Estando el rey D. Fernando
en conquista de Granada,
donde están duques y condes,
y otros señores de salva,
Con valientes capitanes
de la nobleza de España;
después de haberla ganado
a sus capitanes llama.
De que los tuviera juntos
desta manera les habla:
«¿Cuál de vosotros, amigos,
irá a la sierra mañana
a poner el mi pendón
encima del Alpujarra?»
Míranse unos a otros,
y el sí ninguno le daba,
que la ida es peligrosa,
y dudosa la tornada:
Y con el temor que tienen
a todos tiembla la barba,
si no fuera a D. Alonso
que de Aguilar se llamaba.
Levantose en pie ante el rey,
desta manera le habla:
«Aquesta empresa, señor,
para mí estaba guardada;
Que mi señora la reina
ya me la tiene mandada.»
Alegrose mucho el rey
por la oferta que le daba.
Aún no era amanecido
D. Alonso ya cabalga
con quinientos de a caballo
y mil infantes llevaba.
Comenzó a subir la sierra
que llamaban la Nevada:
los moros cuando los vieron
ordenaron gran batalla,
Y entre ramblas y mil cuestas
se pusieron en parada.
La batalla se comienza
muy cruel y ensangrentada,
Porque los moros son muchos,
tienen la cuesta ganada;
aquí la caballería
no podía pelear nada;
Y así con grandes peñascos
fue en un punto destrozada;
los que escaparon de aquí
vuelven huyendo a Granada.
D. Alonso y sus infantes
subieron una llanada,
aunque quedan muchos muertos
en una rambla y cañada.
Tantos cargan de los moros,
que a los cristianos mataban;
solo queda D. Alonso,
su compaña es acabada.
Pelea como un león,
pero no le aprovechaba,
porque los moros son muchos,
y ningún vagar le daban.
En mil partes está herido,
no puede mover la espada;
por la sangre que ha perdido
D. Alonso se desmaya:
al fin cayó muerto en tierra,
a Dios rindiendo su alma.
No se tiene por buen moro
el que no le da lanzada;
lo llevaron a un lugar
que es Oxijerán nombrada.
Allí lo vienen a ver
como a cosa señalada:
míranle moros y moras,
y de su muerte se holgaban.
Llorábale una cautiva,
una cautiva cristiana,
que de chiquito en la cuna
a sus pechos le criara.
A las palabras que dice
cualquiera moro lloraba:
«D. Alonso, D. Alonso,
Dios perdone la tu alma,
pues te mataron los moros,
los moros del Alpujarra.»
Este fin lastimoso tuvo D. Alonso de Aguilar: ahora sobre su muerte
hay discordia entre los poetas que sobre esta historia han escrito
romances; porque uno dice que esta batalla y otra de cristianos fue en
la Sierra Nevada; otro poeta que hizo el romance de río Verde, dice que
fue la batalla en Sierra Bermeja.
No sé cuál elija: el lector puede hacer esta elección, pues importa
poco que muriera en una parte o en otra, que todo se llama Alpujarra;
aunque me parece que la batalla dicha pasó en Sierra Bermeja, y así lo
declara un romance que dice así:
Río Verde, río Verde,
tinto vas en sangre viva,
entre ti y Sierra Bermeja
murió gran caballería.
Murieron duques y condes,
señores de gran valía;
allí muriera Urdiales,
hombre de valor y estima.
Huyendo va Sayavedra
por una ladera arriba,
tras él iba un renegado
que muy bien le conocía.
Con algazara muy grande
de esta manera decía:
«Date, date, Sayavedra,
que muy bien te conocía.
Bien te vide jugar cañas
en la plaza de Sevilla,
y bien conocí a tus padres,
y a tu mujer Doña Elvira.
Siete años fui tu cautivo,
y me diste mala vida;
ahora lo serás mío,
o me ha de costar la vida.»
Sayavedra que lo oyera,
como un león revolvía;
tirole el moro un cuadrillo,
y por alto hizo la vía.
Sayavedra con su espada
duramente le hería;
cayó muerto el renegado
de aquella grande herida.
Cercaron a Sayavedra
más de mil moros que había;
hiciéronle mil pedazos
con saña que de él tenían.
D. Alonso en este tiempo
muy gran batalla le hacían,
el caballo le habían muerto,
por muralla le tenía,
Y arrimado a un gran peñón
con valor se defendía:
muchos moros tiene muertos;
mas muy poco le valía,
Porque sobre él cargan muchos,
y le dan grandes heridas;
tantas, que allí cayó muerto
entre la gente enemiga.
También el conde de Ureña,
mal herido en demasía,
se sale de la batalla
llevado por una guía,
Que sabía bien la senda
que de la sierra salía;
muchos moros deja muertos
por su grande valentía.
También algunos se escapan,
que al buen conde le seguían;
D. Alonso quedó muerto,
recobrando nueva vida
con una fama inmortal
de su esfuerza y valentía.
Teniendo noticia algunos poetas que la muerte de D. Alonso de Aguilar
fue en Sierra Bermeja, alumbrados de los cronistas reales habiendo
visto el romance pasado, no faltó un poeta que hizo otro nuevo, que
dice así:
Río Verde, río Verde,
cuánto cuerpo en ti se baña
de cristianos y de moros,
muertos por la dura espada.
Y tus hondas cristalinas
de roja sangre se esmaltan;
entre moros y cristianos
muy gran batalla se traba.
Murieron duques y condes,
grandes señores de salva;
murió gente de valía
de la nobleza de España.
En ti murió D. Alonso,
que de Aguilar se llamaba,
el valeroso Urdiales,
con D. Alonso acababa.
Por una ladera arriba
el buen Sayavedra marcha;
natural es de Sevilla,
de la gente más granada;
Tras él iba un renegado,
de esta manera le habla:
«Date, date, Sayavedra,
no huyas de la batalla:
Yo te conozco muy bien,
gran tiempo estuve en tu casa,
y en la plaza de Sevilla
bien te vide jugar cañas:
Conozco a tu padre y madre,
y a tu mujer Doña Clara;
siete años fui tu cautivo,
malamente me tratabas,
Y ahora lo serás mío,
si Mahoma me ayudara,
y también te trataré,
como tú a mí me tratabas.»
Sayavedra que le oyera
al moro volvió la cara;
tirole el moro una flecha,
pero nunca le acertaba.
Hiriérale Sayavedra
de una herida muy mala;
muerto cayó el renegado
sin poder hablar palabra.
Sayavedra fue cercado
de mucha mora canalla,
y al cabo cayó allí muerto
de una muy mala lanzada.
D. Alonso en este tiempo
bravamente peleaba;
el caballo le habían muerto,
y le tiene por muralla.
Mas cargaron tantos moros,
que mal le hieren y tratan;
de la sangre que perdía
D. Alonso se desmaya.
Al fin, al fin, cayó muerto
al pie de una peña alta;
también el conde de Ureña
mal herido se compara.
Guiárale un adalid,
que sabe bien las entradas;
muchos salen tras el conde
que le siguen las espaldas:
muerto queda D. Alonso,
eterna fama ganara.
Esta fue la honrada muerte del valeroso D. Alonso de Aguilar; y como
hemos dicho les pesó mucho a los reyes Católicos, los cuales como
viesen la brava resistencia de los moros, por estar en tan ásperos
lugares, no quisieron enviar por entonces contra ellos más gente.
Mas los moros de la Serranía viendo que no podían vivir sin tratar en
Granada, los unos pasaron a África, y los otros se dieron al rey D.
Fernando, el cual los recibió muy bien, lleno de clemencia y gozo.
Este fin tuvieron los bandos y guerras de Granada, a honra y gloria de
Dios nuestro Señor.