«¡Buena la has hecho, niño; buena la has hecho! —leyó Fernando medio
vestido y sentado en la cama—. No te faltaba más que ser preso por
masón y revolucionario, por vociferar en los clubs como el último de
los patriotas hambrones ¿Te parece que está eso bien? Ya ves, ya ves
a dónde conducen las fogosidades políticas, ¡oh mancebo inexperto
y desatinado! ¿Creías tú, nuevo Mirabeau, o Danton en ciernes, que
ibas a traernos con un gesto una revolucioncita a la francesa,
con degollina, Convención y su poquito de _derechos del hombre_?
Vamos, tal vez piensas que el trono de la _angélica Isabelita_ se
tambalea con el aire que hacen tus discursos. ¿Crees que halagando
las orejas de los patrioteros, milicianos y demás alimañas _libres_,
se puede alcanzar otra cosa que vilipendio, cárcel y coscorrones?
Todo te lo tienes muy bien merecido. ¡Vaya que hablar horrores del
_paternal gobierno que nos rige_, y confundir en un mismo anatema al
gabinete Toreno, al gabinete Martínez, al gabinete Cea, y a todos
los gabinetes y camarines que hemos tenido desde que Dios llamó a
su seno al angélico Fernando! Ahora te fastidias, y si esperas que
yo te saque, estás en grave error, pues quiero que recibas el duro
pago de tus delitos contra la patria, contra el orden santísimo,
contra la religión pública, y la libertad de nuestros mayores. De
todos esos sagrados objetos hiciste escarnio, y es justo que caiga
sobre tu cabeza _democratista_ la cortante espada de la ley. No,
no te saco: podría hacerlo con una palabra, y lo que siento es que
no haya en esa Bastilla mazmorras muy oscuritas y muy románticas
donde no veas la luz del día, y sayones que te atormenten, y un
fiero alcaide que te ponga a pan y agua hasta que te quedes diáfano,
transparente, con la melena larga como esclavina, bien enjutito y en
los puros huesos, conforme al ritual de la escuela... Para que tus
ensueños sean reales, quiera Dios que te visiten espectros, que te
rodeen telarañas, que tengas por ropita un sudario y un capuz, que
oigas responsos y _Dies iræ_, que a las rejas de tu cárcel se asomen
los simpáticos murciélagos, y por las grietas del suelo penetren los
diligentes ratones para cantarte la _pitita_ y el _trágala_, únicas
trovas que cuadran a la insulsa canturria de tu romanticismo. Dime
una cosa, niño: ¿qué pensarán de esto Víctor Hugo y Dumas? Llámalos
para que vayan en tu ayuda. ¿Y Robespierre, Saint-Just y Vergniaud,
los románticos de la política, qué hacen que no te sacan? Buena es la
cárcel, buena, buena, buena..., como diría tu amigo Miguelito, porque
en ella han tenido fin las inauditas aventuras de nuestro inflamado
caballero».
—Puedes creer, amigo Hillo —dijo Fernando, sonriendo por primera vez
desde que estaba en la cárcel—, que me gusta esta señora, quien quiera
que sea, por el donaire que pone en sus burlas despiadadas. ¿Y sostiene
que esto es cariño? No diré que no. Sigamos leyendo, que el cartapacio
parece que trae miga.
«Soy justa; pero no soy inhumana: no he de acortar el castigo que
mereces; pero quiero y debo hacértelo menos penoso, proporcionándote
algún esparcimiento en tus horas tristes. Te contaré diversas cosas
buenas y malas que van ocurriendo en Madrid durante tu prisión, para
que la soledad no te abrume; para que tus ideas se acompañen de otras
ideas, enviadas a tu calabozo por el mundo de fuera, a que ahora no
perteneces. La noticia, dulce amiga del hombre, te visitará y te
consolará.
»¡Lo que te has perdido, badulaque, por meterte a politiquear en
tonto! Si hubieras seguido formal y obediente, habrías asistido al
estreno de _El trovador_ en el Príncipe. ¡Qué bonito drama, qué
versos primorosos! Pocas veces ha estado nuestro gran coliseo tan
brillante como aquella noche... ¡Qué selecto gentío, qué lujo, qué
elegancia! La obra es de esas que hacen llorar en algunos pasajes,
y en otros encienden el entusiasmo. Quizás tú la conozcas; el autor
es un jovencito de Chiclana que andaba contigo y con Miguel de los
Santos. Cuentan que la presentó a Grimaldi hace unos meses, y que
este la estimó en poco, determinando que fuese estrenada en la Cruz.
Carlos Latorre fue el primero que vio en _El trovador_, por la
lectura, una obra de éxito probable, y algo de esto hubo de olfatear
Guzmán, porque la escogió para su beneficio. La primera escena, en
prosa, pasó bien; las siguientes, en verso, gustaron: todo el acto
fue bien acogido; el segundo, con las escenas de la gitana, cautivó
al público; el tercero le entusiasmó, y el cuarto le arrebató.
Me parece a mi que este drama esconde una médula revolucionaria
dentro de la vestidura caballeresca: en él se enaltece al pueblo,
al hombre desamparado, de oscuro abolengo, formado y robustecido
en la soledad; hijo, en fin, de sus obras; y salen mal libradas
las clases superiores, presentadas como egoístas, tiránicas, sin
ley ni humanidad. ¡Vaya con lo que sacan ahora estos niños nuevos!
El hecho que constituye la patética emoción del final de la obra,
aquello de resultar hermanos los dos rivales, también tiene su miga:
no es otra cosa que el principio de igualdad, proclamado en forma
dramática. Bueno, bueno. Si he de manifestar lo que pienso, no creo
en la igualdad, digan lo que quieran poetas y filósofos. La prosa
y el verso nos hablarán de igualdad sin lograr convencerme... Pero
ello no quita que en el fingido mundo del teatro admitamos todas las
ideas cuando el artificio que las expone es de buena ley: por eso
aplaudimos a rabiar a ese inspirado chico, después de haber mojado
los pañuelos con nuestras lágrimas... Cree que en uno de los mejores
pasajes me acordé de ti. Al trovador me le tienen encerradito en una
torre, y allí coge el laúd y se pone a cantar. ¡Pobrecito! Y esto lo
hace cuando ya le tienen en capilla y andan pidiendo por su alma los
agonizantes. Pensaba yo si tendrás ahí guitarra o bandurria con que
acompañar las trovas que eches al viento por la reja, y si habrá por
la calle alguna naranjera que te oiga, y, compadecida, riegue con sus
lágrimas el feo muro de tu cárcel... Por fortuna, no estás condenado
a muerte, aunque por menos de lo que tú haces le cortaron la cabeza
al sin ventura Manrique... En fin, que _El trovador_ gustó de veras,
y no contento el público con aplaudir frenéticamente al autor, pidió
que compareciese en las tablas. ¡Ay, qué paso, y cuánto siento que no
lo hubieras visto! ¡Cómo salió allí el pobre hijo, casi arrastrado
por la Concha Rodríguez! Es una criatura; cayó soldado en la quinta
de 100.000 hombres, y se hallaba de guarnición en Leganés, de donde
ha venido a gozar este ruidoso triunfo... ¡Cómo estaría aquella
pobre alma!, digo yo. No sé si tiene madre... Cuentan que en el
teatro estaba vestidito de soldado, y que para salir a las tablas le
quitaron el uniforme y le pusieron una levita de Ventura Vega. Esto
me parece una tontería. Véase cómo los partidarios de la igualdad la
contradicen en los actos corrientes de la vida. ¿Por qué no salió el
hijo del pueblo con su verdadero traje a recibir el homenaje de las
clases altas? ¿A qué esa levita, que es una nueva y postiza ficción?
En fin, no hagas caso; no sé lo que digo. Continúo no creyendo en la
igualdad.
»Me han dicho que en los pasillos no se hablaba más que del drama,
y de los alientos que se trae este chico. Todo era elogios,
congratulaciones, calor de simpatía, y esperanzas risueñas de días
luminosos para la literatura. Pero no faltaban ratoncillos que entre
los grupos se deslizaran, hincando el envidioso diente. Para que
fuese completo y redondo el éxito de _El trovador_, los roedores,
mordiendo el laurel, lo hicieron más fragante. Uno de los que
mordían, _sotto voce_, era ese amigo tuyo y compañero de oficina, que
está tísico pasado. Para él no hay nada bello, como nada hay puro ni
honrado. Quisieran estos que el universo se volviese tísico, como
ellos; que el sol enflaqueciera, y escupiese con horribles toses la
pálida luna. Ahora me acuerdo: se llama Serrano. ¿No sabes? De ti
cuenta horrores. Tan pronto dice que eres pariente del verdugo, como
que desciendes del moro Muza, y que fue tu nodriza una princesa del
Congo. Asegura que estás preso por haber hociqueado en un complot
para asesinar a Mendizábal... ¡Ya ves qué desatinos! Lo gracioso
es que él habla de su jefe peor que tú, y está libre. Ha dicho que
don Juan y Medio lleva _señoras_ a su despacho ministerial, por las
noches, y que allí trincan y retozan, derrochando el _champagne_.
¡Qué infamia! ¡Dios mío, en qué repugnante atmósfera de hablillas
indecentes viven nuestros pobres políticos! ¡Con qué armas tan
viles les atacan! No sé cómo hay quien se resigne a ser hombre
público en este país. Ya ves la que le armaron al pobre Toreno el
año pasado con la hermosa gallega, cuyos favores se disputaban él
y el embajador de Inglaterra, Williers... Como que este asunto, y
los catálogos que armaron las lenguas viperinas, contribuyeron no
poco a que el conde saliese del ministerio. La chismografía se ha
tomado en esta desdichada tierra las atribuciones que en otros países
corresponden a la opinión. Y que la manejan bien los españoles. Esto
y las guerrillas son las dos manifestaciones más poderosas del genio
nacional.
»Quiero hablarte de Mendizábal, para que veas la injusticia con que
le has denigrado en logias y cafés. El hombre está ya con un pie
fuera del poder, aunque crea o aparente creer otra cosa. Es indudable
que _Palacio_ le ha hecho la cruz, y que se aguarda la apertura del
nuevo Estamento para que el puntapié sea parlamentario, parodiando
ridículamente la política inglesa. Está el buen señor tan ciego, tan
penetrado del carácter providencial de su papel político, que no hace
caso de las advertencias de los amigos más leales. Con todo, creo
que la procesión le anda por dentro. Su amor propio no le permite
declararse vencido, fracasado (¡como todos, niño, como todos!); pero
en su _forro interno_, como dice mi peluquero, se siente enfermo
del mal político más grave: del desafecto de _Palacio_. ¡Abajo,
pues, y otra vez será! Esto le decimos, y su cara se pone sombría.
Es realmente hombre de gran mérito por sus cualidades morales, que
no abundan en la gente política de acá. Quiere hacer el bien; su
ambición es espiritual; anhela que perpetúen su nombre los bronces
de la historia... Cree, tal vez, que lo de los frailes le valdrá una
estatua. Podrá ser; pero por de pronto, su ambición de gloria estorba
a otras ambiciones menos desinteresadas, y es forzoso quitarle de
en medio. La prensa se ha desatado en denigrarle. En los corrillos
se pondera su ignorancia, su falta de lecturas, como si nuestros
políticos fueran prodigios de ciencia y erudición. Salvo dos o
tres, la turbamulta no es más que un cúmulo de ignorancia; el craso
desconocimiento de todas las cosas, envuelto en una cascarita de
latín, y con tropezones de abogacía indigesta.
»Si es injusto tildarle de ignorante, aquí donde hay ministros que
creen que La Habana es camino para Filipinas, la injusticia sube
de punto cuando le tachan de interesado, de poco escrupuloso en la
administración de los dineros del procomún. Tal juicio es absurdo,
villano: no ha gobernado a España hombre más puro, menos picado de
la codicia. En él la pasión patriótica es una verdad, no un papel,
como los que otros desempeñan, mejor o peor aprendido. Por venir a
salvarnos, por la ilusión de implantar en su país ideas nuevas,
este hombre, este niño grande, tiró una fortuna por la ventana. De
aquellas ideas solo ha podido realizar una pequeña parte. Lo demás...
no le han dejado ni siquiera planearlo. Le tiran de los pies, de
las manos, del cabello, de los faldones, y le imposibilitan todo
movimiento. Lo que le falta a don Juan de Dios no es entusiasmo ni
voluntad recta: fáltale coordinación en las ideas, madurez, método.
Quiere hacer muchas cosas a la vez; se encariña demasiado con sus
proyectos, y en su viva imaginación llega a persuadirse de que es
un hecho consumado lo que no es más que deseo ardiente. No conoce
bien el personal político, ni tampoco el país que gobierna. Ha
vivido largo tiempo fuera de España, medio seguro para equivocarse
respecto a cosas y personas de acá. El hombre de Estado se forma en
la realidad, en los negocios públicos, en los escalones bajos de la
administración... No se gobierna con éxito a un país con los resortes
del instinto, de las corazonadas, de los golpes de audacia, de los
ensayos atrevidos. Se necesitan otras dotes que da la práctica, y
que, unidas al entendimiento, producen el perfecto gobernante. Aquí
no hay nadie que valga dos cuartos. Todos son unos intrigantes en la
oposición, y unos caciquillos en el poder».
—Para, hombre, para —dijo el clérigo echándose atrás en la silla, para
poder expresar más vivamente su entusiasmo— y déjame que extático
admire ese talento sin par... ¿Pero quien esto escribe es una mujer,
o un monstruo compuesto de los siete sabios de Grecia? ¿Has visto, has
conocido quien con más arte y donosura exprese la triste realidad de
nuestras pequeñeces políticas?... No, nuestra incógnita no es una dama.
Estamos en grave error..., es Séneca redivivo, quizás con faldas... ¿Y
tú, gaznápiro, no te admiras, no te deleitas, no pierdes el sentido
ante los esplendores de ese entendimiento, y ante las gallardías de esa
pluma, que sí, sí..., es de mujer, ahora lo veo, por el claro análisis,
por la gotita maliciosa que pone en sus conceptos? Créelo, este
amarguillo me sabe a gloria. Sigue, hijo, sigue, que esto es oro molido.