ROMANCE.

Con más de treinta en cuadrilla,

hijosdalgo Abencerrajes,

sale el valeroso Muza

a Vivarrambla una tarde;

Por mandado de su rey

a jugar cañas se sale,

de blanco, azul y pajizo,

con encarnados plumajes;

Y para que se conozcan

en cada adarga un salvaje,

acostumbrada divisa

de moros Abencerrajes,

Con un letrero que dice:

Abencerrajes levanten

hoy sus plumas hasta el cielo;

pues de ellas visten las aves.

Y en otra cuadrilla vienen

atravesando una calle

los valerosos Zegríes,

con libreas muy galanes.

Todos de morado y verde,

marlotas y capellares,

en mil jaqueles gualdados

de plata los acicates.

Sobre yeguas bayas todos,

hermosas, ricas, pujantes;

por divisa en las adargas

unos sangrientos alfanjes,

Con una letra que dice:

no quiere Alá se levanten,

sino que caigan en tierra

con el acero pujante.

Apercíbense de cañas,

el juego va muy pujante;

mas por industria del rey

no se revuelven, ni salen,

Porque los Zegríes tienen

contra los Abencerrajes

un concierto de traidores,

y no pudieron lograrle.

Acabado el juego de las cañas el rey y los demás caballeros principales

de la corte, y la reina y las damas con sus novios se retiraron al

Alhambra, donde el rey los regaló grandemente en la cena, porque estaba

muy contento de que no había sucedido ninguna desgracia.

Hubo sarao real, y los desposados danzaron con las desposadas, y el rey

con la reina, Muza con Celima, con mucho contento de ambos; Gazul danzó

con Lindaraja. Tanto danzaron y bailaron aquella noche, que era ya casi

de día cuando se fueron a dormir los desposados.

La hermosa Galiana, gozosa de verse en aquel punto con su Sarracino,

a quien con tan excesivo amor amaba, después de haberle dicho muchas

amorosas razones, le dijo:

--Dime, querido señor mío, ¿qué fue la causa que el día de S. Juan

habiendo corrido con Abenámar las tres lanzas en el juego de la

sortija, luego saliste de la plaza, y no pareciste más en aquellos

cuatro o seis días? ¿Fue porque perdiste la joya, o por qué? Que te

prometo que lo deseo saber.

--Querida esposa y señora mía, la causa fue porque perdí tu retrato

bello y la rica manga labrada de tu mano, y por la vergüenza que me

ocupaba de parecer en tu presencia, y por saber que Abenámar ordenó

aquel juego por vengarse de los dos: de ti, porque le desdeñaste; y

de mí, porque una noche le herí debajo de tu balcón, estándote dando

una música, que bien creo que tendrás noticia de ello; y viendo que

fortuna le favoreció tan a medida de su deseo, y que a mí me había

sido contraria, me dio tan gran tristeza y desesperación, que enfermé

de melancolía y maldecí mi poca ventura; renegué del falso Mahoma,

y prometí y juré a fe de caballero, de ser cristiano, y lo tengo de

cumplir, aunque sobre ello muera, porque tengo por mejor la fe de

los cristianos, que no la burlaria de la secta de Mahoma; y si tú me

quieres bien, como dices, has de ser cristiana, que yo sé que el rey D.

Fernando nos hará grandes mercedes por ello.

Con esto cesó, aguardando la respuesta que le daría Galiana, la cual

luego le respondió:

--Señor, y esposo, no puedo yo huir en ninguna manera de tu voluntad;

antes seguirela en todo y por todo; tú eres mi señor y marido, a quien

yo di y entregué mi corazón; y así digo, que no iré contra tu gusto en

cosa ni en parte; y más, que yo sé que la fe de los cristianos es mucho

mejor que el Alcorán, y así prometo de ser cristiana.

--Acrecentádome habéis las mercedes de todo punto --dijo Sarracino--,

y no esperaba menos de tan leal y firme pecho.

Y diciendo esto la abrazó entre mil ternezas, y así pasaron toda

aquella noche.

Venida la mañana, los grandes de la corte se juntaron y ordenaron que

Abenámar, pues era tan buen caballero, se casase con Fátima, ya que en

su servicio había hecho tan grandes cosas. Los Zegríes no quisieron

que aquel casamiento se hiciese, por cuanto Abenámar tenía amistad con

los Abencerrajes; las cuales contradicciones no aprovecharon porque el

rey gustó de que se casaran, y todos los caballeros fueron en que se

efectuase.

Hecho el casamiento, las fiestas se aumentaron, haciendo cada día

zambra y muchas danzas y juegos; de modo que no había otra cosa en la

corte sino galas, invenciones, máscaras y regocijos; y los dejaremos

en ellas por contar lo que le sucedió a Reduán en la Vega, yendo

desesperado por verse aborrecido de Lindaraja que amaba a Gazul.

Pues es de saber que como salió de la ciudad se fue por el río Genil

abajo, y llegó al Soto de Roma, que es un soto muy agradable, de mucha

espesura de árboles; y hoy día quien no tiene muy andadas las veredas

se pierde en él: hay dentro infinidad de caza volátil y terrestre, y

estará de Granada el principio del soto legua y media, teniendo de

ancho y largo más de cuatro leguas.

Allí vio una escaramuza muy reñida entre cuatro moros y cuatro

cristianos, por causa de que les querían quitar una mora muy hermosa,

y la defendían, aunque con pérdida y trabajo, por ser los cristianos

de mucho valor. La mora miraba su escaramuza derramando abundancia de

lágrimas.

Reduán espoleó su caballo para favorecer a los moros; pero por priesa

que se dio ya habían muerto a los dos, y los otros andaban a mal traer;

y temerosos de la muerte desampararon a la dama, y volvieron las

espaldas a todo correr de sus yeguas.

A esta sazón llegó Reduán, y mirando a la hermosa mora la vio vertiendo

perlas por los ojos, y que acrecentaba más su triste llanto viendo

muertos dos de sus guardadores, y que los otros dos se habían ido

huyendo.

Movido de compasión el valiente Reduán, por librarla del poder de

los cristianos, y sin hablarles palabra, los acometió, y del primer

encuentro hirió al uno muy mal en un descubierto de la adarga, de

modo que vino a tierra; y revolviendo su caballo con gran ligereza y

velocidad, se apartó de los tres cristianos escaramuceando un gran

trecho, y luego tornando como un pensamiento sobre ellos, de un

encuentro derribó a otro caballero del caballo, mal herido.

Los dos cristianos que quedaban embistieron a Reduán, y el uno de ellos

le dio una gran lanzada, de suerte que quedó herido de una mala herida;

el otro caballero, aunque le entró, no le hirió y rompió su lanza.

Reduán viéndose herido, se apartó de ellos, y con muy bravo ánimo les

volvió a embestir, de suerte que derribó del caballo al que estaba sin

lanza.

El cristiano que estaba solo hirió a Reduán segunda vez, y él

encolerizado acometió al cristiano para herirle, mas no se atrevió a

esperarle por verse solo, pues los compañeros estaban en el suelo mal

heridos, y los caballos andaban sueltos por el campo.

Los dos moros que habían ido huyendo se detuvieron por ver el fin de

la batalla; y visto cuán en breve había desbaratado aquel moro a los

cuatro cristianos, volvieron espantados adonde había dejado a la mora,

la cual estaba admirada del valor del moro.

Reduán estaba hablando con ella maravillado de su hermosura, que le

parecía ser mayor que la de Lindaraja y la de todas las damas de

Granada; y así era verdad, que era la más hermosa de todo el reino.

Estaba Reduán tan rendido a la mora, que no se acordaba de Lindaraja, y

solo se ocupaba en mirarla, y la preguntó quién era.

En esto llegaron los dos moros, y dándole las gracias del socorro le

dijeron así:

--Señor caballero, Mahoma os trajo aquí a tal tiempo, que si vos no

vinierais, nosotros del todo fuéramos perdidos y muertos a manos de

aquellos caballeros cristianos; y lo que más nos pesara es perder esta

dama que traemos a nuestro cargo, y porque parece que estáis herido,

según demuestra esa sangre, vamos la vuelta de Granada, y en el camino

diremos lo que habéis preguntado; y mirad si de estos caballeros

cristianos se ha de hacer alguna cosa.

--No --dijo Reduán--, básteles estar heridos; cogedles los caballos,

dádselos, y váyanse.

De esto se maravillaron los moros, y cogieron los caballos y se los

dieron a los cristianos, y ellos tomaron la vía de Granada.

Yendo Reduán junto a la hermosa mora, la cual no menos pagada iba de

Reduán que él iba de ella, el uno de los dos moros comenzó a hablar de

esta manera:

--Habéis de saber, señor caballero, que éramos cuatro hermanos y una

hermana, que es la que presente veis: de los cuatro, por nuestra

desdicha, ya habéis visto como quedan allí los dos muertos a manos de

los cristianos, y aun habemos sido para tan poco los dos que quedamos,

que aún no les dimos sepultura; pero querrá el santo Alá que hallemos

algunos villanos que pagándoselo quieran dársela. Nuestro padre es

alcaide de la fuerza de Ronda; y como supimos que en Granada se hacían

tan grandes fiestas, pedimos a nuestro padre, Zaide Hamete, licencia

para venir a verlas. Pluguiera al santo Alá que no hubiéramos venido,

que nos ha costado dos hermanos, y afrentosamente huimos y dejamos

en tan notable peligro a nuestra hermana Haja, si vos, señor, no lo

remediárades. Esta es, señor caballero, nuestra lastimosa y verdadera

historia; y pues ya, señor, habéis sabido nuestro viaje, y también

quién somos, recibiremos merced, si sois servido, que nos digáis de

dónde sois y cómo os llamáis, para que sepamos a quién somos tan

obligados.

Reduán les respondió:

--Holgado me he, caballeros, de saber quién sois; bien conozco a

vuestro padre, y conocí a vuestro abuelo Almadán, a quien mató D. Pedro

Sotomayor. Pésame de no haber venido antes, que yo sé que no hubieran

muerto vuestros hermanos, y huélgome mucho de haberos servido en algo,

y lo haré cada y cuando que se ofrezca; y por si os queréis servir

de mí, y daros gusto, os diré quién soy: llámanme Reduán, y soy de

Granada; vamos allá a mi casa, y será vuestra, donde os haré regalar y

servir conforme merecéis.

--Gran merced, señor Reduán --respondieron ellos--, por el ofrecimiento

que nos hacéis; deudos tenemos en Granada donde podemos ir a posar,

cuanto más que por la desgracia sucedida nos detendremos muy poco en la

ciudad, especialmente siendo ya pasadas las fiestas.

En esto iban hablando los dos hermanos de Haja, y Reduán, cuando vieron

venir dos leñadores que con sus bagajes iban por leña al dicho soto, y

en llegando a ellos dijeron los dos hermanos a Reduán:

--A buen tiempo han venido estos villanos, que podría ser quisiesen dar

sepultura a nuestros hermanos, pagándoselo.

--Yo se lo rogaré --dijo Reduán, y habló a los villanos diciendo--:

Hermanos, por amor del santo Alá, que deis sepultura a dos caballeros

que están allí bajo muertos, que os será bien pagado.

Los villanos dijeron, que de buena gana lo harían, sin interés alguno.

Los hermanos suplicaron a Reduán esperase allí en compañía de su

hermana, en tanto que iban a ayudar a enterrar los muertos, que seguros

iban, quedando ella con él, y a traer los caballos, siquiera porque no

se aprovechasen de ellos los cristianos.

--Mucho me holgara de acompañaros --dijo Reduán--; pero pues es vuestro

gusto que yo quede con vuestra hermana, soy contento.

Los moros se lo agradecieron mucho, y se fueron con los villanos para

dar sepultura a sus hermanos, y cobrar los caballos perdidos.

El valiente Reduán ardiendo en llamas de amor por la hermosa Haja, y

viendo la oportuna ocasión por estar solos, la dijo de esta suerte:

--O fue ventura, o desdicha mía haberos hallado en esta parte; en un

punto vi muerte, vida, cielo, suelo, tempestad, bonanza, paz y guerra;

y lo que más siento, es no saber el fin de una tan extraña aventura,

como es la que la fortuna me ha ofrecido: de suerte estoy suspenso,

Haja hermosa y bella, que no estoy en mí, sino en ti. No sé dónde

vaya sino a ti; temo declarar mi mal, muero si no lo declaro, ardo en

vivas llamas, estoy más helado que los Alpes de Alemania. No sé si

hable, o calle, oh bellísima señora: por mejor medio elijo declararte

lo que mi alma siente, para que des vida a quien le va faltando, pues

tú eres la verdadera medicina, y salutífera a mi enfermedad. Sabrás,

vida de esta mía, que en la dichosa hora que vi tus soles llorosos

por la escaramuza de que tú eras la causa, luego comencé a pelear con

cinco contrarios, cuatro los cristianos, y otro tú; vencilos, y te

libré; y tú me venciste y cautivaste: ¿con qué armas peleaste, que tan

presto me venciste? Pero, ¿para qué lo pregunto, pues eres semejanza

y cifra de la hermosura, dotada en discreción, bravo donaire, brío y

gentileza? Estas son las armas con que peleaste conmigo. No hallaste en

mí resistencia porque de mis potencias estabas apoderada: tu siervo

soy, y tú mi señora y mi bien. Adórote, no me aborrezcas; estímote, no

me menosprecies, no seas ingrata a mi pecho fiel, amoroso y verdadero:

corresponde a mi casto amor, pues te admito por mi esposa, y dame

respuesta piadosa.

Y diciendo esto enmudeció. Haja le respondió, diciendo:

--Noble, brioso y esforzado caballero, aunque sin experiencia de causas

de amor, por ser doncella de catorce años, recogida y noble, que presto

sabrás quien soy, luego reconocí ser tu accidente de amorosas llamas,

y a lo que me has dicho, digo que sea así por no contradecirte; pero

bien sé que los hombres, por conseguir su lascivo deseo, dicen mil

lisonjas vanas, y otras cosas o cuitas en daño de las tristes mujeres,

que de ligero se creen. Quiero resolverme y responder, porque veo venir

a mis hermanos, que si tú me amas, soy tu rendida; si con facilidad me

quisiste, con fuerza te adoro; si te parezco bien, me parece que no

hay otro en la tierra como tú. Y si como dices, me quieres por esposa,

pide a mis hermanos que alcancen el sí de mi padre, que el mío en tu

boca está; y te prometo que será tan imposible faltar esta ferviente

fe que tengo, como pedir a la nieve que caliente, al sol que resfríe y

que no alumbre, y como ver en el suelo el firmamento estrellado. Tanto

es lo que te quiero, moro, que en mi alma moras; y porque llegan mis

hermanos, mudemos plática, no apartándome de tu pensamiento, como yo no

te aparto del mío; y cuando caminemos, como que no me has dicho nada,

puedes tratar con mis hermanos el casamiento: y de no querer mi padre,

ni mis hermanos que me case contigo, que no me persuado a que den tan

mal pago a una obligación tan grande como te tenemos, y más siendo tan

principal caballero, que nosotros ganamos en que tú me quieras por

esposa, yo quiero, si tú me quieres; tuya soy, pues me libraste de

poder de los cristianos, que es cierto que había de ser su cautiva.

Pues tanto más me ha valido el trueque, dichosa suerte ha sido la mía,

aunque he perdido dos hermanos, en haber venido por aquí, resultándome

tanto bien de querer ser tú mi esposo; y en señal de que seré tuya,

para que estés confiado en mi palabra, toma esta sortija del dedo del

corazón, y ponla en el tuyo, pues el mío tienes en él.

Y diciendo esto sacó una sortija de oro, con una esmeralda trasparente

y fina, y se la dio a Reduán, el cual la tomó con mucha alegría, y

besándola mil veces la puso en su dedo, quedando el más contento y

favorecido amante del mundo.

Quisiera el enamorado moro dar respuesta a su querida mora; pero no

hubo lugar, porque llegaron sus dos hermanos, bañados los rostros en

lágrimas por el dolor de sus dos caros hermanos, a quien venían de

enterrar y traían sus caballos del diestro. La hermosísima Haja no pudo

dejar de llorar los ya difuntos hermanos. Reduán los consolaba lo que

podía, diciéndoles palabras muy eficaces para ello; y con estas y otras

pláticas entraron en Granada.

Era ya de noche, y dijeron los hermanos a Reduán, que les diese

licencia para ir a posar en casa de un deudo suyo, que era de los

Almadenes, y vivía en la calle de Elvira. Reduán les dijo que hiciesen

su gusto y los acompañó hasta la posada; y despidiéndose de ellos se

volvió a su casa.

Mas al tiempo de despedirse no apartaba la vista de sus ojos el uno

del otro amante, de tal manera que apartándose se consideraba sin alma

Reduán, por quedársele con su señora; y Haja asimismo, por llevársela

Reduán.

Los caballeros y la dama fueron bien recibidos de su tío, quien recibió

mucha pena por la muerte de sus dos sobrinos.

A otro día por la mañana se vistió Reduán, y fue al real palacio por

besar las manos al rey, el cual en aquella hora se acababa de levantar

y vestir para ir a la Mezquita mayor, a ver el zalá que se hacía por

un moro de su secta llamado Gidemahojo; y viendo a Reduán vestido de

marlota y capellar verde, y plumas verdes, alegrose grandemente con su

vista, porque había muchos días que no le había visto; y le preguntó

dónde había estado, y cómo le había ido en la escaramuza con Gazul.

Reduán le satisfizo, diciendo que Gazul era buen caballero, y que Muza

los había hecho amigos.

Con esto el rey y los demás caballeros que le salían a acompañar, que

por la mayor parte eran Zegríes y Gomeles, se fueron a la mezquita, y

con muy grande aplauso se hizo el zalá y alcoranas ceremonias, y se

volvieron al Alhambra; y en entrando en su palacio real hallaron a la

reina y sus damas en la sala, porque era costumbre del rey Chico; y así

lo tenía mandado, que en cualquier tiempo que saliese, a la vuelta

había de estar la reina y sus damas en la sala por solo su gusto, y

porque se holgaba de verlas; y más a Celima, que la amaba en supremo

grado, por lo cual él y el capitán Muza tuvieron muchas diferencias,

como adelante se dirá.

Entraron en palacio con todos los caballeros de su corte, y todas las

damas pusieron la vista en la bizarría de Reduán, espantadas de la

mudanza de librea. Lindaraja le miraba de propósito, y admirada de que

no la miraba, dijo entre sí:

--Disimula Reduán su pasión: bien hace, que no ofenderé a mi Gazul.

La reina dijo a Lindaraja:

--Todavía tiene esperanza Reduán de gozarte.

Respondió Lindaraja:

--Bien puede desistir de ese pensamiento, porque estoy muy fuera de él.

Dijo la reina:

--Pues en verdad que tiene buen talle, y es galán y discreto Reduán, y

que cualquiera dama se puede tener por dichosa en ser suya.

--Así es, señora, Reduán merece mucho, y de no haber puesto mi afición

en Gazul, es sin duda que ninguno sino él fuera señor de mí.

Con esto callaron, porque no advirtiesen las otras damas en lo que

hablaban.

A esta sazón le dijo el rey a Reduán:

--Bien te acordarás que me diste palabra de ganar a Jaén en una noche:

si lo cumples, como me lo prometiste, te daré doblado el sueldo de

capitán; y si no lo cumplieres, me has de servir en una frontera,

privado de la vista de tu dama. Por tanto apercíbete a la empresa,

que yo iré en persona a la conquista, que estoy muy sentido de estos

cristianos de Jaén, porque cada día nos corren la tierra, y talan la

Vega; y pues ellos me vienen a buscar tantas veces, será bien que vaya

yo a buscarles una, y que de esta se concluya con todos.

Reduán le respondió con rostro alegre, diciendo:

--Si algún tiempo di palabra de darte a Jaén ganada en una noche, de

nuevo lo confirmo, con que me des mil soldados de los que yo señalare,

que yo os cumpliré lo dicho.

El rey dijo:

--No digo mil soldados, sino cinco mil te daré, y aunque yo vaya, tú

has de ser capitán de todos.

--Estimo mucho la honra que me hacéis --dijo Reduán--, y yo me holgaría

de acertar a servirte como deseo. Tu Majestad señale la gente y día que

hemos de partir, que desde luego estoy dispuesto y obediente a tu gusto.

--No espero menos de ti, y no perderás el servicio que me hicieres:

los caballeros que irán contigo serán Abencerrajes, Zegríes, Gomeles,

Mazas, Venegas, Maliques y Alabeces, que bien sabes el valor de todos,

y sin estos irán los demás caballeros e hidalgos, pues yo voy a la

jornada.

Diciendo esto entró un portero, y dijo al rey que pedían licencia una

dama y dos moros forasteros para besarle las manos. El rey dijo que

entrasen.

Luego entraron por la sala dos caballeros de buena gracia, marlotas y

capellares, borceguíes y zapatos negros; enmedio de ambos venía una

dama vestida de negro, tapado el rostro con un cabo del almaizar que no

descubría más que dos luceros, y bien se echaba de ver por la hermosura

de ellos, que debía de ser perfecto en todo.

Maravillado el rey de sus funestos trajes, les dijo:

--¿Qué es lo que queréis?

Haciendo gran reverencia al rey y a la reina, y a las damas que allí

estaban, propuso el moro lo siguiente:

--Nuestro principal intento ha sido venir a besar tus reales manos

y las de mi señora la reina, y a que conozcas estos tus siervos.

Nosotros tres somos nietos de Almadán, alcaide que fue de Ronda, y

ahora lo es nuestro padre; y como tuvimos noticias de las fiestas que

en esta ciudad se hacían, por celebrar los casamientos que tu Majestad

ha hecho en ella, acordamos de venir a verlas. La fortuna no quiso

que las gozásemos, y fue la causa que el día de las fiestas, en un

lugar de grandes espesuras que se dice el Soto de Roma, de improviso

nos asaltaron cuatro caballeros cristianos, muy valerosos, y tanto,

que aunque nosotros nos defendimos por amparar esta doncella, que es

hermana nuestra, pudieron tanto, que de cuatro hermanos que éramos,

nos mataron los dos, y nosotros con temor de la muerte huimos, y si no

fuera por el valor de este caballero que está junto a vuestra Majestad,

todos nos perdiéramos --y diciendo esto, señaló con el dedo al fuerte

Reduán--: que venció con su valentía él solo a tres cristianos, y el

otro huyó. Venimos a darle las gracias al vencedor caballero que estaba

consolando a nuestra afligida hermana, y dio licencia a los vencidos

cristianos para que fuesen libres, sin quitarles ningún despojo;

benignidad de noble caballero nunca vista, que con quedar herido no

quiso vengarse. Os certifico, señor, que si todos los caballeros de

vuestra corte son como Reduán, podéis conquistar el mundo, porque

vimos que de tres botes de lanza derribó tres cristianos mal heridos, y

el otro huyó. Acordamos de venir a besar las manos de vuestra Majestad,

y a pedir licencia para ir a contar a nuestros padres esta desdicha.

Con esto no dijo más el moro, mostrando mucha tristeza, y la misma

mostró el otro hermano y la doncella.

Mucha admiración causó al rey la tragedia, y la ventura de ir Reduán

por aquel sitio para remediar la dama; y volviéndose a Reduán le dijo:

--Grande era el amor que te tenía, y con esta hazaña le has acrisolado

más, y desde hoy te encargo la alcaidía del castillo de Tíjola, que

está junto a Purchena.

Todos los caballeros tuvieron a heroico hecho el que hizo Reduán, y

le alababan mucho; lo cual lastimaba a Lindaraja, que estaba casi

arrepentida por haber despreciado a Reduán.

El rey les dijo a los dos hermanos:

--Pues es vuestra voluntad de iros, id en buen hora, que licencia

tenéis; pero antes que os vais querría ver el rostro de esa dama por mi

gusto y de la reina; decidle se quite el rebozo, porque no será bien

que dejemos de gozar de su vista, que yo bien entiendo que es peregrina

a lo que se infiere por los hermosos ojos que tiene.

Los hermanos la dijeron que se descubriese; ella lo hizo así, y

quitándose un prendero del almaizar, descubrió su rostro, que no menos

que el de Diana era.

Así pareció a todos los de la sala real, como el sol que por la mañana

sale esparciendo sus ardientes rayos: esto mismo hacía la hermosa Haja,

pues los de su hermosura reverberaban en quien la miraba, y quedaban

todos deslumbrados, matando con su vista a los caballeros de amor, y a

las damas de envidia.

A todos admiró la hermosura de la bizarra Haja, y deseaban su amistad

por gozar de su hermosura. La reina que asimismo estaba espantada de la

beldad de Haja, le dijo al rey:

--Sírvase vuestra Alteza de que goce yo de esta dama.

--Vaya en buen hora --dijo el rey--, que bien sé que ha de haber más de

cuatro damas envidiosas de las que hoy os sirven.

Llamaron a Haja, y haciendo mesura al rey y a los caballeros, pasó a

besar la mano a la reina, y de rodillas en el suelo se la pidió. No

quiso la reina dársela, antes la levantó, y la hizo sentar junto a sí.

A todas las damas causó admiración la perfección con que en todo dotó

naturaleza a Haja; pues aunque estaban allí Daraja, Sarracina, Galiana,

Fátima, Celima, Cobaida y otras muchas damas de excelente hermosura,

ninguna como la de la hermosa Haja.

Reduán que no apartaba los ojos de su adorada Haja, estaba muy

receloso, y con gran temor no se le trocase, y le quebrase la palabra

dada.

La mora miraba de cuando en cuando a su amante Reduán, y si con lanza

y adarga le había parecido bien, mucho mejor le parecía vestido con el

traje de corte, y más tan galán como estaba; y extendiendo los ojos

por todos los caballeros presentes, ninguno la pareció llegar a poder

competir con su querido Reduán. Mostrábasele grave, alegre y risueña,

que no fue poco contento para el moro.

El rey dijo a Reduán:

--Mucho me holgara de ver la escaramuza que tuvisteis con Gazul, porque

sería de ver, siendo ambos tan valientes.

--Yo soy testigo de ella --dijo Muza--, porque no pudiéndolos persuadir

a que no peleasen, estuve mirando la cruel y sangrienta escaramuza

que entre un león y una onza no podía ser más violenta; y movido a

compasión de que ambos no muriesen, porque no reconocí ventaja en

ninguno, me puse enmedio, y cesó la escaramuza, quedando los dos con

igual victoria.

--¿Qué les movió al desafío? --dijo el rey.

--Son cuentos largos --contestó Muza--; no hay para qué refrescar en

la memoria cosas viejas, sino decir que está en la sala la causa de su

enojo.

--Ya entiendo lo que puede ser --dijo el rey--: bien sé yo que Reduán

no volverá a hacer escaramuza con Gazul sobre lo pasado en ninguna

manera.

--Vuestra Majestad está en lo cierto --dijo Reduán--, porque estoy ya

olvidado de todo aquello; pero a la sazón perdiera mil vidas por ella,

si las tuviera, lo que ahora no me pusiera a perder una.

--Debe de haber algo nuevo, que no es posible menos --dijo el rey.

Diciendo esto, los dos caballeros, hermanos de Haja, se habían sentado

junto a Mahandín Hamete, principal caballero y rico, del linaje de

los Zegríes, el cual habiendo visto la hermosura de Haja estaba tan

amartelado, que no apartaba los ojos de ella: afligíale tanto la causa

amorosa, que no pudiéndola resistir les dio parte a sus hermanos,

diciéndoles:

--Señores caballeros, ¿conoceisme?

--No, señor, sino para serviros --respondieron ellos--, que como

forasteros no conocemos particularmente a los caballeros granadinos;

pero estando en compañía de tan alto rey y en su real palacio, bien

inferimos que debéis de ser de estirpe clara.

--Pues sabed, caballeros, que soy Zegrí, descendiente de los reyes de

Córdoba, y en Granada valgo yo tanto, que se hace larga mención de mí y

de los de mi linaje, y querría, si lo tuvieseis por bien, emparentaseis

conmigo, dándome por mujer a vuestra hermana Haja, que me ha parecido

tan bien, que me holgara ser vuestro cuñado y pariente; y a ley de

moro hidalgo, que pudiera estar casado con una dama que era de lo más

principal de Granada; mas no me he querido casar hasta ahora que he

visto a vuestra hermana, de la cual estoy muy pagado.

Con esto cesó el Zegrí, aguardando su bien o su mal.

Los hermanos de Haja comunicaron entre ambos si convenía o no aquel

casamiento, y al fin considerando el valor de los Zegríes, cuya fama

era tan notoria, le dieron el sí, confiados en que su padre tendría por

bien lo que ambos hiciesen.

El Zegrí muy alegre con el sí de los hermanos, se levantó, e hincándose

de rodillas habló de esta suerte:

--Alto y poderoso rey, suplico a vuestra real majestad, que ya que se

celebran casamientos, y por ellos hay fiestas, que se haga el mío para

que goce de ellas, porque sabrá vuestra majestad que vencido de los

amores de la hermosa Haja, la pedí en casamiento a sus dos hermanos,

los cuales sabiendo quién soy, lo han tenido por bien, y me la han

prometido por mujer; por lo que suplico a vuestra majestad sea servido

de que nos desposen conforme a nuestros ritos, pues se ha ofrecido esta

ocasión en tan buen tiempo.

El rey, mirando a la dama y a sus dos hermanos, admirado de tan

repentino acuerdo, dijo que si era gusto de ellos y la dama quería, que

él era contento.

Todos se admiraron del caso, y callaron hasta ver en qué paraba; pero

Reduán ardiendo en enojo e ira, se levantó en pie y dijo:

--Señor, a este casamiento que pide el Zegrí no hay lugar, porque es mi

esposa desde que la libré de los cristianos, y entre los dos nos hemos

dado palabra de esposos, y hay también prendas que son confirmación

de esto que digo: nadie como la dama puede decir lo que pasa; y no

pretenda agraviarme ninguno, porque me lo pagará.

El Zegrí respondió alborotado que Haja no se podía casar sin licencia

de su padre o hermanos, y que era suya, y la defendería hasta la

muerte. Reduán que oyó la arrogancia del Zegrí, arremetió a él para

herirle con muy encendida rabia. Los Zegríes acudieron a favorecer a su

pariente, y los de Reduán, Muza y los Abencerrajes fueron a socorrerle.

El rey, viendo el escándalo que se empezaba, mandó pena de muerte a

quien más hablase en el caso, que él determinaría lo que había de ser.

Con esto se aquietaron aguardando su determinación; y visto que ya

estaban sosegados fue al estrado de la reina, y tomó de la mano a Haja,

y puesto en medio de la sala la dijo que escogiese a Reduán o el Zegrí,

o aquel que más gusto le diese.

La dama viendo que no podía dejar de obedecer el precepto de su rey, se

puso confusa a considerar la palabra que habían dado sus hermanos al

Zegrí, y por otra parte consideraba el mucho amor que tenía a su Reduán

y él a ella, y el haberla librado del cautiverio, y los coloquios

amorosos que entre los dos habían pasado, y a la fe y palabra que había

dado de ser su esposa.

Considerándolo todo muy bien, se fue con el rey de la mano adonde

estaban los caballeros juntos, y llegados, haciendo una reverencia al

rey, le dio la mano a Reduán diciendo:

--Señor, este quiero por esposo.

El Zegrí quedó avergonzado de que él fuese el desechado; y no pudiendo

sufrir el dolor se salió de palacio con intento de vengarse de Reduán,

del cual se celebraron aquel día las bodas, y al siguiente hubo

fiestas y zambra; y estando ocupados en estas fiestas, trajeron nuevas

como mucha compañía de cristianos corrían y talaban la Vega, y así

fue necesario dejar las fiestas por salir a ella para pelear con los

cristianos.

El valeroso Muza, como capitán general, salió luego al campo acompañado

de mil de a caballo y dos mil peones, y en topando el escuadrón

de los cristianos trabaron muy sangrienta escaramuza, en la cual

murieron muchos de ambas partes; mas siendo el poder de los moros

mayor, por haber tres veces más gente que de los cristianos, quedaron

vencedores, y ganaron dos banderas cristianas, y cautivaron muchos

cristianos; aunque les costó cara esta victoria, porque murieron más

de seiscientos moros. En este día hicieron los caballeros Abencerrajes

y Alabeces grandes cosas en armas, y si no fuera por su valor no se

venciera la escaramuza.

Volvió Muza victorioso a Granada, con lo cual se holgó el rey. También

se señaló en este día Reduán, a quien el rey abrazó con muy grande

amor, y por la victoria tornaron a hacer fiestas otros ocho días, y por

los casamientos; las cuales pasadas determinó el rey salir a correr la

tierra de los cristianos, porque lo deseaba, en particular a Jaén que

era quien más daño le hacía; y dándole el cargo de capitán general al

valiente Reduán, como está tratado y atrás habemos dicho, se partió de

la ciudad de Granada.

Guerras civiles de Granada: Tomo I · 第 24 / 43 题