Acrecieron las molestias del herido en los días subsiguientes,
manifestándose fiebre intensa y aumento de la hinchazón, que hacia
la región femoral se corría. Noches malísimas pasó, y sus ánimos se
abatieron grandemente. A la semana de estar allí, habiéndose iniciado
la supuración, practicó el cirujano los desbridamientos con tanta
habilidad y destreza, que el enfermo no tardó en sentir alivio. Como
entonces no se usaban anestésicos, hubo de soportar Fernando el acerbo
dolor que con sus cuchilladas le producía don Segundo; pero trincaba
bien los dientes y no exhalaba una queja, como varón cristiano y
animoso.
Durante aquella semana tristísima, tuvo horas de verdadero
aniquilamiento, en las cuales no era un ser de este mundo, sino un
soñador, un delirante que moraba en negros y lejanos espacios. Apenas
podía fijar la atención en lo que su ángel guardián, la encantadora
Gracia, le contaba. Demetria subía todos los días a verle; pero solo
permanecía breves instantes, por causa de sus quehaceres. En cambio le
acompañaba el buen don José María de Navarridas, que se había instalado
en la casa de Castro con su hermana doña María Tirgo. El motivo de
este traslado de vivienda lo supo Fernando cuando se serenaron sus
espíritus con la mejoría de la pierna. Fue que al llegar las niñas
con su caballero libertador, surgieron en la familia dudas acerca de
la conveniencia de aposentarle en la propia casa. Al discutirse punto
tan delicado, los tíos plantearon la cuestión en estos términos: dos
niñas solas, solteras, hospedan en su morada a un caballero joven,
soltero también... Esto podía dar lugar a necias interpretaciones en
el pueblo, aunque la fama de discreción, pureza y honestidad de las
huérfanas sería de fijo un valladar contra la suspicacia maliciosa.
La respetabilidad de la casa era reconocida y acatada por todo el
vecindario; mas no convenía exponerla a menoscabo, siquiera este
fuese por una inocente contravención de las reglas sociales. Demetria
manifestó con firmeza que la gratitud exigía que las dos hermanas
cuidasen por sí mismas al que había contraído tan grave dolencia
por defenderlas y salvarlas; que ella, firme en su conciencia, tan
segura de su honradez como de que la opinión del pueblo ni un momento
se pronunciaría en contra suya, no estimaba indecoroso alojar al
herido en su propia casa; pero si sus buenos tíos opinaban de otro
modo, ella se sometería gustosa a lo que resolviesen. La hermana del
párroco, doña María Navarridas, viuda, designada comúnmente con el
apellido de su difunto esposo (Tirgo), señora excelente, bondadosa,
discreta, algo cominera, bonita en su vejez como una santa Ana, opinó
que no desmerecía la demostración de agradecimiento llevándose a
don Fernando a la casa del cura, donde estaría como en la gloria.
Reconociendo lo acertado de estas razones, en principio, Demetria les
opuso un argumento que echó por tierra la firme dialéctica de los tíos
venerables.
—Efectivamente —dijo—, don Fernando estará muy bien en la rectoral,
asistido con esmero, ¿quién lo duda?, pero como tendrá tan cerca las
campanas de la parroquia, y estas no cesan de tocar a todas las horas
del día y de echar al viento repiques estrepitosos, el pobrecito no
podrá descansar ni un momento. ¡Buena le espera con aquel toca que toca
continuo en los mismos oídos!
—Tiene razón la chica —dijo don José María, dándose una fuerte palmada
en la rodilla y levantándose airoso—. Ea, ya tengo la solución...
Puesto que Demetria, con su raro entendimiento, nos ha hecho ver esa
gravísima contra de las campanas, no irá, no, el enfermo a donde
carecería de la tranquilidad y silencio que exige su estado, y para
obviar el inconveniente de que se trata, yo y tú, María, nos venimos
a vivir aquí, mientras aquí more el caballero a quien todos debemos
eterna gratitud. De este modo, con nuestra garantía ante el pueblo, no
hay, no puede haber ni asomos de duda en lo que toca al buen parecer,
al decoro de las niñas.
Pareciole muy bien a doña María Tirgo esta fórmula, que ponía en
salvo las conveniencias sociales, y aquella misma tarde se mudaron,
con grandísima complacencia de las huérfanas, que así gozaban de la
continua presencia de sus amados tíos.
A la guardia que hacía Gracia en el cuarto del enfermo, se agregó desde
el segundo día el bondadoso párroco, que sabía distraer a Calpena sin
molestarle con habladurías importunas. ¡Y con qué esmero, con qué
solicitud y cariño le cuidaban todos! No harían más por un hermano
querido ni por su propio padre. ¡Vaya unos calditos sustanciosos que
le daban! ¡Y qué vinitos puros, confortativos, de antiguas cosechas,
elegidos con esmero por el propio don José María en las ricas bodegas
de Castro! Como durante las dos semanas primeras de su encantamiento
la inapetencia de Fernando era absoluta, Demetria y doña María Tirgo,
maestra en artes culinarias, no hacían más que discurrir platitos
sustanciosos, agradables y que no cargasen el estómago, a ver si así
le devolvían las ganas de comer. La impresión del joven era estar
encantado en el más bello alcázar de Jauja y servido por hadas o
serafines. A la hermana mayor la veía poco, mejor dicho, no la veía lo
bastante para darle gracias por tan delicadas atenciones, y como se
quejara de ello un día, Navarridas le dijo:
—A Demetria hemos de dejarla en sus ocupaciones de gobierno. Es una
niña esa que tiene dentro de sí todos los dones del Espíritu Santo.
Para mí está de non en el mundo: yo no he visto otro caso, ni creo que
lo haya. Por más que usted discurra no hallará una virtud que ella no
posea, ni un mérito que no sea suyo.
Así lo reconoció Calpena, y no habían pasado diez minutos, cuando
entraba Demetria con un pliego en la mano, el cual mostró al enfermo
desde la puerta, diciéndole:
—¿Se acuerda, don Fernando, de que los oficiales Serrano y Alaminos nos
dijeron que habían llegado al cuartel general cartas para usted? Pues
temiéndome yo que aquellos loquinarios no se cuidarían del encargo que
les hicimos, mandé un propio a Vitoria por las cartas, y aquí las tiene
usted.
Algo se afectó Fernando al ver las cartas, que seguramente eran de
Madrid: el sobrescrito era letra de Hillo.
—Gracia, si me hiciera el favor de abrirlas..., o usted, señor don José
María, y decirme dónde están fechadas, y quién las firma. Supongo que
serán largas, y no tengo ahora la cabeza en disposición de leer mucho.
Abiertas las cartas por el señor cura, este leyó en una: _La Granja, 30
de mayo_; y en otra: _La Granja, 8 de junio_. La firma en ambas decía:
«Tu cariñoso amigo y capellán — _Pedro Hillo_».
Guardó el enfermo bajo su almohada las cartas con intención de irlas
leyendo a ratos, y no cesaba de pensar a qué habría ido a La Granja
el bueno de Hillo. Un parrafito ahora, otro después, llegó al total
conocimiento del contenido de ambas epístolas. La síntesis de ello era
que la señora incógnita, a la sazón residente en San Ildefonso, había
llamado al clérigo para conferenciar con él. No decía claramente si
la dama se había descubierto o no; pero de algunas expresiones de don
Pedro se desprendía que entre el Mentor y la deidad no había ya ningún
velo. Lo que mayormente sorprendió a Calpena, causándole alegría, era
que la incógnita tirana se inclinaba a la transacción. Por conducto de
Hillo incitábale a declarar su paradero, ofreciéndole respetarle en sus
amores, y repitiendo una de las fórmulas de avenencia empleadas por la
misteriosa entidad en sus cartas de Madrid: «Tus amores no me gustan;
pero acato los hechos consumados». Ignorante de su residencia, dirigía
las cartas a los amigos de él en el cuartel general, con la esperanza
de que a sus manos llegasen, y por duplicado las enviaba también a
personas conocidas del interior de Guipúzcoa y Vizcaya, entre ellas, al
propio don Juan Bautista Erro, ministro universal de don Carlos. Por
uno u otro conducto esperaba establecer la comunicación. Insistía don
Pedro con verdadera pesadez en que Fernando, si recibía las cartas,
le escribiese al punto a La Granja, declarando su residencia (con
señas bien explícitas), a fin de poder remitirle con toda prontitud
el dinero que necesitase y nuevas expresiones de la tolerancia de la
incógnita en la delicada cuestión de amores. Por un lado, se alegraba
Calpena de estas noticias; por otro, se entristecía, pues continuaba
bajo el despótico poder de persona desconocida, y aunque algo se iba
transparentando el carácter de tal despotismo, quería el joven mayor
esclarecimiento de aquella oscura faz de su vida. Por de pronto,
era gran ventaja que no existiese ya la formidable oposición al
inquebrantable propósito de recobrar a Aura y hacerla suya, el cual
llenaba su corazón y su voluntad, sin que lo amenguara lo más mínimo su
encantamiento en la dorada Jauja.
Cuando pudo manejar la pluma sirviole Gracia los avíos necesarios, y
escribió a Hillo notificándole simplemente dónde se encontraba, sin más
explicaciones. Al propio tiempo escribió también a Negretti, dándole
conocimiento del accidente que le imposibilitaba de ir a tratar con él
de sus honrados fines, y dirigió la carta a Durango, donde le dijeron
que a la sazón residían don Carlos y don Sebastián.
Aunque la mejoría era franca a fines de junio, todavía tenía para
un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo
desbridamiento. A principios de julio empezó a recobrar el apetito
y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga
inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que
sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y
en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron
Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle
sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco
comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna
sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en
tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones
de la naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero;
allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras
y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí,
la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente
entre la naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano
digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el
cansancio. Bien decía don José María, paladeando su vinito:
—En esta tierra de bendición, señor don Fernando, el que se muere es
porque quiere.
Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico
soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de
la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor
doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se
servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella
hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en
que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía
plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos
favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido... ¡Compadre,
vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle
poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita,
con su indispensable oreja, y _ainda mais_, morcilla. De principio,
entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos
del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello
(también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las
nueces, el queso (también de casa), la miel, el sin fin de frutas
espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato..., y, por
último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya
desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los
correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena,
a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo,
siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la
chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías
verdes o tirabeques, y, por fin, la compota..., esta no podía faltar,
como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de
golosinas..., y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la
digestión...
A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia
como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta
muy avanzado julio, en que don Segundo le permitía levantarse algunos
ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo,
Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de
tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su
hermana y la tía estaban haciendo para él.
—Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los
dedos.
Otra vez entraba con un par de palomos muertos:
—¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira
qué pechugas...
O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de
las huertas de Páganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes,
cerezas gordas, y se las mostraba, encareciendo su abundancia y
hermosura.
—De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga
comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían
nuestras tierras.
—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: ya
veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser
tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis.