Él no ha hecho más que _dorar con oro de lata_

El más fino tíbar que vieron sus ojos,

Y encima de rosas sembrar mil abrojos.

Afecta desdeñar los quince actos por él escritos: «el fin baxo que le

pongo»; obra, al fin, de _quince días_ de vacaciones, en que anduvo

algo «distraído de los derechos». Sus _mal doladas razones_ irán

distinguidas de las del antiguo autor con una cruz en la margen al

fin de la primera _cena_. Ha de advertirse que ni en la edición de

Burgos ni en la de Sevilla (1501) aparece tal cruz, ni el texto está

dividido en _cenas_ ó escenas, sino en _auctos_, como en todas las

restantes. Un humanista como Rojas, que da tan seguras pruebas de

conocer el teatro de Plauto y Terencio, no podía ignorar que tanto

en la comedia latina como en la moderna son cosa muy diferente actos

y escenas. En la _Celestina_ misma algunos actos pueden dividirse

en escenas, atendiendo á las mutaciones de lugar y á las entradas y

salidas de los personajes[36]. Pero es lo cierto que el bachiller, por

inexperiencia acaso del vocabulario teatral, usaba promiscuamente las

dos palabras, puesto que en las ediciones de 1502 la carta termina de

este modo: «acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin diuision

en vn _aucto o cena_, incluso hasta el segundo _aucto_, donde dize:

Hermanos míos...». No hay duda, pues, que la primera _cena_ coincidía

exactamente con el primer acto, y es la parte que Rojas da por ajena.

Este acto es ciertamente más largo que ningún otro de la

_Tragicomedia_, aunque no con la desproporción que se ha dicho. En la

edición más reciente ocupa treinta y ocho páginas, pero no es corto el

_aucto dozeno_, que pasa de veinticuatro. Quizá cuando el autor comenzó

á escribir no pensaba en dar á su obra el desarrollo que luego tuvo, y

creyó poder encerrar toda la materia en un solo acto. Lo que sí llama

la atención, y lo consigno lealmente por lo mismo que soy partidario

acérrimo de la unidad de autor en la _Celestina_, es que el primer acto

fué el único que se salvó de adiciones y retoques en la refundición

de 1502, como si Rojas hubiera tenido escrúpulo de poner la mano en

obra que no le pertenecía. Hay algunas variantes, pero son puramente

verbales. Hubiera sido demasiado candor en Rojas dar con su propio

texto armas contra la supuesta existencia de otro autor. Inventada ya

la fábula, tenía que sostenerla con algún color de verisimilitud.

Pero ¿qué autor era ése á quien tanto admiraba? En la primera redacción

de la _Carta á un su amigo_ no nombra á nadie, ni hace conjetura

alguna: se limita á decir que la obra llegó anónima á sus manos. En la

segunda es más explícito y consigna la atribución por unos á Juan de

Mena y por otros á Rodrigo Cota.

Nadie ha tomado en serio la primera, á excepción del editor barcelonés

de 1842, que tuvo el capricho de estampar en la portada los nombres

de Mena y Cota, ligándolos con la conjunción _y_, como si hubiesen

sido colaboradores en la tragicomedia[37]. Juan de Mena fué un poeta

superior dentro de su género y escuela, y en cierto modo el mayor

poeta del siglo XV, pero su prosa es francamente detestable, llena de

pedanterías, inversiones y latinismos horribles, que le hacen digno

émulo de D. Enrique de Villena, cuyas huellas procuró seguir. Basta

haber leído una página cualquiera del _Omero romanzado_ ó de la _Glosa_

que hizo á su propio poema de la _Coronación_, para comprender que era

incapaz de escribir ni una línea de la _Celestina_. De esa _Glosa_

decía el Brocense que, «allende de ser muy prolija, tiene malísimo

romance y no pocas boberias (que ansi se han de llamar): más valdría

que nunca pareciesen en el mundo, porque parece imposible que tan

buenas coplas fuesen hechas por tan avieso entendimiento»[38].

Esta incapacidad de Juan de Mena para usar otro lenguaje que el métrico

debía de ocultársele menos que á nadie á Fernando de Rojas, verdadero

progenitor de nuestra prosa clásica, á quien no llega ningún escritor

del siglo XV y superaron muy pocos del siguiente. ¿Cómo hubiera podido

creer ni por un momento que era obra de Juan de Mena la que dice

haber tenido entre manos? Este rasgo es uno de los que hacen dudar de

su absoluta sinceridad. Puso á bulto el nombre del poeta cordobés,

porque era una grande autoridad literaria en su tiempo y se le citaba

para todo, y el mismo Rojas estaba empapado en sus escritos, como lo

declaran de un modo palmario algunos pensamientos é imitaciones de

detalle que en la _Celestina_ se encuentran, como veremos después.

La cuestión de Rodrigo Cota es diversa y merece más atento examen.

Rodrigo Cota de Maguaque, llamado comúnmente _el Tío_ ó _el Viejo_,

para distinguirle de un deudo suyo á quien llamaron _el Mozo_, era un

judío converso de Toledo, que afectó, como otros muchos, odio ciego y

feroz contra sus antiguos correligionarios, y recibió por ello dura

lección de otro poeta judío, Antón de Montoro[39]. Á Cota han sido

atribuídas con leve fundamento diversas producciones anónimas del siglo

XV, tales como las _Coplas de la Panadera_, el escandaloso y sucio

libelo titulado _Coplas del Provincial_ y la célebre sátira política

_Coplas de Mingo Revulgo_. Pero aun suponiendo que fuera suya esta

alegórica y revesada composición, que para los mismos contemporáneos

tuvo necesidad de comento, más perdía que ganaba en títulos para ser

considerado como autor de la _Celestina_, obra sencilla y humana, y

por eso eternamente viva, la cual nada tiene que ver con una sátira

política del momento, ingeniosa sin duda, pero todavía más afectada

que ingeniosa, especialmente en la imitación del lenguaje rústico. La

verdadera joya poética que debemos á Rodrigo Cota es el _Diálogo entre

el Amor y un Viejo_, inserto en el _Cancionero General_ de 1511. Fuera

de las _Coplas_ de Jorge Manrique, no hay composición que venza á ésta

en toda la balumba de los cancioneros del siglo XV. Y no vale sólo por

su espléndida ejecución, por sus bellezas líricas, por la elegancia y

el brío de muchos de sus versos, sino también por su contenido, que

es intensamente dramático. No se trata de un mero contraste ó debate,

de los que tanto abundan en las escuelas de trovadores, sino de una

verdadera acción, de un drama en miniatura, con tema filosófico y muy

humano: el vencimiento del Viejo por el Amor y el desengaño que sufre

después de su mentida transformación. Quien imaginó este coloquio en

verso, anterior sin duda á las églogas de Juan del Enzina, no era

indigno de haber escrito algunas páginas de la _Celestina_, pero no

sabemos siquiera que cultivase la prosa. Nos falta todo punto de

comparación, y hay mucha distancia entre un sencillo diálogo de dos

personajes alegóricos y una visión del mundo tan serena y objetiva como

la que admiramos en la inmortal _Tragicomedia_.

Cota y Rojas fueron contemporáneos, aunque no de la misma generación;

los dos procedían de estirpe hebrea; los dos nacieron y vivieron en

el reino de Toledo: el uno en la Puebla de Montalbán, el otro en la

capital misma, de la cual sólo dista cinco leguas aquella villa. En

1495 debía de haber muerto ya, puesto que su nombre no consta en la

_Lista de los inhábiles de Toledo_ (es decir, de los conversos) _y

cantidades que cada uno pagó por su rehabilitación_, pero su apellido

se repite mucho: María _Cota_, mujer de Pero Rodriguez de Ocaña; Inés y

Sancho _Cota_, hijos del doctor _Cota_, Rodrigo _Cota_, joyero[40]. En

la misma lista están el suegro de Rojas, Alvaro de _Montalbán_, y otros

conversos de su apellido. ¿Cómo no suponer relaciones entre personas de

la misma raza y que habían corrido los mismos peligros y sufrido las

mismas exacciones pecuniarias? ¿Tan difícil le hubiera sido á Rojas

poner en claro esa atribución á un antiguo correligionario suyo, á

quien pudo muy bien conocer y tratar, puesto que hay versos de Cota

posteriores á 1472?

La tradición de Cota prosperó más que la de Juan de Mena, y son varios

los escritores del siglo XVI y principios del XVII que la repiten,

especialmente los toledanos, que encontraban motivo de orgullo en

tal compatriota. Así Alonso de Villegas, en los metros que sirven de

dedicatoria á su _Comedia Selvagia_, impresa en 1554:

Sabemos de _Cota_ que pudo empeçar,

Obrando su ciencia, la gran _Celestina_;

Labróse por Rojas su fin con muy fina

Ambrosia, que nunca se puede estimar.

D. Tomás Tamayo de Vargas, que nació en Madrid, pero puede considerarse

como hijo adoptivo de la imperial ciudad, consigna en su inédita

bibliografía _Junta de libros, la mayor que España ha visto en su

lengua hasta el año de 1624_[41], una curiosa tradición local,

que valga lo que valiere merece recogerse, por ser tan pocos los

testimonios antiguos sobre la _Celestina_: «Rodrigo Cota, llamado _el

Tío_, de Toledo, _escribió estando en Torrijos debaxo de unas higueras,

en la casa de Tapia_, el acto primero de _Scelestina_, Tragicomedia

de Calisto e Melibea, libro que ha merecido el aplauso de todas las

lenguas. Alguno ha querido que sea parto del ingenio de Juan de Mena,

pero con engaño, que fácilmente prueba la lengua en que está escripto

mejor que la del tiempo de Juan de Mena».

La indicación no puede ser más precisa, pero por lo mismo infunde

recelo. Tamayo de Vargas era un erudito al uso de su tiempo, novelero

y algo falsario, ó por lo menos patrocinador de falsos cronicones y

antiguallas supuestas. Pudo hacerse eco de un rumor vulgar, que acaso

se refería á Rojas y no á Rodrigo de Cota; pudo inventarlo él mismo en

obsequio y lisonja á los toledanos ó á los vecinos de Torrijos. Con

escritores tales es menester gran cautela. Sin duda por eso D. Nicolás

Antonio, que los conocía á fondo, y que manejó la _Junta de libros_,

ingiriéndola casi entera en su _Bibliotheca Nova_, se guardó mucho de

copiar esta y otras especies.

Con la única excepción acaso de Lorenzo Palmyreno en sus _Hypotiposes

clarissimorum virorum_[42], todo el siglo XVI creyó en la veracidad

de las palabras de Rojas y aceptó la _Celestina_ como obra de dos

autores. El voto más importante es el del autor del _Diálogo de la

lengua_: «_Celestina, me contenta el ingenio del autor que la començo,

y no tanto el del que la acabó._ El juicio de todos me satisfaze

mucho, porque sprimieron, á mi ver muy bien y con mucha destreza,

las naturales condiciones de las personas que introduxeron en su

tragicomedia, _guardando el decoro d'ellas desde el principio hasta el

fin_»[43].

Precisamente por haber guardado ese _decoro_ ó consecuencia de los

caracteres desde el principio al fin, que señala con fina crítica

Juan de Valdés, parece difícil admitir en el plan y composición de la

_Celestina_ más mente ni más ingenio que uno solo.

Tal es el sentir unánime de la crítica moderna, con una sola excepción

que yo recuerde, muy respetable por cierto[44], y apoyada en ingeniosos

argumentos, que no han logrado convencerme. En este punto sigo

opinando como opinaba en 1888, cuando la tesis del autor único de la

tragicomedia distaba mucho de ser tan corriente como ahora.

Prescindamos de la divergencia entre los dos textos de la _carta_ al

amigo y atengámonos sólo al segundo. La misma incertidumbre con que el

bachiller Rojas se explica, diciendo que unos pensaban ser el autor

Juan de Mena y otros Rodrigo de Cota, si no basta para invalidar su

testimonio, le hace por lo menos muy sospechoso, puesto que en cosa tan

cercana á su tiempo no parece verisímil tal discrepancia de pareceres.

Toda la narración tiene visos de amañada. ¿Quién puede creer, por

muy buena voluntad que tenga, que _quince_ actos de la _Celestina_

primitiva, es decir, más de las dos terceras partes de la obra,

hayan sido escritas ni por un estudiante, ni por un letrado, ni por

nadie, en _quince días_ de vacaciones, cuando hasta por la extensión

material parece imposible, y lo parece mucho más si se atiende á la

perfección artística, á la madurez y reflexión con que todo está

concebido y ejecutado, sin la menor huella de improvisación, ligereza

ni atolondramiento. ¿Qué especie de sér maravilloso era el bachiller

Fernando de Rojas, si hemos de suponerle capaz de semejante prodigio,

inaudito en la historia de las letras?

Porque aquí no se trata de aquellas atropelladas fábulas que Lope de

Vega se jactaba de haber lanzado al mundo _en horas veinticuatro_. Esto

en Lope mismo tenía que ser la excepción y no la regla. Él no habla

de todas, sino de algunas: «más de ciento», modo de decir hiperbólico

sin duda (como hipérbole debe de haber también en lo de las horas),

pero que, aun tomado á la letra, no sería la mayor sino la menor parte

de un repertorio que contaba ya en la fecha en que el _Arte Nuevo_

se imprimió (1609) «cuatrocientas y ochenta y tres comedias». Poseyó

Lope en mayor grado que ningún otro poeta el genio de la improvisación

escrita; pero sin recelo puede afirmarse que ninguna de sus buenas

comedias fué compuesta de ese modo. Harto se distinguen unas de otras,

aunque en las mejores hay tremendas caídas y en las más endebles algún

destello de aquel sol de poesía que nunca llega á velarse del todo por

las nubes del mal gusto. Y además, Lope era un artista dramático, un

hombre de teatro, á quien el aplauso popular estimulaba á la producción

sin tasa, y con quien colaboraba inconscientemente todo el mundo. ¡Cuán

diversa la posición de Rojas, que no veía delante de sí modelos, ni

público en torno suyo, ni podía entrever más que en sueños lo que era

la dramaturgia representada, ni podía sacar su arte más que de las

entrañas de la vida y de su propio solitario pensamiento; empresa mucho

más difícil que hilvanar comedias con vidas de santos ó con retazos de

crónicas, como solía hacer Lope en los malos días en que la inspiración

le flaqueaba.

Grandes poetas románticos, que pertenecen en algún modo á la familia

de Lope, se han gloriado también de esos alardes de fuerza. Sabido es

de qué manera explicaba Zorrilla el origen de _El Puñal del Godo_,

escrito en dos días; pero su relato es tan descabellado, que apenas se

le puede dar crédito[45]. Víctor Hugo afirmó que había compuesto el

_Bug-Jargal_ en quince días; pero su maligno comentador Biré, que le ha

ido siguiendo paso á paso en toda su carrera literaria, prueba de un

modo irrefutable que ese _Bug-Jargal_ no era la novela que conocemos

ahora, sino un esbozo de ella, un cuento muy breve (de 47 páginas),

publicado en un periódico (_Le Conservateur Littéraire_), y que pudo

ser cómodamente escrito por su joven autor en quince días, y aun en

menos, sin que haya en ello nada de extraordinario[46].

Y además, la _Celestina_ no es el _Bug-Jargal_, ni _El Puñal del

Godo_, ni una de las comedias que Lope olvidaba después de escritas.

Pertenece á una categoría superior de arte, en que todo está firme y

sólidamente construído; en que nada queda al azar de la improvisación;

en que todo se razona y justifica como interno desenvolvimiento de

una ley orgánica; en que los mismos episodios refuerzan la acción en

vez de perturbarla[47]. No es la perfección del estilo la maravilla

mayor de la _Celestina_, con serlo tanto, sino el carácter _clásico_

é imperecedero de la obra, su sabia y magistral contextura, que puede

servir de modelo al más experto dramaturgo de cualquier tiempo. La

locución es tan abundante, fluye con tan rica vena, que no parece

haber costado al autor grandes sudores. Su corrección es la del

genio que adivina y crea su lengua: no es la corrección enteca y

valetudinaria del estilo académico, sino la expansión generosa de un

temperamento artístico, la plétora sanguínea de los grandes escritores

del Renacimiento, cuando todavía la secta de la _difícil facilidad_

no había venido á encubrir muchas impotencias. Pero ni ese estilo, ni

mucho menos la concepción á que sirvió de instrumento, son compatibles

con la leyenda de los quince días, que á mis ojos es una inocente broma

literaria, un rasgo que hoy llamaríamos humorístico. Los _quince días_

fueron sugeridos por los _quince auctos_, ni más ni menos.

Á nuestro juicio, todas las dificultades del preámbulo tienen una

solución muy á la mano. El bachiller Fernando de Rojas es único autor

y creador de la _Celestina_, la cual él compuso íntegramente, no

en quince días, sino en muchos días y meses, con toda conciencia,

tranquilidad y reposo, tomándose luego el ímprobo trabajo de refundirla

y adicionarla, con mejor ó peor fortuna, que esto lo veremos luego. Y

la razón que tuviese para inventar el cuento del primer acto encontrado

en Salamanca no parece que pudo ser otra que el escrúpulo, bastante

natural, de no cargar él solo con la paternidad de una obra impropia

de sus estudios de legista, y más digna de admiración como pieza de

literatura que recomendable por el buen ejemplo ético, salvas las

intenciones de su autor, que tampoco están muy claras[48]. Este mismo

recelo ó escrúpulo le movió acaso á envolver su nombre en el laberinto

de los acrósticos y á llenar de sentencias _filosofales_ el diálogo

de la comedia, queriendo con esto curarse en salud y prevenir todo

escándalo. Si no se acepta esta explicación, que acaso no cuadra

con la gran libertad de ideas y de lenguaje que reinaba en Castilla

á fines del siglo XV, y no queremos suponer al bachiller Rojas más

tímido de lo que realmente era, dígase que la invención del primer acto

fué un capricho análogo al que solían tener los autores de libros de

caballerías, que rara vez declaran sus nombres verdaderos, y en cambio

fingen traducir sus obras del griego, del hebreo, del caldeo, del

armenio, del húngaro y de otros idiomas peregrinos[49].

La igualdad, diremos mejor, la identidad de estilo entre todas las

partes de la _Celestina_, así en lo serio como en lo jocoso, es tal,

que á pesar de la respetable opinión de Juan de Valdés, repetida

por muchos sin comprobarla, no ha podido ocultarse á los ojos de la

crítica, desde que ésta comenzó á ejercitarse directamente sobre los

textos y á desconfiar de los argumentos de autoridad. Moratín declara

en sus _Orígenes del teatro español_ que «quien examine con el debido

estudio el primer acto y los veinte añadidos, no hallará diferencia

notable entre ellos, y que si nos faltase la noticia que dió acerca de

esto Fernando de Rojas, leeríamos aquel libro como producción de una

sola pluma»[50].

D. José María Blanco (White) afirmó resueltamente, en un discreto

artículo de las _Variedades ó Mensajero de Londres_, que «toda la

_Celestina_ era paño de la misma tela», y que «ni en lenguaje, ni en

sentimientos, ni en nada de cuanto distingue á un escritor de otro, se

halla la menor variación»[51]. ¿Sería esto posible, aun suponiendo que

entre la composición del primer acto y de los restantes no mediaran

más que veinte ó treinta años, cuando precisamente estos treinta años

fueron de total renovación para la prosa castellana, en términos tales

que un libro del tiempo de los Reyes Católicos se parece más á uno de

fines del siglo XVI que á otro del reinado de D. Juan II, con la sola

excepción del _Corbacho_? Rojas está á medio camino de Cervantes, y sin

embargo una centuria entera separa sus dos producciones inmortales.

Ni Fernando Wolf[52], ni Lemcke[53], ni Carolina Michaëlis[54], ni

otros eminentes hispanistas de los que más á fondo han tratado de

la historia de nuestras letras, admiten que el primer acto de la

_Celestina_ sea de distinta mano que los restantes. La impresión

general de los lectores está de acuerdo con ellos. Por mi parte no temo

repetir lo que escribí hace veinte años: «El bachiller Rojas se mueve

dentro de la fábula de la _Celestina_, no como quien continúa obra

ajena, sino como quien dispone libremente de su labor propia. Sería

el más extraordinario de los prodigios literarios y aun psicológicos

el que un continuador llegase á penetrar de tal modo en la concepción

ajena y á identificarse de tal suerte con el espíritu del primitivo

autor y con los tipos primarios que él había creado. No conocemos

composición alguna donde tal prodigio se verifique; cualquiera que

sea el ingenio del que intenta soldar su invención con la ajena,

siempre queda visible el punto de la soldadura; siempre en manos del

continuador pierden los tipos algo de su valor y pureza primitivos, y

resultan ó lánguidos y descoloridos, ó recargados y caricaturescos.

Tal acontece con el falso _Quijote_, de Avellaneda; tal con el segundo

_Guzmán de Alfarache_, de Mateo Luján de Sayavedra; tal con las dos

continuaciones del _Lazarillo de Tormes_. Pero ¿quién será capaz de

notar diferencia alguna entre el Calisto, la Celestina, el Sempronio

ó el Pármeno del primer acto y los personajes que con iguales nombres

figuran en los actos siguientes? ¿Dónde se ve la menor huella de

afectación ó de esfuerzo para sostenerlos ni para recargarlos. En el

primer acto está en germen toda la tragicomedia, y los siguientes son

el único desarrollo natural y legítimo de las premisas sentadas en el

primero».

Claro es que este se escribió cuando no se conocían más que

_Celestinas_ en veintiún actos. El Sr. Foulché-Delbosc, que está

enteramente de acuerdo conmigo en lo que toca á la cuestión del primer

acto y de los quince siguientes[55], ha planteado con mucho tino un

nuevo y más interesante problema, que afecta á la integridad de la

_Celestina_, aunque por diverso modo. ¿Pertenecen al autor primitivo

las adiciones introducidas en 1502 (acaso antes)? ¿Pueden atribuírsele

los cinco actos nuevos ó sea el _Tractado de Centurio_? El Sr.

Foulché-Delbosc sostiene resueltamente que no. Su argumentación es

brillante y especiosa; pero en materias de gusto tales alegatos nunca

pueden convencer á todos, por mucho que sea el ingenio y la sutileza

del abogado. La crítica literaria nada tiene de ciencia exacta, y

siempre tendrá mucho de impresión personal.

Para mí las adiciones son de Rojas, aunque muchas de ellas empeoren el

texto. Prescindamos de la inverisimilitud de que nadie, en vida del

autor, se hubiese atrevido á alterar tan radicalmente su obra, sin que

él de alguna manera protestase; porque esta razón, que sería de mucha

fuerza para la literatura moderna, pierde valor tratándose de los

primeros años del siglo XVI y aun de épocas muy posteriores. Todavía

en la centuria siguiente las obras dramáticas eran objeto de la más

desenfrenada piratería: Lope, Tirso, Alarcón, Calderón vieron impresas

muchas de sus comedias en forma tal que no acertaban á reconocerlas.

Cualquier librero que compraba á histriones hambrientos unas cuantas

copias de teatro, llenas de gazafatones y desatinos, formaba con

ellos una parte _extravagante_, y la echaba al mundo atribuyendo las

comedias á quien se le antojaba. Si esto sucedía en tiempo de Felipe

IV, imagínese lo que podía pasar en tiempo de Rojas, cuando apenas

comenzaba á existir la salvaguardia del _privilegio_.

Pero las interpolaciones de 1502 tienen tal carácter, que cuesta

trabajo ver en ellas una mano intrusa. Afortunadas ó desgraciadas, son

enmiendas de autor, que se propone mejorar su libro y condescender con

el gusto común de los que le importunaban para que «se alargasse en el

proceso de su deleyte destos amantes».

Líbreme Dios de negar las ventajas de la corrección y de la lima.

Rodrigo Caro volvió tres veces al yunque la _Canción de Itálica_ antes

de encontrar la forma definitiva y perfecta de aquella oda clásica.

Moratín, cuyo gusto era tan severo, y en quien llegó á ser monomanía

el furor de las correcciones, mejoraba comúnmente sus obras; pero

no siempre el último texto de sus comedias aventaja en todo y por

todo á los anteriores. Hartzenbusch escribió tres veces _Los Amantes

de Teruel_, y la última versión supera notablemente á la primitiva,

aunque algo ha perdido de su juvenil frescura. Pero, ¿cuántos ejemplos

grandes y chicos presenta la historia literaria de obras estropeadas

por sus propios autores, con retoques que la posteridad ha desdeñado,

ateniéndose á la lección primera? ¿Quién se acuerda hoy de la

_Gerusalemme Conquistata_ del Tasso? Para nadie que no sea erudito de

profesión existe más _Gerusalemme_ que la _Liberata_. ¿Quién no se

duele de ver estropeados los mejores versos de Meléndez en la edición

póstuma, que había preparado él mismo? ¿Quién no aplica la misma

censura á la última colección que de sus versos líricos y dramáticos

hizo doña Gertrudis Avellaneda? Más cerca de nosotros, Tamayo, digan

lo que quieran sus panegiristas, sacrificó muy bellos rasgos de su

_Virginia_ en aras de una corrección fría y seca, de que en sus últimos

años se había prendado.

Siendo tan frecuentes estos ejemplos, no hay motivo para creer que las

intercalaciones de Rojas dejen de ser auténticas por ser desacertadas.

Luego veremos que no siempre lo son, y que perderíamos mucho con perder

algunas de ellas.

Estas alteraciones pueden estudiarse sin trabajo alguno, ya en el

importante estudio del Sr. Foulché-Delbosc, que las ha recogido y

clasificado antes que nadie, ya en la reciente y muy cómoda edición

de la _Celestina_, en que el Sr. D. Cayo Ortega ha distinguido,

poniéndolas entre corchetes, todas las frases añadidas en el texto de

veintiún actos.

Supresiones hay muy pocas é insignificantes. Todas ellas juntas suman

treinta y cinco líneas, según el cálculo del Sr. Foulché.

Las adiciones son de dos clases: unas recaen sobre el texto antiguo,

otras constituyen actos nuevos. De las primeras, que llegan á 439

líneas, hay poco que decir, porque casi todas obedecen al mismo sistema.

Una de las mayores novedades de la _Celestina_ (aunque tuviese algún

precursor), y una de las que más debieron contribuir á su éxito,

fué el empleo feliz y discreto de los refranes, proverbios y dichos

populares. Ya el primitivo diálogo estaba sembrado de ellos, pero en la

refundición hay abuso: tiene razón el Sr. Foulché. Parece que el autor

ha querido darnos un índice paremiológico ó verter todo el del Marqués

de Santillana. Generalmente son repeticiones excusadas de lo que ya

estaba bien dicho. «Señor (dice Sempronio en el acto VIII), no es todo

blanco aquello que de negro no tiene semejanza». «_Ni es todo oro

quanto amarillo reluze_», se añade en el texto de 1502. Decía Celestina

en sus diabólicos consejos á Areusa: «Una ánima sola ni canta ni llora;

un frayle solo pocas veces le encontrarás por la calle; una perdiz

sola por maravilla vuela». Y en la edición refundida continúa así:

«_un manjar solo presto pone hastío; una golondrina no hace verano;

un testigo solo no es entera fe; quien sola una ropa tiene presto la

envejece_» (Acto VII).

Claro que esta retahila no puede aplaudirse, y menos tomada como

procedimiento habitual, pero ¿por ventura era infalible el gusto de

Rojas? ¿Es intachable el texto de diez y seis actos? ¿Por qué no hemos

de suponer que dormitó alguna vez, á pesar de su maravilloso instinto,

un hombre que no había nacido en la edad de la crítica ni tenía más

consejero que su propio discernimiento? ¿No era fácil que cayese en la

tentación de recargar lo que un artista de tiempos más cultos, aunque

de menos lozanía, hubiese probablemente cercenado como vicioso?

La repetición de los refranes en formas diversas ofende más, porque

casi siempre es superflua. Pero en las sentencias añadidas hay cosas

muy notables, que sólo el primitivo autor ó alguno que valiese tanto

como él era capaz de escribir.

Sirvan de ejemplo estas enseñanzas morales del acto IV, que nada

pierden de su valor por estar puestas en boca de la _madre_ Celestina:

«Aquél es rico que está bien con Dios; más segura cosa es ser

menospreciado que temido; mejor sueño duerme el pobre que no el que

tiene de guardar con solicitud lo que con trabajo ganó y con dolor ha

de dexar. Mi amigo no será simulado y el del rico sí; yo soy querida

por mi persona, el rico por su hacienda; nunca oye verdad, todos le

hablan lisonjas a sabor de su paladar; todos le han envidia; apenas

hallarás un rico que no confiese que le seria mejor estar en mediano

estado ó en honesta pobreza. Las riquezas no hazen rico, mas ocupado;

no hazen señor, mas mayordomo; más son los poseidos de las riquezas

que los que las poseen; a muchos traxeron la muerte, a todos quitan el

placer y a las buenas costumbres ninguna cosa es más contraria. ¿No

oiste dezir: durmieron su sueño los varones de las riquezas, y ninguna

cosa hallaron en sus manos?»

El que haya leído en las ediciones vulgares éste y otros trozos no

dejará de echarlos de menos en la de diez y seis actos. Y todavía le

sorprenderá más que se tache de intercalación apócrifa este donoso

pasaje del acto IX, en que la mala pécora de Areusa se duele de la

triste suerte de las criadas: «Nunca tratan con parientes, con yguales

a quien pueden hablar tú por tú, con quien digan: ¿qué cenaste? ¿estás

preñada? ¿cuántas gallinas crias? llevame a merendar a tu casa;

muestrame tu enamorado; ¿quánto ha que no te vido? ¿cómo te va con él?

¿quién son tus vecinas? e otras cosas de igualdad semejantes. ¡O tia,

y qué duro nombre, e qué grave e sobervio es _señora_ contino en la

boca!»[56]. Ese diálogo intercalado, tan vivo y tan sabroso, ¿no vale

más que el texto, aquí muy seco, de la primera edición? «Assi goce de

mí, que es verdad; que éstas que sirven a señoras ni gozan deleyte ni

conocen los dulces premios de amor».

Tales excepciones, y hay otras, prueban, á mi juicio, que no siempre

anduvo torpe la mano del refundidor. Se le acusa de hacer impertinente

y pedantesco alarde de erudición histórica y mitológica; pero este

cargo, que es muy justo, debe recaer sobre toda la _Celestina_, no

sobre una parte de ella tan solo. Ya en el primer acto, Sempronio,

criado con puntas de rufián, pregunta á su amo, después de compararle

con _Nembrot_ y _Alexandre_: «¿No has leydo de _Pasifae_ con el toro,

de _Minerva_ con el can?» Y más adelante, tratando de los peligros del

amor y de las malas artes de las mujeres, tiende el paño del púlpito

como si fuera un moralista de profesión: «Lee los historiales, estudia

los philosofos, mira los poetas, llenos están los libros de sus viles

y malos exemplos e de las caydas que levaron los que en algo, como

tú, las reputaron. Oye a Salomon do dize que las mujeres y el vino

hazen a los hombres renegar. Conséjate con Séneca e verás en qué las

tiene. Escucha al _Aristoteles_, mira a _Bernardo_. Gentiles, judíos,

cristianos e moros, todos en esta concordia están». En el acto VIII el

mismo Sempronio cita á «Antipater Sidonio» y «al gran poeta Ovidio».

El conjuro archilatinizado de Celestina (en el acto III), más propio

de la maga Ericto de Tesalia que de una bruja castellana del siglo

XV, y bien diverso de los verdaderos conjuros que los procesos

inquisitoriales nos revelan, estaba ya en la primera versión, y sólo se

le añadieron en la segunda las pocas líneas que van en bastardilla y

que no alteran su carácter aunque le refuercen con nuevas pedanterías:

«Conjúrote, triste Pluton, señor de la profundidad infernal, emperador

de la Corte dañada, capitan sobervio de los condenados angeles,

señor de los sulfureos fuegos que los hirvientes ethnicos montes

manan, governador e veedor de los tormentos e atormentadores de las

pecadoras ánimas (_regidor de las tres furias Tesifone, Megera e Aleto,

administrador de todas las cosas negras del reyno de Stigie e Dite, con

todas sus lagunas e sombras infernales e litigioso caos, mantenedor

de las bolantes arpias, con toda la otra compañia de espantables

e pavorosas ydras_); yo, Celestina, tu más conocida clientula, te

conjuro, por la virtud e fuerza destas bermejas letras; por la sangre

de aquella nocturna ave con que estan escritas; por la gravedad de

aquellos nombres e signos que en este papel se contienen; por la áspera

ponçoña de las bivoras de que este aceyte fue hecho, con el qual vnto

está hilado, vengas sin tardança a obedescer mi voluntad...»

No es este el lenguaje habitual de Celestina, pero en lo restante

de la pieza se muestra tan leída en las historias antiguas como el

que más. Ponderando en el acto IV las buenas partes de Calisto, no

se olvida de las fábulas ovidianas y acota como si le fueran muy

familiares los versillos de Adriano _Animula_, _vagula_, _blandula_,

que seguramente lo serían para el escolar ó bachiller que puso en sus

labios tan donosa cita: «Por fe tengo que no era tan hermoso aquel

gentil Narciso que se enamoró de su propia figura, cuando se vido en

las aguas de la fuente...[57]. Tañe tantas canciones e tan lastimeras,

que no creo que fueran otras _las que compuso aquel Emperador e gran

musico Adriano de la partida del ánima, por suffrir sin desmayo la ya

vezina muerte_... Si acaso canta, de mejor gana paran las aves a le

oir, que no aquel antico, de quien se dize que movia los arboles e

piedras con su canto. Siendo éste nacido, no alabaran a Orfeo».

En este género de erudición, todos los personajes rayan á la misma

altura. Si los criados y las alcahuetas saben tanto y hablan tan bien,

no han de quedar inferiores los que se criaron en mejores paños,

los mancebos de noble estirpe, las ilustres doncellas, los viejos

venerables y sentenciosos. Calisto poseía á fondo la _Eneida_, y saca

de ella un cumplimiento para Celestina, que no le hubiera entendido á

no estar versada también en el poema virgiliano: «De cierto creo, si

nuestra edad alcançara aquellos passados Eneas e Dido, no trabajara

tanto Venus para atraer a su hijo el amor de Elisa, haciendo tomar a

Cupido _Ascánica forma_ para la engañar; antes por evitar prolixidad

pusiera a ti por medianera».

La lamentación del padre de Melibea, Pleberio, que llena el acto XXI,

contiene reminiscencias clásicas tan oportunas como éstas[58]: «Yo

fuy lastimado sin aver ygual compañero de semejante dolor, aunque más

en mi fatigada memoria rebuelvo presentes e passados. Que si aquella

severidad e paciencia de _Paulo Emilio_ me viniere a consolar con

pérdida de dos hijos muertos en siete dias, ... no me satisfaze, que

otros dos le quedaban dados en adopcion. ¿Qué compañia me ternan en su

dolor aquel _Pericles_, capitan atheniense, ni el fuerte _Xenofon_,

pues sus pérdidas fueron de hijos absentes de sus tierras... Pues menos

podrás decir, mundo lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida

aquel _Anaxágoras_ e yo», etc., etc.

No negamos que en la parte añadida el abuso de citas llega al colmo y

estropea algunas situaciones que antes estaban libres de este vicio.

Pero ¿por eso hemos de suponer un autor nuevo? Más natural es creer que

Rojas, al refundirse, extremase sus defectos, lo mismo la verbosidad

declamatoria que el pedantismo infantil del Renacimiento. Grima da leer

en el soliloquio de Melibea, próxima á arrojarse de la torre, aquella

absurda enumeración de todos los grandes parricidas: Bursia, rey de

Bitinia, que _sin ninguna razón mató á su propio padre_; Tolomeo, rey

de Egipto, que exterminó á toda su familia por gozar de una manceba;

Orestes, matador de Clitemnestra; Nerón, de Agripina; Filipo, rey de

Macedonia; Herodes, Constantino; Laodice, reina de Capadocia; Medea, la

_nigromantesa_, y finalmente «aquella gran crueldad de Phraates, rey de

los Partos, que porque no quedase sucesor después de él mató á Orote

(Orontes), su viejo padre, e á su único hijo, e treynta hermanos suyos».

Todo este catálogo falta, es cierto, en la edición de diez y seis

actos; pero ¿no era muy capaz de escribirlo el que había puesto en boca

de Melibea, dirigiéndose á su padre en el momento crítico de consumar

el suicidio, una pedantería mayor que todas esas, aunque no esté

recargada de nombres propios? «Algunas consolatorias palabras te diría

antes de mi agradable fin, _collegidas e sacadas de aquellos antiguos

libros que por más aclarar mi ingenio me mandavas leer_, sino que la

dañada memoria con la gran turbación me las ha perdido».

Falta examinar el valor de los cinco actos nuevos, ó sea del _Tractado

de Centurio_. Para ello hay que tener á la vista algunos antecedentes

sobre el plan de la _Celestina_, que nos ahorrarán luego otras

explicaciones. ¿Y qué palabras serán más breves para declararlo que las

mismas palabras del _argumento de la obra_?

«Calisto fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil disposicion,

de linda criança, dotado de muchas gracias, de estado mediano. Fue

preso en el amor de Melibea, muger moça, muy generosa, de alta y

serenissima sangre, sublimada en próspero estado, una sola heredera

a su padre Pleberio y de su madre Alisa muy amada. Por solicitud del

pungido Calisto, vencido el casto proposito de ella, entreveniendo

Celestina, mala y astuta muger, con dos servientes del vencido Calisto,

engañados e por ésta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo

de codicia y de deleyte, vinieron los amantes e los que les ministraron

en amargo y desastrado fin. Para comienço de lo qual dispuso el adversa

fortuna lugar oportuno, donde a la presencia de Calisto se presentó la

desseada Melibea».

Cómo empezó á cumplirse este proceso amoroso lo declara el _argumento_

del primer _aucto_, que también íntegramente transcribimos: «Entrando

Calisto en una huerta en seguimiento de un falcon suyo, halló allí

a Melibea, de cuyo amor preso, començole de hablar. De la cual

rigurosamente despedido fue para su casa muy angustiado. Habló con un

criado suyo llamado Sempronio, el qual despues de muchas raçones le

endereçó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa tenia el mismo

criado una enamorada llamada Elicia...»

La fábula, aunque muy sencilla, está perfectamente construída. Desde

que Celestina entra en escena, ella la domina y rige con su maestría

infernal, convirtiendo en auxiliares suyos á los criados de Calisto y

Melibea, seduciendo á Pármeno con el cebo del deleite de Areusa, prima

de Elicia; á Sempronio con la esperanza de participar del botín; á

Lucrecia, otra prima de Elicia, que no desmiente la parentela aunque

criada de casa grande, con recetas de polvos de olor y de lejías para

enrubiar los cabellos. Pero estos son pequeños medios para sus grandes

y diabólicos fines. Necesita introducirse en casa de Melibea, adormecer

la vigilancia de los padres, despertar en el inocente corazón de la

joven un fuego devorador nunca sentido, hacerla esclava del amor,

ciega, fatalmente, sin redención posible. Esta obra de iniquidad se

consuma con la intervención de las potencias del abismo, requeridas

y obligadas por Celestina con enérgicos conjuros, aunque el lector

queda persuadido de que Celestina sería capaz de dar lecciones al

diablo mismo. La verdadera magia que pone en ejercicio es la sugestión

moral del fuerte sobre el débil, el conocimiento de los más tortuosos

senderos del alma, la depravada experiencia de la vida luchando con la

ignorancia virginal, condenada por su mismo candor á ser víctima de la

pasión triunfante y arrolladora. Toda la dialéctica del genio del mal

se esconde en las blandas razones y _filosofales sentencias_ de aquella

perversa mujer.

Pero tanto ella como sus viles cómplices sucumben antes que Melibea

(vencida moralmente en el auto X y concertada ya con su amante en el

XII) acabe de caer en brazos de Calisto. Riñen Sempronio y Pármeno con

la desalmada vieja, que les niega su parte en la ganancia de la cadena

de oro entregada por Calisto. Encréspase la pendencia y acaban por

darla de puñaladas y saltar por una ventana, quedando muy mal heridos.

La justicia los prende y al día siguiente son degollados en público

cadalso, con celeridad inaudita.

Con tan siniestros agüeros llega Calisto á su primera y aquí única

cita de amor con Melibea (aucto XIV). La escena es rápida y no puede

calificarse de lúbrica. Triunfa el enamorado mancebo de la honesta

aunque harto débil resistencia de la doncella; pero la fatalidad que

se cierne sobre sus amores le hiere alevosamente cuando se creía más

dichoso, al salir del huerto que había ocultado con sus sombras los

regalados favores de Melibea. Ella misma lo cuenta admirablemente en su

discurso postrero: «Como las paredes eran altas, la noche escura, la

escala delgada, los sirvientes que traía no diestros en aquel género

de servicio, no vido bien los pasos, puso el pie en vazio e cayó, e

de la triste cayda sus más escondidos sesos quedaron repartidos por

las piedras e paredes. Cortaron las hadas sus hilos, cortaronle sin

confession su vida; cortaron mi esperança, cortaron mi compañía».

Los dos últimos actos, equivalentes al XX y XXI de la edición actual,

no contienen más que el suicidio de Melibea y el llanto de sus padres.

No hay duda que en esta primera forma la _Celestina_ tiene más unidad y

desarrollo más lógico; pero ¿la intercalación de los cinco actos es tan

absurda como se pretende? ¿nada perderíamos con perderlos? ¿Son tales

que puedan atribuirse á un falsario más ó menos experto?

Por mi parte, no puedo menos de responder negativamente á estas

preguntas. La tesis que pretende despojar á Rojas del _Tractado de

Centurio_ me parece tan dura y difícil de admitir como la del que

pretendiera ser apócrifas todas las aventuras y episodios que añadió

el Ariosto á su gran poema en la edición de 1532, y se empeñase en

preferir la de 1516. Claro que un poema novelesco de plan tan libre

como el _Orlando_ se prestaba mejor á las intercalaciones; pero ¿es

seguro que todas las que hizo el Ariosto sean igualmente felices?

Bellísimos son sin duda el episodio de Olimpia y Bireno y el de Ulania

y Bradamante en el castillo de Tristán; pero no todos dirán lo mismo de

la historia de León de Grecia, de la expedición de Rugero á Oriente y

de otras cosas que alargan sin fruto el poema.

Mucho más peligro corre el interpolador de una obra dramática, y obra

tan sencilla como la _Celestina_. Acaso Rojas no debió condescender

nunca con los que mucho le instaban para que «se alargasse en el

processo de su deleyte destos amantes», exigencia muy propia de

lectores vulgares y mal inclinados á la _carnal grosería_. Pero ya que

«contra su voluntad» entró en la empresa (lo cual no creemos más que á

medias) y determinó retardar la catástrofe, haciendo que «el deleytoso

yerro de amor» durase «quasi un mes», no había para qué recurrir á una

intriga episódica é inútil, que no conduce á ninguna parte ni modifica

en nada el desenlace. Si la venganza que Areusa y Elicia quieren tomar

de Calisto y Melibea por haber sido sus amores ocasión de las muertes

de Pármeno y Sempronio llegara á cumplirse, y Calisto pereciera á

manos de asesinos y no por el accidente fortuito de la caída de la

escala, aun pudiera tener disculpa este largo rodeo, que haría la

muerte del amante más verisímil desde el punto de vista material, y

más interesante como cuadro escénico. Pero como el rufián Centurio,

buscado por las dos mozas para el caso, no hace más que proferir fieros

y baladronadas, y el otro rufián, llamado Traso el Cojo, y sus dos

compañeros, no pasan de dar cuatro voces y trabar una pendencia de

embeleco con los pajes de Calisto, claro es que tres por lo menos de

los actos intercalados huelgan por completo, aunque á nadie le pesará

leerlos, pues allí fué trazado la primera vez con indelebles rasgos uno

de los tipos que más larga vida habían de tener en nuestra literatura

dramática y novelesca, la figura del _bravo_ de profesión, del baladrón

cobarde. Centurio es uno de los personajes cómicos más vivos y mejor

plantados de la obra. Ninguna de sus innumerables copias ha llegado á

oscurecerle.

Pero hay en la parte añadida bellezas de otro orden, que pertenecen

á la más alta esfera de la poesía; que nadie, seguramente nadie, más

que el bachiller Fernando de Rojas, era capaz de escribir en España

en 1502, cuando ni siquiera habían comenzado su carrera dramática Gil

Vicente y Bartolomé de Torres Naharro. Son dos adivinaciones de genio,

que conviene reivindicar de la injusta nota que se ha querido poner á

esta continuación.

Uno de estos aciertos, salvo pedanterías accidentales, que pueden

borrarse mentalmente, es el acto XVI de la segunda versión, en que los

padres de Melibea razonan sobre las bodas que proyectan para su hija

y ella á escondidas oye su conversación. ¡Qué tormenta de afectos se

desata en su alma bravía y apasionada! ¡qué delirio amoroso en sus

palabras, tan ardientes como las de Safo y Heloisa! «¿Quién es el que

me ha de quitar mi gloria? ¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi

ánima, mi vida, mi señor, en quien yo tengo toda mi sperança; conozco

dél que no vivo engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo

pagar?... El amor no admite sino sólo amor por paga. En pensar en él

me alegro; en verlo me gozo; en oyrlo me glorifico. Haga e ordene de

mí a su voluntad. Si passar quissiere la mar, con él yré; si rodear el

mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuyré

su querer. Dexenme mis padres goçar dél, si ellos quieren goçar de mí;

no piensen en estas vanidades, ni en estos casamientos, que más vale

ser buena amiga que mala casada».

Pero esta mujer furiosamente enamorada y cuya pasión llega hasta la

impiedad, no es una impúdica bacante, sierva vil de los sentidos,

sino una castellana altiva y noble, en quien el yerro de amor deja

intacta la dignidad patricia. El autor lo ha expresado con un rasgo

delicadísimo. Oye Melibea decir á su madre, falsamente persuadida de

la virtud de su hija: «¿Piensas que su virginidad simple le acarrea

torpe deseo de lo que no conosce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que

sabe errar aun con el pensamiento? No lo creas, señor Pleberio; que si

alto ó baxo de sangre, ó feo ó gentil de gesto le mandáremos tomar,

aquello será su placer, aquello habrá por bueno; que yo sé bien lo que

tengo criado en mi guardada hija». Al escuchar eso, Melibea, enemiga de

toda simulación y mentira, siente oprimido el corazón por el engaño en

que viven sus padres, y exclama dirigiéndose á su criada: «Lucrecia,

Lucrecia, corre, presto, entra por el postigo en la sala, y estorvales

su hablar, interrumpeles sus alabanças con algun fingido mensaje, si

no quieres que vaya yo dando vozes como loca, segun estoy enojada del

concepto engañoso que tienen de mi ignorancia».

«Este rasgo de carácter (dice muy bien Blanco-White), este dolor

intenso causado por alabanzas indebidas, pinta á la infeliz Melibea del

modo más interesante, y aumenta el efecto lastimoso de la catástrofe».

¿Y habremos de declarar apócrifo todo esto? ¿Lo será también la

segunda escena del jardín, que á tantos ha hecho recordar los grandes

nombres de Goethe y de Shakespeare? ¿Quién sino un poeta de primer

orden, al cual en este caso habría que declarar más eminente que el

inventor original, pudo imaginar aquel contraste de voluptuosidad y

muerte, asociando á él los misterios de la noche, las armonías de la

naturaleza, el prestigio del canto lírico, en versos que conservan

perenne juventud, como dictados por el Amor mismo, y que se parecen tan

poco á los que solían hacerse en el siglo XV? Cierto es que algunas

groserías deslucen este acto. Hay en él cierta embriaguez sensual, que

es sin duda de mal gusto y de mal ejemplo. Pero en el trozo bellísimo

que vamos á citar no hay una sola palabra que pueda suprimirse ni por

razón de arte ni por razón de decoro. La cita será algo larga, pero

no la creo inútil, porque, á pesar de las apariencias, son muchos los

españoles cultos que no conocen la _Celestina_ más que de nombre, y los

que la leen no suelen fijarse en la perfección de los detalles.

Orígenes de la novela, Tomo III · 第 22 / 502 题