_Que trata de la batalla que el valiente Muza tuvo con el Maestre, y de
otras cosas que también pasaron._
Así como el mensajero del valeroso maestre partió con la carta
aceptando el desafío, el rey y todos los caballeros quedaron tratando
de él y de otras cosas.
La reina y las damas no holgaron del desafío, porque sabían bien que
el valor del maestre era grande, y muy diestro en las armas, y a quien
más pesó de este desafío fue a la hermosa y discreta Fátima, del linaje
Zegrí, que amaba de secreto mucho a Muza; pero él adoraba a la hermosa
Daraja, hija de Mahomet Alabez, y hacía en su servicio señaladas
cosas; mas Daraja no amaba a Muza, porque tenía todo su amor puesto en
Abenjamar, caballero Abencerraje de mucho valor: el Abencerraje amaba a
la hermosa Daraja, y la servía.
Volviendo, pues, a Muza, aquella noche siguiente aderezó todo lo
necesario para la batalla que había de hacer, y la Fátima le envió con
un paje suyo un rico pendoncillo para la lanza, el medio morado, y el
otro verde, todo recamado con riquísimas labores de oro, y sembradas
por él muchas FF, que declaraban el nombre de Fátima. El paje le dio a
Muza diciendo:
--Valeroso señor, Fátima, mi señora, os besa la mano, y os suplica
pongáis en vuestra lanza este pendoncillo en su servicio, porque será
muy contenta si lo lleváis a la batalla.
Muza tomó el pendoncillo mostrando muy buen semblante, porque era para
con las damas cortés, aunque él más quisiera que fuera de Daraja; pero
por ser tan discreto como valiente, lo recibió diciendo al paje:
--Amigo, di a la hermosa Fátima que tengo en muy grande merced y favor
el pendoncillo que me envía, aunque en mí no haya méritos para prenda
de tan hermosa dama, y que Alá me dé gracia para que la pueda servir,
y que la prometo de ponerle en mi lanza, y de entrar con él en la
batalla, porque sé que con tal prenda, y enviada de tal mano, será muy
cierta la victoria de mi parte.
El paje fue muy contento, y en llegando a Fátima le dijo todo lo que
con el valiente Muza había pasado, que no fue poca alegría para Fátima.
Pues el alba no había bien rompido, cuando Muza ya estaba aderezado
de todo punto para salir al campo, y dando de ello aviso al rey, se
levantó y mandó que tocasen las trompetas y clarines, al son de los
cuales se juntaron muchos caballeros, sabiendo ya la ocasión de ello.
El rey se aderezó aquel día muy galán: llevaba una marlota de tela de
oro, tan rica, que no tenía precio, con tantas perlas y piedras de
valor, que muy pocos reyes las pudieran tener tales.
Mandó el rey que saliesen doscientos caballeros muy bien alistados,
para pelear por la seguridad de su hermano Muza.
Aún no eran los rayos del sol bien tendidos, cuando el rey Chico y
su caballería salió por la puerta de Biealmazón, llevando a su lado a
Muza, y con él los caballeros: iban tan gallardos que era muy de ver.
No menos parecer y gallardía llevaban los demás caballeros de pelea, y
parecían tan bien con sus adargas blancas, lanzas y pendoncillos, con
tantas divisas y cifras en ellos, que era maravilla.
Iba por capitán de la gente de guerra Mahoma Alabez, gallardo y
valiente caballero, y muy galán y enamorado de una dama llamada
Cobaida. Llevaba este valiente moro un listón morado en su adarga, y en
él por divisa una corona de oro, y una letra que decía: _De mi sangre_,
dando a entender, que venía de aquel valeroso rey Almohabez, que murió
a manos del infante D. Sancho; y la misma divisa llevaba el gallardo
moro en su pendoncillo.
Así salieron estas dos cuadrillas, y anduvieron hasta donde estaba el
belicoso maestre con sus cincuenta caballeros aguardando, no menos
aderezados que la contraria parte. Luego como llegó el rey tocaron sus
clarines, y respondieron las trompetas del maestre.
Después de haberse mirado los unos a los otros, el valeroso Muza no
veía la hora de verse con el maestre, y pidiendo licencia a su hermano
el rey, salió con hermoso donaire y gallardía, mostrando en su aspecto
el valor y esfuerzo que tenía.
Llevaba el bravo moro su cuerpo bien guarnecido; sobre un jubón de
armar una muy fina cota que llaman jacerina, y encima un peto fuerte,
forrado en terciopelo verde; sobre ella una rica marlota del mismo
terciopelo, labrado con oro, y por ella sembradas muchas DD de oro,
hechas en arábigo. Esta letra llevaba el moro por ser principio del
nombre de Daraja, a quien él tanto amaba.
El bonete era verde con ramos de oro labrado, y lazadas con las mismas
DD. Llevaba una adarga hecha en Fez, y atravesado por ella un listón
verde, y en el medio una cifra; y era una mano de una doncella, que
apretaba con ella un corazón, del que salían gotas de sangre, con una
letra que decía: _Más merece_. Iba tan gallardo el valiente Muza, que
cualquiera que le miraba quedaba aficionado a las galas.
El maestre echó de ver luego que aquel era con quien había de
escaramucear, y mandó a todos sus caballeros que ninguno se moviese en
su socorro, aunque le viesen puesto en necesidad; y fuese poco a poco
hacia donde venía el gallardo Muza.
Iba el maestre bien armado, y sobre las armas una ropa de terciopelo
azul, recamado de oro, el escudo verde en campo blanco, y en él puesta
una cruz roja, la cual señal también llevaba en el pecho. El caballo
era bueno, rucio rodado. Llevaba en la lanza un pendoncillo blanco, y
en él la cruz roja, y debajo de ella una letra que decía: _Por esta y
por mi rey_.
Parecía tan bien, que en verle daba contento, y cuando el rey le vio
dijo a los que con él estaban:
--No sin causa este caballero tiene gran fama, porque en su talle y
buena disposición muestra el valor de su persona.
Llegaron los dos valientes caballeros cerca el uno del otro, y después
de haberse mirado muy bien, el que primero habló fue Muza:
--Por cierto, valeroso caballero, que vuestra persona muestra bien
claro ser vos el que la fama publica; y así digo, que vuestro rey se
puede tener por bien afortunado en tener un tan estimado caballero
como vos sois; y por la fama que el mundo tiene de vos, yo me tengo
por muy dichoso de entrar con vos en batalla, porque si Alá quisiese
que alcanzase victoria de tan buen caballero, todas las glorias de él
serían mías, que no poca honra y gloria sería para mí, y para todo mi
linaje; y si yo quedare vencido, no sentiré tanta pena, por serlo de
tan buen caballero.
Con esto feneció el gallardo Muza sus razones, a las cuales respondió
el valeroso maestre con mucha cortesía diciendo:
--Por un recado que ayer recibí del rey, sé que os llaman Muza, de
quien no menos fama se divulga que la que decís de mí, y que sois su
hermano, descendiente de aquel esforzado y antiguo capitán Muza, que en
tiempos pasados ganó gran parte de nuestra España; y así estimo tener
con vos batalla; y pues cada uno de su parte desea la gloria y honra de
ella, vengamos a ponerlas en ejecución, dejando en manos de la fortuna
el fin del caso, y no aguardemos a que se nos haga más tarde.
El gallardo moro, que oyó aquellas razones al maestre, se sintió
avergonzado por haber dilatado tanto tiempo la escaramuza, y sin
responder palabra alguna, con mucha presteza rodeó su caballo, y
apretándose el bonete en la cabeza, debajo del cual llevaba un muy
fino y acerado casco, se apartó un gran trecho, y lo mismo había hecho
el maestre.
A este tiempo la reina y todas sus damas estaban puestas en las torres
del Alhambra, para desde allí mirar la fuerte escaramuza. Fátima estaba
junto a la reina, juntamente con sus damas, ricamente vestida de
damasco verde y morado, y era del propio color del pendoncillo que le
había enviado al valiente Muza: tenía por toda la ropa sembradas muchas
MM griegas, por ser la primera letra de su amante Muza.
El rey como vio apartados a los caballeros, y que aguardaban la señal
de batalla, mandó tocar sus clarines, a los cuales respondieron las
trompetas del maestre.
Siendo la señal hecha, arremetieron los caballeros el uno para el otro
con tan grande furia y braveza que cada uno sintió el valor de su
contrario en los encuentros que tuvieron; mas ninguno perdió la silla,
ni hizo mudanza alguna: las lanzas no se quebraron, la adarga de Muza
fue falseada, y el hierro de la lanza tocó en la fina coraza, y rompió
parte de ella, y pasó en la jacerina, sin hacerle otro mal.
El encuentro de Muza pasó el escudo al maestre, y el hierro de la lanza
tocó en el peto fuerte, que a no serlo fuera herido.
Los caballeros sacaron las lanzas, y con grande destreza comenzaron
a escaramucear, rodeándose el uno al otro, procurando herirse; pero
aunque era bueno el caballo del maestre, no era ligero como el del
moro, a cuya causa no podía dar golpe a gusto, por andar Muza tan
ligero; y así entraba y salía con velocidad el moro, dándole algunos
golpes al maestre, el cual como vio la ligereza del caballo del
contrario, acordó, fiando en la fortaleza de su brazo, de tirarle la
lanza, y aguardó a que el moro le entrase, y viéndole cerca terció la
lanza, y levantose sobre los estribos, y con fortaleza jamás vista le
arrojó la lanza.
Muza quiso hurtarle el cuerpo y revolvió la rienda al caballo por huir
del golpe; pero no lo hizo tan a su salvo que llegando primero la lanza
del maestre, le pasó el cuerpo al caballo: alborotose saltando, dando
vueltas y empinándose, y dando grandes corcovos; y visto por el moro,
temiendo no le viniese algún daño por aquella causa, saltó en tierra
y con osado ánimo se fue al maestre para desjarretar el suyo, y de él
entendido, saltó tan ligero como el viento; y embrazando el escudo,
la espada desnuda se fue a Muza, el cual venía lleno de cólera y saña
contra él, por haberle herido tan mal su caballo; y con una cimitarra
fue a herir al maestre, el cual le ofendía bien y le maltrataba:
peleando a pie, y cerca el uno del otro, se daban tan recios y
desaforados golpes, que no bastaba fuerza de los escudos y de las
armas, que con la fortaleza de sus brazos no se deshiciese y rompiese;
y como el valeroso maestre era muy diestro y cursado en las armas,
y más fuerte que Muza, puesto que el moro era valiente y de animoso
corazón, quiso mostrar donde llegaba su valor, y afirmando su espada
sobre la cimitarra de Muza, fue al reparo, y el maestre con muy gran
presteza le hirió en la cabeza sin poderlo remediar el gallardo moro:
cortole con la cuchillada la mitad del bonete, y vino el penacho al
suelo; y si el casco no fuera tan fino, fuera la herida más peligrosa,
y quedó Muza casi aturdido del golpe; y viendo cuán a maltratar le
traía el maestre, volviendo en sí acudió con su cimitarra con destreza,
y descargó un golpe muy recio.
El maestre lo recibió en el escudo, el cual fue cortado por medio, por
ser fuerte el golpe que en él le dio, y le rompió asimismo la manga
de la loriga, y le alcanzó a herir de una pequeña herida en el brazo,
de la cual le salía mucha sangre, y fue causa de que el maestre se
encendiese en cólera y saña, y queriendo vengarse, acometió con un
golpe a Muza en la cabeza, el cual con presteza fue al reparo porque no
le hiriera.
El maestre viendo que acudió al reparo, bajó la espada, y de revés le
dio una herida en el muslo, que no le aprovechó la loriga que llevaba
encima, para que no entrase la espada del maestre.
De aquella suerte andaban los valerosos caballeros muy encarnizados,
dándose muy grandes y fieros golpes.
Quien mirara a la hermosa Fátima, conociera claro que amaba a Muza,
porque así como vio el bravo golpe que el maestre dio a su amante y
querido Muza, del cual le derribó el bonete y penacho, temió quedaba
mal herido; y viendo el caballo muerto, no lo podía sufrir, y así de
todo punto perdió su color con un desmayo cruel que le dio, y cayó sin
sentido en el suelo.
La reina mandó que la echasen agua en el rostro, y echándosela volvió
en sí, y abriendo los ojos dio un suspiro, diciendo:
--¡Oh Mahoma! ¿Por qué no te dueles de mí?
Y tornándose a amortecer, la mandó la reina llevar a su aposento, y que
la regalasen. Jarifa, Daraja y Cobaida la llevaron con mucha presteza,
haciendo muchos remedios, hasta que la bella mora volvió en sí, y les
dijo a Daraja y a Jarifa que la dejasen sola, porque quería reposar un
poco.
Estas lo hicieron así, y se tornaron adonde estaba la reina mirando
la escaramuza, que a la sazón estaba más encendida, pero manifiesta
en la ventaja que el maestre llevaba a Muza, por ser más diestro en
las armas; puesto que Muza era de grande esfuerzo y valor, y no mostró
jamás punto de cobardía, y más en aquella ocasión, antes redoblaba sus
golpes, hiriendo al maestre.
Al moro le salía mucha sangre de la herida del muslo, y era tanta, que
Muza sentía bien la falta de ella, y estaba desfallecido y débil; lo
cual visto por el maestre, considerando que aquel moro era hermano del
rey de Granada, y que era también muy estimado, y deseando también con
muchas veras que fuese cristiano, y que siéndolo, le podría ganar algo
en los negocios de la guerra en provecho del rey D. Fernando, determinó
con todo cuidado de no proseguir la sangrienta batalla, y de tener
amistad verdadera con el valiente Muza, y así luego se fue retirando
afuera, diciendo:
--Valeroso Muza, paréceme que para negocios de fiestas hacer tan
sangrienta batalla como la que hacemos, no es justo; démosle fin, si
te pareciere, que a ello me mueve ser tú tan buen caballero, y hermano
del rey, de quien tengo ofrecidas mercedes; y no digo esto porque de
mi parte sienta haber perdido nada del campo, ni de mi esfuerzo, sino
porque deseo amistad contigo por tu valor.
Muza que vio retirar al maestre, se maravilló, y también se retiró,
diciendo:
--Claramente se deja entender, valeroso maestre, que te retiras, y
no quieres fenecer la batalla, por verme en tal estado, que de ella
no podía yo sacar sino la muerte; y movido tú de mi mala fortuna, me
quieres conceder la vida, de la cual reconozco me haces merced. Y
también digo, que si tu voluntad fuere que nuestra lid fenezca, de mi
parte no faltaré hasta morir, con la cual cumpliré a lo que debo a ley
de caballero; mas si, como dices, lo haces por respeto de mi amistad,
te lo agradezco infinito y lo tengo a grande merced, por tener amistad
con un tan singular caballero como tú, y prometo y juro de serlo tuyo
hasta la muerte, y de no ir contra tu persona ahora ni en tiempo
alguno, sino en cuanto fuere mi poder servirte.
Y diciendo esto dejó la cimitarra de la mano, y se fue a abrazar al
maestre, y él hizo lo mismo con mucho amor, y entendió de cierto el
maestre que de aquella amistad había de resultar muy gran bien a los
cristianos.
El rey y los demás que estaban mirando la batalla se maravillaron
mucho, y no podían entender qué podía ser; y venido a entender el caso
y la amistad, el rey con seis caballeros se llegó a hablar al maestre,
y después de haber tratado cosas de muy grandes cortesías, sabiendo
la amistad del maestre y de su hermano, aunque no se holgó mucho, dio
orden de volver a la ciudad, porque Muza fuese curado, que lo había
bien menester.
Y así se partieron los dos caballeros, llevando la amistad en sus
corazones muy fija y sellada. Este es el fin que tuvo la batalla.
Vuelto el rey a Granada, no se trataba otra cosa sino de la escaramuza,
y de la amistad que de ella procedió, y de la virtud, bondad y valor
del maestre; y con razón, porque era adornado de todo, y por él se dijo
aquel romance, que dice:
¡Ay Dios, qué buen caballero
es el maestre de Caltrava,
y cuán bien corre los moros
por la vega de Granada!
Desde la fuente del Pino
hasta la Sierra Nevada,
y en esas puertas de Elvira,
mete el puñal, y la lanza;
las puertas eran de hierro,
de parte a parte las pasa.
Siendo fenecida la batalla del maestre y de Muza, desamparando la Vega
el maestre se fue con las presas que habían hecho él y su gente.
Volvamos ahora a lo que pasó en Granada, después que el rey entró en
ella y sanó Muza de las heridas, que pasó más de un mes.