Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

--¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en

cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.

Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía

Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que

se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al

servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar

cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.

--Dé usted las gracias a mi prima--dije,--y asegúrele que jamás me he

sentido mejor.

--El Rey ha pasado toda la noche en un sueño--agregó el viejo Sarto, a

quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de

vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara.

Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la

realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a

convertirse para nosotros en _única_ realidad.

--¿Ha muerto el Rey?--preguntó.

--¡Dios no lo quiera!--contesté.--¡Pero se halla en poder de Miguel el

Negro!

El prisionero de Zenda · 第 18 / 47 题