—Pues si me tomas juramento —dijo Calpena—, declaro que estoy pasando
un rato delicioso con lo que se ha servido escribir para nuestro recreo
la señora tirana. Quien esto escribe es persona corrida, que ha visto
mucho mundo, y adquirido en él fino trato de gentes. Sigo:
«Como en la cárcel no tendrás periódicos, yo me encargaré de
contarte lo que dicen, y bien puedes agradecérmelo, que no es tarea
fácil ni breve echarse al coleto todo este fárrago. Fuera de _La
Abeja_, que en extremo me agrada, todo el periodismo me resulta
enfadoso, indigesto y de escasa sustancia... Se escribe para los
sectarios, no para la gente pacífica y neutral. Me encantan, eso
sí, las letrillas políticas de Bretón, poniendo en solfa los
acontecimientos de la semana con donaire decoroso, sin tocar jamás
en la grosería, empleando extraños ritmos y consonantes endiablados,
de extraordinario efecto cómico. Se pegan al oído ferozmente estas
coplas; hace tres días que no ceso de repetir:
_Así, beodo como un atún,_
_Marat hablaba del procomún._
_¡Trun, trun, trun!..._
»No puedo resistir los artículos que llaman serios, escritos por
jóvenes ilustrados. No negaré su mérito; pero que los lea quien
quiera. Han tomado ahora la muletilla del _espíritu del siglo_,
y a todo sacan el argumento espirituoso. Los del grupo templado
encuentran _anárquico_ cuanto dicen y hacen los de enfrente, y los
_libres_ denigran a los otros, echándoles en cara el _despotismo_, el
_oscurantismo_, las _ideas retrógradas_ y otras cosas muy malas. _El
Jorobado_ ha roto el freno, y no respeta ya ni la vida privada: a tal
extremo llegan su desvergüenza y procacidad. _El Eco del Comercio_,
con buenas formas, reparte navajazos a diestro y siniestro, y sus
biografías continúan dando disgustos. El lance entre el general
Bretón y Fermín Caballero, no ha curado a este de sus mañas: continúa
mordaz, agresivo, y no dice cosa alguna sin intención aviesa. Un
artículo de la semana pasada parece que dará lugar a la dimisión de
Córdova, lo que algunos estiman como la única calamidad que faltaba
para consumar la perdición del país. Háblase de un nuevo periódico
que fundará Carnerero, y que será agridulce, como todos los suyos;
pastelero y anfibio, sin contentar a nadie. En la _Revista Española,
Mensajero de las Cortes_, continúa el anónimo articulista sacudiendo
zurriagazos a Mendizábal. Parece que es Galiano el autor de estas
fraternas. ¡Y eran íntimos amigos! No en vano dice Martínez de la
Rosa, en las tertulias a que asiste, que vivimos _en el caos_, y
propone como único remedio que traigamos, aunque sea embotellado, el
_espíritu del siglo_. Que lo traigan, y en barricas el _justo medio_.
»Aumentan las desazones por la censura de la prensa. Quién afirma
que de todo este _caos_ tienen la culpa los censores del gobierno,
que no cortan y rajan todo lo que deberían; quién abomina del
demasiado rigor, pidiendo que se permita mayor desenfreno, para que
la libertad, así dicen, cure y cicatrice las mismas heridas que
abre; más claro, que el palo de la libertad es un palo medicinal
como la quina, el regaliz y la cuasia. A los censores les juzga la
opinión, mejor será decir la chismografía, con variados criterios:
a unos, como Ángel Fernández de los Ríos, Lorenzo Feijoo y Miguel
Vitoria, les ponen en el cuerno de la luna, por su tolerancia, por
no prestarse a los rigores extremados, y _dejar correr_ algunos
escritos de solapada oposición. En cambio, ponen cual no digan
dueñas a don Juan Nicasio Gallego, a don Jerónimo de la Escosura
y a Cipriano Clemencín, a quienes llaman _los inquisidores de la
prensa_. Estos son los que aprietan las clavijas. Les acusan de
que, por conservar sus puestos, han hecho escarnio de la sacrosanta
libertad de la imprenta, contraviniendo... _el espíritu del siglo_.
Me consta que a don Juan Nicasio le tiene sin cuidado todo lo que
de él se dice. Por nada se altera, y continúa muy amigo de todo el
mundo, con aquella imperturbable pachorra y aquel cinismo de buen
tono. Es un Diógenes ordenado _in sacris_, que ha tomado la vida
por el lado práctico, aprovechando las bonanzas que nos ofrece, y
presentando a las tempestades el murallón de una filosofía pasiva, de
que son emblema su corpulencia, su sonrisa bonachona y sus epigramas
flemáticos. Como aquí los literatos y poetas no pueden vivir de
la pluma, porque todos los españoles leen los libros prestados, y
las ediciones se hacen cortitas, para regalar, este, como los más,
vive al amparo del gran mecenas de hogaño, que es el gobierno.
Habrás observado que todas las obras maestras de nuestros tiempos
están escritas en papel de oficio, y con la excelente tinta de las
oficinas. Pero hay alguno a quien no le sale la cuenta, pues a
Ventura de la Vega acaban de limpiarle el comedero en _Lo Interior_,
por si escribió o dijo no sé qué. Hoy tienen que tener cuidado esos
señoritos con el chiste, y ponerse el bozal para ir de café en café.
A Espronceda le solicitan para el nuevo periódico que van a publicar
los allegados de Mendizábal (_El Liberal_ creo que se llamará); pero
se resiste: está preparando un folleto que arde. Cuentan también con
Larra; pero este se arrima a los moderados, y ahora proyecta su viaje
a París para sacudirse las murrias. Es de los que no caben aquí,
según dice, y tiene razón. Yo sé de otras personas, no ciertamente
del gremio literario ni político, que se hallan en el mismo caso.
No caben, no encajan, y sin embargo, aquí envejecen, porque a ello
les obligan afecciones sagradas o deberes que cumplir. _Inteligente
paca_, como dice mi peluquero.
»Ea, niño, que me canso. Tres pliegos llevo escritos, y me parece que
es bastante por hoy. Mi objeto no es otro que crearte con esta dulce
conversación escrita una atmósfera plácida, que sirva de lenitivo a
tu alma enferma. De este modo, te voy infiltrando las ideas sanas,
te adormezco en el _justo medio_, calmo tus locas ansiedades, te
reconcilio con el mundo en que estás destinado a vivir, y voy poquito
a poco restableciendo en ti el equilibrio de humores, y templando,
hasta ponerlas en el son debido, las harto tirantes o harto flojas
cuerdas de tus nervios. Ya no escribo más, que también yo necesito
equilibrio. Otro día continuaré... Espero salvarte. Aún no has
comprendido bien de cuánto es capaz una... Chitón».
Quedáronse ambos meditabundos, ensimismados, y comentaron luego la
sabrosa carta, leída segunda vez por Hillo. Dos días después la
incógnita escribía:
«¿No sabes? La belleza marmórea tiene otro novio, Ramón Narváez, no
sé si te acordarás, coronel de ejército, cara dura, dejo andaluz,
carácter de hierro, más propio para manejar soldados y ganar plazas
que para la expugnación de mujeres. Me consta que a la familia de
ella agradan estas relaciones, porque el mozo, según dicen, va para
general: tales condiciones ha demostrado, y fiereza tanta contra
los _anárquicos_ de aquí y los _serviles_ de allá. Pero como sale
dentro de unos días para el Norte a mandar el _Infante_, es fácil
que sea sustituido por otro, quizá perteneciente a la clase civil,
a esa echadura de abogados habladores que la nación empolla para
sacar ministros. Así andará ello. Todos estos niños zangolotinos
que hablan de Benjamín Constant, de Thiers y Guizot, del Parlamento
inglés y del _bill de indemnidad_ me apestan. La petulancia militar,
con ser grande, ofende menos que la de los juristas, por lo que voy
sospechando y temiéndome que los generales han de ser los principales
mangoneadores políticos, cuando lleguemos a la paz. ¿Qué te parece
esta observación? En tiempos de guerra mandan los civiles; en tiempo
de paz mandarán los espadones..., no será floja empolladura la que
nos dejará la guerra civil...
»Me dicen que en el Prado empieza el calorcillo primaveral. El
tiempo delicioso favorece la aparición de esas humanas flores que se
llaman María Cimera, las dos Malpicas, Pepa Parsent y Encarnación
Camarasa. ¿Qué piensas de esto, niño? ¿Has perdido de tal modo el
gusto y las aficiones de caballero, que no anhelas la libertad para
rendir homenaje a la belleza noble y honrada? ¿No te acuerdas ya
de las ilustres casas que no necesito nombrar? ¿No conociste allí
damas finísimas, cuya conversación tan solo, honesta y graciosa,
te enseñaba las buenas formas, te sugería pensamientos felices,
y educaba tu voluntad y tu inteligencia para un porvenir noble y
hasta glorioso? ¿No se te ha pasado por las mientes, loco de remate,
que podrías hallar, andando el tiempo, y prosiguiendo en el seguro
camino que se te trazó, una compañera de tu vida tan bella, tan
virtuosa y distinguida como la que hoy es marquesa de Selva-Alegre?
¿Ya no tienes aspiraciones hidalgas? ¿Te has encariñado tanto con
las violencias, con el colorido chillón, con la nota discordante,
con el contraste duro, que eres ya insensible al buen tono, a la
gracia, a la armonía? No, no puedo creerlo... De fijo sientes ya
en tu alma la reversión a los pasados gustos. ¿Verdad que deseas
ver el _Prado por abril de flores lleno_? La novedad de este año
es que se presentarán tres pimpollos, recién salidos del colegio;
tres chiquillas monísimas. ¿No aciertas? Son las de Oñate, Juliana,
Matilde y Carolina... Rabia, que ninguna ha de ser para ti; y si
ante ellas te presentaras, con tu aire jacobino, y esos modales
_anárquicos_ que has adquirido ahora, las pobres niñas se asustarían,
y echarían a correr chillando: “Que se lleven de aquí a este pillo, y
le vuelvan a meter en la cárcel”. Ya ves, ya ves, a lo que has venido
a parar... Me figuro que arrugas el ceño por esta fuerte peluca que
te estoy echando, y casi, casi sientes impulsos de estrujar la carta
y arrojarla sin concluir su lectura. Pues no señor: aguántese usted y
lea hasta el fin, que aún falta lo mejor.
»Corren voces de que dimite Córdova. Se comprende que el hombre esté
volado. Aquí se le censura porque no da una batalla por la mañana
y otra por la tarde, creyendo que el dar batallas es tan fácil en
el campo como en las mesas de los cafés. Y al paso que se hace una
crítica estúpida de las operaciones militares, no se le mandan al
general los recursos que solicita. Con un ejército descalzo, mal
comido, y sin pagas, quieren campañas victoriosas. Oyes en un café
a cada instante esta opinión impertinente: “¿Por qué no se ocupa
el Baztán?... ¿Por qué no se fortifican los pueblos de la orilla
derecha del Arga?...”. “Sí, hombre, les diría yo: vayan ustedes a
posesionarse del Baztán, a ver si ello es tan divertido como hacer
carambolas en el billar”. Yo mandaría al Norte a los carambolistas de
Madrid, y a los vagos que por matar el aburrimiento se dedican a la
estrategia... A todos les pondría el chopo en la mano, y les diría:
“Hijos míos, id a la guerra y desfogad vuestro bélico ardor, y no
volváis sino trayendo la cabeza del último faccioso...”. La prensa no
hace más que denigrar al general en jefe. _El Jorobado_ le llena de
injurias; el _Eco_ le mortifica con malignas reticencias. Los demás,
o le defienden tibiamente, o callan hipócritas, haciendo más daño con
su silencio que los otros con su procacidad. Esto es indigno: toda
injusticia me subleva, y si en mi mano tuviera yo los rayos, como
dicen que los tenía Júpiter, no haría más que repartirlos a diestro y
siniestro, aniquilando tontos y malvados.
»¿No piensas tú como yo, pobre iluso?... ¿No ves en Córdova la
gran figura militar y política? ¿Has pensado alguna vez en ese
hombre, que no nos merecemos, no, que se sale del cuadro de nuestras
mezquindades y pequeñeces? Aquí somos miniatura; él retrato de gran
talla. ¿No lo ves así? ¿Por ventura tu inteligencia no se recrea en
estos ejemplos vivos? ¿Los hombres culminantes, que sobresalen en
este hormiguero, no te cautivan ya, despertando en ti la admiración,
ya que no el deseo de imitarlos? Medita un poco; y si tus devaneos
no te han privado de la facultad de discernir, verás en Córdova la
representación más alta de la inteligencia y la voluntad en tres
órdenes distintos, el militar, el político y el diplomático. De ese
ilustre soldado digo lo que ya te indiqué a propósito de Larra: es de
los que no caben aquí. Se me ocurre una comparación, que me parece
que no es mía: es de algún poeta, no sé cuál..., en fin, puede que
sea mía, y allá va. Córdova es un roble plantado en un tiesto. El
árbol crece... Naturalmente el tiesto se rompe...».
—Quien esto escribe —dijo Calpena con gravedad, suspendiendo la
lectura— no es mujer... No veo aquí a la mujer.
—Pues yo —replicó Hillo, no menos grave y caviloso que su amigo— te
aseguro que ahora..., en este pasaje..., se me representa más mujer que
nunca. Sigue, sigue.
V
«No pretendo echármelas de Plutarco... Esto sería ridículo. ¿Y qué
podré decirte yo que tú no sepas? Si sigo hablándote de Córdova y
haciendo la debida justicia a sus altas prendas, quizás me digas tú:
“¿Para qué se me ponen ante la vista ejemplos que no he de poder
seguir? Yo no soy militar”. En efecto, militar no eres, porque...,
no es ocasión aún de que sepas este _por qué_: a su tiempo lo
sabrás. ¿Acaso no se abren a tu inteligencia otros caminos que el
de la milicia? La política y la diplomacia ofrecen ancho campo al
talento, si es asistido de dos cualidades preciosas: la honradez
y la independencia. No me digas que hace falta el paso por las
universidades. Eso sí que no: detesto a los leguleyos. Lo que
hace falta es el paso por los libros, y esa facultad todo chico
aplicado y con posibles la tiene en su casa. Te pongo ante los ojos
el ejemplo de Córdova para que veas que los grandes hombres que
descuellan en la humanidad se lo deben todo a sí propios, y son
hechura de su mismo espíritu. La desgracia de este hombre es haber
nacido aquí. En el suelo ancho y fecundo de otro país, habría sido
árbol corpulento. Bonaparte y él se parecen como dos gotas de agua.
El hecho heroico de la Cortadura es hermano gemelo del estreno de
Bonaparte en Tolón. El 7 de julio debía ser otra página como la de
Brumario en las calles de París: si no lo fue, no le culpemos a él,
sino a la estrechez de tierra en el maldito tiesto. Mendigorría es
otro Marengo: si no concluyó la guerra después de aquel brillante
hecho de armas, fue por la misma causa..., el tiesto, niño, el
tiesto... Como diplomático, Berlín, París y Lisboa le conocen. Sus
escritos de cancillería como sus proclamas militares son un modelo,
aquellos de precisión y sagacidad, estas de calurosa elocuencia...
¿Y dónde me dejas al político? Observa cómo, aplacados los ardores
liberales de la juventud, vino a profesar y sostener el realismo en
su noble pureza. Este no es de los que se encastillan en las ideas
de la primera edad, quedándose para toda la vida, como unos bobos,
en _Las ruinas de Palmira_; este es de los que aprenden a vivir en
la realidad, en los hechos. La monarquía tradicional tuvo y tiene
en él un acérrimo defensor; pero no quiere el brutal absolutismo,
con su siniestro cortejo de verdugos e inquisidores, como lo soñaron
don Víctor Sáez y Calomarde, no. Ya sabrás que declaró la guerra al
sistema de _purificación_ y a las Comisiones militares hasta acabar
con tanta barbarie... Es liberal sin morrión, monárquico sin cogulla.
Cree que el despotismo mata a los pueblos por parálisis, como el
estado continuo de revolución los mata... por el mal de San Vito».
No pudo refrenar Calpena el comentario que de la mente al labio le
salía, y dijo, apartando los ojos de la carta:
—Lo que noto yo aquí es una gran incongruencia. ¿A qué viene este
panegírico del general Córdova? En ninguna de sus cartas se ha dedicado
mi señora incógnita a trazar vidas plutarquinas. Casi siempre trata
con dureza o con desdén a los contemporáneos célebres. Las únicas
excepciones son Mendizábal y don Luis Fernández de Córdova; pero a este
me lo pone por encima de todos..., sin venir a cuento..., digo sin
venir a cuento, mi querido Hillo, porque yo y mi prisión, y los motivos
de ella, ¿qué relación pueden tener...?
—Hijo, la relación quizás no la veamos nosotros; pero que alguna hay,
aunque escondida, no lo dudes. Adelante.
—Sigo:
«Te he pintado la figura, antes de decirte que corre por ahí muy
válida la idea de investir a Córdova de las facultades de _dictador_,
para salir del atolladero en que estamos metidos. Asumiría las
atribuciones de general en jefe del ejército y de presidente del
Consejo de Ministros; la corte se trasladaría a Burgos, y los
Estamentos..., probablemente a esas logias legales y públicas se
les echaría la llave hasta que la guerra quedase definitivamente
concluida. ¿Sabes quién ha lanzado esta idea, quién la patrocina
y está catequizando a Córdova para que se deje querer? Pues
Serafín Estébanez Calderón, auditor en Logroño. No te acordarás:
es un malagueño muy despabilado a quien has visto en casa de
Puñonrostro...».
—¿Pero yo, por vida de Quinto Curcio y de las once mil vírgenes —dijo
Calpena en la mayor confusión—, qué tengo que ver con todo esto?
Hillo meditaba, la barba apoyada en los dedos, la vista fija en el
tapete mugriento y agujereado de la mesa.
—¿Qué piensas, clérigo?
—No, hijo, no pienso nada; no digo nada. Pero en tanto que se nos
descubre el hondo pensamiento de la autora de ese escrito apologético,
hagamos nuestras sus ideas, participemos de su ardiente devoción del
afortunado caudillo. Aquí estamos para la obediencia, y no hemos de
tocar nosotros el pandero, sino ella... Y a fe que está en buenas
manos. A ver, ¿qué más dice?
—Pues sigue el panegírico del santo.
«Córdova tiene todas las cualidades de César... Es guerrero y
político... Si él no hace de esta tribu de alborotadores una nación,
perdamos la esperanza de redimirnos. Mendizábal ha fracasado, porque
no ha sabido rematar la suerte... Córdova la rematará... Es el hombre
único... Esperar nuestra salvación del Estatuto o de la Constitución
del 12, es vivir en el reino de las pamplinas... Córdova es el
Bonaparte sin ambición, bello ideal de los dictadores... Una espada
que piense: esto es lo que nos hace falta...».
—¿Y no dice más?
—Dice también que me pone ante los ojos esta noble figura militar
y política, para que me familiarice con la grandeza del personaje,
aprendiendo en él a juntar la gallardía caballeresca con los primores
intelectuales. La caballería, aun con su poquito de romanticismo,
encaja, creo yo, dentro de la perfecta disciplina social...
—Ya, ya voy viendo algo...
—Pues yo no veo nada...
—¿Y qué más dice?
—Nada más.
Miráronse los dos largo rato, como si cada cual quisiera leer en la
cara del otro un pensamiento, una conjetura, una sospecha... Suspiraron
luego casi al unísono, y algo se dijeron, sin que ninguno diera a
conocer lo que pensaba.
—Fernandito —indicó Hillo, poniendo término a sus cavilaciones—, ¿no te
parece que debemos pedir que nos den de comer? Porque con estas cosas
de dictaduras, y de generales de la cepa de los Césares y Bonapartes,
se le despierta a uno el apetito de un modo horroroso.
—Soy de la misma opinión, clérigo insigne, y comeré lo que nos traigan,
aunque sean los hígados de Chaperón, conservados en vinagre.
El señorito se encontraba en un estado de ánimo favorable a las
picantes bromas. Mientras comían un cocido de caldo flaco y de garbanzo
duro, dijo a su mentor y capellán:
—En vez de dedicarse con tanto ahínco a la literatura plutarquina,
podía decirnos cuándo piensa sacarnos de aquí. Si esto es una humorada,
que venga Dios y me diga si no es ya insostenible.
—Dame tu palabra de que irás conmigo a donde yo te lleve, y mañana
mismo estamos en la calle.
—No puedo dar esa palabra, y si la diera no la cumpliría. Mi voluntad
es libre, ya que mi cuerpo no lo es hoy, por causa de un bárbaro
atropello... Pero esto no puede durar, y si durara, sería preciso creer
que la justicia es aquí un nombre vano.
—¡Y tan vano!
—Y la política una farsa.
—Un sainete que hace llorar a algunos.
—Y la policía un hato de bandoleros, vendidos a la intriga o a la
venganza... Bien, Señor: murámonos aquí.
—Morirnos no, porque todo es broma, y por mi cuenta, no han de pasar
las semanas de Daniel sin que se nos eche, por no resultar nada contra
nuestras honradas personas.
Fernando no dijo más. Antes de concluir de comer abandonó la mesa, y
se puso a medir con febril paseo la habitación, así a lo largo como a
lo ancho. Luego, a media tarde, propuso que dieran una vuelta por los
patios. Esto no le hacía maldita gracia a don Pedro, temeroso de ser
visto de la canalla, y con prudentes razones intentó quitárselo de la
cabeza. Mas tanto machacó el joven prisionero, que no pudo disuadirle
su amigo del propósito de salir. Verdaderamente, tal vida de quietud no
era para llegar a viejo. Deseaba moverse, estirar las piernas, respirar
otro aire, aunque no fuera menos infecto que el de su cuarto; y como
no le importaba nada codearse con la chusma del patio, bajó a dar una
vuelta por aquella triste región. Don Pedro no quiso acompañarle, y se
quedó en el corredor alto, paseando en corto, sin alejarse de la puerta
de su madriguera, para escabullirse dentro en caso de sentir pasos de
carceleros o visitantes.
Vio Calpena en el patio diferentes tipos de presos y detenidos, algunos
chicos vagabundos, y un cabo que cuidaba del orden en el departamento.
Cuatro hombres de aspecto mísero, las carnes bronceadas del sol, los
vestidos hechos jirones, robustos, con calañés terciado sobre la oreja,
eran los únicos que tenían aspecto de criminales. Hallábanse sentados
en ruedo, jugando con piedrecillas blancas y negras sobre un tablero
trazado con carbón, y no apartaban de su juego la mirada más que para
fijarla en el cabo, que iba de un lado a otro, las manos a la espalda,
y a ratos se aproximaba familiarmente a un grupo de presos pacíficos,
que parecían gente habituada a tal vida y a tal sociedad. El tono
de su conversación, su aire y modos reposados eran como de quien no
siente la menor extrañeza de hallarse donde se halla. Miroles Calpena,
y ellos le miraron, sin denotar curiosidad ni interés alguno. Algo
les dijo el cabo, y siguieron charlando de cosas que debían de ser
amenas, plácidas, quizás de lo buena que es la vida, y de lo acertado
que estuvo Dios al criar al hombre, y este al hacer las leyes y las
cárceles.
Después de pasear un rato, se fijó Calpena en tres individuos que
permanecían inmóviles, arrimados a la pared junto al portalón cerrado
del segundo patio, que ya en aquel tiempo se llamaba _de los micos_.
Eran jóvenes, mal vestidos; el uno parecía no tener camisa, y se
había levantado el cuello del levitín para disimularlo; otro llevaba
por sombrero una gorra como las de cuartel, y el tercero botas de
montar, zamarra muy ceñida con cordones y un sombrero de ala ancha.
Observó Fernando que ninguno de los tres le quitaba los ojos desde
que le vieron, y le seguían con la vista por donde quiera que fuese,
demostrando, no solo que le conocían, sino que algo y aun algos tenían
que decir de él. No era ciertamente hostil ni burlona la mirada de los
tres desconocidos, por lo cual se le despertó a Calpena la curiosidad,
y después las ganas de entrar en coloquio con ellos. Encendió un
cigarro, y este fue el incidente feliz que determinó la aproximación.
Destacose del grupo el de la gorra de cuartel, y con donaire campechano
pidió a Fernando candela; diósela este, y al devolver el otro el
cigarro, todo con los mejores modos, le dijo:
—Señor de Calpena, muchas gracias, y que no sea esta la última vez que
tengamos el gusto de verle por este patio.
—¿Me conoce usted? —dijo Fernando vivamente—. Pues yo a usted..., no
recuerdo.
—Zoilo Rufete... No se acordará. Soy hermano de un valiente militar
perseguido por sus opiniones libres.
—En efecto: ese nombre...
—Nos conocemos de la logia, señor de Calpena; solo que está usted
trascordado... En una misma noche hablamos los dos, y fuimos aplaudidos
bárbaramente.
—Ya, ya voy haciendo memoria.
—Usted habló de la responsabilidad ministerial, y de la manera de
hacerla cumplir; yo de la intervención extranjera, sosteniendo que los
españoles nos bastamos y nos sobramos para defender la libertad contra
todos los déspotas de la Europa y del Asia... Después me metí con los
frailes, y probé que entre ellos y los palaciegos nos han traído la
guerra civil...
—Es verdad, sí... ¿Y qué hacemos por aquí?
—Pues esperar... Creen que por prendernos adelantan algo... Yo me río
de las prisiones... ¿Qué es ello? _Maquiavelismo_..., y si me apuran,
miedo... Es la cuarta vez que me traen aquí, y aquellos dos compañeros
llevan ya nueve encerronas... Si patriotas entramos, más patriotas
salimos. Hoy más _libres_ que ayer, y mañana más que hoy. ¿No piensa
usted lo mismo?
—Exactamente lo mismo. Y dígame, ¿nos soltarán pronto? Porque la
verdad, este es un bromazo...
—No creo que nos suelten hasta que se abran los Estamentos. Están
locos... Créame usted, amigo Calpena: prenden a treinta o cuarenta
por aquello de que vea _Palacio_ que miran por el orden, y mientras
usted y yo, y otros mártires del despotismo, nos aburrimos en este
_pandemonio_, cientos y miles de compañeros trabajan fuera de aquí
por la causa del pueblo, sin meter bulla. Yo soy de los que dicen:
revolución, revolución, y siempre revolución.
—Siempre, siempre. Vengan terremotos, y encima... el diluvio.
—Lo que es ahora no tardará en estallar el trueno gordo. ¿Y qué me dice
de la guarnición? ¿La tenemos ya bien catequizada?...
—¿Sé yo acaso...?
—¿Que no sabe...? ¡Bah, señor Calpena, misterios conmigo! Si aquí todos
somos unos..., todos _apóstoles_ de la revolución, y cada uno trabaja
en su terreno.
Comprendiendo que aquel tipo le tomaba por un conspirador de oficio,
Fernando siguió la broma: de algún modo le convenía justificar ante el
vulgo su permanencia en la cárcel. Prisión por _patriotismo_, antes
enaltecía que deshonraba.
—Pues sí —dijo tomando el tonillo y los aires de un perfecto muñidor de
motines—, el ejército es nuestro.
—Ya lo sabía yo... ¿Pues por qué está usted aquí sino por ser el que
pone los puntos a la Guardia Real?... Yo se los pongo a la Milicia, y
puedo asegurarle que toda ella respira por la santísima libertad...
—Así tiene que ser... ¡Buena se armará!
—¿De modo que la Guardia...?
—Como un solo hombre.
—Chitón... El cabo viene para acá. Disimulemos. Si tiene usted
cigarrillos, señor de Calpena, le agradeceríamos que nos prestase media
docena. Andamos mal de tabaco.
—Tome usted... Coja más. Arriba tengo para muchos días.
—Basta con diez. Muchísimas gracias. Esta tarde han de traernos tabaco,
y yo pondré a su disposición buenos puros... El cabo nos mira... Me
temo que me diga algo con la vara... Disimulemos... Es muy bruto ese
cabo. Ha sido lego de convento y voluntario realista.
—Yo me vuelvo a mi cuarto.
—Usted allá, y nosotros aquí... _Meditemos_..., el triunfo es cosa de
días. Bájese acá mañana, y hablaremos: tenemos mucho que hablar...
Conviene que nos pongamos de acuerdo...
—Enteramente de acuerdo...
—Sobre este y el otro punto... ¿Usted qué opina? ¿Constitución del 12?
—Hombre, pues claro está...
—No deje de correrse al patio mañana..., antes de la comida, de diez
a once. A esa hora tenemos un cabo muy bueno: Francisco, de apodo
_Resplandor_, uno que estuvo con Porlier... Podremos hablar... Mi
compañero Canencia desea echar con usted un parrafito, para quedar
también de acuerdo...
—¿Quién es Canencia?
—El del sombrero ancho y botas. Ahora nos mira y se sonríe. Ha llegado
hace días de Zaragoza. Ese es un lince para los de Artillería. Les
tiene sorbido el seso.
—¿Y el otro quién es?
—¿Pero no le conoce? Si es Fonsagrada, primo hermano de los amigos de
usted.
—¿Los Fonsagrada..., dos mocetones muy guapos, sargentos de la Guardia?
—Cabal. Este chico vale más que pesa. Tiene minada la Caballería por
dentro, por donde no se ve..., como la carcoma.
—Conozco a sus primos.
—Eleuterio, el mayor, estuvo ayer a vernos..., y hablamos de usted...,
y encargó a Zacarías..., así se llama este..., que le diese a usted
memorias, y...
—¿Y qué más?
—¡Oído!..., que viene el cabo... Compañero Calpena, hasta mañana.
—Hasta mañana, compañero Rufete.