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LA «CELESTINA».--RAZONES PARA TRATAR DE ESTA OBRA DRAMÁTICA EN
LA HISTORIA DE LA NOVELA ESPAÑOLA.--CUESTIONES PREVIAS SOBRE
EL AUTOR Y EL TEXTO GENUINO DE LA «TRAGICOMEDIA DE CALISTO
Y MELIBEA».--NOTICIA DE SUS PRIMERAS EDICIONES Y DE LAS
DIFERENCIAS QUE OFRECEN.--NOTICIAS DEL BACHILLER FERNANDO DE
ROJAS.--¿ES AUTOR DEL PRIMER ACTO DE LA «CELESTINA?«--¿LO ES
DE LAS ADICIONES PUBLICADAS EN 1502?--¿FECHA APROXIMADA DE LA
«CELESTINA»?--LUGAR EN QUE PASA LA ESCENA.--FUENTES LITERARIAS
DE LA «TRAGICOMEDIA»: REMINISCENCIAS CLÁSICAS.--TEATRO DE
PLAUTO Y TERENCIO.--COMEDIAS ELEGÍACAS DE LA EDAD MEDIA,
ESPECIALMENTE LA DE «VETULA»: SU IMITACIÓN POR EL ARCIPRESTE
DE HITA.--COMEDIAS HUMANÍSTICAS DEL SIGLO XV: EL «PAULUS»,
DE VERGERIO; LA «POLISCENA», ATRIBUÍDA Á LEONARDO BRUNI
DE AREZZO; LA «CHRYSIS», DE ENEAS SILVIO.--LA «HISTORIA
DE EURÍALO Y LUCRECIA», DEL MISMO.--OTRAS REMINISCENCIAS
DE ESCRITORES DEL RENACIMIENTO ITALIANO: PETRARCA;
BOCCACCIO.--LITERATURA ESPAÑOLA DEL SIGLO XV QUE PUDO
INFLUIR EN ROJAS: EL ARCIPRESTE DE TALAVERA, JUAN DE MENA,
ALONSO DE MADRIGAL, LA «CÁRCEL DE AMOR».--ANÁLISIS DE LA
«CELESTINA».--LOS CARACTERES.--LA INVENCIÓN Y COMPOSICIÓN
DE LA FÁBULA.--ESTILO Y LENGUAJE.--ESPÍRITU Y TENDENCIA DE
LA OBRA.--CENSURAS MORALES DE QUE HA SIDO OBJETO.--HISTORIA
PÓSTUMA DE LA «CELESTINA».--RÁPIDAS INDICACIONES SOBRE SU
BIBLIOGRAFÍA.--PRINCIPALES TRADUCCIONES.--SU INFLUJO EN LAS
LITERATURAS EXTRANJERAS.--IMPORTANCIA CAPITAL DE LA «CELESTINA»
EN EL DRAMA Y EN LA NOVELA ESPAÑOLA.
Al incluir la _Celestina_ y sus más directas imitaciones en esta
historia de los orígenes de la novela española, y ofrecer en este tomo
algunas muestras del género, no pretendo sostener que estas obras,
y menos que ninguna la primitiva, sean esencialmente novelescas. En
trabajos anteriores[1] he manifestado siempre parecer contrario, y no
encuentro motivo para separarme de él después de atento examen. La
_Celestina_[2], llamada por su verdadero nombre _Comedia de Melibea_
en la primera edición, _Tragicomedia de Calisto y Melibea_ en la
refundición de 1502, es un poema dramático, que su autor dió por tal,
aunque no soñase nunca con verlo representado.
Por mucho que se adelante su fecha, hay que conceder que fué escrita
en el último decenio del siglo XV, y es probablemente anterior á las
más viejas églogas de Juan del Enzina, á lo sumo coetánea de algunas
de ellas[3]. ¿Qué relación podía tener aquel escenario infantil con el
arte suyo, tan reflexivo, tan maduro, tan intenso y humano? El autor
escribió para ser leído[4], y por eso dió tan amplio desarrollo á su
obra, y no se detuvo en escrúpulos ante la libertad de algunas escenas,
que en un teatro material hubieran sido intolerables para los menos
delicados y timoratos. Pero escribía con los ojos puestos en un ideal
dramático, del cual tenía entera conciencia. Le era familiar la comedia
latina, no sólo la de Plauto y Terencio, sino la de sus imitadores del
primer Renacimiento. Este tipo de fábula escénica es el que procura,
no imitar, sino ensanchar y superar, aprovechando sus elementos y
fundiéndolos en una concepción nueva del amor, de la vida y del arte.
Todo esto lo consigue con medios, situaciones y caracteres que son
constantemente dramáticos, y con aquella lógica peculiar que la
dramaturgia impone á la acción y á los personajes, con aquel ritmo
interno y graduado que ningún crítico digno de este nombre puede
confundir con los procedimientos de la novela. La _Celestina_ no es un
mero diálogo ni una serie de diálogos satíricos como los de Luciano,
imitados tan sabrosamente por los humanistas del siglo décimosexto.
Concebida como una grandiosa tragicomedia, no podía tener más forma que
el diálogo del teatro, representación viva de los coloquios humanos,
en que lo cómico y lo trágico alternan hasta la catástrofe con brío
creciente. Fuera de algunos pasajes en que la declamación moral
predomina, el instrumento está perfectamente adecuado á su fin. La
creación de una forma de diálogo enteramente nueva en las literaturas
modernas es uno de los méritos más singulares de este libro soberano.
En nuestra lengua nadie ha llegado á más alto punto; pero compárese esa
prosa con la de Cervantes, y se verá cuánto distan el estilo del teatro
y el de la novela, aunque tanto influyan el uno en el otro.
El título de _novela dramática_ que algunos han querido dar á la
obra del bachiller Rojas nos parece inexacto y contradictorio en los
términos. Si es drama, no es novela.
Si es novela, no es drama. El fondo de la novela y del drama es uno
mismo, la representación estética de la vida humana; pero la novela la
representa en forma de _narración_, el drama en forma de _acción_. Y
todo es activo, y nada es narrativo en la _Celestina_.
Pero ¿cómo prescindir de ella en una historia de la novela española?
Así como la antigüedad encontraba en los poemas de Homero las semillas
de todos los géneros literarios posteriores y aun de toda la cultura
helénica, así de la _Tragicomedia_ castellana (salvando lo que pueda
tener de excesivo la comparación) brotaron á un tiempo dos raudales
para fecundar el campo del teatro y el de la novela[5]. Y si extensa
y duradera fué la acción de aquel modelo sobre la parte que podemos
llamar profana ó secular de nuestra escena, no fué menos decisiva la
que ejerció en la mente de nuestros novelistas, dándoles el primer
ejemplo de observación directa de la vida; el primero, decimos, porque
las pinturas de los moralistas y de los satíricos apenas pasan de
rasguños, aun en las animadas páginas del Arcipreste de Talavera,
uno de los pocos precursores indudables de Fernando de Rojas. La
corriente del arte realista fué única en su origen, y á ella deben
remontarse así el historiador de la dramaturgia como el que indague
los orígenes de la novela. Y aun puede añadirse que en el teatro esa
dirección fué contrastada desde el principio por una poesía romántica
y caballeresca muy poderosa, que acabó por triunfar y dió su último
fruto con el idealismo calderoniano; al paso que en la novela, vencidos
definitivamente los libros de caballerías y relegados á modesta
oscuridad los pastoriles y sentimentales, imperó victoriosa la fórmula
naturalista, primero en la novela picaresca y luego en la grandiosa
síntesis de Cervantes, que llamaba, aunque con salvedades morales,
_libro divino_ á la inmortal _Tragicomedia_.
Estas razones justifican, á mi ver, la inclusión de la _Celestina_ en
el cuadro que venimos bosquejando. Y admitida ella, que es sin duda la
más dramática, no puede prescindirse de sus imitaciones, que lo son
mucho menos, á excepción de la _Selvagia_, la _Lena_ y alguna otra.
Aun estas mismas fueron escritas sin contar para nada con la escena; y
no lo digo solamente por las situaciones pecaminosas, pues iguales, ya
que no peores, las hay en varias comedias italianas que positivamente
fueron representadas, sino porque en todas esas imitaciones falta
aquella chispa de genio dramático que inflama la creación del
bachiller Rojas y la hace bullir y moverse ante nuestros ojos en un
escenario ideal. En las _Celestinas_ secundarias, el diálogo, aunque
constantemente puro y rico de idiotismos y gracias de lenguaje, camina
lento y monótono, se pierde en divagaciones hinchadas y pedantescas ó
se revuelca en los más viles lodazales. Sus autores calcan servilmente
los tipos ya creados, pero rara vez aciertan á hacerles hablar su
propio y adecuado lenguaje. Del drama sólo conservan la exterior
corteza, la división en actos ó escenas, pero introducen largas
narraciones, se enredan en episodios inconexos y usan procedimientos
muy afines á los de la novela. Algunas hasta carecen de verdadera
acción. _La Lozana Andaluza_, por ejemplo, no es comedia ni novela,
sino una serie de diálogos escandalosos, del mismo corte y jaez que
los _Ragionamenti_ del Aretino. Pero de los caracteres que distinguen
á algunos de estos libros y les dan peculiar fisonomía se hablará en
el capítulo que sigue. Ahora debemos atender sólo á la obra primitiva,
que por ningún concepto debe mezclarse con su equívoca y harto dilatada
parentela.
Trabajos muy importantes de estos últimos años han puesto en claro la
primitiva historia tipográfica de la _Celestina_; nos han revelado que
el libro pasó por dos formas distintas, y han levantado una punta del
velo que cubría la misteriosa figura del que yo tengo por único autor y
refundidor de la _Tragicomedia_, aunque personas muy doctas conserven
todavía alguna duda sobre el particular.
Algo de bibliografía es aquí indispensable, pero la abreviaremos
todo lo posible. La primera edición de la _Celestina_ conocida hasta
ahora es la de Burgos 1499[6]. ¿Existió otra anterior? Me guardaré de
negarlo, pero no encuentro fundada la sospecha. Lo único que puede
abonarla son estas palabras del prólogo de la edición refundida de
1502: «que avn _los impressores han dado sus punturas, poniendo
rúbricas ó sumarios al principio de cada aucto_, narrando en breue lo
que dentro contenía: vna cosa bien escusada, segun lo que los antiguos
scriptores vsaron». Es así que estas rúbricas ó sumarios aparecen ya
en la edición de Burgos, luego tuvo que haber otra anterior en que no
estuviesen. El argumento no me convence[7]. Pudo el primer impresor
hacer esta adición en el texto manuscrito, y no enterarse de ello el
autor hasta verlo impreso, puesto que no tenemos indicio alguno de que
asistiera personalmente á la corrección de su libro.
Dejando aparte esta cuestión, que por el momento es ociosa é
insoluble, conviene fijarnos en el inestimable y solitario ejemplar de
la edición de Burgos, que nos ha conservado el texto primitivo de la
_Comedia de Melibea_. Y en verdad que se ha salvado casi de milagro,
pues no sólo ha tenido que luchar con todas las causas de destrucción
que amagan á los libros únicos, sino con el ignorante desdén de
aficionados imbéciles, que le rechazaban por estar _falto_, y hasta
llegaron á dudar de su autenticidad[8].
Carece, en efecto, de la primera hoja, empezando por la signatura A--II
(_Argumento del primer auto desta comedia_). Es un tomo en 4.º pequeño,
de letra gótica, con diez y siete grabados en madera, que convendría
reproducir. En el folio 91 se halla el escudo del impresor con la
siguiente leyenda: «_Nihil sine causa. 1499. F. A. de Basilea_». Lo
cual quiere decir que el libro salió de las prensas de _Fadrique Alemán
de Basilea_, que estampó en Burgos muchos y buenos libros desde 1485
hasta 1517.
Pero este último pliego es contrahecho, según testimonio unánime de los
que han tenido la fortuna de ver el precioso incunable[9]. Quedaba,
pues la duda de si ese final fué copiado de otro ejemplar auténtico, ó
si el escudo y la fecha eran una completa falsificación. Pero tal duda
no es posible después del magistral estudio del doctor Conrado Haebler,
bibliotecario de Dresde, cuya pericia y autoridad en materia de
incunables españoles es reconocida y acatada por todo el mundo. Haebler
deja fuera de duda que los caracteres con que está impreso el libro son
los bien conocidos de Fadrique Alemán de Basilea, usados por él en casi
todas las ediciones que hizo en 1499 y 1500, é idéntico el escudo del
impresor al que aparece en otros productos de sus prensas[10].
Aparte de esta demostración tipográfica, bastaba haber examinado el
libro por dentro (lo cual no creo que hiciese nadie antes de D. Pascual
Gayangos, por quien fué redactada la interesante nota del Catálogo de
Quaritch) para convencerse de que la edición era original y auténtica
y anterior de fijo á la de 1502, que nos da ya el texto definitivo de
la _Celestina_ en veintiún actos. Los trece primeros se corresponden
sustancialmente en las dos versiones, pero á la mitad del décimocuarto
comienza una grande interpolación que dura hasta el décimonono; el
vigésimo corresponde al décimoquinto de la edición primitiva, y el
vigésimoprimero al décimosexto. Se interpolan, pues, cinco actos
seguidos, además de numerosos aumentos parciales, que unidos á las
variantes equivalen á una refundición total.
Como el ejemplar de 1499 está falto de la primera hoja, no podemos
saber cuáles eran sus preliminares; pero en tan corto espacio no se
comprende que cupiera más que el título de la obra en el anverso, y á
la vuelta el argumento general de la obra. En cuanto á la carta de _El
autor a un su amigo_, sólo podemos decir con seguridad que consta ya en
la edición de Sevilla de 1501, tenida generalmente por segunda, y única
que conserva la división en diez y seis actos.
Pero ¿puede negarse de plano que haya existido una edición de
Salamanca, de 1500? En las coplas de Alfonso de Proaza[11], que van
al fin de la edición de Valencia, de 1514, una de ellas, la postrera,
«describe el tiempo y lugar en que la obra _primeramente se imprimió
acabada_:
El carro Phebeo despues de aver dado
_Mil e quinientas_ bueltas en rueda,
Ambos entonces los hijos de Leda
A Phebo en su casa teníen possentado,
Quando este muy dulce y breue tratado
Despues de revisto e bien corregido,
Con gran vigilancia puntado e leydo,
Fue en _Salamanca_ impresso acabado».
La reproducción de estos versos en la edición valenciana de 1514
no implica, en concepto de Haebler ni en el mío, que ésta sea copia
de la salmantina de 1500, ni nos autoriza para creer que llevase el
título de _Tragicomedia_, ni que contuviese los veintiún actos y el
prólogo. Pudo tomarse el texto de otro ejemplar posterior, que acaso
estaría incompleto, y añadirle los versos del de Salamanca. Tampoco
es materialmente imposible que, después de publicada la refundición,
prefiriese el impresor de Sevilla el texto de la _Comedia_ al de la
_Tragicomedia_, por ser más de su gusto ó por tenerle más á mano. En
bibliografía hay bastantes ejemplos de primeras ediciones que no han
sido arrinconadas ni sustituídas por las segundas; que han coexistido
con ellas, y que á veces han llegado á triunfar del texto enmendado por
los propios autores. No fué éste ciertamente el caso de la _Celestina_,
puesto que desde 1502 todas las ediciones tienen veintiún actos; pero
¿es tan irracional creer que el impresor de Sevilla pudo ignorar la
edición de Salamanca? Hasta la circunstancia de haber omitido una de
las octavas de Proaza induce á sospechar que no las tomó de allí. Hubo
acaso otras ediciones de que no ha quedado memoria: recuérdese que las
nueve más antiguas que conocemos han llegado á nosotros en ejemplares
únicos, como restos de un gran naufragio. Tres de ellas son de un mismo
año, 1502, lo cual atestigua la inmensa popularidad de la obra. ¡Quién
sabe las sorpresas que todavía nos guarda el tiempo!
Absteniéndonos de conjeturas y cavilaciones sobre un punto imposible de
resolver por ahora, la que hoy hace veces de segunda edición es la de
Sevilla, 1501, ejemplar completo é inestimable que posee la Biblioteca
Nacional de París y ha publicado también el Sr. Foulché-Delbosc con
todo el primor que pone en sus reproducciones tipográficas[12].
El título es _Comedia de Calisto z Melibea con sus argumentos
nueuamente añadidos la qual contiene, demas de su agradable y dulce
estilo, muchas sentencias filosofales y avisos muy necessarios para
mancebos, mostrandoles los engaños que estan encerrados en siruientes y
alcahuetas_[13].
A continuación se lee una carta de _El Autor a vn su amigo_, en que le
manifiesta que «viendo la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos
que nuestra comun patria posee», y en particular la misma persona
de su amigo, «cuya juventud de amor ser presa se me representa aver
visto, y dél cruelmente lastimada, a causa de le faltar defensivas
armas para resistir sus fuegos», las halló esculpidas en estos papeles,
«no fabricadas en las grandes herrerias de Milan, mas en los claros
ingenios de doctos varones castellanos formadas; y como mirase su
primor, sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de
labor, su estilo elegante, _jamas en nuestra castellana lengua visto ni
oydo_, leylo tres o quatro veces, y tantas quantas más lo leya, tanta
más necessidad me ponia de releerlo, y tanto más me agradava, y en su
proceso nuevas sentencias sentia. Vi no sólo ser dulce en su principal
hystoria, o ficion toda junta; pero avn de algunas sus particularidades
salian delectables fontezicas de filosofia, de otras agradables
donayres, de otras avisos y consejos contra lisonjeros y malos
siruientes y falsas mugeres hechizeras. _Vi que no tenia la firma del
auctor, y era la causa que estaua por acabar_; pero quien quiera que
fuesse es digno de recordable memoria por la sotil invencion, por la
gran copia de sentencias entretexidas, que so color de donayres tiene.
¡Gran filósofo era! Y pues él con temor de detractores y nocibles
lenguas, más aparejadas a reprehender que a saber inventar, _celó su
nombre, no me culpeys si en el fin baxo que lo pongo no expressare el
mio, mayormente que siendo jurista yo_, aunque obra discreta, es agena
de mi _facultad_; y quien lo supiesse diria que no por recreacion de
_mi principal estudio_, del qual yo más me precio, como es la verdad,
lo hiziesse; antes distraydo de los _derechos_, en esta _nueva labor_
me entremetiesse... Assimessmo pensarian, que no _quinze dias de
unas vacaciones, mientras mis socios en sus tierras, en acabarlo me
detuiesse, como es lo cierto_; pero avn mas tiempo y menos acepto. Para
desculpa de lo cual todo, no sólo a vos, pero a quantos lo leyeren,
ofrezco los siguientes metros. _Y porque conozcays dónde comiençan
mis mal doladas razones y acaban las del antiguo autor, en la margen
hallareys una cruz, y es el fin de la primera cena»._
Los metros son once coplas de arte mayor, en que _el autor_ insiste
sobre sus propósitos morales y afirma de nuevo que ha proseguido y
acabado una obra ajena:
_Yo vi en Salamanca la obra presente_;
Mouime á acabarla por estas razones:
Es la primera que _estó en vacaciones_;
La otra que oy[14] _su inventor ser sciente_,
Y es la final, ver ya la más gente
Buelta y mezclada en vicios de amor...
A primera vista estas octavas no tienen misterio, pero otras de
Alonso do Proaza, _corrector de la impresión_, que cierran el libro
con pomposo elogio, declaran un secreto que el autor _encubrió en los
metros que puso al principio_:
No quiere mi pluma ni manda raçon
Que quede la fama de aqueste gran hombre,
Ni su digna gloria, ni su claro nombre
Cubierto de oluido por nuestra ocasion;
Por ende, _juntemos de cada renglon
De sus onze_ coplas la letra primera,
_Las quales descubren por sabia manera
Su nombre, su patria, su clara nacion_.
Y en efecto, juntando las letras iniciales de los versos resulta este
acróstico: «_El bachiller Fernando de Royas_ (sic) _acabo la comedia de
Calysto y Melybea, y fue nascido en la Puebla de Montalvan»_.
Quién fuese este bachiller Rojas, vamos á verlo en seguida. Pero desde
luego conviene notar la contradicción en que incurren Rojas y su
panegirista. El primero se da por continuador, al paso que Alonso de
Proaza no reconoce más autor que uno.
Un año después, en 1502, aparecieron en Salamanca, en Sevilla y en
Toledo tres ediciones cuyo orden de prioridad no se ha fijado todavía.
Las tres llevan el título de _Tragicomedia de Calisto y Melibea_ y
constan de veintiún actos. Las variantes do pormenor son innumerables.
Todo ha sido refundido, hasta el prólogo y los versos acrósticos. En
el primero, después de las palabras «_vi que no tenía su firma del
autor_», se han intercalado estas otras, «_el qual, segun algunos
dizen, Juan de Mena_, e segun otros Rodrigo Cota, _pero quien quiera
que fuese, es digno de recordable memoria_. En los acrósticos se decía
al principio:
No hizo Dedalo en su officio y saber
Alguna más prima entretalladura,
Si fin diera en esta su propia escriptura
Corta, un gran hombre y de mucho valer.
En la _Tragicomedia_ se estampó:
Si fin diera en esta su propia escriptura
_Cota_ ó _Mena_ con su gran saber.
Tienen estas ediciones un nuevo prólogo lleno de autoridades y
sentencias[15], en que el autor nos informa de las varias opiniones
que hubo sobre su comedia y de los motivos que tuvo para refundirla.
«Vnos dezian que era prolixa, otros breve, otros agradable, otros
escura; de manera que cortarla a medida de tantas e tan differentes
condiciones, a solo Dios pertenesce... Los niños con los juegos, los
moços con las letras, los mancebos con los deleytes, los viejos con
mil especies de enfermedades pelean, y estos papeles con todas las
edades. La primera los borra e rompe; la segunda no los sabe bien
leer; la tercera, que es la alegre juventud e mancebía, discorda. Vnos
les roen los huessos que no tienen virtud, que es la hystoria toda
junta, no aprovechandose de las particularidades, haziendola cuento de
camino; otros pican los donayres y refranes comunes, loandolos con toda
atencion, dexando passar por alto lo que haze más al caso e utilidad
suya. Pero aquellos cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento
de la hystoria para contar, coligen la suma para su provecho, rien lo
donoso, las sentencias e dichos de philosophos guardan en su memoria
para trasponer en lugares convenibles a sus autos e proposites. Assi
que quando diez personas _se juntaren a oyr esta comedia_, en quien
quepa esta differencia de condiciones, como suele acaescer, ¿quién
negará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entiende?...
Otros han litigado sobre el nombre, _diziendo que no se avia de llamar
comedia, pues acabaua en tristeza, sino que se llamare tragedia. El
primer auctor quiso darle denominacion del principio, que fue plazer,
e llamola tragicomedia._ Assi que viendo estas conquistas[16], estos
dissonos e varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava, _e
hallé que querian que se alargasse en el processo de su deleyte destos
amantes, sobre lo qual fuy muy importunado_; de manera que acordé,
avnque contra mi voluntad, _meter segunda vez la pluma en tan estraña
lavor e tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal
estudio, con otras horas destinadas para recreacion, puesto que no han
de faltar nueuos detractores a la nueua adicion_.»
Tales son los datos externos que nos suministran las primeras ediciones
de la _Celestina_. Hemos subrayado intencionadamente todas aquellas
frases que más importancia pueden tener en este proceso de indagación
crítica. Lo primero que nos interesa es la persona del bachiller
Fernando de Rojas, autor de la mayor parte de la obra por confesión
propia, autor único según Alonso de Proaza.
No ha faltado en estos últimos años quien pusiese en tela de juicio
la existencia del bachiller Rojas, ó á lo menos su identificación con
el autor de la _Celestina_. El erudito que con más tesón y agudeza, y
también (justo es decirlo) con menos caridad para sus predecesores,
ha examinado las cuestiones _celestinescas_, preguntaba en 1900:
«¿Quién es ese Fernando de Rojas, nacido en Montalbán? ¿Dónde ha
vivido, qué ha hecho, qué ha escrito y cuándo ha muerto?» Y se reía á
todo su sabor de los eruditos españoles que habían dado por buena la
atribución á Rojas, aconsejando nominalmente á uno de ellos «que no
fuese tan de prisa, porque este género de investigaciones exigen menos
precipitación y menos credulidad»[17]. El consejo era ciertamente sano,
y el aludido tomó de él la parte que le convenía, quedando agradecido
á quien se lo daba. Pero siguió opinando que en materias de crítica,
tan peligrosa es la incredulidad sistemática como la ciega credulidad,
y que era aventurarse mucho el sostener, «hasta que hubiese pruebas de
lo contrario, que Fernando de Rojas era un personaje inventado por el
autor de la carta y de los versos acrósticos, y propuesto por él á la
admiración de sus contemporáneos y de la crédula posteridad».
La prueba en contrario vino dos años después, y pareció perentoria á
todos los que no tenían opinión cerrada sobre el asunto. El Sr. D.
Manuel Serrano y Sanz, empleado de la Biblioteca Nacional entonces, y
ahora dignísimo catedrático de Historia en la Universidad de Zaragoza,
tropezó, entre otros procesos de la Inquisición de Toledo (que hoy se
guardan en el Archivo Histórico Nacional), con uno formado en 1525
contra Alvaro de Montalbán, el cual declara bajo juramento tener una
hija llamada Leonor Alvarez, _muger del Bachiller Rojas, que compuso
á Melibea, vecino de Talavera_. Y cuando los inquisidores autorizaron
al Montalbán para nombrar defensor, «dixo que nombraba por su letrado
al _Bachiller Fernando de Rojas, su yerno, vecino de Talavera, que es
converso_».
Justamente satisfecho el Sr. Serrano con tan importante hallazgo,
publicó íntegro el proceso, acompañado de otros documentos que dan
nueva luz sobre la familia de Rojas[18]. La identificación del
personaje no podía ser más completa. La celebridad de su libro era tal,
que iba unida á su nombre, y su suegro le invocaba como un título de
honor: «el bachiller Rojas, que compuso á _Melibea_».
Tampoco ocultaba su condición de judio converso, que parece recaer
sobre su propia persona y no meramente sobre su familia, pues entonces
se hubiera dicho que venía «de linaje de conversos», según la formula
usual. Conjetura el Sr. Serrano que su madre pudo ser cristiana vieja,
y que de ella tomaría su apellido, que en la Puebla de Montalbán, en
Talavera y en otras partes del reino de Toledo era de gente hidalga, al
paso que no figura en los padrones conocidos hasta ahora de los judíos
de aquella tierra. Pero con la anarquía que entonces reinaba en materia
de apellidos y la frecuente mezcla de sangre entre gentes de ambas
estirpes, poca seguridad puede haber en esto. Lo único que resulta
averiguado es que el nombre del autor de la _Celestina_ debe añadirse
desde ahora á la rica serie de nombres preclaros con que la raza hebrea
ilustró los anales literarios y científicos de nuestra Península[19].
Resulta del proceso que Leonor Alvarez, mujer del bachiller Rojas,
contaba en aquella fecha treinta y cinco años. No consta la edad de
su marido, pero siendo ya autor de la _Celestina_ en 1499, y viviendo
todavía en 1538 según datos que parecen fidedignos, puede conjeturarse
que tenía bastante más edad que su mujer, y por mi parte no encuentro
inverisímil la de cincuenta años ó poco más, en que se fija el Sr.
Serrano[20]. A esto se objeta que una obra maestra como la _Celestina_,
que arguye tan profunda experiencia de la vida, no puede atribuirse á
un joven recién salido de las aulas, por precoz que se le suponga. Pero
el autor de la _Celestina_ era positivamente un genio, y con el genio
no rigen las reglas comunes. La intuición puede suplir á la experiencia
en tales hombres. No hablemos de los grandes poetas líricos muertos en
la flor de sus años, porque la poesía lírica tiene algo de juvenil en
su esencia. No es preciso recordar tampoco los portentos de precocidad
de Pascal, porque el espíritu geométrico se desenvuelve en condiciones
que nada tienen que ver con las experiencias de la vida. Pero buscando
en nuestra propia literatura, y muy cerca de nosotros, ejemplo bien
adecuado, ¿quién no sabe que toda la obra crítica y satírica de Larra,
no superada en nuestra lengua durante el siglo XIX, y á la cual nadie
negará amarga y honda penetración social, fué escrita antes de los
veintinueve años?
¿Qué inconveniente puede haber para admitir que la _Celestina_ sea
obra de un estudiante? Nada hay en ella que él no hubiese podido
observar directamente: no hay un solo personaje, ni el gentil mancebo
Calisto, ni su enamorada Melibea, ni Celestina y sus alumnas, ni los
criados de Calisto, ni el rufián Centurio, que salga de los límites
del mundo en que él vivía. Tipos como aquéllos debían de encontrarse
á cualquier hora en Toledo y en Salamanca. Además, el ambiente de la
_Celestina_ tiene algo de universitario. La obra de Rojas, á pesar de
su originalidad potente, es una comedia _humanística_, cuyos lances
recuerdan los de las comedias latinas compuestas por los eruditos
italianos del siglo décimoquinto: filiación que procuraré poner en
claro más adelante. Estas obras se leían en nuestras universidades,
y alguna de ellas logró los honores de la reimpresión para uso de
nuestros escolares[21]. El medio, pues, era perfectamente adecuado para
la elaboración de la _Celestina_, á la cual prestó sus elementos la
realidad castellana, y sus formas la tradición clásica en consorcio con
la Edad Media.
No es un desatino, aunque lo den á entender doctos filólogos, que
llegan á tachar de «inverisímil ignorancia» á los que opinamos lo
contrario, el decir que las expresiones «mi facultad», «mi principal
estudio», pueden aplicarse lo mismo á un estudiante que «á un hombre
provisto de un empleo ó que ejerce una profesión»[22]. A la facultad
de Derecho pertenece lo mismo el que la aprende que el que la enseña ó
la practica: todos ellos pueden decir con igual razón «mi facultad»,
«mi principal estudio». _Jurista_, según el diccionario vigente, es «el
que _estudia_ ó profesa la ciencia de las leyes». Estudiante _jurista_
se dijo siempre en nuestras aulas, para distinguirle del estudiante
teólogo ó de cualquier otra clase de estudiantes.
Además, aquellas _vacaciones_ en que dice haber acabado su obra, ¿qué
pueden ser sino vacaciones universitarias? Entonces no había vacaciones
de tribunales, y aun éstos apenas comenzaban á organizarse, ni consta
que Rojas ejerciese más oficio público que el de alcalde mayor de
Talavera en sus últimos años. Los _socios_ que «estaban en sus tierras»
serían otros estudiantes ó bachilleres como él. Quizá una detenida
exploración en el archivo de la Universidad de Salamanca podría
resolver definitivamente este punto, en que bien podían ejercitarse los
eruditos de aquella ciudad, que por no sé qué siniestro influjo empieza
á olvidar demasiado la investigación de su gloriosa historia.
En Salamanca digo, porque es para mí casi seguro que estudió allí,
y allí se graduó de bachiller en Jurisprudencia, en fecha ignorada,
pero anterior de fijo á 1501, cuando ya usa ese título en los versos
acrósticos. No había más que dos Estudios de Leyes en todo el
territorio de la corona de Castilla, y el de Valladolid estaba más
lejos de Talavera ó de la Puebla que el de Salamanca y tenía menos
nombradía que él[23].
Esta sospecha raya poco menos que en certidumbre cuando se repara en
aquellos tres versos:
Yo vi en _Salamanca_ la obra presente:
Movíme á _acabarla_ por estas razones:
Es la primera que estó en _vacaciones_...
No por eso creemos que deba localizarse en aquella ciudad la escena
de la _Tragicomedia_. Pero dejando en suspenso este y otros puntos
relativos á la composición de la obra, continuemos recogiendo los pocos
vestigios que de su paso por el mundo dejó el bachiller Fernando de
Rojas. No da mucha luz la causa inquisitorial de su suegro Alvaro de
Montalbán. Es uno de tantos procesos contra judaizantes, en que pueden
adivinarse de antemano las acusaciones y los descargos. La familia
había dado un regular contingente á los registros del Santo Oficio,
que había desenterrado y quemado los restos del escribano Fernando
Alvarez de Montalbán y de su mujer Mari Alvarez, padres del procesado
Alvaro. El cual declara tener setenta años, antes más que menos, y
haber sido ya _reconciliado_ hacía más de cuarenta, por comer el _pan
cenceño_[24] y entrar en las _cabañuelas_[25] y hacer otras ceremonias
judaicas. El promotor fiscal le acusa de hereje y apóstata, no sólo
por los actos dichos, sino por haber sembrado proposiciones de mala
doctrina, dudando, como los saduceos, de la inmortalidad del alma:
«Item, que despues acá, con poco temor de Dios y en menosprecio de la
religion cristiana, hablando ciertas personas cómo los plazeres deste
mundo eran todos burla, e que lo bueno era ganar para la vida eterna,
el dicho Alvaro de Montalvan, creyendo que no ay otra vida despues
desta, dixo e afirmó que acá toviese el bien, que en la otra vida no
sabia sy avia nada». Un Iñigo de Monzón, vecino de Madrid, que había
conocido á Alvaro en casa de su hija Constanza Núñez, mujer de Pedro
de Montalván, _aposentador de Sus Magestades_, no sólo fué testigo de
este cargo, sino que añadió otros bastante graves para la ortodoxia
del procesado: «Preguntado en qué posesion es avido e tenido el dicho
Alvaro de Montalvan en esta dicha villa e en los otros lugares donde
dél se tiene noticia, dixo que en vezes ha estado en esta dicha villa,
en la perrochia de san Gines, en casa del dicho su yerno, más de dos
años, y el uno a la contina puede aver tres años, e que en el dicho
tiempo que aqui estovo nunca le veya en misa los domingos ni fiestas,
sino es alguna vez que yva con su hija, y que en entrando en la yglesia
se sentava en un poyo cabizbaxo, y que asy se estava sin sentarse de
rodillas ni quitarse el bonete; e no se acuerda ni parava mientes si
adorava el Santo Sacramento, pero acuerdase que murmuravan muchas
mugeres en la yglesia de verle asy syn devocion y syn verle rezar ni
menear los labrios; e que otras vezes se metia en una capilla, donde
estava hasta que se acabase el ofiçio, sentado; y que en el dicho
tiempo tampoco le vió comulgar ni confesarse, e que preguntandole este
testigo con sospecha al dicho cura, le dixo que con él no se habia
confesado ni comulgado». El cura de San Ginés atenuó algo los términos
de esta delación; y no se pasó adelante en la prueba testifical, sin
duda porque en la Puebla (como dijo el mismo cura) apenas había persona
que no tuviese nota de _reconciliada_. Las confesiones del reo, que
prometió vivir de allí adelante como buen cristiano, y sin duda también
su avanzada edad, mitigaron algo el rigor de la sentencia, que se
redujo finalmente á asignarle su casa por cárcel, con obligación de
traer el sambenito sobre todas sus vestiduras, y las demás penitencias
en tales casos acostumbradas.
El bachiller Fernando de Rojas no vuelve á ser mencionado en el proceso
de su suegro más que una vez sola, cuando le designó como abogado. Los
inquisidores dijeron que no había lugar y que nombrase _persona sin
sospecha_, y él nombró al licenciado del Bonillo.
Ya en 1517 había figurado _el bachiller Fernando de Rojas_ entre los
testigos de abono y descargo en otro proceso inquisitorial contra Diego
de Oropesa, vecino de Talavera, acusado también de judaizante. Ni el
triste percance de su suegro, ni los buenos oficios que generosamente
prestaba á los de su raza, parecen haberle hecho personalmente
sospechoso, si hemos de dar crédito á las noticias que en el primer
tercio del siglo XVII recogió en su _Historia de Talavera_, inédita
aún[26], el Licenciado Cosme Gómez Tejada de los Reyes, escritor
juicioso y fidedigno en las tradiciones locales que conserva, y mucho
más próximo á Rojas que nosotros, aunque no fuese coetáneo suyo. Este
pasaje, descubierto por Gallardo y dado á conocer por Cañete con una
errata substancial[27], dice así en su integridad:
«Fernando de Rojas, autor de la _Celestina_, fábula de Calixto y
Melibea, nació en la Puebla de Montalban, como él lo dize al principio
de su libro en unos versos de arte mayor acrósticos; pero hizo asiento
en Talavera: aquí vivió y murió y está enterrado en la iglesia del
convento de monjas de la Madre de Dios. Fué abogado docto, y aun hizo
algunos años en Talavera oficio de Alcalde mayor. Naturalizóse en esta
villa y dejó hijos en ella. Bien muestra la agudeza de su ingenio en
aquella breve obra llena de donaires y graves sentencias, espejo en
que se pueden mejor mirar los ciegos amantes que en los christalinos
adonde tantas horas gastan riçando sus feminiles guedejas. Cumplió bien
sus obligaciones en aquel género de escrevir, con que pueden entender
tantos autores modernos de libros de entretenimiento y de otros, que
no consiste la arte y gallardía de decir en afectadas _culturas_,
todo ruido de palabras que atruenan el viento y lisonjean el oido,
mas no hieren el alma porque les falta solida municion: vano estudio,
indecente, infructuoso, que solamente á ingenios semejantes deleita,
y a ninguno enseña ni mueve[28]. Vienen medidos a Fernando de Rojas
respecto de otros autores aquellos dos versos de Marcial, hablando de
Persio comparado a Marso:
_Saepius in libro memoratur Persius uno
Quam levis in tota Marsus Amazonide_;
y lo que admira es que siendo el primer auto de otro autor (entiéndese
que Juan de Mena o Rodrigo de Cota) no sólo parece que formó todos los
actos vn ingenio, sino que es _individuo_[29]. El mismo ejemplo tenemos
en nuestro tiempo en los dos hermanos Argensolas, Lupercio y Bartolomé,
insignes poetas, dos padres de un solo hijo, que sus metros más dicen
unidad que similitud».
Prescindiendo del elogio de la _Celestina_, que es uno de los más
curiosos de un tiempo en que ya comenzaba á olvidársela, nada hay en
la sencilla noticia de Tejada que pueda infundir sospechas al más
escéptico, ni que esté en contradicción con los pocos documentos
originales que poseemos. Es cosa sabida (por declaración del mismo
Rojas y por testimonio de su suegro), que era abogado, y sin gran
temeridad se le ha podido llamar _docto_, pues no hemos de suponer
ignorante y cerril en su _principal estudio_ á quien era capaz de
componer por mera recreación la _Celestina_. Que se naturalizó en
Talavera está confirmado por todos los documentos, pues ya aparece
como vecino de aquella ciudad en 1517, y á ella se refieren todas las
noticias posteriores de su vida, que alcanzan hasta 1538. Consta que
aquel año ejerció en Talavera desde el 15 de febrero al 21 de marzo
el cargo de alcalde mayor, sustituyendo al Dr. Núñez de Durango[30].
Si Cosme Gómez escribía de memoria, pudo equivocarse en cuanto á la
duración del cargo, pero esta no es variante de transcendencia. Lo del
enterramiento en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios
era caso de notoriedad pública y no podía inventarse. Finalmente, es
ciertísimo que Fernando de Rojas dejó descendencia. El testamento de
su cuñada Constanza Núñez, descubierto por el benemérito y malogrado
D. Cristóbal Pérez Pastor en el archivo de protocolos de Madrid, nos
ha dado á conocer el nombre de una hija del poeta, Catalina de Rojas,
casada con su primo Luis Hurtado, hijo de Pedro de Montalbán[31]. Y
probablemente no fué única: en el archivo de la parroquia del Salvador,
de Talavera, que está próxima al convento de la Madre de Dios, se
encuentran partidas bautismales de 1544, 1550 y 1552, referentes á
varios hijos de _Alvaro de Rojas_ y de _Francisco de Rojas_, casado
este último con Catalina _Alvarez_, patronímico que llevaba también
la mujer de nuestro autor. La razón de los tiempos y el no conocerse
por entonces otros Rojas en Talavera, puede inducir á sospechar que el
_Alvaro_ y el _Francisco_ eran hijos del bachiller; lo que no parece
dudoso es que pertenecían á su familia.
No es únicamente el testimonio de Cosme Gómez el que afirma la
atribución de la _Celestina_ á Fernando de Rojas. Hay otro más antiguo
y que estaba ya indicado años antes del hallazgo de los procesos de
Toledo. Al tomar posesión de su plaza de número en la Academia de
la Historia, leyó el inolvidable D. Fermín Caballero, en 1867, un
precioso discurso sobre las _Relaciones geográficas_ que los pueblos
de Castilla dieron á Felipe II desde 1574 en adelante, contestando
al interrogatorio redactado por Ambrosio de Morales. No se olvida D.
Fermín de consignar que «del bachiller Fernando de Rojas, _coautor_
de la famosa _Tragicomedia_, hace referencia la respuesta de su lugar
natal, la Puebla de Montalbán»[32]. Y así es, en efecto, salvo lo de
_coautor_, que no es frase del documento, sino gratuita afirmación del
ilustre académico, que en eso seguía la opinión más corriente en su
tiempo. Para los naturales de la Puebla, como para Álvaro de Montalbán,
Rojas era único autor de la _Tragicomedia_. Mandaba el capítulo 37
del interrogatorio que se especificasen «las personas señaladas en
letras, armas y en otras cosas que haya en el dicho pueblo, ó que hayan
nacido ó salido de él, con lo que se supiere de sus hechos y dichos
señalados». El bachiller Ramírez Orejón, clérigo, que fué, en compañía
de Juan Martínez, ponente (como hoy diríamos) de esta Relación,
contesta que «_de la dicha villa fué natural bachiller Rojas, que
compuso a Celestina_»[33].
Aclarado ya, aunque no tanto como nuestra curiosidad desearía, el
enigma personal del Bachiller, que por tanto tiempo ha fatigado en
inútiles disquisiciones á la crítica[34], entremos en las cuestiones
verdaderamente graves y difíciles que se refieren á la composición
del libro. Estas cuestiones se han complicado con la aparición de los
ejemplares en diez y seis actos. Antes no se disputaba más que sobre el
acto primero. Ahora no basta preguntar: el bachiller Rojas, ¿es autor
único de la _Celestina_? sino que la interrogación debe formularse
así: el bachiller Rojas, ¿es único autor de los diez y seis actos
que conocemos por las ediciones de Burgos y de Sevilla? ¿Se le deben
atribuir también los cinco actos interpolados en las ediciones de 1502,
y conocidos con el nombre de _Tractado de Centurio_? ¿Le pertenecen
asimismo las variantes y adiciones que se introdujeron en los demás
actos del texto refundido?
En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble,
y á quien se atenga estrictamente á las palabras del bachiller ha de
ser muy difícil refutarle[35]. Él afirmó siempre en la carta «á vn su
amigo», en los versos acrósticos y en el prólogo, que no había hecho
más que continuar una labor ajena. Los elogios que hace del primer
autor son tan enfáticos que superan á todo lo que han dicho los más
exaltados panegiristas de la _Celestina_:
Jamas yo no vide en lengua romana,
Despues que me acuerdo, ni nadie la vido,
Obra de estilo tan alto e sobido,
En tusca, ni griega, ni en castellana.
No trae sentencia, de donde no mana
Loable á su auctor y eterna memoria...