entrar ahora; en ella aparecería tal vez que el Horacio

del arte poética y de las sátiras no es el Horacio de las odas, que el

Voltaire prosista es infinitamente superior al Voltaire autor cómico,

trágico y épico.

En beneficio del señor don Francisco Martínez pueden sólo resultar

estas breves observaciones, á que la lectura grata de su libro da

lugar. Nadie puede dudar del alto puesto que entre los preceptistas

ocupa; y de su talento poético no seremos ciertamente nosotros los

que dudemos. Y no decimos tampoco que el señor Martínez es poeta

porque creamos que otros lo duden, sino porque en decirlo gozamos y en

repetirlo, nosotros sobre todo, que juzgaremos al autor con sus mismas

leyes, y que abundamos afortunadamente en sentadas opiniones suyas.

Sentimiento, intención, es lo que buscamos en el poeta: sentimiento,

intención, encontramos en el señor Martínez de la Rosa, «No remontemos,

dice el autor en su prólogo, tan desacordadamente el concepto y la

frase que cueste trasudores el entendernos». «No recuerdo un solo rasgo

sublime, dice en otra parte, en cualquiera lengua que sea, que no esté

expresado con sencillez». Esta idea, adoptada por nuestro poeta y tan

bien seguida en su _Edipo_; esta imitación de la griega sencillez

es la que distingue sus obras poéticas de las demás de su época: la

oscura ampulosidad es una montaña que abruma nuestra poesía, nada más

necesario que el que se resuelvan los jóvenes en fin á segregar del

fruto precioso el lujurioso pámpano que le ahoga. No es la palabra lo

sublime; séalo el pensamiento; parta derecho al corazón; apodérese de

él, y la palabra lo será también. «Hágase la luz, dijo Dios, y fué la

luz». Nada hay escrito más sublime, nada sin embargo menos ampuloso.

Oigamos otra expresión grande y sencilla. Muere una mujer, y exclama

su amiga: «¡Conque ésta es la primera noche que vas á pasar en la

tierra!» ¡Qué apostrofe hay más enérgico! ¡Qué formas sin embargo

más sencillas! Todas las palabras son sublimes cuando la pasión las

emplea. Siguiendo estos principios, es difícil ser á veces más poeta

que el autor de esta colección. Hay ternura en sus composiciones,

sentimiento en sus versos, profundidad á veces, dulce y melancólica

filosofía. Bien quisiéramos citar algunos trozos de los que han

señoreado en su lectura nuestro corazón. Pero el público se hará con

estas poesías, y citar fragmentos fuera imponernos la difícil tarea

de la elección. Respondemos que serán leídas con placer por los que

abriguen sentimiento; con entusiasmo por los que recibieron del cielo

la sensibilidad como primera condición de su existencia.

Una cosa confesaremos á nuestro pesar: uno de los géneros á que

más lugar ha dado en su tomo el señor Martínez de la Rosa ha sido

un género desgastado ya; un género en que tanto y tan bueno se ha

escrito, que es harto difícil sobresalir en él. No es decir esto que

sus composiciones ligeras no puedan competir con las de Anacreonte,

con las de Gesner, con las de Meléndez; pero la tendencia del siglo

es otra: si las sociedades nacientes alimentan su imaginación con

composiciones ligeras, las sociedades gastadas necesitan sensaciones

más fuertes. Acaso en esto lleve el poeta ventaja á la sociedad en que

vive; acaso las causas de la decadencia de este género no hacen favor á

los adelantos de la civilización; pero no por eso es menos cierto que

buscamos más bien en el día la importante y profunda inspiración de

Lamartine, y hasta la desconsoladora filosofía de Byron que la ligera y

fugitiva impresión de Anacreonte.

Los versificadores que sólo hacer versos saben, mas no sentirlos,

podrán tachar de poco robustos algunos del autor; nosotros, aunque

conocemos la necesaria cooperación de la más completa armonía posible

en la poesía, pasamos ligeramente sobre ese reproche, y siempre daremos

la preferencia en todo caso á las ideas.

Concluiremos dando el parabién al señor Martínez de la Rosa por su

nueva publicación, y deseando que la juventud estudiosa saque tanto

partido de su ejemplo como de las lecciones con que en sus obras

anteriores ha sabido hacerse el órgano del buen gusto, y el honor de su

patria, que colocará su nombre en la corta lista de los que en el día

pueden retribuirla gloria sólida é imperecedera.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 13 / 75 题