Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del
sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en
el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo
Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su
calma habitual. Al oír la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente
el suelo con el pie y exclamó:
--¡Se han apoderado del Rey!
--Sí--contesté.--«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el
Duque. ¡Qué rato pasaría al oír esta mañana las salvas que saludaban al
Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?
--Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que
llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque
supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.
--¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!--exclamé.--Bien puedo
decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué
pensaría él de todo esto, Sarto?
--¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.
--Tenemos que volver a la capital--dije poniéndome de pie
apresuradamente.--Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y
ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.
Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que
goteaba sobre la mesa.
--¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de
brazos!--exclamé.
Sarto continuó fumando en silencio.
--¡Maldita vieja!--gruñó por fin.--Lograría atraer su atención de alguna
manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como
digo, de una manera u otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a
Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de
los Cielos.
--¿Y el Rey?
--¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?
--¡Partamos!--exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a
reír.
--¡Por vida de!--exclamó;--no le hemos dado mal sofocón a Miguel el
Negro.
--¡Vamos, vamos!--repetí.
--¡Y no es malo tampoco el que le espera!--añadió con aviesa sonrisa que
acentuó las arrugas de su atezado rostro.--Corriente, joven, volveremos
a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.
--¿El Rey?
--¡El Rey coronado hoy!
--¿Está usted loco?--exclamé.
--Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto
daría usted por nuestras vidas?
--Ni más ni menos que lo que valen.
--¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al
pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado
usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que,
demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo
representase en aquel acto?
--¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!
--Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.
Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:
--Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar
al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!
--Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han
averiguado...
--Pero no pueden decir palabra!--gritó Sarto con expresión de
triunfo.--Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted
sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un
impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos
asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?
La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o
no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase
al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un
momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las
dificultades del proyecto.
--Me descubrirán--dije.
--Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo,
es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario,
Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué
valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted
que aceptar!
--¿Y si matan al Rey?
--Lo matarán si es que no lo mata usted.
--¿Y si lo han asesinado ya?
--En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el
Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado
muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al
verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de
usted.
Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la
jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al
escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro
favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en
tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún
hombre.
--Me descubrirán--repetí.
--Quizás--volvió a decir Sarto.--¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si
seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.
--¡Sarto!--exclamé.--¡voy a intentarlo!
--¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos
que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.
--Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz--dije.
--No hay tiempo para eso.
--Pues he de hacerlo.
--¡El demonio me lleve!--gruñó.--Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues
lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos.
No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran
cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.
Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por
el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en
el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En
aquel momento regresó Sarto.
--Los caballos están ahí--dijo--Uno de ellos es hermano del que le trajo
a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese
trabajo.
--No me iré hasta dejar a José bajo tierra.
--¡A que sí!
--No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.
--¡Terco!--exclamó.--Venga usted aquí.
Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de
quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de
Zenda. Eran siete u ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban
al hombro palas y azadones.
--Esos le ahorrarán a usted el trabajo--dijo Sarto.--Vámonos.
Tenía razón.--Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel,
enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé,
pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando
al cadáver del pobre José, dije a Sarto:
--Venguémoslo, coronel!
--¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser
arriesgado.
--No me voy sin darles una lección--insistí.
Sarto vaciló.
--Pues bien--dijo,--no es lo más acertado, pero se ha conducido usted
bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos
ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted
cómo sorprenderlos.
Cerró cuidadosamente la puerta--que teníamos apenas entreabierta,--y
pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás,
junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un
camino destinado a los coches.
--¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.
--No, quiero caer sobre ellos espada en mano--repliqué.
--¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche.
Corriente.
Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en
silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de
coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos
exclamó:
--¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!
--¡Ahora!--murmuró Sarto.
Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre
aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo
creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo
le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me
hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha
quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las
espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en
el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó
una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo
la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en
aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal
de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una
bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro
disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de
tiro. Entonces Sarto se echó a reír.
--Uno yo y dos usted--dijo.--No lo hemos hecho mal y el pobre José
tendrá compañía.
--Sí, partida completa--repuse; estaba furioso y me alegraba de haber
despachado a dos de aquellos truhanes.
--Y con eso les ha caído también algún trabajo a los
restantes--prosiguió el coronel.--¿Cree usted que lo han reconocido?
--Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»
--¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.
Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba
abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el
hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación
de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos
proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor
de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera
llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las
puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando
las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la
capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche
anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las
calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores
buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y
prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma
viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba
el fiel servidor de Sarto.
--¿No ha habido novedad, señor?--preguntó.
--Todo va bien--dijo Sarto,--a tiempo que su criado tomaba mi mano para
besarla.
--¡El Rey está herido!--exclamó.
--No es nada--dije desmontando.--Me lastimé el dedo cerrando una puerta.
--Y sobre todo silencio--dijo Sarto;--aunque a ti, mi buen Freiler, es
casi inútil recomendártelo.
El interpelado se encogió de hombros.
--A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en
cuando--dijo.--¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?
La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve
ausencia.
--Mi sistema--dijo cuando hubimos entrado--es no confiar en nadie más
allá de donde sea absolutamente necesario confiar.
Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido
y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo
despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito
de alegría se arrodilló a mis pies.
--¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!--exclamó, procurando
asir mi mano.
Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo--cualesquiera que fuesen
sus faltas,--sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no
me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo
Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:
--¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!
Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.
--¡Estáis herido, señor!--exclamó.
--No es más que un rasguño--dije,--pero...--y me detuve.
Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro.
Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.
--¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?--gritó.
--¡Silencio, imprudente!--dijo Sarto.--No tan alto. Este es el Rey.