pasos en la oscuridad de la capilla. La prócer figura, que tiene la
vaguedad de un fantasma, parece crecer bajo la nave, y su vos resuena
impregnada de grave tristeza, de una tristeza de patriarca y de
guerrero. Los dos clérigos callan_.
EL CABALLERO
¿Por qué te escondes, mal hijo?
DON FARRUQUIÑO
No me escondo, señor.
EL CABALLERO
¿Temes mi justicia?
DON FARRUQUIÑO
Quien está sin culpa, nada teme.
EL CABALLERO
¡Has apagado la única luz que ardía sobre la sepultura de tu madre!
DON FARRUQUIÑO
Si mi padre lo dice, será verdad.
EL CABALLERO
Eres solapado en las palabras como en las obras. ¡Defiéndete, al menos!
DON FARRUQUIÑO
Dios Nuestro Señor ha elegido mi cabeza inocente para que sobre ella
caigan las culpas de otros.
EL CABALLERO
A mí no puedes engañarme... Llega y ayúdame a levantar la sepultura...
No tardaré en morir, y si tardase os faltaría paciencia para esperar...
Porque no acabéis en la horca he pensado repartiros mis bienes. Me
heredaréis en vida... Llega y ayúdame... Si tienes hijos, ellos me
vengarán... Los votos no te impedirán tenerlos. Llega para que podamos
levantar la losa.
EL CAPELLÁN
Vamos, alma de Faraón.
DON FARRUQUIÑO
No reconozco a Don Juan Manuel.
EL CAPELLÁN
Tiene razón, cuando dice que va a morir.
_Se llegan al presbiterio, se mueven vagarosos alrededor de la
sepultura, tantean, se encorvan, y en silencio, con una rodilla en
tierra, en un tácito acuerdo, comienzan a levantar la losa. Se les oye
jadear. Cuando aparece el hueco negro, pestilente, húmedo, el viejo
linajudo se inclina sobre él, y solloza con un sollozo sofocado y
terrible de león viejo. El hijo, con los ojos nublados de miedo, se
aparta_.
DON FARRUQUIÑO
¡No puedo más!
EL CAPELLÁN
Temo que a tu padre le dé un arrebato de sangre.
EL CABALLERO
¡María Soledad, aquí estoy! ¡Háblame!
EL CAPELLÁN
Basta ya, señor....
EL CABALLERO
¡Quiero ver su rostro por última vez!
_El Caballero levanta la tapa del féretro y en la oscuridad de la
cueva albean las tocas del sudario y destella la cruz colocada sobre el
pecho, entre las manos yertas. El Caballero se inclina, y un aire de
húmeda pestilencia, que le hace sentir todo el horror de la muerte,
pone frío en su rostro_.
EL CABALLERO
¡María Soledad, espérame!... Tienes los ojos abiertos y siento que me
miras... Ahora me voy, pero vendré pronto y para siempre a tu lado...
¡Dios!... ¡Dios!... ¡Cativo Dios, por qué me llevaste a la Rusa!....
_El Capellán acude, y levanta el desfallecido cuerpo del Caballero. El
hijo, más tardo por miedo o desamor, se acerca también y le ayuda. Casi
en brazos le sacan de la capilla. Don Juan Manuel, en la puerta los
hace detener y se arrodilla_.
EL CABALLERO
¡Abierta queda mi sepultura!... ¡Maldito quien intente poner la losa
antes de haber bajado yo a la cueva! ¡María Soledad, espérame!
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA QUINTA
_La alcoba donde murió Doña María.--En el fondo, bajo los cortinajes
de damasco carmesí, que tienen algo de litúrgico, abandonada y fría
aparece la cama antigua, de nogal tallado y lustroso. Don Juan Manuel
está en el umbral de la puerta. Su hijo y el capellán le sostienen. El
rostro pálido y la barba de plata se sumen en el pecho_.
EL CABALLERO
Quiero morir aquí, en la misma cama donde murió aquella santa... He
vivido siempre como un hereje, sin pensar que hay otra vida, y ahora
siento una luz dentro de mí....
EL CAPELLÁN
Es la luz de la Gracia.
EL CABALLERO
Señor capellán, necesito la absolución de mis pecados para reunirme con
mi mujer en el Cielo.
EL CAPELLÁN
Es menester que haga confesión de ellos.
EL CABALLERO
No tengo más que uno... ¡Uno solo que llena toda mi vida!... Haré
Confesión pública... Llamad a los criados... Que acudan todos...
¡Criados de mi casa!... ¡Hermanos que llegasteis aquí conmigo!...
¿Dónde estáis? ¡Quiere hacer confesión ante vosotros Don Juan Manuel
Montenegro! ¿Dónde estáis? ¡Llegad todos!
_El hijo y el capellán se interrogan con una mirada. En sus ojos asoma
el mismo pensamiento, y se dicen si no ha pasado sobre ellos, en
aquellas palabras, una ráfaga de locura. Los criados y los mendigos van
llegando de la cocina con un rumor lento, ojos de susto, gesto de
misterio, y se detienen sobre el umbral de la puerta_.
ALGUNAS VOCES
¡Ave María Purísima!
EL CABALLERO
¡Cavada tengo la sepultura! He visto en mi camino a la muerte y están
marcadas mis horas... Cuando echéis el cuerpo a la tierra, volved a
poner la losa que han alzado mis manos, pero antes no. ¡Maldito sea
quien lo intente!... Tú, mal hijo, no finjas dolor... Lleva a los otros
la noticia, y celebradla juntos en la cueva de los ladrones, en el
cubil de un lobo, donde nadie os vea. Cuanto era mío, mañana será
vuestro, y el cuerpo que será de los gusanos, tendrá más noble
destino... No lloréis vosotros, criados y hermanos míos, que estas
puertas las hallaréis siempre francas, y, aunque fría, siempre
sentiréis mi mano tendida hacia vosotros. ¡No dejo otra manda para que
mis crímenes me sean perdonados, y he de alzarme de la sepultura si no
fuese cumplida! No lloréis, y haced silencio, que quiero confesar mis
pecados al señor capellán de mi casa. No tengo más que un pecado...
¡Uno sólo que llena toda mi vida!... He sido el verdugo de aquella
santa con la impiedad, con la crueldad de un centurión romano en los
tiempos del emperador Nerón... Un pecado de todos los días, de todas
las horas, de todos los momentos... No tengo otro pecado que
confesar... La afición a las mujeres y al vino, y al juego, eso nace
con el hombre... Pecado grande es haber sido verdugo de un alma y haber
puesto en ella garfios encendidos en las hogueras del Infierno. ¡Los
garfios que en las carnes de los condenados clava Satanás!... Y ahora
me arrodillo para recibir la absolución... Señor capellán, la
absolución, y la tuya también, mal hijo, ya que tienen esa gracia tus
manos impuras. Absolvedme y después clavad esa ventana, clavad esa
puerta, dejadme aquí como en un pozo, solo, para morir.
_El Capellán traza una cruz con su diestra sobre la cabeza del viejo
linajudo, y el murmullo de los rostros aldeanos y mendigos,
resplandeciente de fe, se eleva en una grave onda_.
[Ilustración]
JORNADA SEGUNDA
ESCENA SEXTA
_Sobre la encrucijada de dos caminos aldeanos, un campo de yerba
humilde salpicada de manzanilla, donde hay un retablo de ánimas entre
cuatro cipreses. Es paraje en que hacen huelgo los caminantes, y rezan
las viejas, anochecido. Don Rosendo, Don Mauro y Don Gonzalito,
descansan al pie de los cipreses, con los caballos del diestro. Más
lejos un mozo aldeano deja pacer la yunta de sus vacas, y a lo largo de
los caminos, que se pierden entre verdes y sonoros maizales, trotan
cabalgadas de chalanes que van de feria, y cruzan graves y
procesionales, viejos vestidos de estameña, con sus grandes bueyes de
cobre luciente, hermosos como ídolos, con verdes ramos de roble en las
testas_.
DON MAURO
¿Dónde se habrá metido el clérigo?
DON ROSENDO
En casa de alguna moza.
DON MAURO
A Pedro son muchos los que le han visto pasar solo. ¿Cómo se habrán
separado?
DON GONZALITO
Reñirían al repartirse lo que nos robaron.
DON ROSENDO
¡Lástima que no se matasen!
DON MAURO
Hay que volver por allá....
DON GONZALITO
Si ellos no nos ganan la mano.
DON MAURO
¡Haber olvidado la capilla!
DON ROSENDO
Cuando se tiene una pena no se está para recordar....
DON GONZALITO
¡Pobre madre! Ella acudía a todos, y teníamos un amparo.... ¿Pero
ahora, qué será de nosotros?... Hemos amargado sus últimos momentos con
nuestras disputas. ¡Somos como fieras!
DON MAURO
Lo hicimos de obligados. Si no lo hacemos, los otros bandidos nos dejan
sin una hilacha.
DON GONZALITO
Pero es triste.
DON MAURO
Si, lo es.
_Por un momento los tres hermanos quedan silenciosos. Una tropa de
chalanes llega y descabalga para descansar a la sombra de los cipreses,
dejando libres los jacos en el verde y oloroso campo, que cruzan
aquellos caminos aldeanos por donde se pierden huestes de mujerucas,
viejas y mozas, que van al molino con maíz y con centeno. Los chalanes
son siete: Manuel Tovío, Manuel Fonseca, Pedro Abuín, Sebastián de
Xogas y Ramiro de Bealo con sus dos hijos. Oliveros, el mayor, tiene el
noble y varonil tipo suevo de un hidalgo montañés. La barba de cobre,
los ojos de esmeralda y el corvar de la nariz soberbio, algo que evoca,
con un vago recuerdo, la juventud putañera de Don Juan Manuel
Montenegro. Allá, en su aldea, la madre y el hijo suelen enorgullecerse
de aquella honrosa semejanza con el Señor Mayorazgo. Y Ramiro de Bealo
ha conseguido por ello que el viejo linajudo le diese en parcería
cuatro yuntas, y en aforo las tierras de Lantañón_.
LOS CHALANES
¡Santos y buenos días!
LOS SEGUNDONES
¡Santos y buenos!
RAMIRO DE BEALO
¿El Señor Don Mauro camina para su casa de Bealo?
DON MAURO
Para allá se camina.
RAMIRO DE BEALO
¿Tornan del entierro de la señora mi ama, que goce de Gloria?... ¡Dios
les otorgue su santa conformidade!... ¿Por allá verían a la parienta?
Cuando salimos para la feria, díjonos que tenía determinado acudir.
¡Por allá la verían! Nos hubiéramos cumplido como ella, de no hallarnos
con un buey escordado, sin yunta para labrar la tierra.... Si Dios nos
mantiene con vida y salud, el domingo bajaremos a la villa para oír una
misa y saludar al Señor Don Juan Manuel.
DON MAURO
Pues yo os digo que en la casa de mi padre hacéis vosotros la misma
falta que los canes en la de Dios. Eso os digo.
DON GONZALITO
Harto habéis ordeñado esa vaca, y no penséis que por ser muerta mi
madre....
OLIVEROS
Pues allá iremos, sin contar con su venia.
RAMIRO DE BEALO
¡Calla, rapaz! No muevas pleitos.
OLIVEROS
Hablo aquello que bien me parece, mi padre.
DON ROSENDO
¡Lo malo será que te arranquen la lengua!
OLIVEROS
La defienden los dientes.
RAMIRO DE BEALO
Ten miramiento, rapaz.
DON ROSENDO
Defensa de mujer.
OLIVEROS
Y de lobo.
DON MAURO
¡No te los haga yo dejar clavados en la tierra!
OLIVEROS
¡Mucho hablar es!...
DON GONZALITO
Si los quieres bien, no los saques al aire.
OLIVEROS
¡Mírenlos!
_Oliveros muestra los dientes albos, jóvenes, fuertes, con un gesto
lleno de violencia, que recoge los labios y los estremece con
sanguinaria y primitiva fiereza_.
DON MAURO
¡Dientes de hambre, no asustan!
OLIVEROS
¡Hambre de morder!
DON GONZAITO
Un mendrugo.
DON ROSENDO
¡Cadelo sarnoso!
OLIVEROS
De su sangre me vendrá la sarna.
RAMIRO DE BEALO
Rapaz, ten miramiento, que son más que tú.
OLIVEROS
A ustede, tócale callar, mi padre.
RAMIRO DE BEALO
Que ellos son caballeros, rapaz.
OLIVEROS
De la nobleza que vengan, vengo yo.
DON ROSENDO
Por detrás de la iglesia no hay nobleza, sino hijos de puta.
DON MAURO
Tú siempre serás el hijo de un cuerno de Ramiro de Bealo.
OLIVEROS
Ni de puta ni de cabrón soy nacido, ni nunca dos veces me lo dijeron.
_El Mozo chalan adelanta hacia los segundones blandiendo la luenga
pica con que acucia y guía su vacada por llanos y veredas. Los otros
chalanes, en bandería, se ponen a su lado, y la tropa de villanos cerca
a los segundones_.
DON MAURO
¡Para mí, tres!
SEBASTIÁN DE XOGAS
¡Allá va uno con quien será bastante!
DON ROSENDO
¡No cejes, Gonzalo!
OLIVEROS
¡Miren estos dientes!....
RAMIRO DE BEALO
¡Rapaz, que me matan!... ¡Acude aquí!....
DON MAURO
¡Para mí, tres!
_El segundón lanza su grito en medio del campo, como un gigante
antiguo, desnudo y vencedor. A sus pies, con la cabeza abierta, muerden
la yerba Sebastián de Xogas y Pedro Abuin. Los otros segundones casi
sucumben bajo la acometida de todos los chalanes unidos_.
DON GONZALITO
¡Siete contra tres!... ¡Miserables!
DON ROSENDO
¡Como si fuesen setenta!
OLIVEROS
¡Yo para uno solo!
_El mozo, siempre blandiendo su pica, va sobre Don Mauro. El bastardo
y el segundón se miran frente a frente: Oliveros pálido por el ansia de
la pelea, estremecido con el deseo del vencimiento, y el segúndon
fuerte, soberbio, con la cabeza desnuda y las manos rojas de sangre,
como el héroe de un combate primitivo en un viejo romance de Castilla_.
OLIVEROS
¡Ahora verás si son buenos los hijos de puta!
DON MAURO
¡Para mis galgos ha de ser tu lengua!
_Se acometen los dos: El chalán blande su pica, y el segundón, con
arrogante brío, sigue clavándole los ojos, puestas en alto las manos
ensangrentadas, para guarnecer su cabeza desnuda. Restalla el golpe.
Entre las manos del segundón queda la pica, que vuela por los aires,
luego, partida en dos. La lucha continúa brava, bella, rugiente. Los
caballos, asustados, huyen arrastrando las riendas, y allá lejos, en
medio de los caminos, relinchan. Manuel Tovío, Manuel Fonseca, Ramiro
de Bealo y el menor de sus hijos acosan en cerco a Don Gonzalo y Don
Rosendo. De pronto, entre el restallar de las picas sobre los cráneos y
el cóncavo tundir de los puños contra los pechos, se levanta, como el
claro canto de un gallo el grito de Don Manro_.
DON MAURO
¡Para mí, tres!
DON ROSENDO
¡Ánimo, hermanos!
DON GONZALITO
¡Ánimo!
_Como una ráfaga, la hueste de chalanes siente el triunfo de los
segundones. En un tácito acuerdo comienzan a cejar, sin vergüenza de
ser vencidos por aquellos tres hidalgos.--¡Que para eso son hidalgos y
señores de torre!--Oliveros, en tierra, de cara contra la yerba, ruge,
sofocado por las manos del hercúleo segundón. El grito de Don Mauro es
un claro clarín_.
DON MAURO
¡Para mí, tres!
[Ilustración]
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA
ESCENA PRIMERA
_Una rincón en la iglesia de Flavia-Longa. Lega como mosconeo, la voz
desentonada y gangosa el abad, un exclaustrado ordo, que guía las
Cruces en la Capilla e Jesús Nazareno. Una mujeruca del pueblo, que
lleva el manteo a modo de capuz, suspira al terminar sus rezos y besa
la tierra con la lengua. Es muy vieja, toda arrugada, con ese color
oscuro y clásico que tienen las nueces de los nogales centenarios.
Atraviesa la nave, y el lento arrastrar de sus madreñas cuenta sus
años. Aquella mujeruca sirve desde niña en la casa de Don Juan Manuel
Montenegro: Es Micaela la Roja, que conoció a los difuntos señores
cuando entró de rapaza de las vacas, por el yantar y el vestido. Ahora
camina apoyada en un palo. Renqueando entra en una capilla con puerta
de hierro, toda tristeza y herrumbre, y se acerca a una mujer que reza.
Es Sabelita, que fué otro tiempo barragana del Caballero. Con las
cabezas juntas hablan quedo en aquella sombra húmeda que parece
destilar oraciones, y dos velas se consumen en el altar, dos velas
rizadas y pintadas como dos madamas_.
LA ROJA
¡Dábame mi alma que aquí la toparía!
SABELITA.
No te ha engañado.
LA ROJA
Cuando remate sus obligaciones, tiene de venirse conmigo.
SABELITA
¿Adonde?
LA ROJA
A la casona.
SABELITA
Roja, no quiero verlos más, ni al padre ni a los hijos....
LA ROJA
A los rapaces, no digo... Mas al señor mi amo fuerza es que le vea.
Cordera, por ese mor vengo procurándola. Está el cuitado como adolecido
desde que tuvo el primer anuncio, que fueron las luces de la Santa
Compaña.
SABELITA
¿Vió a la Santa Compaña?
LA ROJA
Sí la vió.... Era una hueste muy luenga de ánimas en pena, todas
vestidas de blanco. Pareciósele de noche en el Campo de la Iglesia.
SABELITA
¡Allá, en Viana!
LA ROJA
¡Y en la misma hora que dejaba el mundo Dama María!... El marinero con
la carta llegó después.... Don Galán bajó conmigo a franquealle la
puerta.
SABELITA
¿Vosotros vinisteis con Don Juan Manuel?
LA ROJA
Nosotros vinimos por tierra. ¡Ay, cuidé de no llegar! El señor mi amo,
embarcó solo en la barca que luego fué náufraga.
SABELITA
¡Qué desgracia tan grande! Recemos una Salve por el descanso de esos
pobres marineros ahogados.
LA ROJA
Estaba de Dios que ellos pereciesen y que el amo se salvase.
_Las dos rezan a media voz, con un bisbiseo devoto y confuso, que se
junta en las sombras de la capilla al chisporroteo de las velas. Las
dos inclinan las cabezas y ponen en blanco los ojos para poder alzarlos
al altar, desde donde responde a su mirada, la mirada extática de una
Dolorosa. El parpadeo de las luces da una apariencia de vida al cerco
amoratado de aquellos ojos, a la boca dolorida, a las mejillas con dos
lágrimas de cristal. Sabelita y la vieja se santiguan al terminar su
rezo_.
LA ROJA
Pronto cerrarán la iglesia. ¡Vámonos!
SABELITA
Yo, no....
LA ROJA
Es una obra de caridad que acuda a llevarle un consuelo.
SABELITA
Tú sabes que no puede ser....
LA ROJA
Agora es solamente un pecador arrepentido.
SABELITA
¿Qué dice?
LA ROJA
Con nadie habla y a nadie quiere ver. Encerrado en la alcoba donde
murió la santa, se oyen sus pasos, que vienen y que van.... Cuando
alguien se acerca requiere la escopeta y amenaza con matarle.
SABELITA
¿Tú no le has visto?
LA ROJA
No, cordera. Su pensamiento es dejarse morir de hambre.
SABELITA
¿Y qué puedo hacer?
LA ROJA
Venir a suplicarle.
SABELITA
No oirá mi voz.
LA ROJA
Es la sola que oirá.... ¡No puede ser que le deje morir solo, como un
can!
SABELITA
¡Yo no sé qué hacer!
LA ROJA
¿Qué le dice su corazón?
SABELITA
¡Me dice tantas cosas encontradas!
LA ROJA
¿Y ninguna grita más fuerte?
SABELITA
¡Ah, sí!
LA ROJA
¿Por qué no obedece esa voz.
SABELITA
¡Temo el pecado!...
_Sabelita se santigua, y la rosa marchita de su boca se estremece con
el murmullo de mi rezo. Sus ojos se clavan en el altar, y las dos velas
que lloran sin consuelo sobre las arandelas de cristal, al alma llena
de supersticiones milenarias le fingen dos mujeres desmidas que se
consumen en llamas, no sabe si las del pecado, si las del infierno. Un
viejo de guedejas blancas cruza la iglesia agitando alunas llaves en
manojo_.
LA ROJA
Vámonos, cordera, que ya San Pedro anda tocando los fierros.
SABELITA
Vámonos....
LA ROJA
¿No le acordó una resolución la Santísima Virgen?
SABELITA
No.
LA ROJA
¿Sigue batallando con sus dudas?
SABELITA
¡Ay, Jesús!
_Salen de la iglesia. En el cancel esperan las viudas de los náufragos
para tratar del entierro con el señor abad. Es un grupo de mujeres que
huelen a marinada, con los ojos encendidos y las greñas flojas, con los
vestidos húmedos, pardos, de una tristeza salobre, restos de otros
lutos_.
LA ROJA
El Señor Don Juan Manuel dispuso que se diese a cada viuda una carga de
maíz. ¡Fué la sola cosa que habló!
SABELITA
¡Vamos allá!
LA ROJA
¡Dios te lo premiará, mi hija!
[Ilustración]
JORNADA TERCERA
ESCENA SEGUNDA
_Una antesala en la casona. Andreíña hila y otros criados desgranan
maíz, a la redonda de una cesta colmada de mazorcas. Hablan en voz
baja, atentos a los pasos que vienen y van en la alcoba donde murió la
señora ama. La puerta está cerrada, y de tiempo en tiempo alguno de los
criados se acerca sin ruido y escucha. Los otros callan contemplándole,
y cuando se les junta, otra vez comienza el cálido susurro de la
conversación. Y el rumor de los pasos que vienen y van, parece marcar
todos los gestos y todas las actitudes de aquellos criados que
desgranan mazorcas en la antesala oscura_.
ANDREÍÑA
¡Tal como agora véis, de día y de noche!...
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡Por la noche se oían sus lamentos!...
LA RECOGIDA
¡Una voz de desespero que llenaba toda la casa!
ANDREÍÑA
¡La voz del enemigo que tenía en el cuerpo, y turraba por salir!...
LA REBOLA
¡Ave María!
DON GALÁN
¡Ahí lo tenéis arrepentido como un fraile, por lo mucho que hizo sufrir
a la señora ama!
LA REBOLA
¿Y dejárase morir de hambre?
DON GALÁN
Antes rabiará.
LA REBOLA
¡Ni que fuera can!
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡Tengo dolidas las manos! ¿Desgrana bien ese carozo, Rebola?
LA REBOLA
Hace él solo la labor.
EL RAPAZ DE LAS VACAS
Yo no atopo uno bueno.
LA REBOLA
Éste lo tuve en el lar, por mor que endureciese.
DON GALÁN
Si me lo regalas, te doy palabra de casamiento.
ANDREÍÑA
¿Y ha de ser ella quien te dé el carozo?
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡Nunca tal ví, ser la mujer quien lleve el carozo!
DON GALÁN
Así juntábamos dos. ¡No tenéis oído que cuanto más, más gracia de Dios!
ANDREÍÑA
¡Gran maricallo!
_Doña Moncha entra en la antesala, y los criados al verla, callan,
aparecen graves, con algo de sombras en la vastedad de aquella antesala
oscura. No se distinguen los rostros, son los ademanes de una rara
lentitud y las figuras parecen vestir túnicas de niebla_.
DOÑA MONCHA
¿Se oyen sus pasos?
ANDREÍÑA
Sí, señora.
DOÑA MONCHA
¡No descansa!....
DON GALÁN
¡Tiene un verme que le roe y no le deja!
ANDREÍÑA
¡Como si estuviese ya difunto, róele un verme!
_Se acerca Doña Moncha a la puerta y escucha. Los pasos se alejan.
Espera. Los pasos retornan ya. Doña Moncha pulsa tímidamente en la
puerta. Todos callan y esperan_.
DOÑA MONCHA
¡Tío!... ¡Tío!... ¡Que se está matando... ¡Tío!... ¡Tío!... ¡Que es un
pecado lo que hace! ¡Tío!... ¡Tío!....
ANDREÍÑA
¡No contestará!
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡Hállase firme en dejarse morir de hambre!
DON GALÁN
¡Está adolecido!... ¡Tiene el alma ausente!....
_Sin ruido, lentamente, Doña Moncha se aparta de la puerta y se sienta
entre los criados a desgranar espigas. Se oye alguna voz apagada, y el
alarido del viento y las pisadas que vienen y van. Desgranada una cesta
de mazorcas, traen otra. En la antesala vaga ahora una sombra negra, la
sombra del capellán_.
EL CAPELLÁN
Los pasos no dejan de oírse ni de día ni de noche.
DOÑA MONCHA
¡Ni de día ni de noche!
EL CAPELLÁN
¡Concluirá por enloquecer!
DOÑA MONCHA
¡Enloquecido está ya!
EL CAPELLÁN
¡No debíamos dejarle!
DOÑA MONCHA
¡Pobres de nosotros, qué podremos hacer!... Yo tiemblo cuando me
acerco a esa puerta.
DON GALÁN
¡Tiene un verme que le roe!
ANDREÍÑA
¡Como si estuviera ya difunto, cómele, cómele!....
_El capellán se acerca a la puerta y pulsa con los artejos. Espera un
momento, y como ninguna voz responde, vuelve a pulsar. Les pasos vienen
y van_.
EL CAPELLÁN
¡Señor Don Juan Manuel!... ¡Señor Don Juan Manuel!... ¡Dios nos manda
tener valor! Debemos conservar la existencia como un dón precioso, y
amarla a pesar de sus espinas....
ANDREÍÑA
¡No responderá!
LA RECOGIDA
¡Es como un rey, y a nadie escucha!
_La sombra del clérigo vuelve a vagar por la antesala. Los criados
comentan en voz baja, graves, lentos, reunidos a la redonda de la cesta
llena de mazorcas, y sus voces supersticiosas, parece que van en la
oscuridad, de un misterio hacia otro misterio. Y los pasos vienen y
van_.
ANDREIÑA
¡Y así día y noche!
LA RECOGIDA
¡No descansa!
DON GALÁN
¡Ya tendrá su descanso, y qué luengo será!
LA RECOGIDA
¡Para siempre!
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡No escucha ninguna voz!
ANDREÍÑA
¡Ya escuchará la de Nuestro Señor!
LA RECOGIDA
¡Esa todos los nacidos la escuchamos!
ANDREÍÑA
¡Es más fuerte que el huracán!
EL RAPAZ DE LAS VACAS
¡Y más que los truenos!
DON GALÁN
¡Y más que el broar de la mar!
LA RECOGIDA
Esta noche no dejó de oírse la mar de Corrubedo.
LA REBOLA
¡Dicen que se oye en la redondez de quince leguas!
ANDREÍÑA
¡En toda la redondez del mundo óyese la voz de Nuestro Señor!
_Cesa de pronto la glosa de los criados que hacen rueda desgranando
mazorcas. Artemisa la del Casal, moza blanca y rubia, briosa y
rozagante, con manteo cercado de velludo y capotillo mariñán, acaba de
aparecer en el umbral de la antesala. Se la tiene por hija bastarda del
Caballero. Trae de la mano a un niño de ojos picarescos, que se
tambalea sobre los zuecos blancos, que muestran no haber pisado la
tierra. Un tirante amarillo cruza el pecho del rapaz con la prosapia de
una banda, y sujeta el calzón de pana, que no llega a los zuecos. En
una mano sostiene el gorro catalán, que aún tocaba su cabeza al parecer
en la antesala, y en la otra estruja una rana viva_.
ARTEMISA
¡Santas y buenas noches! Saluda, Floriano.
EL NIÑO
¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!....
ARTEMISA
Besa la mano al señor capellán. Besa también la mano a Doña Moncha.
DOÑA MONCHA
¿Qué os trae?
ARTEMISA
Saber si ha tenido mudanza el señor.
EL CAPELLÁN
Parece resuelto a dejarse morir.
ARTEMISA
¡La Santísima Virgen de Gundarín no lo permitirá!
ANDREÍÑA
¿Y si lo quiere así la Santísima Virgen?
DON GALÁN
¡Tópanse con gana de pleitos en el Cielo!
ARTEMISA
Todo el día estuve con cuidado, y el pequeño, como sentíame suspirar,
habían de ver qué consuelos me daba. ¿Y sigue de la misma conformidad
el señor?
DOÑA MONCHA
De la misma.
ARTEMISA
¿Por qué le dejan así? Acabará por subírsele toda la sangre a la
cabeza.
DOÑA MONCHA
Háblale tú a ver si te responde. ¡Yo tiemblo de acercarme a esa puerta!
_Artemisa la del Casal, se acerca a la puerta con el niño de la mano.
En la alcoba los pasos vienen y van obstinados y extraños como el
pensamiento de los locos. Artemisa atiende algunos momentos_.
ARTEMISA
¡Pasea en la oscuridad!
EL CAPELLÁN
Al entrar en la alcoba, mandó clavar las ventanas.
ARTEMISA