Mensajeros han entrado
al rey Chico de Granada;
entran por la puerta Elvira
y paran en el Alhambra.
Ese que primero llega
Mahoma Zegrí se llama,
herido viene en un brazo
de una muy mala lanzada.
Y así como hubo llegado
desta manera le habla,
con el rostro demudado
de color muy fría y blanca:
«Nuevas te traigo, señor,
y una muy mala embajada.
Por ese fresco Genil
mucha gente viene armada:
Sus banderas traen tendidas,
puestas a son de batalla,
un estandarte dorado
en el cual viene bordada
Una muy hermosa cruz,
que más relumbra que plata,
y un Cristo crucificado
traía por cada banda.
El general desta gente
el rey Fernando se llama:
todos hacen juramento
en la imagen figurada,
de no salir de la Vega
hasta rendir a Granada.
Y con esta gente viene
una reina muy preciada,
llamada Doña Isabel,
de grande nobleza y fama.
Veisme aquí, herido vengo
ahora de una batalla,
que entre cristianos y moros
en la Vega fue trabada.
Treinta Zegrís quedan muertos,
pasados por el espada
de cristianos Bencerrajes
con braveza no pensada.
Perdóname por Dios, rey,
que no puedo dar el habla,
que me siento desmayado
de la sangre que me falta.»
Estas palabras diciendo
el Zegrí, allí se desmaya:
desto quedó triste el rey,
que no pudo hablar palabra.
Otros cantaron este romance de otra manera; y porque no se le hace
agravio al que le compuso, lo pondremos aquí, aunque los romances
tienen un mismo sentido, y dice así:
Al rey Chico de Granada
mensajeros le han entrado;
entran por la puerta Elvira
y en el Alhambra han parado.
Este que primero llega
es un Zegrí muy nombrado,
con una marlota negra,
señal de luto mostrando.
Las rodillas por el suelo,
desta manera ha hablado:
«Nuevas te traigo, señor,
de dolor en sumo grado.
Por ese fresco Genil
un campo viene marchando,
todo de lucida gente,
sus armas van relumbrando.
Las banderas van tendidas,
y un estandarte dorado:
el general de esta gente
es el invicto Fernando.
En el estandarte trae
un Cristo crucificado;
todos hacen juramento
morir por el figurado,
Y no salir de la Vega,
ni volver atrás un paso,
hasta ganar a Granada
y tenerla a su mandado.
Y también viene la reina,
mujer del rey D. Fernando,
la cual tiene tanto esfuerzo
que anima a cualquier soldado.
Yo vengo herido, buen rey,
un brazo tengo pasado,
y un escuadrón de tus moros
ha sido desbaratado.
Todo el campo de Alhendín
queda roto y saqueado.»
Estas palabras diciendo
cayó al Zegrí desmayado.
Mucho lo siente el rey moro,
del gran dolor ha llorado,
al Zegrí quitan de allí
y a su casa le han llevado.
Dejando ahora los romances, y tornando a lo que hace al caso de nuestra
historia, el rey D. Fernando asentó su real, y le fortificó con muy
gran discreción y conforme práctica de milicia, y en una noche se hizo
allí un lugar en cuatro partes partido, quedando en cruz; el cual tenía
cuatro puertas, y todas se veían estando en medio de las cuatro calles.
Hízose esta población entre cuatro grandes de Castilla, y cada uno tomó
un cuartel a su cargo.
Fue cercado de un firme baluarte todo de madera, y por encima cubierto
de lienzo encerado de modo que parecía una firme y blanca muralla, toda
almenada y torreada; siendo una cosa muy de ver, que no parecía sino
labrada de una muy curiosa cantería.
Otro día por la mañana cuando los moros vieron aquel lugar hecho y tan
cerca de Granada, todo torreado, se maravillaron mucho de verle.
El rey D. Fernando como vio acabado aquel lugar, y con tan gran
perfección, le hizo ciudad, y le puso por nombre Santa Fe, y la dotó de
muchas franquezas y privilegios, de los cuales hoy día goza.
Y porque esta ciudad se hizo de esta suerte, se compuso este romance
antiguo, que dice así:
Cercada está Santa Fe
con mucho lienzo encerado,
al derredor muchas tiendas
de seda, oro y brocado,
Donde están duques y condes,
señores de grande estado,
y otros muchos capitanes,
que lleva el rey D. Fernando.
Todos de valor crecido,
como ya lo habréis notado
en la guerra que se ha hecho
en el granadino estado.
Cuando a las nueve del día
un moro se ha demostrado
sobre un caballo negro,
de blancas manchas manchado;
Cortados ambos hocicos,
porque le tiene enseñado
el moro, que con sus dientes
despedace a los cristianos.
El moro viene vestido
de blanco, azul y encarnado,
debajo de esta librea
traía un muy fuerte jaco;
Una lanza con dos hierros
de acero muy bien templado,
una adarga hecha en Fez
de un ante rico extremado.
Aqueste perro con befa
en la cola del caballo,
la sagrada AVE MARÍA
llevaba haciendo escarnio.
Llegando junto a las tiendas
de esta manera ha hablado:
«¿cuál será aquel caballero,
que sea tan esforzado,
que quiera hacer conmigo
batalla en aqueste campo?
Salga uno, salgan dos,
salgan tres, o salgan cuatro;
el alcaide de los Donceles
salga, que es hombre afamado.
Salga ese conde de Cabra,
en guerra experimentado;
salga Gonzalo Fernández,
que es en Córdoba nombrado,
O si no Martín Galindo,
que es valeroso soldado;
salga ese Portocarrero,
señor de Palma nombrado,
O el bravo D. Manuel
Ponce de León llamado,
aquel que sacara el guante,
que por industria fue echado
donde estaban los leones,
y él lo sacó muy osado.
Y si no salen aquestos,
salga el mismo rey Fernando,
que yo le daré a entender
si tengo valor sobrado.»
Los caballeros del rey
todos están escuchando;
cada uno pretendía
salir con el moro al campo.
Garcilaso estaba allí,
mozo gallardo esforzado:
licencia le pide al rey
para salir al pagano.
«Garcilaso, sois muy mozo
para emprender este caso:
otros hay en el real
a quien poder encargarlo.»
Garcilaso se despide
muy confuso y enojado,
por no tener la licencia,
que al rey le había demandado;
Pero muy secretamente,
Garcilaso se había armado,
y en un caballo morcillo
salídose había al campo.
Nadie le ha conocido,
porque sale disfrazado:
fuese donde estaba el moro,
y de esta suerte le ha hablado;
«Ahora verás tú, moro,
si tiene el rey D. Fernando
caballeros valerosos
que salgan contigo al campo.
Yo soy el menor de todos,
y vengo por su mandado.»
El moro cuando le vido
en poco le había estimado,
Y díjole de está suerte:
«Yo no estoy acostumbrado
a hacer batalla campal
sino con hombres barbados.
Vuélvete, rapaz, le dice,
y venga el más estimado.»
Garcilaso se enojó,
puso piernas al caballo,
Arremete para el moro,
y un grande encuentro le ha dado.
El moro que esto vido,
revuelve así como un rayo:
Comienzan la escaramuza
con un furor muy sobrado:
Garcilaso, aunque era mozo,
muy gran valor ha mostrado.
Diole al moro una lanzada
que el pecho le ha atravesado,
y el moro cayera muerto;
tendido le había en el campo.
Garcilaso con presteza
del caballo se ha apeado:
cortárale la cabeza,
y en el arzón la ha colgado.
Quitole el AVE MARÍA
de la cola del caballo,
e hincando ambas rodillas
con devoción la ha besado,
Y en la punta de la lanza
por bandera la ha colgado:
subió en su caballo luego,
y el del moro había tomado.
Cargado destos despojos
al real se había tornado,
donde están todos los grandes,
también el rey D. Fernando.
Todos tienen en grandeza
aquel hecho señalado:
también el rey y la reina
mucho se han maravillado,
por ser Garcilaso mozo,
y haber hecho un tan gran caso:
Garcilaso de la Vega
desde allí se ha intitulado,
porque en la Vega hiciera
campo con aquel pagano.
Como dice el romance, el rey y la reina y todos los del real se
maravillaron de aquel gran hecho de Garcilaso, y el rey le mandó poner
en sus armas las letras del AVE MARÍA; con justa razón, por habérsela
quitado al moro de tan indecente parte, y por ello haberle cortado la
cabeza.
Desde entonces en adelante los moros de Granada salían a tener
escaramuzas con los cristianos en la Vega, en las cuales los cristianos
llevaban lo mejor siempre.
Los valerosos Abencerrajes cristianos suplicaron al rey que les diese
licencia para hacer un desafío con los Zegríes.
El rey conociendo su bondad y valor se la otorgó, dándoles por caudillo
al valeroso caballero D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los
Donceles. Hecho el desafío, los moros Zegríes salieron fuera de la
ciudad.
El desafío se hizo de cincuenta a cincuenta; y no muy lejos vinieron
los Zegríes muy bien aderezados, todos vestidos de su acostumbrada
librea pajiza y morada, plumas de lo mismo.
Los bravos Abencerrajes salieron con su acostumbrada librea azul y
blanca, todos llenos de ricos tejidos de plata, las plumas de la
misma color; en sus adargas su acostumbrada divisa, salvajes que
desquijaraban leones, y otros un mundo que le deshacía un salvaje con
un bastón.
De esta forma salió también el valeroso alcaide de los Donceles, y
llegándose los unos a los otros, uno de los caballeros Abencerrajes les
dijo a los Zegríes:
--Hoy ha de ser el día, caballeros, en que nuestros prolijos bandos
han de tener fin, y pagarnos la deuda que nos debéis, causa de vuestra
malicia y envidia.
A lo cual replicaron los Zegríes, que no se gastase el tiempo en
palabras, sino en obras. Diciendo esto se comenzó entre todos una brava
y sangrienta escaramuza, la cual se holgaba el rey de ver, y todos los
demás del real.
Duró esta escaramuza cuatro horas buenas, en la cual hizo el valeroso
alcaide de los Donceles cosas maravillosas, tanto que fue parte su
bondad para que los Zegríes fuesen desbaratados y muchos muertos, y los
demás puestos en huida. Los Abencerrajes los fueron siguiendo hasta
meterlos por las puertas de Granada.
Aquesta escaramuza puso a los Zegríes en grande quebranto, y al mismo
rey de Granada, que lo sintió mucho y de allí adelante se tuvo por
perdido.
Otro día siguiente la reina Doña Isabel tuvo gana de ver el sitio de
Granada, y sus murallas y torres; y así acompañada del rey y de los
Grandes, y gente de guerra, se fue a un lugar, llamado la Zubia, que
está a una legua de Granada, y de allí se puso a mirar la hermosura y
amenidad de la ciudad.
Miraba las torres y las fuerzas del Alhambra; miraba los labrados y
costosos olivares; miraba las Torres-Bermejas, la brava y soberbia
Alcázar y Albaicín, con todas las demás torres, castillos y murallas.
Holgábase mucho de verlo todo la cristianísima reina, y deseaba verse
dentro, y tenerla ya por suya.
Mandó la reina que aquel día no hubiese escaramuza, mas no se pudo
excusar, porque sabiendo que estaba allí la reina, quisieron darla
pesadumbre; y así salieron de Granada más de mil moros, y trabaron
escaramuza con los cristianos, la cual se comenzó poco a poco, y
se acabó muy de veras y a gran priesa, porque los cristianos les
acometieron con tanta fortaleza, que los moros huyeron, y los
cristianos siguieron el alcance hasta las puertas de Granada, y mataron
más de cuatrocientos de ellos, y cautivaron más de cincuenta.
En esta escaramuza se señaló grandemente el alcaide de los Donceles, y
Portocarrero, señor de Palma.
Este día mataron a casi todos los Zegríes: también esta pérdida sintió
el rey de Granada, porque fue mucha.
La reina se volvió al real con toda su gente, muy contenta de haber
visto a Granada y su asiento.
En este tiempo unos leñadores moros se hallaron las cuatro marlotas
y los cuatro escudos de los turcos que hicieron la batalla por la
reina Sultana; y como entraron en Granada con ellas, y conocieron las
marlotas y escudos por sus divisas, se las tomaron a los leñadores,
preguntándoles dónde habían habido aquellas ropas y escudos. Los
leñadores dijeron que ellos las habían hallado en lo más espeso del
Soto de Roma. Gazul, sospechando mal, les volvió a preguntar si habían
hallado a algunos caballeros muertos. Los leñadores respondieron que no.
Gazul mandó llevar las marlotas y escudos a casa de la reina Sultana, y
fue él también allá, y mostrando las marlotas a la reina, dijo:
--Señora, ¿no son estas las propias marlotas de los caballeros que os
libraron de la muerte?
La reina Sultana las miró bien, y luego las conoció, y dijo que ellas
eran.
--Pues, ¿qué es la causa --dijo Gazul-- que unos leñadores se las hayan
hallado?
--No sé qué pueda ser --dijo la reina.
Luego sospecharon que los Zegríes y Gomeles los habían muerto, y que no
podía ser otra cosa.
Gazul contó lo que pasaba a los Alabeces y Venegas, Aldoradines y
Almoradís, los cuales por aquel respecto trataron mal de palabras a
los Zegríes que quedaban, y a los Gomeles y Mazas: estos, como estaban
libres de aquello que se les imputaba, defendían su partido, y sobre
ello se revolvió entre dichos linajes de caballeros una pendencia,
por cuya causa casi se perdiera Granada; que harto tuvo el rey y los
alfaquíes que apaciguar, y decían los alfaquíes:
--¿Qué hacéis, caballeros de Granada? ¿Por qué volvéis las armas contra
vosotros mismos, estando vuestros enemigos a las puertas de la ciudad?
Mirad que lo que ellos habían de hacer, hacéis vosotros. Mirad que nos
perdemos, y no es tiempo de andar en divisiones.
Tan buenas razones dijeron los alfaquíes, y tanto hizo el rey y otros
caballeros, que todo este escándalo fue apaciguado con gran pérdida de
los caballeros Gomeles y Mazas, y algunos de sus contrarios.
Muza, que deseaba que la ciudad se diese al cristiano rey, viendo
armada de nuevo aquella división entre los más principales, se
holgó mucho por lo que él y los de su bando pretendían, que era ser
cristianos y entregar la ciudad al rey D. Fernando; y un día estando a
solas con el rey su hermano, le habló de esta manera:
--Muy mal lo has mirado, hermano Abdalí, en haber quebrado la palabra
que le diste al rey cristiano, y no es trato de rey faltar en lo que
propone. Veamos ahora cómo te puedes conservar en esta ciudad, que
te ha quedado sola de tu reino. Bastimentos van faltando, puesta en
división, no olvidados los rencores contra ti por la muerte de los
Abencerrajes, por su destierro tan sin ocasión, y por la deshonra
que hiciste a tu mujer la reina, que aunque fue bien vengada, los
Almoradís y Marines sus parientes te tienen un odio mortal: no
quisiste recibir jamás de mí ningún consejo, que si lo admitieras, no
vinieras al estado miserable en que estás puesto, no teniendo socorro
ninguno para resistir la pujanza grande del rey cristiano. Y así, ¿qué
determinas hacer? ¿No hablas? ¿Por qué no me respondes? De mi voto, si
no te quieres perder de todo punto, entrega al rey D. Fernando esta
ciudad, pues que te da en qué y con qué vivas tú y tus siervos. No le
indignes más, cumple la palabra con voluntad, si no quieres que a tu
pesar te la haga cumplir. Adviértote que están determinados los más
principales caballeros de Granada de irse a servir al rey Católico, o
darte muy cruel guerra; y si quieres saber quién son, has de saber que
los Alabeces y Gazules, Aldoradines y Venegas, Azarques y Alarifes,
y todos los de sus parcialidades, que tú conoces muy bien, y yo el
primero, queremos ser cristianos y servir al rey D. Fernando. Por
tanto, consuélate, y mira que si estos que te digo te faltan, ¿qué
harás aunque sea en tu favor todo lo restante de la ciudad? Porque
todos estos quieren guardar sus haciendas, y no quieren ver su amada
patria destruida y saqueada, ni sus reales banderas y estandartes
rotos con violencia no vista, y ellos esclavos, divididos por diversas
partes de los reinos de Castilla. Muévete a hacer lo que te digo: mira
con cuánta piedad y misericordia el rey D. Fernando ha tratado a los
pueblos del reino, dejándoles vivir con libertad en sus propias casas
y haciendas, pagando lo mismo que a ti te pagaban, y que traigan sus
ropas y vestidos, y hablen la lengua y vivan en su ley.
Muy admirado y confuso se halló el rey con las razones que su hermano
Muza decía, y con la libertad con que le hablaba; y dando un doloroso
suspiro, viendo que de todo punto le convenía dar su ciudad bella,
porque no tenía reparo de hacer otra cosa; considerando que todos los
caballeros querían ser de la parte del rey Católico, y su mismo hermano
con ellos, y considerando que si no entregaba la ciudad, los males
que la gente de guerra en ella pudieran hacer, así de robos como de
forzar a las doncellas y casadas, y otras cosas que los victoriosos
soldados suelen hacer en las ciudades que rinden, le dijo a su hermano
que estaba de parecer de darle ayuda y ponerse en las manos del rey D.
Fernando.
Y para la ejecución de ello le dijo a Muza que llamase y juntase todos
los caballeros y linajes que estaban de aquel parecer, lo cual hizo
luego el capitán Muza.
Y siendo juntos en el Alhambra, se trató con ellos si le darían al
victorioso rey D. Fernando a Granada. Todos los que estaban allí,
Alabeces, Aldoradines, Gazules, Venegas, Azarques, Alarifes y otros
muchos caballeros de este bando, dijeron que la ciudad se entregase al
rey D. Fernando.
Visto que la flor y lo mejor de los caballeros de Granada estaban de
parecer que la ciudad se entregase; mandando luego tocar sus trompetas
y añafiles, al cual son se juntaron todos los caballeros, y cuando el
rey Chico los vio juntos, les contó lo que estaba tratado entre él y su
hermano, que por dolerse de la ciudad y no verla por el suelo, se la
quería entregar al rey cristiano.
En la ciudad alborotada por esto, daban diferentes votos unos de
otros: los unos decían que no se diese la ciudad; otros que sí, porque
era bien para toda la ciudad; otros decían que anduviese la guerra, y
que les vendría socorro de África; otros que no vendría.
En estos dares y tomares estuvieron treinta días, al cabo de los
cuales fue entre todos determinado de dar la ciudad, y ponerse a la
misericordia del rey D. Fernando; y con condición que todos los que
quisiesen vivir en su ley y quedarse con sus haciendas, trajes y
lenguaje, así como habían quedado todas las demás ciudades, villas y
lugares que al rey cristiano se le habían entregado.
Acordado esto de esta manera, fueron a hablar al rey D. Fernando sobre
ello, y los que fueron a tratarlo eran Alabeces, Aldoradines, Gazules,
Venegas, y Muza por cabeza de todos; los cuales salieron de la ciudad
y fueron a Santa Fe donde estaba el rey D. Fernando acompañado de los
Grandes de Castilla; el cual como vio venir tan grande escuadrón, mandó
que el real se apercibiese por si fuese menester, aunque por cartas de
Muza sabía lo que se trataba en Granada.
Llegaron al real los granadinos caballeros, se apearon y entraron en
Santa Fe, y fueron al alojamiento real. Eran Muza, Malique Alabez,
Aldoradín y Gazul, los cuales llevaban comisión de tratar este negocio.
Todos los demás caballeros moros quedaron fuera del real paseándose y
hablando con los demás caballeros, admirados de ver tanta braveza y
apercibimiento de guerra, y de ver aquel fuerte real y su asiento.
Finalmente, los comisarios moros hablaron con el rey, y Aldoradín,
caballero muy estimado, dijo lo siguiente:
_Razonamiento que se hizo al rey D. Fernando._
«No las sangrientas armas ni el belicoso son de acordadas trompetas
y retumbantes cajas, ni arrastradas banderas, ni muerte de varones
ínclitos, invicto y poderoso rey Católico, ha sido parte para que
nuestra ciudad de Granada viniese a entregarse, y dar, y abatir sus
reales pendones, sino la fama de tu soberana virtud y misericordia,
que de ordinario usas con tus súbditos, lo cual es muy manifiesto
a todos; y confiados en que nosotros los moradores de la ciudad de
Granada no seremos menos tratados ni honrados que los demás que a tu
grandeza se han dado, nos venimos a poner en tus reales manos, para
que de nosotros y de todos los de la ciudad hagas tu voluntad, como
de humildes vasallos; y desde ahora prometemos de darte a Granada y
todas sus fuerzas, para que de la ciudad y de ellos dispongas a tu
voluntad; y el rey besa tus reales pies y manos, y pide perdón de
haber faltado a la palabra y juramento dado; y porque tu grandeza vea
ser esto así, toma una carta suya, la cual me mandó que pusiese en
tus reales manos.»
Diciendo esto hincadas ambas rodillas, besó la carta, y se la dio al
rey D. Fernando; y recibiéndola con mucho contento la abrió, y leída
entendió el rey ser así lo que Aldoradín le había dicho, y que su
alteza fuese a Granada y tomase posesión de la ciudad y del Alhambra.
El Aldoradín pasó adelante con su plática diciendo:
«Las condiciones arriba dichas son que los moros que quisiesen ir
al África se fuesen libres, y que los que se quisiesen quedar que
les dejasen sus bienes, y que los que quisiesen vivir en su ley,
viviesen, y trajesen su hábito y hablasen su lengua.»
Todo lo cual les otorgó el rey D. Fernando muy alegremente; y así los
cristianos reyes de Castilla y de Aragón, D. Fernando y Doña Isabel
fueron con gran parte de su gente a Granada, dejando su real a muy buen
recaudo; y día de los reyes en treinta días de diciembre, les fue a los
reyes Católicos entregada la fuerza del Alhambra: a dos días del mes
de enero la reina Doña Isabel y su corte, con toda la gente de guerra,
partió de Santa Fe a Granada, y en un cerro que estaba junto a ella se
puso a mirar la hermosura de la ciudad, aguardando que se hiciese la
entrega de ella.
El rey D. Fernando también, acompañado de sus Grandes de Castilla, se
puso por la parte de Genil adonde salió el rey moro, y en llegando le
entregó las llaves de la ciudad y de las fuerzas, y se quería apear
para besarle los pies. El rey D. Fernando no consintió que hiciese lo
uno ni lo otro.
Finalmente, el moro le besó la mano y le entregó las llaves, las
cuales dio el rey al conde de Tendilla, por haberle hecho merced de la
alcaidía, porque la tenía bien merecida; y así entraron en la ciudad
y subieron al Alhambra, y encima de la torre de Comares tan famosa,
se levantó la señal de la santa Cruz, y luego el estandarte de los
Católicos reyes; y los dos reyes de armas dijeron en altas voces: _Viva
el rey D. Fernando, por él, y por la reina Doña Isabel, su mujer_.
La Católica y serenísima reina que vio la señal de la santa Cruz encima
de la torre de Comares, y su estandarte real con ella, se hincó de
rodillas, y puestas las manos dio infinitas gracias a Dios por la feliz
victoria que había ganado contra aquella populosa ciudad de Granada.
La música de la capilla del rey cantó luego: _Te Deum laudamus._ Fue
tan grande el placer de todos, que lloraban. Luego se oyeron en el
Alhambra mil instrumentos de bélicas trompetas, pífanos y cajas.
Los moros amigos del rey D. Fernando, que querían ser cristianos, y
cuya cabeza era Muza, tocaron muchas dulzainas y añafiles, sonando gran
ruido de tambores por toda la ciudad.
Los caballeros moros que habemos dicho en aquella noche jugaron
galanamente alcancías y cañas, las cuales se holgaron de ver los dos
cristianos reyes. Había tantas luminarias, y tantas fiestas y regocijos
aquella noche, que era cosa de ver.
Dice nuestro cronista, que aquel día de la entrega de la ciudad, el rey
moro hizo sentimiento en dos cosas.
La una es que pasando el rey moro un río, los moros que iban a la par
de él le cubrieron los pies, lo cual el rey no quiso consentir.
La otra costumbre es que subiendo el rey alguna escalera, los zapatos
que se descalza, o pantuflos, al pie de ella, los más principales que
van con él se los suben; lo cual el rey moro no quiso consentir aquel
día.
Y así como llegó a su casa el rey moro, que era el Alcazaba, comenzó a
llorar lo que había perdido; al cual llanto le dijo su madre que, pues
no había sido para defenderla, hacía bien llorarla.
Todos los Grandes de Castilla le fueron a besar las manos al rey D.
Fernando y a la reina Doña Isabel, y a jurarlos por reyes de Granada
y su reino. Los Católicos reyes hicieron muchas mercedes a todos los
caballeros que se habían hallado en la conquista de Granada.
Entregada la ciudad fueron puestas todas las armas de los moros en el
Alhambra.
Acabado de dar asiento en las cosas de Granada, mandó el rey D.
Fernando que a los caballeros Abencerrajes se les volviesen todas sus
casas y haciendas, y sin esto les hizo grandes mercedes.
Lo mismo hizo con Reduán, Sarracino y Abenámar, los cuales habían
servido en la guerra muy bien, y con grande fidelidad.
Muza y Celima se volvieron cristianos, y los casó el rey, y les dio
grandes haberes.
La reina Sultana fue a besar las manos a los reyes Católicos, los
cuales la recibieron benigna y amorosamente, y dijo que quería ser
cristiana; y así la bautizó el nuevo arzobispo, y la puso por nombre
Doña Isabel de Granada. Casola el rey con un principal caballero, y le
dio en dote dos lugares.
A todos los Alabeces y Gazules el rey les hizo grandes mercedes,
especialmente a Malique Alabez, que se llamó D. Juan Alabez, y el
mismo rey fue padrino suyo, y de Aldoradín, al cual llamó de su propio
nombre Fernando Aldoradín.
El rey mandó que si quedaban Zegríes, que no viniesen a Granada, por la
maldad que hicieron contra los Abencerrajes.
Los Gomeles se fueron a África, y el rey Chico con ellos, que no quiso
estar en España aunque le habían dado a Purchena en que viviese; y
en el África le mataron los moros de aquellas partes porque perdió a
Granada.
Nuestro moro cronista nos advierte de una cosa, y es, que los
caballeros llamados Mazas, que no era este su propio nombre, sino
Abembices. De este nombre Abembiz hubo dos linajes en Granada, y no
bien puestos los unos con los otros, porque cada uno decía ser de más
claro linaje que el otro.
Sucedió que el bando de aquellos Abembices en tiempo del rey de
Castilla D. Juan I tuvieron una batalla en la Vega de Granada con los
cristianos, y de los cristianos se llamaba el capitán y alférez, que
era su hermano, D. Pedro Maza.
Decían ser estos caballeros del reino de Aragón y de Valencia, y que
esta sangrienta batalla fue muy reñida; de manera que los capitanes de
ambas partes murieron, asimismo los alféreces, y los estandartes fueron
trocados; que el de los moros llevaron los cristianos, y los moros se
llevaron el de los cristianos; y fueron cautivos, así de una parte como
de otra, y respecto de aquella cruel batalla por la memoria de ella,
en Granada diciendo o nombrando los Abembices, respondían los Mazas o
los otros. De manera que fueron llamados los Abembices Mazas, y se
quedaron con aquel nombre.
El rey D. Fernando les dio a los caballeros Venegas muy grandes
mercedes y privilegios, como que pudiesen traer armas; y asimismo a los
Alabeces y Aldoradines.
La hermosa reina, que ser solía llamada Doña Isabel de Granada siendo
casada, como ya hemos dicho, dio libertad a su criada Esperanza de
Hita, y muchas y muy ricas joyas, y la envió a Mula, de donde era
natural, al cabo de siete años de cautiverio.
No muchos días después de tomada Granada, fue hallada una cueva de
armas, de la cual se hizo grande pesquisa; y descubierta la verdad, se
hizo justicia de los culpados.
Algunas cosas de aquestas no llegaron a noticia de Hernando del Pulgar,
cronista de los Católicos reyes; y así no las escribió ni la batalla
que los cuatro caballeros cristianos hicieron por la reina, porque de
ello se guardó el secreto; y si algo de estas cosas supo y entendió, no
puso la pluma en ello, por estar ocupado en otras cosas tocantes a los
Católicos reyes y de más gravedad.
Nuestro moro cronista supo de la Sultana, debajo de secreto, todo lo
que pasó, y ella le dio las dos cartas; la que envió a D. Juan Chacón,
y la respuesta que le envió; que así él pudo escribir aquella famosa
batalla, sin que nadie entendiese quién fueron hasta ahora.
Visto por el cronista perdido el reino de Granada, se fue a África y a
Tremecén, llevando todos sus papeles consigo: allí murió, y dejó hijos
y un nieto suyo no menos hábil que él, llamado Argutarfa, el cual
recogió todos los papeles de su abuelo, y en ellos halló este pequeño
libro, que no estimó en poco, por tratar la materia de Granada, y por
grande amistad se lo presentó a un judío, llamado Saba Santo, quien le
sacó en hebreo por su contento, y el original arábigo le presentó a D.
Rodrigo Ponce de León, conde de Bailén.
Y por saber lo que contenía, y por haberse hallado su abuelo y
bisabuelo en las dichas conquistas, le rogó al judío que le tradujese
en castellano, y después el conde me hizo merced de dármelo.
Y pues ya hemos acabado de decir todas las guerras civiles, y los
bandos de los Zegríes y Abencerrajes, diremos algunas cosas de D.
Alonso de Aguilar, y cómo le mataron los moros en Sierra Bermeja, con
algunos romances de su historia, y daremos fin a los amores de Gazul y
Lindaraja.
Así como bautizaron a Gazul, y habiéndole hecho el rey merced, pidió
licencia para ir a Sanlúcar, y diósela. Partiose luego, y llego con
brevedad, con el deseo que tenía de ver a su señora, y le hizo saber
con un paje su venida.
Ella estaba enojada con él sobre ciertos celos, y no quiso oír al paje,
de lo cual le pesó a Gazul; y sabiendo que en Gelves se jugaban cañas,
porque el alcaide de allí las había ordenado por la paz de los reinos,
quiso ir a jugarlas para mostrar su valor; y así un día se puso muy
galán, la librea blanca, morada y verde, y las plumas de lo mismo,
llenas de argentería de oro y plata, el caballo enjaezado de lo mismo;
y antes de partirse fue por la calle de Lindaraja por verla, y él
llegaba a sus ventanas cuando la dama salía a un balcón.
Gazul que la vio, lleno de alegría y contento picó al caballo, y
llegando junto al balcón le hizo arrodillar y poner la boca en el
suelo, así como aquel que le tenía enseñado en aquello para aquella
hora. Comenzó a hablar diciendo:
--Qué le mandaba para Gelves, que iba allí a jugar cañas, y que con
haberla visto llevaba esperanza de que le iría bien en aquella jornada.
La dama le respondió, que a la dama que servía le pidiese favores, que
a ella no había para qué, que no cuidase de engañar a nadie; y diciendo
esto, echándole muchas maldiciones, se quitó del balcón y cerró la
ventana con gran furia.
Gazul viendo aquel gran disfavor de su dama, arremetió el caballo a la
pared; y así hizo la lanza pedazos y se volvió a su casa, y se desnudó
para no ir a las cañas.
No faltó quien le diese noticia de esto a Lindaraja, la cual estaba
arrepentida de lo que había hecho; y así con un paje envió a llamar a
Gazul para que se viese con ella en un huerto que ella tenía.
Gazul lleno de alegre esperanza vino a su llamado, y se vio con ella en
aquel jardín, donde ella le dio disculpas, y pidió perdón de lo hecho,
y se casaron los dos; y para que fuese a jugar cañas a Gelves ella le
dio muy ricas empresas, y por esto se dice este