III

Después del almuerzo, los pasajeros del _Goethe_ oyeron sonar a proa la

banda de música, con la lejanía soñolienta que infunde la inmensidad del

Océano a todas las vibraciones.

--Van a vacunar a los de tercera--dijo Maltrana, siempre enterado de lo

que ocurría en el buque.

Estaban aún frente a la isla, costeando sus rugosas montañas, pétreo

oleaje de antiguas erupciones llegadas hasta el mar. Bajaban por las

laderas, como ovejas en tropel, blancas viviendas, medio ocultas algunas

de ellas en los repliegues sombreados de verde. Por encima de las

cumbres iba pasando la caperuza nevada del Teide como una cabeza

curiosa, ocultándose o apareciendo, según el buque marchaba cerca o

lejos de la costa.

Maltrana no podía mantenerse tranquilo en el jardín de invierno mientras

tomaba el café con Fernando. Ocurría a bordo algo extraordinario sin que

él lo presenciase.

--¿Le parece que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe ser

interesante.

Descendieron las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo central

viéronse en la explanada de proa, al pie del palo trinquete. Bajo el

gran toldo que sombreaba este espacio aglomerábase el hedor sudoroso de

una muchedumbre. El médico del buque y varios ayudantes, todos con

blusas blancas, ocupaban el centro junto a una mesa cargada de

botiquines. Y al son de la música pasaban los emigrantes en interminable

fila, todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera del

vacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de la

comisaría, organizaba el desfile, cuidando de que todos, después de

arremangarse el brazo, presentasen con la otra mano el papel de su

pasaje.

El acto de la vacunación era a la vez un recuento. Al partir de

Tenerife, última escala del viejo mundo, empezaba el gran viaje; nadie

había de entrar en el buque hasta América, y la comisaría necesitaba

conocer el número de las gentes que iban a bordo. Los marineros

recorrían los sollados, los obscuros pasadizos, las bodegas, hasta los

más apartados rincones, en busca de viajeros ocultos empujando a los

fugitivos que pretendían evitarse esta operación.

Los oficiales alemanes llamaban a cada momento para dar sus órdenes a un

empleado de la comisaría, hombre grueso y de bigotes canos que se

expresaba en distintos idiomas, pasando de uno a otro con asombrosa

facilidad. Maltrana y él se saludaron afectuosamente.

--Ése es don Carmelo--dijo Ojeda--, un compatriota nuestro. Habla todas

las lenguas de Europa; además el árabe, y creo que un poco de japonés. Y

con toda su sabiduría aquí le tiene usted ganando unos cuantos marcos,

sin otra satisfacción que ostentar una gorra de uniforme y que los

emigrantes le llamen oficial. Le busco todos los días en su despacho,

que está abajo, siempre con la luz encendida, y charlamos de lo que

ocurre en el buque. ¡Qué hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estudios en

Málaga, él solito, yendo por el puerto de barco en barco y diciendo a

todo marino que encontraba aburrido: «Vamos a echar un párrafo en su

idioma, compañero».

Mientras hablaba Isidro de la mujer y los hijos de su amigo, andaluces

trasplantados a Hamburgo, y de las escaseces pecuniarias de éste, que le

obligaban a buscar entre los pasajeros ricos uno que quisiera entretener

los ocios de la travesía estudiando idiomas, don Carmelo gritó con el

acento de su tierra:

--¡Too Dios con er papé en la mano!, ¡que se vea bien!

Y repetía la orden en italiano, en francés, en portugués y en árabe.

Habían desfilado los hombres, y eran ahora las mujeres, con una escolta

de chiquillos, las que se iban presentando a recibir la vacunación.

Pasaban ante el médico brazos membrudos con la blancura y la firmeza de

la carne septentrional; brazos grasosos en los que se hundían los dedos

de los operadores; brazos de redondez ambarina, semejantes a los de las

mujeres de Tiziano, pero que ostentaban en su parte alta un obscuro

triángulo de roñosa suciedad.

Luchaban al destaparse las mujeres con las mangas de la camisola o de la

gruesa elástica, y en este forcejeo se les abría el pecho, mostrando

escapularios y medallas sobre las flacideces de la maternidad. Las

hembras árabes, morenas y huesosas, iban casi desnudas bajo sus barones

rayados; las gruesas napolitanas, de cabello revuelto y ojos de brasa,

devolvían al corpiño con tranquilo impudor las saltonas exuberancias

surgidas al desabrocharse; las castellanas angulosas de pelo aceitoso y

retinto, peinadas como vírgenes prerrafaelistas, cubrían prontamente su

brazo con triples forros y se alejaban ruborizadas, moviendo la corta y

bailarinesca balumba de sus zagalejos trasudados. Unos chiquillos

berreaban agarrándose a sus madres, trémulos de pavor al ver las blusas

blancas de los operadores; otros, con el sombrero en el cogote y

mostrando la sonrisa marfileña de sus dientes de lobo, se disputaban por

quién avanzaría primero el brazo, como si aquello fuese una fiesta.

Maltrana explicaba a su amigo el orden en que iban divididos los

emigrantes. La proa era para «los latinos»: españoles, italianos,

portugueses, franceses, árabes, judíos del Mediodía y hasta egipcios.

Nadie podía adivinar el latinismo de estas últimas gentes; pero así los

había encasillado la comisaría. En la parte de popa se aglomeraban otras

naciones: alemanes, rusos y judíos, muchos judíos de diversas

procedencias, polacos, galitzianos, rutenos, moscovitas y balcánicos,

cocinando aparte, según las preocupaciones y ritos de su religión. Los

israelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos de Hamburgo. La

bulliciosa latinidad gozaba el privilegio sobre las otras castas de

beber vino en las comidas dos veces por semana y tomar chocolate al

amanecer otras dos veces, en vez del café habitual.

Las lamentaciones de don Carmelo, que juraba para él solo con grandes

aspavientos, interrumpieron a Maltrana.

--¡Mardita sea mi arma! Ya me extrañaba yo que hisiésemos er viaje sin

sorpresas. ¡Pero camará, que no haya medio de librarse de esa gente!...

Cambió algunas palabras en alemán con el primer oficial y luego gritó a

unos camareros españoles que estaban al servicio de «los latinos»:

--A ve esos güenos mozos; ¡tráiganlos pa acá!

Avanzaron seis jóvenes, con la cabeza descubierta, las ropas haraposas y

los pies metidos en zapatos rotos o alpargatas deshilachadas.

--¿De moo que no tenéis pasaje y os habéis metió aquí de polisones sin

má ni má, como si esto juese la casa e toos? ¿Y creéis que esto va a

quear ansí?... Tú, ¿de ónde eres?

Y los seis _polisones_ fueron contestando al interrogatorio de don

Carmelo. Uno era de Tenerife y los restantes procedían de Andalucía y

Galicia. Se habían introducido ocultamente en varios buques, que los

echaron en tierra al llegar a Canarias. ¡Y a buscar de nuevo un

escondrijo en la bodega de otro barco!... Así pensaban llegar, fuese

como fuese, adonde se habían propuesto. Los seis querían ir a Buenos

Aires; y como bestias humildes, resignadas de antemano a los golpes que

creían merecer, bajaban la cabeza contentos con su desgracia si lograban

alcanzar el término del viaje.

Don Carmelo habló en voz baja con el primer oficial.

--Está bien--dijo solemnemente--. Pero como aquí nadie viene sin pasaje

y el buque no pué retroceer por vosotros, vais a golveros nadando a

Tenerife. La isla está allí cerquita.

Y señalaba la costa que se veía en lontananza, entre la borda del buque

y el filo del toldo. El oficial se acariciaba impasible la barba rubia

mientras el intérprete traducía sus órdenes. Las mujeres abrían los ojos

con asombro y terror.

--Que pongan una escaleriya pa que sartén con más fasiliá--ordenó don

Carmelo.

Los camareros le obedecieron, colocando una pequeña escalera contra la

borda, mientras el intérprete repetía la orden. «¡Al agua, muchachos! E

un remojonsito na más.»

Los _polisones_ de más edad seguían con la cabeza baja, entre incrédulos

y aterrados, dudando de que esta orden pudiese ser cierta pero dudando

igualmente de que todo fuese una burla, habituados a durezas y castigos

en los buques que les habían servido de refugio. Uno que era casi un

niño se atrevió a mirar por encima de la borda, apreciando con ojos de

espanto la distancia enorme que se extendía entre el buque y la costa.

--¡Yo no quiero!... ¡No quiero morir!... ¡Yo quiero ir a Buenos Aires!

¡Madre!... ¡Mamita!...

Y se echó al suelo gimiendo, agitando las piernas para repeler a los que

se acercasen. Comenzaron a partir suspiros y exclamaciones de los grupos

de mujeres. Don Carmelo miró al primer oficial que seguía acariciándose

la barba.

--Güeno, niños; será pá más tarde. A la noche os iréis nadando. Mientras

tanto, que os vacunen, y luego comeréis... A ver unos pantalones viejos

pa estos güenos mozos; no es caso de que vayan enseñando las vergüensas

al pasaje... Pero queda convenido ¿eh, niños? a la noche os marcharéis

nadando.

Súbitamente tranquilizados, los _polisones_ se dejaron llevar por los

marineros, que los empujaban rudamente, acogiendo este trato con

humildad y agradecimiento.

--Hay que ser enérgico--dijo don Carmelo a los dos amigos poniendo un

gesto feroz--. Si no fuese así, too er buque se llenaria de gente sin

pasaje. Cuatro van a ir a las máquinas; siempre hasen farta fogoneros; y

los dos más pequeños ayudarán a la limpiesa de las cubiertas. Podíamos

desembarcarlos en Río Janeiro. Pero er comandante es güeno, y de seguro

que los yevaremos hasta Buenos Aires. Los tunantes van a salirse con la

suya.

La música continuaba sonando y se reanudó el desfile de los brazos

arremangados ante el grupo de blusas blancas.

Ojeda estaba impresionado por la escena anterior. Creía oír aún los

gemidos del mozuelo pataleando en la cubierta: «¡Yo no quiero morir! ¡Yo

quiero ir a Buenos Aires!...». El vagabundo de los puertos tenía la

misma ilusión que él y casi todos los que habitaban las cubiertas

superiores. Dormitando entre los fardos y barricas de un muelle, había

visto también a la diosa alada y sin cabeza; había sentido la caricia de

la esperanza. Y allá marchaban todos, afrontando la nostalgia del

recuerdo o las necesidades del presente; revueltos, confundidos,

igualados por la ilusión común... ¡Buenos Aires! ¡Qué magia poderosa la

de este nombre, que hacía correr a los miserables, como ratones

hambrientos, para ocultarse en las entrañas de los buques!...

Se impacientó Maltrana ante la monotonía del desfile.

--Después de éstos vacunarán a los de popa: gente menos limpia y

presentable que «los latinos», con largas melenas y gabanes de piel de

carnero. Arriba estaremos mejor.

Y subieron a lo más alto del buque, a la cubierta de los botes, buscando

la sombra de un toldo y dos sillones libres para descansar en la soledad

azul impregnada de luz. La mayoría del pasaje prefería quedarse abajo,

refugiada en la suave penumbra de la cubierta de paseo.

Maltrana saludó a una señora que leía tendida en un largo sillón, la

espalda sobre un cojín, mostrando entre la flor nívea y rizada de su

faldamenta el arranque de unas piernas enfundadas en seda blanca y los

altos tacones de los zapatos. Fernando, advertido por el codo del

compañero, se fijó en sus cabellos, de un rubio obscuro, recogidos en

forma de casco; en sus ojos claros y temblones como gotas de agua

marina, que se elevaron unos instantes del libro para mirarle con

tranquila fijeza; en el color blanco de su cuello, una blancura de miga

de pan ligeramente dorada por el sol y la brisa del mar.

--Es la yanqui, la señora que come cerca de nuestra mesa--murmuró

Isidro--. Habla con poca gente; apenas se saluda con algunas viejas de a

bordo; rehúye el trato de los demás... Yo soy el único hombre con quien

cambia el saludo, pero cuando intento hablarla finge que no me

entiende... Y sin embargo, adivino en ella un carácter alegre y varonil:

debe ser un agradable compañero; no hay más que ver con qué gracia

sonríe. ¡Qué hoyuelos tan cucos se le forman junto a la boca!, ¡cómo se

le aterciopelan los ojos!... Pero no hay confianza todavía entre las

gentes de a bordo; parece que estamos todos de visita.

Sentáronse a alguna distancia de la norteamericana y ésta volvió a bajar

los ojos sobre el libro, ladeándose en su sillón para ignorar la

presencia de los recién llegados.

Tenían ante ellos el azul del Océano, liso, denso, sin una arruga y en

el fondo, por la parte de popa, un triángulo de sombra que empañaba el

horizonte, una especie de nube gris y piramidal, que era la isla...

Calma absoluta... Sentados en mitad de la cubierta, no alcanzaban a ver

las espumas que la velocidad de la marcha arremolinaba contra los

flancos del buque. Desde esta altura sus ojos abarcaban únicamente el

segundo término, o sea el mar inmóvil, que parecía cubierto de una

costra diáfana y transparente, una costra de vidrio reflejando el azul

denso y pastoso de la profundidad. A no ser por las vedijas negras que

se escapaban de la chimenea, para quedar flotando en la calma bochornosa

de la tarde, se hubiese podido creer que el buque no marchaba... Y la

isla siempre a la vista, como los países encantados de las leyendas, que

parecen avanzar detrás de los pasos del que huye.

Un silencio de sesteo extendía su paz abrumadora sobre la cubierta

inundada de luz. Bajo los toldos se percibían leves ronquidos,

acompasadas respiraciones, dorsos vueltos al exterior sobre las sillas

largas, cabezas incrustadas en almohadas o descansando sobre el

respaldo, con los ojos entornados y la boca abierta a la frescura de la

sombra. Crujía el piso en los lugares caldeados, bajo el paso tardo de

algún transeúnte. Subían los ecos de la música, lejanos, adormecidos,

como si surgiesen de las profundidades del mar. Venían del otro lado de

la chimenea gritos de niños y choques de maderas, revelando los diversos

incidentes de un juego deportivo. El sol de la tarde incendiaba todo el

Poniente con su lluvia cegadora.

--¿Por qué llamarían a esto el «Mar Tenebroso»?--dijo Maltrana, que no

podía permanecer callado largo tiempo.

Estas palabras despertaron en los dos el recuerdo de antiguas lecturas.

Ojeda pensó en su drama poético de los conquistadores cuya preparación

le había obligado a estudiar la epopeya de los navegantes que

descubrieron las tierras vírgenes. Isidro se acordó de los trabajos

realizados en su época de mercenario de la literatura, cuando andaba a

caza de notas en bibliotecas y archivos para la confección de un libro

que firmaría luego cierto personaje ansioso de entrar en una Academia.

--Siempre es tenebroso lo que ignoramos--contestó Ojeda--. Una nube en

el horizonte o varios días sin sol bastaron para llamar Tenebroso un mar

en el que se avanzaba con indecisión, temiendo las sorpresas del

misterio y el perder de vista las costas. Yo confieso que la geografía

del Mar Tenebroso antes de que la brújula hiciera posibles las largas

exploraciones, es una geografía que me encanta y rejuvenece: algo así

como esos cuentos de hadas que nos deleitan como un perfume de flores

marchitas al evocar las primeras impresiones de la niñez.

Y los dos enumeraron en su animada conversación todos los intentos de

los hombres, desde remotos siglos, por romper el misterio del Mar

Tenebroso.

Los nautas cartagineses bajaban hacia el Sur por las costas de África,

trayendo, después de un periplo de varios años, colmillos de elefantes

que suspendían de los templos, adornos vistosos, pellejos de hombres

peludos y con rabo que debieron ser envolturas de grandes orangutanes. Y

tal valor concedía el Senado a tales descubrimientos, que guardaba como

un secreto de Estado la ruta de los navegantes, viendo en las tierras

lejanas un seguro refugio para su pueblo si una guerra infortunada hacía

necesaria la expatriación.

En este mar de tinieblas, más allá de las columnas de Hércules, habían

colocado Homero y Hesiodo el Eliseo, morada de los bienaventurados, las

Gorgonas, tierra de eterna primavera, y las Hespérides, con sus manzanas

de oro, guardadas por un dragón de fuego. Luego eran los navegantes

árabes los que se lanzaban en el mar de las tinieblas, y sus geógrafos

poblaban el misterio de las soledades marinas con poéticas invenciones,

aderezando los descubrimientos lo mismo que un cuento de _Las mil y una

noches_. El emir Edrisi hablaba de las islas de Uac-uac, último término

del mundo en el siglo XII por la parte de Oriente: islas tan abundantes

en riquezas, que los monos y los perros llevaban collares de oro. Un

árbol, del que había grandes bosques, daba su nombre a las islas; el

_uac-uac_, llamado así porque gritaba o ladraba con iguales sonidos a

todo el que ponía por vez primera el pie en el archipiélago. Y este

árbol tenía en la extremidad de sus ramas, primero, abundantes flores, y

luego en vez de frutas, hermosas muchachas, beldades vírgenes, que

podían ser objeto de exportación para los harenes.

Por el Occidente habían avanzado los hermanos Almagrurinos, ocho moros

vecinos de Lisboa, que mucho antes de 1147--año en que los musulmanes

fueron expulsados de la ciudad--juntaron las provisiones necesarias para

un largo viaje, «no queriendo volver sin penetrar hasta el extremo del

Mar Tenebroso». Así descubrían la isla de «los carneros amargos» y la

isla de «los hombres rojos», pero se vieron obligados a tornar a Lisboa

faltos de víveres, ya que no podían comer por su mal sabor los carneros

de las tierras descubiertas. En cuanto a los hombres rojos, eran de gran

estatura, piel rojiza y «cabellera no espesa, pero larga hasta los

hombros»; rasgos que hicieron pensar a muchos si los hermanos

Almagrurinos habrían llegado a tocar efectivamente en alguna isla

oriental de América.

Al mismo tiempo que la geografía árabe hacía surgir tierras del Mar

Tenebroso, la leyenda cristiana lo poblaba con islas no menos

maravillosas. Cuando los moros invadían la Península derrotando al rey

Roderico, una muchedumbre de cristianos, llevando a su frente a siete

obispos, se había embarcado, para huir Océano adentro hasta dar con una

isla en la que fundaba siete ciudades. Muchos navegantes portugueses,

arrebatados por la tempestad, habían ido a parar a esta isla, donde eran

magníficamente tratados por gentes que hablaban su mismo idioma y tenían

iglesias. Pero así que intentaban volver a su tierra, se oponían los

habitantes, deseosos de que se guardase secreta la existencia de la

«Isla de las Siete Ciudades». Unos que habían logrado regresar enseñaban

arenas de aquellas playas, que eran de oro casi puro. Pero al armarse

nuevas expediciones para ir a su descubrimiento, jamás acertaban éstas

con el camino.

Otra isla, la de San Brandán, o San Borombón, ocupaba a las gentes de

mar durante varios siglos; isla fantasma que todos veían y en la que

nadie llegaba a poner el pie. San Brandán, abad escocés del siglo VI,

que llegó a dirigir tres mil monjes, se embarcaba con su discípulo San

Maclovio para explorar el Océano en busca de unas islas que poseían las

delicias del Paraíso y estaban habitadas por infieles. Durante la

navegación, un día de Navidad, el santo ruega a Dios que le permita

descubrir tierra donde desembarcar para decir su misa con la debida

pompa, e inmediatamente surge una isla ante las espumas que levanta su

galera. Terminados los oficios divinos, cuando San Borombón vuelve al

barco con sus acólitos, la tierra se sumerge instantáneamente en las

aguas. Era una ballena monstruosa que por mandato del Señor se había

prestado a este servicio.

Después de vagar años enteros por el Océano desembarcan en una isla, y

encuentran, tendido en un sepulcro, el cadáver de un gigante. Los dos

santos monjes lo resucitan, tienen con él pláticas interesantes, y tan

razonable y bien educado se muestra, que acaba por convertirse al

cristianismo y lo bautizan. Pero a los quince días el gigante se cansa

de la vida, desea la muerte para gozar de las ventajas de su conversión

entrando en el cielo, y solicita permiso cortésmente para morirse otra

vez, petición razonable a la que acceden los santos. Y desde entonces

ningún mortal logra penetrar en la isla de San Borombón. Algunos

marineros de las Canarias la ven de muy cerca en sus navegaciones; los

hay que llegan a amarrar sus bateles en los árboles de la orilla, entre

restos de buques cubiertos de arena; pero siempre surge una tempestad

inesperada, un temblor de tierra, y el mar los arroja lejos. Y pasan

siglos y siglos sin que nadie ponga el pie en sus playas. Los habitantes

de Tenerife la veían claramente en ciertas épocas del año y se

presentaban a las autoridades cientos de testigos declarando su

configuración: dos grandes montañas con un valle verde en el centro.

--América estaba descubierta por entero--dijo Ojeda--cuando todavía

enviaban los vecinos de Tenerife expediciones a su costa, por estas

aguas, en busca de la famosa tierra de San Borombón. Y la isla, que se

dejaba ver perfectamente desde lo alto de las montañas, difuminábase en

el horizonte y acababa por perderse cuando alguien iba a su encuentro en

un buque. Hubo muchas expediciones, unas pagadas por los regidores de la

isla, otras de particulares, pero todas sin éxito; y la gente, cada vez

más convencida de la existencia de San Borombón, achacaba estos fracasos

a la impericia de los expedicionarios antes que renunciar al encanto de

lo maravilloso. Casi todos los mapas de la época situaban esta isla en

las inmediaciones de las Canarias, y ochenta años antes de a

independencia de las colonias, cuando la América española iba ya

pensando en declararse mayor de edad, todavía salió de Tenerife una

expedición mandada por un caballero respetable, y como se trataba de una

empresa misteriosa, iban dos frailes en su buque. Algunos creían que

esta isla fantasma era el lugar del Paraíso terrenal donde viven en

bienaventuranza eterna Elías y Enoch... La santa poesía se aprovecha

siempre de las ficciones populares, y por esto el Tasso, al encantar al

caballero Rinaldo en los mágicos jardines de Armida, los coloca en una

isla de las Canarias, recordando sin duda la tradición de la de San

Borombón.

Luego los dos amigos hablaron de la Atlántida, tierra sorbida por las

convulsiones del lecho del Océano y que sólo había dejado como recuerdo

de su existencia una tradición de poderosos gigantes en diversas

teogonías: Hércules batiendo sus columnas entre España y África y

juntando dos mares; Dhoulcarnain (_El de los dos cuernos_) y Chidr (_El

personaje verde_), héroes de la fábula árabe inspirada en las

tradiciones fenicias, abriendo un canal entre el Mar Tenebroso, o sea el

Atlántico, y el Mar Damasceno, el Mediterráneo.

La ciencia helénica había adivinado a través de las poéticas ficciones

la verdadera forma del planeta. En los primeros tiempos era la tierra un

disco que flotaba sobre las aguas del río Océano, ligeramente inclinado

hacia el Sur por el peso de la abundante vegetación del trópico. Pero

los pitagóricos sustituían esta hipótesis con la afirmación de la

esfericidad del planeta, y después de esto no había que hacer grandes

esfuerzos para imaginarse la posibilidad de navegar desde el extremo de

Europa, o sea desde España, a las costas orientales de Asia, siguiendo

el rumbo de Occidente. Aristóteles y Estrabón hablaban de un «solo mar

que bañaba a la vez las costas opuestas de los dos continentes»,

añadiendo que en muy pocos días podía ir un buque desde las columnas de

Hércules a la parte más oriental de Asia.

Estas ideas se conservaban y propagaban a través de la Edad Media entre

los hombres de estudio. Muchos Padres de la Iglesia siguieron

considerando la tierra como una superficie plana, con arreglo a la

fantástica geografía del monje bizantino Cosmas Indicopleustes, pero en

conventos y universidades se transmitían pequeños grupos las tradiciones

de la antigüedad, las doctrinas de Aristóteles, comentadas y difundidas

por los árabes de España, los rabinos arabizantes, Alberto el Grande y

otros sabios cristianos. La geografía de Ptolomeo era admitida por los

hombres cultos.

Preocupaba el continente asiático a la Europa medieval, puesta en

contacto con él por las invasiones de los musulmanes y las expediciones

de los cruzados. Se conocían por relatos antiguos las conquistas de

Alejandro hasta el Ganges y las correrías de algunos procónsules

romanos, pero quedaba una parte del continente misteriosa y desconocida:

el Asia ultra-Ganges, la más grande y la más rica. El lujo de las cortes

europeas hacía cada vez más necesarios los productos de la India,

traídos por las caravanas a través de las áridas mesetas asiáticas: las

especierías, el marfil y la seda. Los sacerdotes budistas y cristianos,

por religioso proselitismo, realizaban atrevidos viajes que iban

ensanchando el horizonte geográfico y el de las ideas. Con la llegada de

las caravanas se difundían las asombrosas noticias del reino del Preste

Juan y las maravillas de las ciudades de mármol y oro, enormes como

naciones, que se levantaban junto a los ríos del Catay o en las islas de

Cipango. Pisanos, venecianos y genoveses, aprovechadores de la brújula

inventada por los árabes, iban en busca de los productos del Asia

siguiendo el mar Rojo o cruzando el mar Caspio. Osados aventureros

escribían con espíritu romanesco el relato de sus largos años de

aventuras, y los viajes de Marco Polo y Nicolás Conti interesaban como

un libro de caballerías.

El entusiasmo religioso hablaba de embajadas dirigidas a los papas por

el Preste Juan o el Gran Kan de la Tartaria, poderosos señores que desde

el fondo de sus palacios querían entrar en relación con la cristiandad y

convertirse a la verdadera fe. Pero las embajadas quedábanse siempre en

el camino, y únicamente llegaba como disperso algún europeo renegado que

iba describiendo las maravillas de las ciudades asiáticas con una

exuberancia que enardecía las imaginaciones. La lectura de los libros

santos hacía revivir en los doctores cristianos la memoria de las ricas

tierras del Asia oriental. Se recordaban las flotas enviadas por Salomón

al monte Sopora, que otros llamaban Ofir y algunos creían ser la isla de

Trapobana. Las naos del sabio rey, después de tres años, volvían

cargadas de oro, plata, piedras preciosas, pavones y colmillos de

elefantes. San Isidoro afirmaba que la isla Trapobana «hervía de perlas

y elefantes, y que en ella el oro era más fino, los elefantes más

grandes y las margaritas y perlas más preciosas que en la India». Junto

a la Trapobana había dos islas, la de Chrise, que era toda de oro, y la

de Argyra, toda de plata. Estas islas de montañas preciosas estaban

pobladas de hormigas grandes como perros y venenosas como grifos, que

sacaban con sus patas el oro de la tierra y hacían bolas, abandonándolas

en la playa. Los marinos de Salomón aguardaban mar afuera a que las

bestias se alejasen en busca de comida, y entonces desembarcaban, y con

gran prisa iban cargando las bolas de oro, para hacer al día siguiente

la misma operación.

Llegar a la India, ponerse en contacto con sus riquezas, apoderarse de

sus pedrerías y sus especias de exótico perfume, entrar en la ciudad de

Quinsay, urbe monstruosa de treinta y cinco leguas de ámbito con

«doscientos puentes de mármol, sobre gruesas columnas de extraña

magnificencia», fue el ensueño con que empezó su vida el siglo XV, para

no finalizar hasta haberlo realizado.

La parte de Europa más avanzada en el Océano, la península Ibérica, era

el lugar de partida de todas las intentonas para descubrir la ruta

misteriosa de la India por Oriente y por Occidente. El contacto con los

árabes españoles había acostumbrado a sus navegantes al uso de la

brújula, impulsándolos a apartarse de las costas. Los marinos

portugueses, gallegos y cántabros comerciaban con las Islas Británicas y

las repúblicas anseáticas del Báltico; los marinos catalanes y

mallorquines, rivales de los italianos en el comercio de Oriente, usaban

cartas de navegar desde mediados del siglo XIII. Las Ordenanzas de

Aragón disponían que cada galera llevase dos cartas marinas, cuando los

demás buques de la cristiandad navegaban sin otros rumbos que el

instinto y la costumbre. Raimundo Lulio hablaba de la fabricación en

Mallorca de instrumentos náuticos, groseros sin duda, pero asombrosos

para aquella época, los cuales servían para determinar el tiempo y la

altura del Polo a bordo de las naves. Un marino catalán, Jaime Ferrer,

avanzando en el Mar Tenebroso, llegó a Río de Oro, cinco grados más al

Sur del cabo Non, que los portugueses, ochenta y seis años después,

creyeron ser los primeros en haberlo doblado.

El infante don Enrique de Portugal, gran protector de descubrimientos,

fundaba en el Algarbe la Academia de Sagres para los estudios

geográficos, y los individuos de ella, viejos navegantes y médicos

hebreos aficionados a la cosmografía, elegían como presidente a un

piloto catalán, maese Jacobo de Mallorca. Españoles y portugueses, al

explorar las costas de África o arriesgarse Océano adentro, se

establecían en las islas, que eran como puestos avanzados en esta guerra

tenaz con el misterio del Mar Tenebroso. El Archipiélago de las

Canarias, las islas, de los Azores, Madera y Cabo Verde, convertíanse en

lugares de parada y descanso para los nautas atrevidos y al mismo tiempo

en lugares de observación para los que soñaban con nuevas expediciones.

El misterio del Océano los retenía allí, y se casaban con isleñas hijas

de europeos, constituyendo nuevas familias de marinos.

Eran los pobladores de aquellas islas a modo de los ejércitos destacados

largos años en una frontera, que acaban por crear ciudades y producir

generaciones aparte. El Mar Tenebroso, violado por estos intrusos en su

huraña soledad, iba librándoles a regañadientes, poco a poco, el secreto

de sus lejanos horizontes inexplorados. En los hogares isleños se

hablaba de los hallazgos que hacía todo navegante que por tomar vientos

mejores se alejaba de las islas conocidas. Martín Vicente recogía en su

navío un «madero labrado por artificio y a lo que juzgaba no con hierro»

luego de haber venteado durante muchos días el poniente. Pero Correa

casado con una cuñada de Colón, encontraba en la isla de Puerto Santo un

madero labrado en la misma forma, además de varias cañas tan gruesas,

«que en un cañuto de ellas podían caber tres azumbres de agua o de

vino».

Los vecinos de la islas de los Azores, siempre que soplaban recios

vientos de Poniente o Noroeste encontraban en sus playas grandes pinos

arrastrados por las olas. En la isla de las Flores, una de este

archipiélago, «había echado la mar dos cuerpos de hombres muertos que

parecían tener las caras muy anchas y de otro gesto que tienen los

cristianos». También se hablaba de que en las cercanías de la isla

habían aparecido ciertas almadías con casas movedizas, embarcaciones

extrañas que no podían hundirse y que al ser arrastradas por una

tempestad habían perdido tal vez sus tripulantes.

Un Antonio Leme, habitante de Madera, corriendo con su barco un mal

tiempo hacia Poniente, juraba haber divisado tres islas; otro vecino de

Madera enviaba peticiones al rey de Portugal para que le diese una nave,

con la que descubriría una isla que afirmaba haber visto todos los años

en determinadas épocas. Y en las Canarias, así como en las Azores,

también veían los habitantes tierras nuevas que surgían en el horizonte

al llegar ciertos meses, y que para el vulgo eran las de las tradiciones

marítimas: la isla de las Siete Ciudades y la de San Borombón, pintadas

por algunos cartógrafos en sus mapas con los títulos de «Antilla» y

«Mano de Satán». Los de mayores conocimientos explicaban con arreglo a

los escritores antiguos, la naturaleza de estas tierras tan pronto

visibles como ocultas y que frecuentemente cambiaban de lugar. Plinio

había hablado de enormes arboledas del Septentrión que el mar socava, y

como son de grandes raíces, flotan sobre las olas y de lejos parecen

islas. Séneca había descrito la naturaleza de ciertas tierras de la

India, que por ser de piedra liviana y esponjosa van sobrenadando en el

Océano.

La Antilla salía al encuentro de los marinos extraviados por la

tempestad, dando lugar con su rápida aparición a nuevas expediciones.

Diego Detiene, patrón de carabela, que llevaba como piloto a un Pedro de

Velasco, vecino de Palos, salía de la isla de Fayal cuarenta años antes

de los descubrimientos de Colón, y avanzando cientos de leguas mar

adentro, encontraba indicios de tierra; pero a fines de agosto había de

retroceder, temiendo la proximidad del invierno. Vicente Díaz, piloto de

Tavira, realizaba otra expedición hacia Poniente, pero había de volverse

por la escasez de sus provisiones. Otros navegantes salían a la

descubierta de estas islas ocultas, y nadie volvía a saber de ellos.

Se hablaba mucho de un piloto que había conseguido pisar las tierras

ignotas. Unos le consideraban vizcaíno, de los que hacían comercio con

Francia e Inglaterra; otros portugués, que navega de Lisboa a la Mina;

los más le tenían por andaluz y le llamaban Alonso Sánchez de Huelva.

Una tempestad había sorprendido barco entre Canarias y Madera,

llevándolo hasta una gran isla, que se creyó luego fuese la de Santo

Domingo. Desembarcó Sánchez tomó la altura, hizo agua y leña, y volvió

hacia las tierras conocidas; pero tan penoso fue el viaje, que murieron

de hambre y cansancio doce hombres de los diez y siete que formaban su

tripulación, y los cinco restantes llegaron en tal estado a las Azores,

que fallecieron al poco tiempo. Esto ocurría en 1484, ocho años antes

del descubrimiento de las Indias. Cuando las primeras expediciones

españolas desembarcaron en las costas de Cuba, sus naturales, en

frecuente comunicación con los de la isla Española o Santo Domingo, les

hablaron de otros hombres blancos y barbudos que algún tiempo antes

habían llegado sobre una nave.

--Gente interesante la que se reunía en estas islas avanzadas del Mar

Tenebroso--dijo Maltrana--. Navegantes ávidos de novedad, hombres de

estudio que a la vez eran hombres de acción, sentíanse atraídos todos

ellos por el misterio del Océano. Luego de navegar desde los hielos de

la isla de Thule al puerto de San Jorge de la Mina (donde los lusitanos

hacían acopio de negros para venderlos en Lisboa), acababan por

establecerse en los archipiélagos portugueses o españoles, sin que nadie

supiese gran cosa de su existencia anterior. Se parecían a los

aventureros de vida novelesca y obscura que en nuestros tiempos viven en

las minas del África del Sur, en las praderas de Australia, en el Oeste

de los Estados Unidos o en las pampas de la Argentina, vagabundos cuya

verdadera nacionalidad se ignora, que llevan con ellos un ensueño, una

energía latente, y se introducen por medio del matrimonio en familias

poderosas que les ayudan, acabando por triunfar. Después de la victoria

ocultan aún con más cuidado su origen, amontonando sobre él testimonios

contradictorios e inverosímiles.

--En las Azores--dijo Ojeda--vivió durante diez y seis años, casado con

una hija del gobernador de Fayal, el cosmógrafo Martín Behaín,

constructor del primer globo terrestre que se conoce, y el cual es

considerado por unos caballero bohemio de raza eslava, por otros noble

portugués dado a las aventuras, y por los más, simple mercader de paños

nacido en Nuremberg. Y al mismo tiempo, casado con una hija de Muñiz de

Pelestrelo, antiguo gobernador de la isla de Puerto Santo, vivía otro

aventurero, navegante en diversos mares y de obscuro pasado, un tal

Cristóbal Colón...

--Usted que ha estudiado las cosas de aquella época, amigo

Ojeda--preguntó Maltrana--, ¿cómo ve al famoso Almirante?...

--Le advierto que yo tengo una opinión muy personal. Siento por él una

simpatía de clase: era un poeta. En su libro de _Las Profecías_ se han

encontrado versos mediocres, pero ingenuos, que indudablemente son de

él. Adoro su imaginación, que infunde a muchos de sus actos cierto

carácter poético; su amor a lo maravilloso, su religiosidad extremada de

marinero metido en teologías, que le hace decir cosas heréticas sin

saberlo y le impulsa a escoger libros religiosos poco aceptados...

Admiro su coraje, su tenacidad para realizar un ensueño. Y lo que en él

me inspira más afecto es que no fue un verdadero hombre de ciencia, frío

y lógico, de los que usan la razón como único instrumento y desdeñan las

otras facultades, sino un intuitivo, de más fantasía que estudios,

semejante a Edison y a otros inventores de nuestra época, que tampoco

son verdaderos hombres de ciencia y saltan del absurdo a la verdad,

produciendo sus obras por adivinación, lo mismo que los artistas... Este

hombre extraordinario y misterioso lo veo lleno de contradicciones y

complejidades como un héroe de novela moderna; y lo prueba el hecho de

que, transcurridos cuatro siglos, todavía se discute sobre su persona y

no se sabe con certeza su origen.

--Yo odio el Colón convencional fabricado por el vulgo--dijo Isidro--.

Ese Colón que ven todos, lo mismo que en las estatuas y los cuadros, con

el capotillo forrado de pieles, una mano en la esfera terrestre (que

conocía menos que cualquier escolar de nuestra época) y con la otra

señalando a Poniente, como quien dice: «Allá está _América_; la veo y

voy a ir por ella...». Y Colón murió sin enterarse de que las tierras

descubiertas eran un mundo nuevo y desconocido; diciendo en su carta al

Papa que había explorado trescientas leguas de la costa de Asia y la

isla de Cipango, con otras muchas a su alrededor... Las trescientas

leguas asiáticas eran las costas atlánticas de la América Central, y

Cipango (o sea el Japón) la isla de Santo Domingo. Él fue quien menos

valor científico dio al descubrimiento, viendo en sus viajes una simple

empresa política y comercial. De la novedad de las tierras encontradas

no tuvo la menor sospecha: eran para él las costas orientales de Asia,

la India ultra-Ganges, y por esto las bautizó con el nombre de Indias. Y

en la carta en que daba cuenta del primer descubrimiento a su amigo y

protector Luis Santángel, ministro de Hacienda de la corona de Aragón y

judío converso, declaraba que de las tierras descubiertas «habían

hablado otros muchos antes que él, pero por conjetura y sin alegar de

vista», refiriéndose a los viajeros que habían hablado y escrito sobre

los misterios de Asia.

La contemplación del mar y la calma de la tarde incitaron a los dos

amigos a seguir allí, continuando su plática, en la que evocaban pasadas

lecturas, interrumpiéndose muchas veces el uno al otro para añadir un

nuevo dato.

Colón había encontrado el resumen de toda la ciencia de su época en el

tratado _De imagine mundi_, del cardenal Pedro de Aliaco, teólogo,

matemático, cosmógrafo, astrólogo, y uno de los que asistieron al

Concilio de Constanza, donde fue quemado Juan Huss. El ejemplar _De

imagine mundi_ le acompañaba en todos sus viajes. Las Casas había visto

este libro, ya ajado y cubierto de anotaciones en los últimos años de

Colón. Éste encontraba reunido en la obra de Aliaco todo lo que podía

animarle en su propósito de pasar al Asia por breve camino navegando

hacia Occidente. Las afirmaciones de Aristóteles y su comentador

Averroes, y las de Séneca daban todas ellas por segura la posibilidad de

llegar en pocos días con viento favorable desde el extremo más avanzado

de España a la India. La escasa distancia entre los dos extremos del

mundo conocido afirmábala igualmente el cardenal con el testimonio de

Plinio, que da a la India una grandeza desmesurada, la tercera parte del

mundo habitado, con ciento diez y ocho naciones; de modo que Asia

ocupaba todo el mar Pacífico, todo el Atlántico, y avanzaba hacia

Europa, llenando parte de la América.

Oponíanse a esto otras doctrinas, afirmando que en el planeta era más el

espacio ocupado por el mar que el de la tierra firme; pero Colón, como

todos los que se sienten poseídos de una idea fija desechaba lo que no

parecía de acuerdo con su opinión, rebuscando nuevos y extraños

argumentos para afirmarla. Él desenterró--dándole el valor de un libro

santo--el _Apocalipsis_ de Esdras, judío visionario del siglo primero

que vivía fuera de Palestina. Y apoyándose en Esdras, que afirmaba que

seis partes del mundo están en seco y sólo la séptima la ocupan los

mares, todavía, poco antes de morir, cuando llevaba hechos tres viajes

de descubrimiento, escribía Colón a los Reyes Católicos: «Digo que el

mundo no es tan grande como dice el vulgo, y el conjunto de ello es seis

partes y la séptima solamente cubierta de agua».

También en los libros sagrados y en la literatura clásica encontraba

argumentos en su apoyo. Unos versos de la tragedia _Medea_, de Séneca,

eran para él profecía indiscutible. «Vendrán los días--dice el coro--en

que el Océano aflojará sus lazos y surgirá una nueva tierra, y un

marinero semejante a Tifis, el que guió a Jasón, será el descubridor, y

ya no aparecerá la isla de Thule como la última de las tierras.» Buscaba

apoyo igualmente en el Antiguo Testamento, interpretando obscuras

palabras de Isaías; y al dar cuenta de su descubierta, decía que con

ella se habían cumplido simplemente las predicciones de aquel profeta.

Su misticismo fantaseador y la convicción de que las tierras nuevas

encontradas por él tocaban con el Oriente asiático le impulsaban a dar

por realizados los más bizarros descubrimientos. En la costa de

Venezuela, al notar en el Océano la gran extensión de agua dulce de la

desembocadura del Orinoco, declaraba este río «uno de los cuatro que

bañan el Paraíso terrenal». Y para dar emplazamiento al Paraíso, que,

según sus autores favoritos, está situado en la cumbre de una gran

montaña, escribía a los Reyes Católicos afirmando que «el mundo no es

redondo en la forma que dicen los antiguos, sino en la forma de una

pera, que es toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que es

lo más alto; o como quien tiene una pelota muy redonda y encima de ella

coloca una teta de mujer, y esta parte del pezón es la más alta y más

propincua al cielo». El pezón del mundo estaba en la costa de Paria,

cerca del Orinoco, y en esta altura inaccesible vivían Elías y Enoch

esperando el Juicio final.

Las arenas de oro encontradas en La Española le hacían adivinar el

verdadero nombre de esta isla. Era la Cipango de Marco Polo y de los

viajeros asiáticos; pero antes había sido la tierra de Ofir, adonde

Salomón enviaba sus navíos.

En todas sus cartas, el deseo de riquezas y la esperanza de encontrarlas

mezclábanse con un entusiasmo religioso por sus viajes, que iban a

proporcionar a la Iglesia la conquista de millones de almas perdidas en

la idolatría. «El oro es bueno, Señora--escribía a la reina--; y tal es

su poder, que saca las almas del Purgatorio y las lleva al Paraíso.» Y a

la vez que ingenuamente exponía esta impiedad, deseaba reunir mucho oro

para armar un ejército a su costa de cien mil infantes y diez mil

caballos, con el cual prometía al Papa rescatar el Santo Sepulcro del

poder de los infieles y contener el avance de los turcos. Cuando al

final se convencía de que el oro no era abundante y costaba mucho de

acopiar, proponía, para la obra santa de la conquista de Jerusalén,

establecer un comercio de esclavos indios en la Península, tráfico que

podía dar una ganancia anual de cuarenta millones de maravedíes. Y a

continuación enviaba las primeras muestras de indígenas al mercado de

Sevilla.

--Todo era extraordinario y contradictorio en aquel hombre--dijo

Ojeda--. Se nota en él ese desequilibrio que, según parece, es condición

de los genios.

--Aún es más misterioso su origen--contestó Maltrana--, biógrafos e

historiadores llevan cuatro siglos disputando sobre los diversos lugares

de su nacimiento en el señorío de Génova. Algunos hasta le creen

gallego, nacido en Pontevedra, y se fundan en que en la época de su

nacimiento existían familias de marineros en aquella costa llamados unos

Colón y otros Fonterrosa (los dos apellidos del Almirante), y todos

ellos, según parece, de origen judío. Yo doy poca importancia en la vida

de un hombre al lugar de su nacimiento. Cada uno nace donde puede, donde

le dejan nacer, y esto nada significa en la formación de nuestro

carácter.

--Así es. Nuestra patria verdadera está allí donde esbozamos el alma,

donde aprendemos a hablar, a coordinar las ideas por medio del lenguaje

y nos moldeamos en una tradición.

--Recuerde, amigo Ojeda, los documentos que nos quedan del Almirante. No

hay un solo escrito en italiano; ni la más insignificante palabra de su

idioma natal se escapa en ellos; siempre usa el latín o el castellano, y

al castellano le llama «nuestro romance». Él, tan aficionado a las citas

literarias y los versos, nunca menciona un autor de la rica literatura

italiana, que parece ignorar. Américo Vespucio, que era de Italia, saca

a colación, en sus relaciones geográficas, al Dante y a Petrarca. Colón

cita únicamente a los autores de la antigüedad: «el Aristóteles»,

Plinio, Séneca, etc., y con ellos los árabes españoles, San Isidoro, el

rey Alfonso y muchos rabinos hispanos, en cuyas doctrinas parece muy

versado. Este genovés ilustre, cuando escribe a Micer Nicolao Oderigo,

embajador de Génova en España, le escribe en castellano, como escribía a

todos, cuando no usaba el latín. Muchos años antes, al planear en Lisboa

su empresa de descubierta, se dirige a Toscanelli, el anciano cosmógrafo

florentino, para conocer nuevos datos de la ciencia de entonces que le

afirmasen en sus propósitos. No se sabe qué dijo en la carta de

petición; lo natural era recomendarse a su benevolencia como

compatriota, y sin embargo, Toscanelli, el famoso «Paulo físico», cuando

le contesta desde su tierra enviándole el plano geográfico que tanto le

valió para los descubrimientos, da a entender que lo cree portugués y le

habla del esforzado valor de los navegantes de su país... Alegan muchos,

para justificar ese desconocimiento del italiano, tan extraordinario en

un genovés, que Colón salió de su patria a los catorce años para no

volver más. ¿Pero el idioma natal puede olvidarse tan por completo

cuando se le ha hablado hasta los catorce años?...

--A mí tampoco me apasiona el lugar de su nacimiento--dijo Ojeda--. Ya

he dicho que el hombre es del país donde se forma y cuya lengua habla.

Me interesa la persona más que la cuna... Pero tenemos el testimonio del

mismo Colón, que no deja lugar a dudas. En sus cartas, en la institución

del mayorazgo para su descendencia, en su testamento, en todo papel que

escribe en los últimos años, muestra cierto interés en hacer saber que

es de Génova, como si adivinase las objeciones de la posteridad sobre su

origen.

--Lo dice hartas veces--interrumpió Isidro maliciosamente--, lo repite

con sobrada insistencia, para creer en su sinceridad. Exhibe la

condición de ligur, pero no añade lo más mínimo sobre sus ascendientes o

la parentela que indudablemente le quedaría en Italia. La única vez que

menciona familia, es para dar a entender de un modo velado que bien

pudiera ser pariente de los Colombos, famosos almirantes de Génova. En

esta declaración ven algunos el secreto de su genovesismo. El vagabundo

Colón y Fonterrosa, marino gallego, portugués, judío o lo que fuese,

pudo ver grandes ventajas en este parentesco por la semejanza de

apellido, y más aún si deseaba ocultar su origen en una época en que el

cristianismo pegaba duro sobre los de raza hebraica y preparaba su

expulsión de muchas naciones. Se ha demostrado que es puramente ilusorio

este parentesco con los Colombos almirantes, y falsos también los

relatos de los combates de su mocedad en las galeras genovesas frente al

puerto de Lisboa, así como su milagrosa salvación sobre un madero. ¿Por

qué no podría serlo igualmente el genovesismo de ese italiano que ignora

su lengua y no se acuerda de cómo es su país, pues jamás lo alude para

compararlo con las tierras descubiertas?...

--Ciertamente, fue un hombre enigmático. Su vida se asemeja a esas

montañas altísimas que reciben en la cumbre los rayos del sol, mientras

abajo los valles y laderas están en la sombra. Sabemos de él con certeza

a partir de sus cincuenta y seis años, cuando emprende el primer viaje:

los ocho años anteriores pasados en la Corte de España solicitando apoyo

están en la penumbra; los de su vida en Portugal aún son más inciertos,

y todo el resto, hasta el nacimiento, queda envuelto en una obscuridad

absoluta, que se ha prestado y se prestará a las hipótesis más diversas.

Su existencia en España es un misterio. ¿Desde cuándo vivió en ella?...

Los biógrafos lo hacen pasar únicamente por Andalucía y Castilla en sus

tiempos de solicitante; y sin embargo, Colón, siendo viejo, contaba a

Las Casas cómo le habían servido de apoyo en sus planes ciertas pláticas

con Pedro Velasco, un marinero que había hecho grandes navegaciones, y

al que conoció en Murcia.

--Hay que tener en cuenta, amigo Ojeda, que en ciertos países la calidad

de extranjero da gran prestigio a todo el que ofrece una idea nueva. En

aquellos tiempos, los marinos genoveses eran los de más fama, los que

habían llegado más lejos en sus exploraciones. Entonces no había

telégrafo, ni periódicos de información, y un hombre movedizo y viajero

podía cambiar fácilmente de personalidad y vivir largos años sin que

nadie le reconociese. Mientras estaba abajo, no corría peligro de que la

superchería fuese descubierta; y si llegaba el éxito para él, la patria

que se había atribuido era la primera en enorgullecerse de este

ciudadano hasta entonces ignorado... Yo no tengo empeño en sostener que

Colón fuese genovés o no lo fuese: me es igual. A mí, como a usted, lo

que me interesa es el hombre que por su misticismo extraño y su carácter

contradictorio es como un resumen de la fusión de razas en la España

medieval: un conjunto de fanatismos, ambiciones de gloria y codicias de

mercader. Veo en él una mezcla de rabino avaro, moro fantaseador y

guerrero romántico, ansioso de rescatar los Santos Lugares para devolver

millones de almas a su Dios. Pero reconozco que, de ser cierta la

hipótesis del cambio de nacionalidad, fue éste uno de los mayores

aciertos de su vida.

Isidro hacía memoria de la existencia en España de aquel aventurero,

Colombo para unos, Colome para otros, pero que siempre se apellidó Colón

en sus propios escritos. Conseguía alojamiento y mesa en la casa de un

personaje como el contador Quitanilla, favorito de los reyes; le

protegían los priores de ricos conventos; tenía pláticas con la gente de

la corte, y al fin le escuchaban los monarcas, mientras España andaba

revuelta en las últimas guerras con los moros, había de atender a los

choques políticos en Francia e Italia, tenía poco dinero y necesitaba

tiempo y reflexión para cosas más urgentes e inmediatas que buscar un

nuevo camino que llevase a la «tierra de las especierías»... ¡Si se

hubiese presentado como español! El mismo Almirante contaba a sus amigos

cómo en los puertos de la Península había encontrado viejos marineros

que navegando hacia Poniente columbraron señales indudables de nuevas

tierras. En Puerto de Santa María había hablado con un «marinero tuerto»

que, cuarenta años antes, en un viaje a Irlanda, alejado de esta isla

por el mal tiempo, vio una gran tierra que imaginaba fuese la Tartaria.

En Cádiz y en el puerto de Palos hablábase de los países desconocidos

como de algo indiscutible; pero los navegantes andaluces, gallegos o

levantinos, gentes rudas y humildes, se hubieran asustado ante la idea

de ir a la corte para exponer su opinión. Los mismos Pinzones, que eran

en su tierra notabilídades de campanario por haberse hecho ricos con

los viajes a Oriente y al Norte de Europa y se mostraban tan convencidos

como Colón de la posibilidad de los descubrimientos, no habrían

conseguido ser escuchados al proponer la gran empresa sin profecías

bíblicas y textos clásicos, basándose únicamente en su experiencia de

pilotos.

--Pienso yo ahora--interrumpió Ojeda--en la _Vida del Almirante_,

escrita por su hijo don Fernando, el hijo bastardo, el hijo del amor,

habido con una señora cordobesa cuando Colón era casi anciano, y que tal

vez por eso fue mirado siempre por éste con especial predilección... A

la edad de catorce años acompañó a su padre en el último viaje de

descubrimiento, el más penoso de todos. Estuvo a su lado en las largas

navegaciones, cuya monotonía incita a hablar; pasó con él horas de

peligro, que son horas de confesión; pudo conocer mejor que nadie las

obscuridades de su primera vida, antes de la celebridad, y sin embargo,

al escribir los orígenes del Almirante muestra una visible

incertidumbre, como si poseyese un secreto que teme hacer público. El

mismo don Fernando afirma que su padre, así como fue ascendiendo en

fama, tuvo empeño en «que fuese menos conocido y cierto su origen y su

patria»... Reconoce que el Almirante era genovés, porque así lo afirmaba

él; pero se nota en sus palabras cierto misterio.

--Cuando don Cristóbal dispone de sus bienes--continuó Maltrana--ordena

que se destine cierta cantidad al mantenimiento de uno de la familia

para que se establezca en Génova y tome allá mujer, con el fin de que

existan siempre Colones en la ciudad. ¿No le quedaban parientes en

Liguria?... Parece que él y sus hermanos sean producto de una generación

espontánea, sin ascendientes ni colaterales, lo que le obliga a este

trasplante de una rama de la familia para dejar bien demostrado que

Génova fue su nación... En el testamento reparte sus bienes entre hijos

y hermanos y deja varias mandas para genoveses o personas de origen

genovés... pero todos residentes en Portugal y alejados muchos años de

su país de origen, mercaderes que conoció y trató durante su permanencia

en Lisboa cuando estaba casado con la hija de otro genovés,

circunstancia que bien pudiera haber influido en la decisión de su

nacionalidad. Estas mandas se adivina que son restituciones por

préstamos que le hicieron en sus años de miseria. Hasta ordena que se le

entregue cierto dinero «a un judío que moraba a la puerta de la judería

de Lisboa», el único en todo el testamento que figura sin nombre.

Parientes de Génova no menciona uno siquiera, ni deja nada para

residentes en Italia. Sus recuerdos de genovés no van más allá de la

colonia genovesa establecida en Portugal... A mí me inspiran poca

confianza las afirmaciones del Almirante en lo de su nacionalidad... y

en otras muchas cosas.

Ojeda acogió estas palabras con un gesto de asombro.

--No quiero decir--continuó Isidro--que el grande hombre fuese embustero

a sabiendas, pero tenía el defecto o la cualidad de todos los que,

viniendo de abajo, llegan a una altura gloriosa. Arreglaba a su gusto

los sucesos de la vida anterior, desfiguraba el pasado de acuerdo con sus

conveniencias. Era como algunos millonarios del presente, que en sus

primeros tiempos de riqueza confiesan con orgullo las miserias de los

años juveniles; pero luego, cuando crecen sus hijos y forman dinastía

empiezan a avergonzarse de su origen e inventan parientes opulentos y

capitales ilusorios con los que iniciaron sus primeras empresas. El

Almirante, al dictar su testamento, habla con amargura de que los reyes

sólo dedicaron a su obra un millón o cuento de maravedíes, y que «él

tuvo que gastar el resto»... Y eso lo decía a la hora de su muerte, en

un país donde todos le habían conocido yendo tras de la corte como

parásito solicitante, sin dinero y sin hogar, alojado en conventos,

implorando pequeños subsidios para poder moverse de una ciudad a otra...

Habían bastado catorce años para una falta de memoria tan estupenda.

--A mí me sorprende el poco caso que hicieron de él durante su vida los

que llamaba compatriotas suyos. En la colección de sus cartas hay

algunas quejándose al embajador genovés Oderigo porque no le contestan

de allá. Envía al Banco de San Jorge de la ciudad de Génova todos sus

papeles en depósito, y los señores del Banco, sólo después de algún

tiempo, le dan una respuesta por indicación de Oderigo; y esta

respuesta, aunque amable, no prueba que el gobierno genovés se

entusiasmase mucho con sus hazañas. Parece natural que, tratándose de un

hijo del país que había descubierto un nuevo camino para el Oriente

asiático, la Señoría genovesa celebrase esto de algún modo. Y sin

embargo, la gran República comercial permanece callada, ignora a Colón,

y solo uno de sus funcionarios le escribe para darle las gracias cuando

hace un regalo valioso a la ciudad que llama su patria... Que Colón era

extranjero lo tengo por indudable; lo prueba, además, la carta de

naturalización que dieron los Reyes Católicos a su hermano menor, don

Diego, que era sacerdote, para que pudiese gozar en Castilla de

beneficios y rentas. Pero en ese documento hay algo también que se

presta al misterio. Se naturaliza español a Colón el menor por haber

nacido fuera de España y ser extranjero, pero no se dice una palabra de

su nacionalidad primitiva, del lugar de su cuna; no se menciona a Génova

para nada... ¿Qué había de raro en el origen de estos Colones, todo lo

referente a sus personas tendiese siempre a la confusión?...

--En los últimos años--dijo Maltrana--tenía el Almirante visible empeño

en aparecer como extranjero, y por esto insiste tanto en su origen

ligur. Adivinaba próximo el pleito que tuvieron después sus

descendientes con la Corona. Hombre astuto y precavido, daba por cierto

el incumplimiento de los derechos exorbitantes que a cambio de sus

descubiertas le había reconocido la buena reina Isabel, generosa e

imprevisora como todas las mujeres de alta idealidad cuando se meten en

negocios... Ya sabe usted que a Colón, por el compromiso que firmaron

los reyes, le correspondía la décima parte de todo lo que descubriese y

de lo que tras él pudieran descubrir los que siguiesen su camino. Es

absurdo imaginarse una familia, la familia de los Colones, propietaria

absoluta de la décima parte de todo el continente americano, y a más de

esto, la décima parte de las islas de Oceanía, cuyo hallazgo fue

consecuencia del de América... Por esto el rey Fernando, experto hombre

de negocios, miró siempre con recelo los tratos entre el Almirante y la

reina. No fue enemigo de la empresa, como dicen algunos, pero le pareció

insensata la facilidad con que su esposa había accedido a todas las

peticiones del navegante... Y Colón, en los últimos años, adivinando las

dificultades en que se verían sus descendientes para sostener la absurda

herencia, repetía en todos los documentos que era de Génova, aconsejaba

a sus hijos que se pusiesen en contacto con el gobierno de la República,

y se valía de halagos y súplicas para conquistar su favor y el de los

poderosos mercaderes del Banco de San Jorge.

--¿Y usted, Maltrana, es también de los que le creen judío?

--Yo no creo nada cuando faltan pruebas y sólo hay inducciones. Pero los

que opinan así no se apoyan en el vacío. Aquel hombre extraordinario

tenía todos los caracteres del antiguo hebreo: fervor religioso hasta el

fanatismo; aficiones proféticas; facilidad de mezclar a Dios en los

asuntos de dinero. Para descubrir la India, según él dijo en sus cartas

a los reyes, «no me valió razón ni matemática; llanamente se cumplió que

dijo Isaías...».

Y lo que había dicho Isaías en uno de sus salmos era, según Colón, que

antes de acabarse el mundo se habían de convertir todos los hombres, y

que de España saldría quien les enseñase la verdadera religión. Además

de Isaías, apelaba a la autoridad de Esdras, judío olvidado, y en varios

de sus escritos figuraban cartas de rabinos conversos. Viejo ya,

redactaba su famoso libro de _Las Profecías_, desvarío místico en el que

hizo cálculos sobre la duración de la tierra, tomando como base los

profetas bíblicos. Y el resultado de sus reflexiones fue anunciar que

sólo le quedaban al mundo ciento cincuenta años de vida, pues había de

perecer seguramente en 1656.

--Se nota en él--dijo Ojeda--algo de la exaltación feroz a los antiguos

hebreos, que siempre que constituían nacionalidad, perseguían y

degollaban por querellas religiosas. En nuestra historia, los

inquisidores más temibles fueron de origen judío, y ¡quién sabe si una

gran parte del fanatismo español no se debe a la sangre hebrea que se

ingirió en la formación definitiva de nuestro pueblo!... El judío de

aquellas épocas no perdía jamás de vista el negocio en medio de sus

ensueños místicos, y apreciaba el oro como a algo divino. Así fue Colón.

Tenía visiones divinas, como la de Jamaica, en la que le habló Dios en

persona, y al mismo tiempo afirmaba: «El oro es excelentísimo, y con él,

quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo; tal es su poder que echa

las almas al Paraíso». Emprendía sus viajes en nombre de la Santísima

Trinidad, afirmando que su obra era «lumbre del Espíritu Santo», pues lo

enviaba a la India para que esparciese el Evangelio y salvase las almas,

y luego proponía la venta de indígenas hasta que diesen una renta de

cuarenta millones anuales. Cargaba dos navíos de esclavos para venderlos

en España y recomendaba a su hermano don Bartolomé que tuviese gran

cuidado con la mercancía y llevase justa cuenta en lo que correspondiese

a cada uno, «pues hay que mirar en todo la conciencia porque no hay otro

bien mejor, salvo servir a Dios, y todas las cosas de este mundo son

nada, y Dios es para siempre».

--Además--interrumpió Maltrana--, basta leer la descripción que hacen

Las Casas y otros historiadores del tipo físico del Almirante: bermejo,

cariluengo, la nariz aguileña, pecoso, enojadizo, elocuente y muy duro

para los trabajos.

--La codicia es notoria en él; pero codiciosos fueron igualmente todos

los que intervinieron en sus descubrimientos. Es verdad que los otros

iban francamente por el oro, y Colón, además del oro, deseaba servir a

su religión conquistando millones de almas. En realidad, nadie pensó que

estas expediciones pudiesen tener un resultado científico. Iban a la

India porque era rica; iban en busca de la tierra del Gran Kan, soberano

de la China, preocupados únicamente con sus tesoros. Colón se embarcó

llevando una carta de los reyes para el Gran Kan, escrita en latín,

carta que le acreditaba como embajador extraordinario, y apenas en las

costas de Cuba (que él creía tierra firme) pudo entender por la mímica

de los indígenas que en el interior vivía un gran monarca, mostróse

regocijado, adivinando en este cacique humilde al rico emperador de

Catay.

Enviaba tierra adentro con sus papeles diplomáticos a un judío converso

en Murcia, que por conocer algunas lenguas orientales iba con él de

intérprete, y este mensajero, después de larga marcha, sólo encontraba

un jefe de tribu a la sombra de su techumbre de hojas, rodeado de

concubinas bronceadas.

--Yo admiro--continuó Ojeda--la ilusión casi infantil que acompaña a

Colón hasta la muerte, haciéndole encontrar en todas partes riquezas y

recuerdos bíblicos. La isla Española es el Ofir de Salomón con sus

áureas minas; un gran río forzosamente debe venir del Paraíso; una

montaña es una pera, centro del mundo, y en el pezón está la cuna del

género humano; la costa de Veragua es el Áurea de donde sacó el rey

David tres mil quintales de oro, dejándolos en testamento a su hijo. No

ve una tierra nueva sin cantar _Salve Regina_ «y otras prosas», como él

dice en su lenguaje... Y este mismo soñador piadoso da lecciones de

astucia y traición a su teniente el caballero aragonés Mosén Pedro

Marguerit para que prenda a Caonabo, belicoso cacique, y le recomienda

que le envíe emisarios con buenas palabras hasta que éste venga a

visitarle. «Y como por ser indio anda desnudo--le dice poco más o

menos--, y si huyese sería difícil haberlo a las manos, regaladle una

camisa y vestídsela luego, y un capuz, y un cinto por donde le podáis

tener e que no se os suelte.»

Pasó ante los dos amigos, muy erguida, con el libro bajo el brazo, la

dama norteamericana, que hasta entonces había estado leyendo en su

sillón. Varias veces sorprendió Fernando, por encima del volumen, unos

ojos claros fijos en él, y que al encontrarse con los suyos volvían

hacia las páginas.

--La hora del té--dijo Maltrana--. Estas inglesas la adivinan con una

exactitud cronométrica... Si le parece, no bajaremos hasta luego. Debe

estar repleto el jardín de invierno.

Encendieron cigarrillos y quedaron los dos con los ojos entornados

contemplando las espirales de humo que se desarrollaban sobre el fondo

azul.

--Otra mentira que me irrita--dijo Isidro a los pocos momentos--es la de

las persecuciones que la ignorancia de la Iglesia hizo sufrir al

Almirante. Yo no tengo nada que ver con la Iglesia, pero reconozco que

esta invención es una de las necedades más grandes, si no la mayor, que

podemos apuntarnos en nuestra cuenta los que figuramos en el gremio de

los impíos. El vulgar extranjero, que tiene un patrón hecho, siempre el

mismo para las cosas de España, pensó que al haber descubierto Colón un

nuevo mundo del que no tenía noticia el Dios de la Biblia, forzosamente

debieron perseguirle las gentes de Iglesia con mortales odios. Hasta hay

cuadros célebres que representan el llamado «Congreso de Salamanca», con

obispos muy puestos de mitra y báculo (algo así como el coro episcopal

de _La Africana_) que discuten geografía y gritan anatema contra el

impío, apartándose de él. Y Colón se muestra arrogante y sereno, como un

tenor que sabe de antemano que triunfará en el último acto...

Ojeda rio de las palabras de Maltrana.

--Imagínese--continuó éste--el salto que hubiese dado el autor de _Las

Profecías_, el amigo de Isaías y de Esdras, al ocurrírsele la idea de

que podía existir un nuevo mundo desconocido por el Dios del Génesis, y

cuyos habitantes no procedían de Adán y Eva, ni de la dispersión de los

hijos de Noé. Cuando menos, se habrá creído objeto de una alucinación

diabólica, y de atreverse a enunciar su pensamiento, no hubiera sufrido

pena mayor que la de encierro por demencia... Pero Colón sólo hablaba de

ir al antiguo mundo conocido por el camino de Occidente, y esto nada

tenía de herético, fundamentándolo además en autores clásicos y Padres

de la Iglesia. No hubo otro congreso que una controversia por encargo

real, con los profesores de la Universidad de Salamanca, y en esta

disputa científica, celebrada en el convento de San Esteban, el

profesorado se mostró contrario al descubridor, mientras los monjes

dominicos y otros religiosos aceptaban sus planes como verosímiles. Esto

se comprende. Los frailes miraban al mismo Colón como un allegado suyo,

y además eran sacerdotes de vida popular, habituados al contacto con las

poblaciones de la costa que hablaban frecuentemente de tierras nuevas.

La ciencia fue la única que se opuso a los proyectos del descubridor,

como tantas veces la hemos visto oponerse a toda innovación...

Calló Maltrana, como para reflexionar mejor, y luego añadió:

--Yo no me burlo por eso de los catedráticos de Salamanca ni los

considero ignorantes. Sabían lo que podía saberse en su época y

defendían sus conocimientos. Un niño de hoy sabe más que ellos y puede

reírse de su ciencia; pero falta saber cómo reirán los escolares del

siglo XXV de los sabios que ahora veneramos. Nadie ha guardado un

extracto de esta disputa de Salamanca; únicamente se sabe que los

catedráticos negaban a Colón que en unos años pudiese ir y volver, como

afirmaba, desde España a la costa oriental de Asia. Y en esto tenían

razón: ellos estaban en lo cierto. Poseían una idea más exacta del

tamaño de Asia y del tamaño de la tierra; daban al Océano desconocido un

espacio semejante al que ocupan el Atlántico y el Pacífico juntos, y lo

tenían por inmenso e infranqueable para los medios de navegación de

entonces. Pero los pobres sabios de Salamanca, lo mismo que Colón,

ignoraban la existencia de América, y América, cansada de vivir en el

misterio, salió al paso del navegante, el cual murió ignorándola. Y

resultó que los que tenían una noción de la tierra más aproximada a la

verdad quedaron ante la Historia como unos borricos, y el visionario que

basaba sus planes en que «el mundo es más chico que dicen, y seis partes

de él están enjutas y una sola con agua», aparece como un sabio

consagrado por el triunfo...

--Así es--dijo Ojeda--. Hay que imaginar por un momento que no hubiese

existido América; suprimir en hipótesis el Nuevo Mundo, y ver a Colón,

que creía la tierra una tercera parte más pequeña y las costas de Asia a

unas setecientas leguas de las Canarias, lanzándose con sus barquitos

Océano adelante, teniendo que navegar por todo el Atlántico y todo el

Pacífico hasta encontrarse con las islas del Japón o las costas de la

China.

--¡Un absurdo!--interrumpió Maltrana--. Una cosa imposible, teniendo en

cuenta lo que eran las carabelas, su escaso repuesto de víveres y la

necesidad de descansar en oportunas escalas. Hubiesen perecido al

insistir en la empresa, o lo que es casi seguro, se habrían vuelto. Para

llegar solamente a las Antillas, el mismo Colón sintió desmayar su

voluntad en el primer viaje más de una vez, lo que no es raro, pues la

fe más sólida flaquea al verse sumida en lo desconocido. Cuando llevaba

navegadas setecientas leguas, comenzó a pensar con inquietud si el Asia

estaría más lejos de lo que él creía, y fue entonces cuando Pinzón el

mayor, el férreo Martín Alonso, con la testarudez de los hombres

enérgicos, que esperan salir de un mal paso atropellándolo todo, le

gritaba desde su carabela: «¡Adelante, adelante!».

--Ahí tiene usted otra patraña, amigo Isidro: la pretendida mala fe de

Pinzón con el descubridor; sus manejos para sublevarle la gente; el

intento de las tripulaciones españolas de echar al agua al Almirante,

volviéndose luego a su país; el plazo de tres días que concedieton para

morir si no encontraba tierra...

--¡Qué leyenda estúpida!--exclamó Maltrana--. Al vulgo le place ver los

personajes históricos a su gusto, como héroes de novela folletinesca que

arrostran toda clase de asechanzas para que al fin triunfe su inocencia

en el último capítulo. La actuación de un traidor, de un personaje

sombrío y fatal, es necesaria para que por un efecto de contraste

resalte con mayor relieve la grandeza magnánima del protagonista. Y en

esta novela colombiana, el traidor es el honrado Martín Alonso, que lo

puso todo en la empresa del descubrimiento para no sacar nada y perder

encima la vida. Usted conoce la verdadera historia. Cuando Colón,

vagabundo de incierta nacionalidad, andaba por Palos no sabiendo qué

hacer, Pinzón le escuchó y le animó con sus informes de viejo navegante

del Océano convencido de la existencia de nuevas tierras.

Los reyes concedían su licencia al aventurero para el primer viaje, pero

con esto no se adelantaba su realización. La Tesorería real había

librado con gran esfuerzo un millón de maravedíes, procedente de unos

censos de Valencia, pero la cantidad era insuficiente. Colón llevaba una

orden para que en el puerto de Palos le facilitasen embarcaciones, pero

nadie le obedecía. En aquellos tiempos de nacionalidad apenas formada y

comunicaciones difíciles, el poderío de los monarcas sólo era verdadero

allí donde ellos estaban presentes. Las órdenes reales, cuando iban

lejos, se acababan y no se cumplían. Colón, con el mandato de los

monarcas, intentó alistar gente, pero los marineros reclutados a la

fuerza se desbandaban y huían. Tal fue su desesperación, que hasta pensó

en tripular las naves con hombres sacados de las cárceles.

Y en este apuro, cuando veía su empresa próxima al fracaso, Martín

Alonso Pinzón, el rico de Palos, el armador, que podía descansar para

siempre de las penalidades del Océano, se ofreció con gallardo arranque

a interesarse en la expedición y aventurar en ella parte de sus bienes,

la mitad de lo que habían dado los monarcas. Él buscó y preparó buenas

embarcaciones y «puso mesa», según el lenguaje de la época, para alistar

marineros, ofreciéndose confianza a los que quisieran hacer el viaje y

anunciando que él iría también. Esto bastaba para que acudiera la mejor

gente de toda la costa y todos los preparativos se efectuasen con

rapidez...

--Tenemos el relato del primer viaje escrito por el mismo Almirante, su

Diario de navegación, que no puede ser más monótono. Viento favorable,

buena mar, indicios de tierra, maderas que flotan, pájaros que cantan en

los mástiles de las carabelas como anunciando la proximidad de costas

invisibles. Pero esto era un fondo poco interesante para la figura del

héroe, y muchos años después de su muerte, ciertos historiadores ganosos

de dar emoción trágica a sus relatos, inventaron lo de la sublevación de

las tripulaciones que, asustadas, querían retroceder, y la amenaza al

Almirante de echarlo al agua si no descubría tierra en el plazo de tres

días. Y Pinzón juega en todo esto el papel de un traidor cauteloso, que

fomenta los miedos ridículos de una marinería acostumbrada a

navegaciones más azarosas... En el relato de su viaje, el Almirante, que

era de carácter receloso y muy dado a ver traiciones y asechanzas en

todas partes, no dice una palabra de intentos de revuelta, y varias

veces, durante la navegación, aproxima su nave a la de Martín Alonso, le

llama, entablan amistosa plática desde el puente, y se envían con una

cuerda la famosa carta de Toscanelli para esclarecer sus dudas.

--Colón--dijo Ojeda--era de mayores conocimientos científicos que su

consocio el marino de Palos; pero reconocía en éste más pericia en el

arte de navegar, en el manejo de los buques y de los hombres... Hubo,

efectivamente, un plazo de tres días; pero este plazo no se lo dieron al

Almirante sus marineros, sino que fue él quien se lo concedió a Pinzón,

que solicitaba cambiar de rumbo. Notábase a ambos lados de los buques

señales de tierra, pero el Almirante continuaba siempre en la misma

dirección, creyendo estar entre las islas de Cipango, o sea en el

archipiélago japonés. «Todo aquello se vería a la vuelta.» Él deseaba

llegar cuanto antes a tierra firme, al Imperio de Catay, a la China,

para visitar al Gran Kan, entregarle sus credenciales y hacer acopio de

oro. Pero Martín Alonso, menos iluso, consideraba necesario tocar cuanto

antes en alguna tierra, y don Cristóbal acabó por acceder a que cambiase

de rumbo, con la condición de que si en tres días no encontraban costa

volverían al primitivo...

Y apenas se sigue la ruta de Pinzón, surge la pequeña isla antillana,

etapa primera del gran descubrimiento, que dura luego más de un siglo...

Tal vez nadie hizo tanto por la gloria de Colón como su consocio al

cambiar de rumbo. Imagínese usted si el Almirante, en su prisa de ver al

Gran Kan, sigue la primera dirección y va a dar en las costas actuales

de los Estados Unidos. De seguro que no vuelve, y el mundo se queda sin

tener noticia de su descubrimiento.

--Sí; no vuelve--dijo Ojeda--. Es muy probable, es casi seguro. Para la

pequeña expedición, que sumaba en conjunto unos noventa hombres, y no

había hecho verdaderos preparativos de guerra, fue una suerte abordar en

los archipiélagos paradisíacos del mar de las Antillas, con sus

poblaciones mansas, tímidos rebaños humanos en los que cazaban su

alimento los caníbales de las otras islas. Si los tres barquitos con su

puñado de tripulantes se encuentran, al tocar tierra, con los indios

feroces de la América del Norte o los belicosos aztecas de Méjico, de

seguro que no vuelven... ¡y se acabó Colón!

--Sólo al final del viaje--continuó Maltrana--habla el Almirante de su

compañero, con cierto encono. Al navegar por las costas de Cuba tuvieron

mal tiempo, y Colón se refugió con su carabela en un abrigo de la costa,

mientras el otro, marinero más atrevido y confiado en su habilidad,

seguía adelante. Estuvieron separados unos días, y esto bastó para que

Colón sospechase que Martín Alonso había tenido de los indios noticias

de mucho oro e iba a buscarlo por su cuenta, como un amigo infiel.

¡Disputa de consocios que se temen y se vigilan!... Y el caso fue que

iguales riquezas encontraron el uno y el otro... ¡nada! A su vuelta, el

Almirante, que montaba una carabela, por haber perdido su nave mayor en

un bajo, tiene que refugiarse en las Azores (donde intentan prenderle

los portugueses), y luego en Lisboa, donde otra vez corre el peligro de

verse preso. Mientras tanto, Martín Alonso afronta la tormenta sin hacer

escala alguna y llega directamente a España, pero tan derrotado y

enfermo, que muere inmediatamente. Y nadie le devuelve el medio cuento

de maravedíes que puso en la empresa (cantidad que fue sin duda la que

se atribuyó a Colón en su testamento como gasto hecho por él); se

esparce el silencio en torno de su nombre; luego, cuando reaparece, es

para que algunos autores le atribuyan intentos poco leales; y el vulgo

se ha imaginado, durante siglos, al honrado Martín Alonso como una

especie de barítono de ópera barbudo, sombrío, envidioso que intriga,

rodeado de un coro de marineros, contra la gloria y la vida del tenor.

--Pero usted no negará, Maltrana, que el Almirante fue perseguido y

maltratado de resultas de su gobernación en Santo Domingo. Acuérdese de

Bobadilla, el comisionado de los reyes, acuérdese de cómo lo envió con

grillos a España.

--Sí; reconozco que lo trataron «con descortesía», éstas fueron las

palabras de la reina Isabel, su decidida protectora. Lo trataron sin

respeto a su edad y sus méritos; con arreglo a los duros procedimientos

judiciales de aquella época; procedimientos que el mismo Colón empleaba

igualmente con sus inferiores. Pero que fuese una injusticia caprichosa,

como quiere la leyenda, esto es discutible. Se puede ser un gran

argonauta descubridor de tierras y un pésimo gobernante.

--Hay, además, que tener en cuenta las ilusiones que había fomentado en

todos los que le siguieron en el segundo viaje, gente aventurera,

levantisca y ansiosa de enriquecerse. Iban a las minas del rey Salomón,

a Ofir, a Cipango; no había más que agacharse para recoger bolas de oro.

Y se encontraron allá con que todo faltaba, y para recolectar un poco de

oro había que sufrir horriblemente. El gobernador, con el ansia de

amontonar riquezas y contrariado por los obstáculos, mostrábase huraño,

atribuyendo la falta de éxito a la pereza de los individuos de la

colonia. Y hubo rebeliones, batallas entre los conquistadores; y Colón,

que tenía la mano pesada y el carácter autoritario, castigó duramente a

sus inferiores.

--Los castigaba como si quisiera vengarse en ellos de persecuciones

sufridas por sus ascendientes... Cuando Bobadilla llegó a la isla,

enviado por los reyes en vista de las súplicas y quejas de los colonos,

el Almirante había ahorcado en la semana anterior siete españoles, cinco

más estaban en la fortaleza de Santo Domingo esperando el instante de

morir con la cuerda al cuello, y su hermano el Adelantado tenía otros

diez y siete metidos en un pozo, para enviarlos igualmente a la horca.

Bobadilla no fue, en sus procedimientos, más que un justiciero

expeditivo a estilo de la época. El mismo Las Casas, amigo del

Almirante, reconoce que era «persona de rectitud». Al ser enviado Colón

a España preso y con grillos, la reina lamentó mucho tal «descortesía»,

pero no lo repuso en el gobierno de la isla, prohibiéndole además que

volviese a ella. Se echó tierra al asunto, porque doña Isabel deseaba,

según un autor de la época, «que las verdaderas causas de lo ocurrido

quedasen ocultas, pues más quería ver a Colón _enmendado_ que

maltratado». Y el mismo Colón, en una carta, confesaba haber cometido

faltas que necesitaban el perdón de los reyes, «porque mis

yerros--decía--no han sido con el fin de hacer mal».

Maltrana añadió, después de una breve pausa:

--También existe otro embuste legendario: la muerte de Colón en

Valladolid, en plena miseria, pobre víctima de la ingratitud del rey

Fernando. ¿Qué más podía hacer éste por él? El antiguo vagabundo era

Almirante, cargo el más honorífico de la nación, pues lo había creado un

monarca para uno de sus tíos. Su hijo, de obscuro origen e incierta

sangre, lo había casado el rey Fernando con una sobrina suya. Gozaba,

además, Colón, por capitulaciones públicas, la décima parte de todo lo

que se ganase en la India. Pero como de allá no venía nada, según

confesión del mismo don Cristóbal, de aquí que no poseyese riquezas. En

cuanto a morir en la miseria, como supone el vulgo, basta decir que el

testamento de Colón lo firman siete criados suyos, y este lujo de

servidumbre no significa indigencia.

--Tiempos eran aquéllos de pobreza--dijo Ojeda--. Los mismos reyes

andaban siempre apurados de dinero, la Hacienda pública era menos

regular que ahora, y la nación, esquilmada por las guerras con los moros

y la de Nápoles, no podía ayudar mucho a unos descubrimientos que sólo

habían dado como resultado el hallazgo de islas improductivas en las que

morían los hombres. Algo olvidado murió el Almirante. La gente, en

España y fuera ella, no prestó atención al suceso: el descubridor se

había sobrevivido a su fama. En los ocho años que siguieron al primer

descubrimiento se habló mucho de él; luego, en los cinco últimos, el

silencio y la indiferencia. Había ido a conquistar las riquezas de

Oriente, y nadie veía las tales riquezas: era simplemente el descubridor

de unas islas de la extrema Asia. Él también lo creía así; y sólo años

después, cuando Núñez de Balboa encontró el Pacífico llamado mar del

Sur, fue cuando Europa pudo enterarse de el Asia de Colón era un mundo

nuevo que tenía otro Océano a espaldas.

--La facilidad con que Europa entera acogió los relatos de un obscuro

piloto italiano, Américo Vespucio, el cual, atribuyéndose glorias

ajenas, bautizó con su nombre el nuevo continente, demuestra cuán

olvidado estaba Colón, no en España, sino fuera de ella. Este bautizo de

América es injusto, pero no carece de lógica. Colón sólo había

descubierto el Asia, y en esta fe murió. Américo Vespucio fue el primero

que hizo saber al mundo (gracias a las sucesivas exploraciones de los

marinos españoles) que esta mentida Asia era un continente nuevo, y los

editores franceses, alemanes; italianos de sus escritos dieron su nombre

a las lejanas tierras. Un cínico atrevimiento de librería que ha

triunfado para siempre... Pero el vulgo, amigo Ojeda, quiere que sus

héroes sean desgraciados, para amarlos con la simpatía de la

conmiseración. Vea usted a Goethe el más grande tal vez de los poetas de

nuestra época. Lo admiramos pero no nos inspira una simpatía familiar,

porque fue dichoso en su existencia; tuvo amores con grandes damas,

desempeñó altos cargos palaciegos, gobernó un país, vivió en la hartura.

Nos gusta más Homero, ciego y vagabundo; Cervantes, que, según la gente,

no tuvo qué cenar cuando terminó el _Quijote_; Shakespeare, cómico de

lengua y empinando el codo en las cervecerías; Beethoven, pobre sordo...

y Colón, muriendo de hambre sobre unas pajas, sin haber recibido blanca

por sus descubrimientos.

--Mucho hay de eso--dijo Ojeda con exaltación--pero yo admiro al

Almirante, fuese de donde fuese y tuviera la sangre que tuviera, como un

soñador enérgico, que no descansó hasta levantar una punta del misterio

que envolvía al mundo. Admiro en él sus errores estupendos y las teorías

bizarras que por caminos tortuosos le llevaron hasta la verdad. Es el

último grande hombre de la Edad Media, el nieto de los alquimistas, de

los viajeros maravillosos, de los sabios rabínicos, de los navegantes

árabes, de los iluminados cristianos, que abre a la vida moderna la

mitad del planeta para que se ensanche. A mí me conmueven sus candideces

y sus ignorancias cuando va por el mundo nuevo viendo en todas partes

los vestigios del mundo antiguo. Me causan deleite las descripciones que

hace en sus cartas de la tierras que descubre: los suelos «follados» por

las patas de misteriosas «animalías»; la caza en las selvas a los «gatos

paúles», nombre que en su tiempo se daba a los monos; la visita que

recibe a bordo, en el último viaje, de «dos muchachas muy ataviadas, la

más vieja de once años, que traían _polvos de hechizos_ escondidos», y

ambas, según dice el viejo Almirante a los reyes, «con tanta

desenvoltura que no harían más unas p...». ¡Y qué energía la del hombre!

Ojeda hablaba con cierta emoción del último viaje del nauta, siempre en

busca del oro que huía ante él; viaje de trágico dolor, en plena

ancianidad, con una pierna ulcerada, los ojos casi ciegos, teniendo a su

lado al hijo pequeño, pobre infante que cree haber arrastrado a la

muerte. Los buques están encallados, las tripulaciones hambrientas y

sublevadas, los indios de Jamaica se muestran hostiles; nada puede

esperar ya de los hombres, pero se consuela con visiones celestes que se

le aparecen de noche sobre el alcázar de popa y le hablan... También lo

admiraba en los peligros del regreso de su primer viaje; peligros en los

que le iba algo más que la existencia: la pérdida de la gloria que

consideraba entre sus manos. Una tempestad que volcaba muchos navíos

dentro del río de Lisboa alcanzábale en pleno Océano montando una

carabela maltratada por la navegación en los mares de la India y que

hacía agua por todas partes.

--Cree que Pinzón se ha perdido en el otro buque y que sólo queda él

para dar al mundo la gran noticia: la gran noticia que todos ignorarán

si él perece. Tal vez otros descubridores del Mar Tenebroso sufrieron

este revés del destino luego de reconocer las tierras nuevas. ¡Morir con

el secreto!...

Y Colón escribe en varios pergaminos la reseña de su descubrimiento, los

mete en toneles y arroja éstos a las olas, sin que los marineros

sospechen lo que encierran, pues creen que se trata de un acto de

devoción para apaciguar a los elementos. La tempestad arrecia, y el

Almirante hace traer tantos garbanzos como personas van en la carabela;

señala uno con un cuchillo, y revolviéndolos en su bonete, invita a la

chusma a meter la mano. El que saque el garbanzo marcado con una cruz

irá de romero a Santa María de Guadalupe llevando un cirio de cinco

libras... Y es el Almirante el que saca el garbanzo. Luego echan las

mismas suertes para ir en romería a Santa María de Loreto, «en la Marca

de Ancona, tierra del Papa», y como le toca a un simple proel, Colón le

promete ayudarle con sus dineros para el viaje. La borrasca va en

aumento; al día siguiente vuelven a echar suertes para velar toda la

noche en Santa Clara de Moguer, y otra vez designa el garbanzo al

Almirante.

Pero como estas promesas no logran domar a las potencias hostiles del

Océano y la carabela se tumba, falta de lastre--una imprevisión del

Almirante--, y los bastimentos de comida están casi agotados, hacen el

voto de ir todos, apenas lleguen a tierra, en procesión y en camisa

hasta la primera iglesia que encuentren bajo la advocación de la Virgen.

--Y cuando el temporal los echa al fin en Lisboa, llevaba Colón más de

doce días de inmovilidad en su banco de popa, dormitando a ratos, con

las piernas mojadas por la lluvia y las olas. Esa prueba fue la más

tremenda de su vida. ¡Poseer una verdad que iba a conmover al mundo y

morir con ella!... Pero basta de Colón amigo Maltrana. Ya hemos hablado

bastante; vamos a tomar el te.

Abandonaron sus asientos, y al dirigirse a una de las escalerillas para

descender al paseo, notaron en el mar varias curvas negras y veloces que

asomaban un instante sobre el agua, sumiéndose y reapareciendo más lejos

entre burbujeo de espumas.

--Son atunes--dijo Maltrana--. O tal vez sean delfines... ¡Quién sabe!

--De seguro que no son sirenas--repuso Ojeda.

Caminaron algunos pasos, y añadió:

--Es lástima que no queden sirenas. Y sin embargo, aún las había en

tiempos de Colón... ¿No sabe usted eso? Él vio salir tres «muy altas

sobre el mar», cerca de la embocadura de un río de Santo Domingo. Y dice

Las Casas que al Almirante no le llamaron la atención, porque había

visto otras muchas en sus navegaciones de mozo, por las costas de Guinea

y la Manegueta, y que las sirenas no son tan hermosas como las pintan,

«pues en cierto modo tienen forma de hombre en la cara».

Los argonautas · 第 4 / 18 题