Un mes largo tardó en llegar nueva carta de Hillo, sin duda porque
los correos en tiempo tan desdichado no iban y venían con la debida
regularidad. Manifestaba el buen capellán inquietud por no haber dado
Fernando en su breve carta las explicaciones que se le pidieron. ¿Qué
casa era aquella donde moraba? ¿Por qué decía que no podría salir en
dos meses? ¿Acaso estaba enfermo, herido? ¿Entre qué gentes o con qué
familia vivía? De todo esto se esperaban pronto informes detallados.
Por el pronto se le remitían 20 onzas por un oficial de Ingenieros que
iba a Vitoria. Cuidárase él de recogerlas en dicho pueblo por persona
de confianza. Aguardó Fernando a recibir el dinero para contestar, y
en esto se pasaron otros quince días, pues el propio que se envió tras
el oficial portador de las onzas, no dio con él sino después de muchas
vueltas de una parte a otra. En agosto se recibió nueva epístola de
Hillo, en ocasión que Fernando, convaleciente ya, había dejado el lecho
y podía pasearse por la habitación agarrado al brazo de Gracia o al de
don José María. Continuaba el buen Mentor en La Granja, y hablando en
nombre y por encargo de la próvida divinidad, anunciaba a Telémaco que
esta le escribiría directamente de asuntos interesantísimos. De quien
Fernando no tuvo carta ni noticia, fue de Negretti, lo que le causaba
grande zozobra. ¡Qué habría ocurrido, santo Dios! No veía las santas
horas de recobrar su salud para correr hacia el país vasco, pues tanto
tiempo sin saber de Aura en extremo le afligía. Su encantamiento le
pesaba, era ya una monótona esclavitud; deseaba que el día último de su
prisión llegase, sin dejar por esto de rendir a la gran Demetria, su
nueva tirana, los homenajes que por su virtud, su gracia y adorables
prendas merecía.
Avanzado agosto, llegó carta de la incógnita, que no contenía
revelación alguna de lo que Fernando quería saber. Era el mismo estilo
de antes, la misma voz dulce y un tanto burlona debajo de la careta. Le
expresaba cariñosamente la idea de transacción; le permitía encenderse
y achicharrarse en el amor de Aura; llevaba con paciencia hasta que la
hiciera su esposa; rogábale que no dilatase su vuelta a Madrid, donde
se le arreglaría una posición en armonía con sus méritos, abriéndole
camino brillante en la política; para hacerle el paladar a los sainetes
(en el doble sentido de esta palabra) de la vida pública, le refería
sucesos graves ocurridos en la Villa y Corte por aquellos días, y
presagiaba que en San Ildefonso no irían las cosas por los caminos
derechos. Una carta de Hillo, dos o tres días después, terminaba con
un alarmante párrafo:
«En este momento me dicen que se ha sublevado la Guardia Real, de
guarnición en este Real Sitio, y que los sargentos se dirigen a
Palacio a pedir a Su Majestad que restablezca, proclame y jure la
Constitución del 12... ¡Dios nos tenga de su mano!».
El mismo día en que tales nuevas recibía don Fernando, y más aún
al siguiente, corrieron por el pueblo rumores de serios trastornos
políticos en Madrid y en La Granja. Los amigos de la casa de Castro,
sabedores de que el huésped de ella se carteaba con personajes del
Real Sitio, acudieron allá por noticias frescas. ¡Válgame Dios, qué
especiotas corrían de boca en boca entre el vecindario! Al coronel que
allí mandaba la fuerza cristina dijéronle que los sargentos habían
atropellado a la reina, llevándola presa al cuartel, porque se negaba
a jurar la _Niña bonita_. En Madrid los milicianos sublevados habían
cometido mil tropelías, asesinando generales y ministros. Total: que se
venía encima una revolución tan terrible y sangrienta como la francesa.
Mostroles don Fernando el conciso párrafo del clérigo; pero bien pronto
pudo satisfacer la curiosidad de sus convecinos, porque recibió segunda
carta de la incógnita, en que le refería con preciosos pormenores la
inaudita trapisonda de La Granja, como persona que todo lo presenciara.
Era, pues, aquel relato la misma verdad, una página histórica, fresca,
real, viva.
—Nada, señores —dijo don Fernando a los notables del pueblo que
invadieron su cuarto en busca de noticias—, no ha ocurrido nada:
ello ha sido un nuevo trámite de la revolución española que venimos
elaborando entre todos desde el año 12. El caso es sencillísimo,
propiamente español, producto de casos anteriores, engendro de nuestro
carácter. La novedad bien a la vista está: lo que otras veces han hecho
los oficiales de mediana y alta graduación, lo han hecho ahora los
sargentos de la Guardia Real. Es la obra del pueblo, el cual, entre
nosotros, no sabe actuar por sí, y se infiltra en las clases militares
para dar forma, realidad tangible a sus ideas. Cómo ha podido suceder
que el espíritu popular, encarnado en la humanidad de cuatro sargentos,
haya sabido burlar la vigilancia de los guardianes de la corte y
sobreponerse a toda disciplina hasta llegar a la reina; cómo han
tenido los tales sargentos energía y discreción bastantes, pues todo
se necesita, para imponer a la Gobernadora nada menos que el cambio
de Constitución, es cosa muy compleja, de la cual no he podido aún
hacerme cargo. La carta que he recibido es extensísima; ya ven: seis
pliegos de letra menuda. He pasado la vista rápidamente por algunos
párrafos; cuando despacio la lea y la relea, daré a ustedes noticia
circunstanciada del suceso tal como me lo cuenta, con pelos y señales,
un testigo presencial.
Los comentarios que hicieron el coronel, el alcalde y otras personas de
viso que visitaban al huésped de Castro, eran muy pesimistas. Vista la
trifulca de La Granja desde tan lejos, resultaba la impresión de que el
mundo se venía abajo; de que España se acababa, con aquel vilipendio
de la autoridad real, pisoteada por cuatro sargentos que probablemente
estarían borrachos. A esto dijo Calpena que no traería el tal suceso
revolucionario más catástrofes que las usuales y corrientes: el cambio
de empleados, el desconcierto de todo, la continuación de la guerra.
Era la enfermedad general, ya crónica, que se agravaba. Mas no por ello
moría el enfermo: España tenía fibra y agallas para resistir tanta
calamidad; su sobriedad de mendigo le garantizaba la existencia; su
pasividad fatalista le permitía seguir arrastrándose y dando tumbos,
hasta que vinieran hombres y tiempos mejores, los cuales..., ¡ay!,
también podría suceder que no vinieran. En esto llegaban diariamente
a Laguardia pormenores de lo ocurrido y papeles que lo traían todo
muy bien parlado. Pero nada era tan sincero, tan profundamente humano
y vivo como el cuadro descrito con femenino análisis y observación
exquisita por la señora incógnita, el cual no cabe en estas páginas por
su excesiva extensión. Podrá leerlo en otras quien tenga en igual grado
la curiosidad y la paciencia.
Entró Demetria a ver a don Fernando, aplaudiendo la gallardía con que
se determinaba a dar solito algunos pasos con la ayuda de su bastón, y
le dijo gozosa:
—Por dos motivos estoy alegre hoy: el primero es que me ha dicho
don Segundo que pronto será usted dado de alta. ¡Cuánto ha pasado,
pobrecito, en esta esclavitud! Ya sé lo que me dirá: que le hemos
tratado muy bien. ¡Pues no faltaba otra cosa! Eso del buen trato no
hay que decirlo, porque es verdad y porque no tiene ningún mérito: el
cumplimiento de un deber, sin hacer nada extraordinario, no merece
elogios.
—¿Y el otro motivo de alegría se puede saber?
—Que han vuelto los dos criados que fueron con nosotras a Oñate, y
quedaron presos en la cárcel cuando a nosotras nos llevaron a la
Caridad. ¡Pobrecillos, qué gozo he tenido al verles! Les llevaron a
Vergara; después a Tolosa; de allí pudieron escaparse a Francia, donde
se embarcaron para Santoña... Ya no pueden tardar los que fueron a
llevar nuestra ofrenda a los infelices que nos dieron socorro en las
ruinas de Aránzazu... De quien no hemos tenido noticia es del pobre
Díaz. ¿Qué habrá sido de él? ¿Le habrán matado; estará preso aún?
—Escribiremos a mi amigo el señor Rapella, para que gestione la
libertad de Díaz mientras llega la ocasión de que pueda hacerlo yo
mismo. En cuanto me asegure en la convalecencia, señora castellana de
este noble castillo, me voy a Guipúzcoa y Vizcaya.
—Ya sé, ya sé que en Bermeo está su novia. Me lo ha contado el tío, con
quien tiene usted sus confianzas —dijo Demetria con toda la serenidad
del mundo—. Permita Dios que se le allanen a usted todos los caminos;
que llegue a donde quiere llegar..., y encuentre a su novia buena de
salud, firme de voluntad, siempre amante y fiel... Quiera Dios que esa
señora nos perdone este secuestro de su galán; que no haya sufrido con
harta crudeza el mal de impaciencia; que sepa ser constante en los
afectos, fuerte en la adversidad... Porque fíjese usted bien, fuerte
en las bienandanzas lo es cualquiera; pero fuerte en el infortunio, en
las largas ausencias, eso ya es harina de otro costal, eso sí que es
mérito, señor don Fernando... Ea, no quiero cansarle; me llaman abajo
para medir la hornada de mañana. Hasta ahora...
Y dio media vuelta para marcharse.
—Eh..., señora castellana, no sea usted tan ejecutiva. Con sus hornadas
y sus continuos quehaceres, ha olvidado usted mis encargos. Le he
pedido que mande venir sastre o costurera que me haga la ropa que
necesito... ¿O es que he de marcharme así, como un triste estudiante
que no lleva más que lo puesto?
—Ya he mandado recado a quien le hará la ropita... El ejecutivo es
usted, que no quiere más sino que le sirvan geniecillos, hadas, y qué
sé yo... Eso; lo de los cuentos de niños: dar una patadita, y ya está
aquí el duende que dice: «Pide por esa boca».
—Aquí no hay más hada, ni más duende, ni más genio que usted... Genio,
sí, y noto que lo va echando malo. De ayer a hoy me ha reñido usted
tres veces.
—Sí, señor, y le riño la cuarta... por impaciente... No parece sino
que le tratamos tan mal aquí. Pues sepa usted, señor fuguilla, que la
opinión de don Segundo es que aún debe estarse quietecito otro mes,
pues si se lanza por esos caminos a caballo o en carreta, está muy
expuesto a una recaída, sí, señor, y a que empeore la pierna, sí,
señor, y la otra pierna, y la cabeza..., sí, señor... Ea, ya no riño
más; y aunque usted no quiera, me voy.
Quedose Calpena meditabundo, pensando en su partida, que con ardor
deseaba, aunque presumía que no podría efectuarla sin pesadumbre. Por
su mente fecundísima pasó una idea. ¡Vaya una idea! La formulaba de
este modo:
«Quisiera tener un amigo muy íntimo, uno de esos amigos que son como
hermanos, uno de esos amigos a quienes amamos entrañablemente... Y
mi mayor gozo sería que este amigo se hiciera amar de Demetria, y
que él la amase a ella, cosa en verdad facilísima. ¡Qué gusto verles
casados, ver a mi amigo compartiendo con ella el gobierno de esta gran
casa!... ¡Ah, se me olvidaba!, es preciso, indispensable, que el amigo
tenga patrimonio para poder realizar decorosamente la feliz coyunda...
¿Pero dónde voy yo a buscar este amigo, dónde? Si al menos tuviera
yo familia, quizás lo encontraría entre mis parientes... ¡Vaya con
el tesoro que se llevaba el tal!... Pues he de buscarlo en cuanto me
vea libre, he de buscarlo, sí... Feliz yo que ya tengo resuelto el
problema de amor; que no sé, ni quiero, ni puedo desviarme de la línea
trazada por mi destino. Al extremo de acá de esta línea, estoy yo;
al otro extremo la verdadera castellana de los alcázares del cielo,
Aura divina, Aura humana, Aura total. Hacia ella me voy pronto, y por
el camino, por todos mis caminos, buscare el amigo, el hermano que
necesito para Demetria...».
Esto pensó, y solicitado luego de la curiosidad, se puso a leer la
extensísima carta, que contenía una prolija narración política, páginas
llenas de vida y color. Atenta a la variedad, como grande artista,
entreveraba los relatos de motines y trastornos con párrafos cariñosos,
íntimos, o apreciaciones burlescas de la corte y de la sociedad que
la rodeaba... Volvía luego a la pintura de escenas, ora cuartelescas,
ora palatinas, conjunción absurda de la grosería popular y del regio
orgullo, en aquel caso desvirtuado por el miedo y la debilidad.
Por transiciones bruscas, la emprendía después con su protegido,
riñéndole amorosa, señalándole los caminos para recobrar su gracia;
consintiéndole sus locuras, siempre que no rebasaran de cierta medida
prudencial; y, entre otros conceptos tan delicados como ingeniosos, le
decía:
«Esa casa donde estás, ¿qué casa es?... ¿Con quién vives? ¿Has
encontrado a tu Aura? ¿La tienes contigo?... No; si no te riño.
Quiérela: te lo permito... ¡Viva don Fernando y viva con su _pepita_,
digo, con su Aurita!... Pero has de contármelo todo; no me ocultes
por modestia lo bueno que haces, ni por miedo a mi severidad me
ocultes lo malo... ¡Dichosa severidad! Cansada del sinnúmero de
medicinas que he tomado para calmar mis penas, probé la indulgencia,
y no me va mal con esta droga... Tontín, ¿no sabes? Entre el bueno
de Hillo y yo hemos descubierto a una pobre señora que te quiere con
delirio, sin haberte tratado nunca, y esto es lo más raro. ¡Lo que te
pierdes! Pues te diré: esa tu enamorada no te ha visto de cerca más
que una vez, ¡y tan de cerca! De esto hace hoy, fíjate en la fecha de
mi carta, veintitrés años justos y cabales... Rabia, que no te digo
más».
Santander (San Quintín), octubre-noviembre de 1898.