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texto. (nota del transcriptor)

CURIOSIDADES ANTIGUAS SEVILLANAS

Tirada de 250 ejemplares

CURIOSIDADES

ANTIGUAS SEVILLANAS

POR

José Gestoso y Pérez

(SERIE SEGUNDA)

[imagen: colophon]

SEVILLA

En la oficina del periódico EL CORREO DE ANDALUCÍA

1910

Es propiedad del autor

AL LECTOR

_Ocupado asiduamente en otras literarias tareas que han absorvido mi

tiempo por completo, he dejado transcurrir ¡veinticinco años! desde que

fué impreso el tomo 1.º (Serie 1.ª) de estas_ Curiosidades, _hasta

ahora, que doy á la estampa el presente volumen II; y cierto que si sigo

á este paso, bien sé que no he de publicar ninguno más. Falto de los

estímulos de otros días, casi extinguidos ya los alientos juveniles, en

espera de emprender, el día menos pensado el gran viaje, del cual no se

regresa jamás; las numerosas notas y apuntes que podrían servirme para

emborronar otras cuartillas, posible es que pasen al cajon de un

especiero, con lo cual ya sé que sólo se habría perdido el tiempo que

invertí en reunirlas, porque ni la Historia ni la Arqueología sentirán

gran pena al verse privadas de otro ú otros volúmenes. A la buena

amistad con que me favorece el Sr. D. José María de Valdenebro,

facilitando los medios para la impresión de este volumen, débese su

salida á la plaza pública; sin sus amables oficios, seguramente yo no lo

habría dado á la estampa. Allá van pues estos articulejos escritos_

cálamo currente, _sin más pretensión que la de entretener un rato á los

pocos que en estos venturosos días, gustan del conocimiento de las_

cosas viejas, _y con ellas se complacen, para hacerles olvidar siquiera

momentáneamente, los pesares de la vida que á todos nos alcanzan así

como otros de mayor bulto que parecen dibujarse allá en el horizonte,

fruto natural de corrompidas semillas._

_Dediqué el tomo 1.º á asuntos arqueológicos; comprenderá este II otros

de caracter histórico y si tengo ocasión y Dios me dá vida, serán temas

del III varias tradiciones sevillanas, ya que no pueden ser todas las

conocidas, que andan diseminadas en varios libros; las cuales, estimo

que, publicándolas reunidas en un volumen como ha tiempo yo imaginé,

sería obra meritísima, pues, así se conservaria su memoria, se

facilitaria al curioso su conocimiento, y los altos ejemplos de virtud,

de valor, de abnegación y de patriotismo que de tales narraciones se

desprenden, serían provechosa lectura para la juventud, tan necesitada

hoy de este linaje de libros._

_El tiempo dirá hasta qué punto veré realizados mis propósitos._

Antiguas Industrias Sevillanas

Tejidos y Tejedores

Entre las muchas industrias que ennoblecieron á nuestra ciudad en los

pasados siglos, ocupó lugar preferentísimo la de los tejidos de seda,

debida, sin duda, como tantas otras, á los sarracenos, consumados

maestros en ella. Los innumerables datos que acerca de tan rica como

bella manifestación del gusto y del trabajo consignan los historiadores

musulmanes, los recientes estudios debidos á doctos arqueólogos, y el

descubrimiento de riquísimas estofas con que se ataviaron reyes,

infantes y prelados, persuaden del extraordinario auge alcanzado por

nuestros dominadores en esta fabricación, que hizo célebre á las

ciudades españolas de Murcia y de Almería[1], de Córdoba, Granada,

Málaga[2], Toledo, Valencia y Sevilla. «Caso es de recordar, por

rarísimo dice á este propósito un ilustre académico, que aun prohibiendo

Mahoma á los hombres vestir seda, y que llegando Omar el conquistador de

Jerusalen á perseguir á cuantos la usaban, sean los mahometanos,

casualmente, los que sobresaliesen mucho en vestirla y llegasen á tal

perfección en tejerla, que, ni los celebérrimos frigios les

aventajaran[3].

No parece sin embargo que esta prohibición fué tan absoluta, como se

deduce de las siguientes frases: «Es probable, dice Francisco Michel,

que estas telas (refiérese á las ricas de seda) fueron destinadas á la

exportación, puesto que el Corán prohibía á los hombres el uso de la

seda y ciertas sectas solamente empleaban estas telas con otras

mezcladas.» Haremos notar, por tanto, que el Profeta permitía las sedas

en los trajes de guerra, y el lujo de los ejércitos musulmanes cuando

iban á combatir era inusitado. Sobre el mismo campo de batalla, fué

donde los Cruzados se iniciaron en estos famosos esplendores

orientales[4].

El mismo autor, dijo ya en otro lugar: «Durante la Edad Media, fuera del

traje y de los paños mortuarios, las telas preciosas empleábanse también

para las banderas, enseñas, gonfalones, tapices ó colgaduras, cubiertas

de libros, gualdrapas de caballos, tiendas de campaña ó de casa, etc.

Las telas en sedas y oro eran lo mismo que el numerario, un medio de

cambio comercial. Los emperadores griegos pagaban en sederías á las

iglesias de Occidente ciertos tributos anuales. En los numerosos

inventarios de los tesoros de los templos, se trata del samit de Persia,

de Egipto, de Alejandría, el baudequin de Bagdad, etc.... En el saqueo

de Antioquia (1098) en la toma de Constantinopla (1204) en Damieta

(1219) los Cruzados encontraron entre otras riquezas, cantidad de telas.

Los árabes fueron nuestros maestros y sus tradiciones arraigaron de tal

suerte en la Península, que hasta el primer tercio del siglo pasado, por

lo que á Sevilla respecta, pudimos envanecernos de que fuese esta ciudad

famosa entre las productoras de los más apreciados tejidos,

representados por aquellas riquísimas telas de seda y oro llamadas por

los musulmanes marabique[5] tartari, zarzahan, ricornás, samit,

ciclatón; sirgo y otras, algunas de las cuales empleáronse en las

mortajas de San Fernando y de su hijo el infante Don Felipe, y en las

más estupendas, que atavían la momia del gran arzobispo Don Rodrigo en

su sepulcro de Sta. María de Huerta; pero, aun todavía pueden citarse

otros muy peregrinos ejemplos recordando las inapreciables enseñas

militares sarracenas, custodiada una en las Huelgas de Burgos, de

filíacion desconocida hasta ahora, y otras dos en la catedral de Toledo,

pertenecientes al Sultan Abu-Said Otsman y á su hijo Abu-l-Hasam Aly,

que acreditan la singular pericia y exquisito gusto de sus autores, los

mismos sin duda que fabricarían aquellas preciosas estofas de honor

destinadas á los principes, llamadas _tiraz_, de las cuales nos dice

Almaccari que sus tejedores habitaban en Córdoba el barrio llamado «de

los bordadores»[6].

No es extraño pues que con tales maestros hubiesen alcanzado alto

renombre los telares sevillanos, y que en nuestra ciudad fuese

extraordinario el número de los destinados á la producción de las ricas

y costosas telas, de las cuales, desgraciadamente, no quedan más

memorias que las citas que á cada paso halla el curioso rebuscador de

papeles viejos, al leer los inventarios de los templos y de las casas de

nuestros magnates.[7]

Conquistada Sevilla, por San Fernando, sabido es que en ella quedó una

numerosa población musulmana, y si repasamos el famosísimo códice de los

«Loores et Cantare de Santa María» sus numerosas viñetas nos

manifestarán cuál era el gusto que dominaba en los trajes y en todos los

productos textiles, aun aquellos que se aplicaban al culto, como las

frontaleras de los altares y los ornamentos sacerdotales. En ellos vese

ostensible el gusto artistico de los vencidos, y cómo se lo adaptaron

los vencedores; ¿qué mucho, pues, que los telares sevillanos fuesen

desde entonces famosos, cuando el mismo monarca y sus hijos no

desdeñaban de emplear en sus vestiduras telas sarracenas, hasta con

leyendas alcoránicas? Quiso el Rey Sabio poner coto al ánsia de lujo que

dominaba á sus vasallos, y en el Ordenamiento de 27 de febrero 1256

prohibióles que trajesen «sillas ferpadas nin con oropel nin con

argenpel, que tampoco emplearían en coberturas, perpunte, cofias y

pendones, ni en las fundas de los escudos: que no usasen cascabeles

etc., etc., prohibiendo también á las mujeres el uso de objetos de

metales ricos, de camisas bordadas de oro; extremando estos rigores

hasta en las comidas, en las fiestas de bodas y en la manera de vestirse

los vencidos sarracenos.»

Estas disposiciones fueron letra muerta, como lo acreditan las Cortes de

Valladolid de 1258, prohibiendo que ningún oficial de la Casa Real,

ballesteros, halconeros ni porteros, trajesen pieles blancas, ni

cendales, ni sillas de barda doradas, ni argentadas, ni espuelas

doradas, ni calzas de escarlata, ni zapatos dorados, ni sombrero con

oropel, ni argentpel ni con sedas, salvo los servidores mayores de cada

oficio. No es posible detenernos en todo el articulado de estos

interesantes acuerdos, que comprueba las raices que el lujo había

cobrado entre nosotros, aumentando cada vez más y más, no obstante las

penas que entonces se impusieron á los infractores de la ley, las

cuales, del mismo espiritu animado, impusa á su vez Don Alfonso XI de

acuerdo con los representantes en Cortes reunidos en Alcalá de Henares

en 1348, que tampoco fueron obedecidas en el reinado de sus hijos Don

Pedro y Don Enrique, cuando por propia confesión del ilustre cronista y

autor del Rimado de Palacio, poseia paños tan ricos, que con su valor

podrían haberse vestído cien pobres.

Convencidos dichos monarcas y sus sucesores de la ineficacia de las

disposiciones que se habían dictado para refrenar el lujo por una parte,

y por otra, porque cada vez era mayor la afición por todo lo suntuario,

es lo cierto, que, desde los días del vencedor del Salado no se

registran leyes encaminadas á refrenarlo, y así llegamos al reinado de

Don Juan II, cuya corte ofrece el más brillante y fastuoso conjunto que

puede imaginarse emulando con el monarca los prelados y ricos hombres en

el comer, en el vestir y en los más costosos deportes. A tanto llegaron

ya estos excesos, que en las Cortes de Palenzuela de 1452 solicitóse del

monarca que renovara las leyes suntuarias de Don Alfonso XI, petición

que no fué acogida, á pesar de que en el Ordenamiento de dicho año se

dice: «e como parecerá claramente en el presente en los mis Reinos

aquella mesma disolución e aun mucho más en traer superflua e

desordenadamente las gentes ropas de seda e de oro e de lana, e

forraduras de martas, e de otras peñas e otras muchas guarniciones de

oro é de plata e de aljofar e de muy grand valor e que no tan solamente

aquellos e aquellas que razonablemente lo podían e debían traer por ser

de grandes linajes e estados e faciendas más aun las mugeres de los

menestrales e oficiales querían traer e traían sobre sí ropas e

guarniciones que pertenecían e eran bastantes para dueñas generosas e de

grand estado e hacienda a tanto que no se conocían las unas entre las

otras e que acaecia muchas veces a muchos e a muchas así de grand estado

como de menor que por causa de los dichos trajes e aparatos que avian de

vender lo que tenían o la mayor parte dello para lo cumplir e venían

después por ello a muy grand pobreza».... ¿A qué más? Basta con lo dicho

para apreciar la pasión desenfrenada por el lujo que dominaba entonces á

la sociedad española, que no decayó tampoco en los reinados de Enrique

IV y de los Reyes Católicos, y como muestra de la pompa, verdaderamente

oriental, con que se ataviaron nuestros monarcas, véanse las riquísimas

vestiduras que ostentan las estátuas yacentes de Don Juan I y su mujer

en la Cartuja de Mirafiores, la del infante don Alonso en el mismo

templo, la de Juan de Padilla y otras que sería enojoso mencionar.

Confirman los datos expuestos, que el gremio de tejedores sevillanos

desde la reconquista hasta el siglo XVIII, fué uno de los más

importantes de la ciudad y por tanto capitulos especiales les dedicaron

nuestros monarcas y Concejo para su régimen y buen gobierno en las

Ordenanzas municipales, bajo los títulos de «Tejedores de terciopelo» de

los «Sederos» Toqueros e «Hiladores del torno de seda» cuyas

disposiciones persuaden del interés que habia porque la fabricación no

decayese, ni se desprestigiase el renombre alcanzado. De las noticias

adquiridas resulta, que, el núcleo de los telares de seda estuvieron,

por lo menos ya en el siglo XVI, en los barrios del Norte de la ciudad,

por las parroquias de San Lorenzo, San Gil y Santa Marina en número

extraordinario, como lo demuestran los nombres de los artífices

dedicados á estas labores, que hallamos citados en fehaciente

documentos, á partir del siglo XIV.

Como una leve muestra de los que florecieron entonces entre nosotros, y

para conocimiento de las ricas telas que tejían, ofrecemos al lector el

siguiente extracto:

Ferrand Alonso y Alonso Manuel,

T.[8] de sirgos 1406

Ruy González Cendalero, T. (de

cendales) 1425

Alonso Martínez, Id. Id 1431

Alfon Garcia Jardín, T. de reposteros 1442

Juan González Beniste y Manuel

López, Ts. de oro y de sirgo 1450-53

Miguel de la Cueva y Diego Fernández

Ts. de terciopelo 1475-79

Anton de Alanís y Daniel Sánchez,

Ts. de oro y seda 1478

Siglo XVI

Anton García, T. de seda 1514

Alonso Nuñez, T. de raso 1534

Hernando Dávila, T. de tocas idem

Juan del Castillo, T. de damascos idem

Alonso de Carvajal, Cristóbal

Alameda y Bartolomé Barrasa,

Ts. de terciopelo idem

Antón Ramirez T. de oro y sedas idem

Virgilio Ximénez, T. de mantos idem

Juan de Illescas, T. de oro tirado idem

Lucas Sánchez, T. de randas 1548

Pedro de Espinosa, T. de terciopelo 1555

Juan de Arva y Manuel Fernándel,

Ts. de tafetán 1575

Diego de Lara, T. de buratos idem

Diego de Agüero y Diego de la

Cruz, Ts. de brocados 1576

Francisco Pérez de Morales, T.

de damasco y terciopelo. 1598

Siglo XVII

Gaspar de Herrera, T. de sedas. 1601

Pedro de Burgos, T. de terciopelo. 1603

Juan de Torres, T. de pasamanos. 1604

Esteban Bernal, T. de terciopelo. idem

Miguel Martín, T. de brocados. 1605

Juan Bautista Sea, T. de damascos. 1611

Pedro Gutierrez. T. de brocados. 1613

Benito Guerrero, T. de terciopelo. 1621

Bartolomè Rodríguez, T. de tocas. 1626

Antonio de Herrera. T. de telas

de oro. 1628

Alonso López, T. de pasamanos

de oro. 1644

Sebastián de Cuesta, tejió una

tela de raso negro y oro para

la Catedral. 1667

Claudio Bertel, José de Llanos y Andrés de la Peña se obligaron en 9 de

Mayo de 1693 á tejer 4000 varas de terciopelo carmesí para la Catedral,

y el fleco y galón que hiciese falta. Refiérese este contrato á las

suntuosas colgaduras de nuestra Basílica.

En cuanto á los tejedores de los siglos XVIII y XIX vamos á tratar ahora

separadamente. Por centenares podríamos haber consignado nombres de

tejedores, á partir del siglo XV, y como muestra no más, quedan citados

algunos, para conocimiento de las diversas telas que produjeron: sirgos,

cendales, oro y sirgo, terciopelo, oro y seda y paños reposteros en los

siglos XIV y XV. En el XVI cítanse ya tejedores de damasco, de seda, de

raso, de tocas, terciopelos, oro y seda, mantos, oro tirado, randas,

tafetanes, buratos y brocados; y en el XVII y XVIII húbolos que hacían

también pasamanos y rasos y paños de seda y oro.

El lector curioso que desee más datos para conocer las diferentes clases

de tejidos de seda, y de seda y oro que se producían en Sevilla, ó que

en esta ciudad se vendían, procedentes de otras en el siglo XVII, así

como sus precios, puede acudir á la curiosísima, «Tassa general de los

precios á que se han de vender las mercaderías en esta ciudad de Sevilla

y su tierra: y de las hechuras, salarios y jornales y demás cosas

contenidas en esta relación, que se ha hecho por el Señor Conde de la

Puebla Marques de Vacares Asistente de esta dicha ciudad etc.» (año de

1627).

Las vicisitudes porque pasó en esta la fabricación de los tejidos de

seda, durante los siglos XVII y XVIII sorprenden extraordinariamente,

cuando se sigue con interés su historia, y en confirmación de este

aserto vamos á consignar algunos datos no más, que tomamos de un

documento, casi oficial, debido á muy autorizada pluma. Nos referimos al

«Discurso sobre las fábricas de seda de Sevilla, sus principios,

progresos y decadencia y los motivos desta, noticia de su actual estado

y de los medios que puedan ser conducentes á su fomento y prosperidad».

Tan interesante escrito fué redactado por Don Martín de Ulloa,

Vicedirector de la Sociedad Patriótica de Sevilla, y forma parte del

tomo I, de las Memorias de dicha Sociedad.

Después de hablar de las funestísimas consecuencias que causó en todas

las industrias sevillanas la epidemia de 1649, dice, refiriéndose al

memorial que en 1655 dirigió al Rey el maestro tejedor Francísco

Martínez de la Mata en nombre de sus compañeros Francisco de Cisneros y

Jerónimo de Porras; que consta en dicho documento, que no habían quedado

en Sevilla más que 60 telares, siendo así que antes había 3000, en los

cuales trabajaban 30000 personas. En 1713 existían ya 405 telares y en

1732 llegaron á 1000. Siete años después quedaron reducidos á 140,

aumentando este número hasta 398 en 1745. En 1779 contábanse 462

telares «de lo ancho» y uno en que se tejían géneros con mezcla de oro y

plata y 62 de galones de plata y oro, 354 de cintas labradas, 17 de

cintas de plata y oro, 8 de cintas de rizo y franjas; 1391 telares

bajos, 23 de tejidos menores de plata y oro, que suman en total 2318.

Además había 87 «mundillos de hacer puntas de oro y plata, 95 tornos

para los hiladores que tenían dichas fábricas, los cuales consumían

entre todas 100.000 libras de seda. Había además 50 tornos, en que se

ocupaban 192 oficiales, 19 aprendices, 2985 encañadoras, 133 rodeteras,

que suman 3397 personas. Además contábanse 63 telares de medias, 65 de

redecillas y 3 de gorros todos de sedas[9].

Viniendo ya al año 1790 tenemos á la vista una certificación expedida en

papel del sello 4.º por Juan Martínez, secretario del Arte Mayor de la

seda, de la cual consta que en dicho año se mandó hacer por Don José

Jerónimo de Espejo Veedor Presidente de dicho Arte, calaycata de los

telares que había en esta ciudad, con distinción de las clases de

tejidos, la cual se hizo en 12 y 13 de Marzo del mencionado, año. Según

dicho documento había 168 maestros y 111 tratantes que tenían cada uno

varios telares de las clases siguientes:

Lama de plata con flores de seda 1

Id. id. lisa. 2

Sarga ancha lisa. 26

Id. id. labrada. 53

Id. angosta. 10

Paño de seda. 2

Felpa lisa. 26

Id. labrada. 10

Terciopelo de verano. 5

Raso liso. 1

Damasco. 1

Canutón ó cotonia. 4

Cotonia con plata. 1

Ceñidores. 4

Pañuelos. 12

Anafayas. 3

Estameña. 2

Canicula. 1

Velillo. 1

Mantillas anchas de velillo. 1

Mantos anchos. 18

Tafetan. 95

----

279

Además de las ricas telas mencionadas, tejíanse toda clase de galones y

de pasamanería, cintas, trenzas, y encajes de oro, de todo lo cual

existe un curioso muestrario, que debió pertenecer á un fabricante ó un

mercader, el cual se conserva en el museo Arqueológico municipal.

Llegado el siglo XIX, de tres peritísimos fabricantes tenemos noticias,

llamado el uno Acosta, que vivió en la calle de Santa Clara, del cual

hay una casulla de tisú de plata con flecos de oro y seda en el Hospital

de Venerables Sacerdotes de esta ciudad, magistralmente tejida, y los

otros dos, Don Manuel del Castillo y Povea y Don José Ledesma. Aun hemos

alcanzado á ver muestras de rasos, tafetanes y damascos del primero de

ellos, que con razon fueron premiados en Exposiciones extranjeras y del

segundo conservamos parte de su muestrario de tisues, lama de plata y de

algunas sederías con dibujos de colores y otras en que se emplearon

unidas la seda y el terciopelo. De la fábrica del Sr. Ledesma fueron los

tisues de los Angeles y del Niño Jesús, del antiguo paso de la cofradía

de la Quinta Angustia, donados por los Duques de Montpensier.

Con el Sr. Ledesma se extingue por completo la fabricación de telas de

seda y de seda y oro, en Sevilla, olvidándose por completo las

tradiciones de tan hermosa como productiva industria artística.

¿A que causa debióse su ruina? ocúrrese preguntar. Muchas y muy

complejas fueron, que si tratásemos de determinarlas nos excederíamos

considerablemente de los límites de este artículo. La principal de todas

salta á la vista. No fué posible luchar con el incremento de las

fábricas extranjeras, con la perfección y belleza de sus productos,

juntamente con la relativa economía de aquellos. Mientras que Francia,

Inglaterra, Italia y Bélgica adelantaban extraordinariamente y se

apoderaban de todos los mercados, nosotros sin recursos ni inteligencia

teníamos que cederles el paso, llegando á la vanidad miserable de tener

á gala vestirnos con telas extranjeras. Después de esto ¿qué hemos de

decir? Abandonada la industria, no es extraño que se abandonaran también

los plantíos de morales y moreras, al punto que son ya muy escasos los

árboles de esta clase que nos quedan, sin los cuales no es posible

conseguir el renacimiento de la industria sericícola.

Todo el siglo XIX ha transcurrido sin que una voz amiga se haya alzado

en su favor entre nosotros, mientras que en otras capitales españolas va

adquiriendo importancia y está llamada á adquirir más, pues por lo que

respecta á la producción de la seda tan solo, como puede alcanzarse á

poquísima costa, y como es muy apropósito para que á ella se dediquen

las familias pobres, una vez que éstas sientan el estímulo de una

ganancia anual de relativa importancia, se multiplicará el cultivo y con

él los beneficios consiguientes.

Como complemento de este trabajíllo séanos lícito transcribir el

interesante artículo publicado en el Boletín de Acción Social n.º 38, 15

de Septiembre de 1909 que podrá ser aprovechado el día de mañana por

algún curioso cronista sevillano:

Primer Sindicato en Sevilla.

Bajo la presidencia de un delegado de la Junta Diocesana de Acción

Social, se reunieron, el día 8 de los corrientes, les criadores del

gusano productor de la seda en esta capital, para constituirse en

gremio.

Invocado el Espíritu Santo se dió principio á la sesión por la lectura

del proyecto de Reglamento, que fué aprobado por unanimidad y á

continuación se procedió al nombramiento de la Junta Directiva quedando

constituida en la siguiente forma:

Presidente honorario: D. Francisco Ysern y Maury.

Presidente efectivo: D. José García Morón.

Vicepresidente: D. José Hidalgo Fernández.

Secretario: D. Ricardo Gómez Martínez.

Visecretario: D. Antonio Aparicio Sánchez.

Tesorero: D. Evarísto Diez Hernández.

Conciliario Eclesiástico: D. Juan Caballos Pérez.

No es hoy muy grande el número de los agremiados, pero por esto no

desmerece su importancia, si consideramos que es una industria que había

desaparecido por completo de esta ciudad, habiendo sido fuente

abundantísima de riqueza en toda España, y en particular de Sevilla,

donde existían en 1520, según datos fidedignos, 16,000 telares, si bien

no eran de la importancia de los modernos, que utilizan los poderosos

elementos del vapor y la electricidad; eran telares domésticos, de

familia, donde no se utilizaba para hilar más que el rudimentario torno;

pero con este clásico torno se elaboraban, solamente en Sevilla y su

provincia, 100,000 kilogramos de seda al año, y se utilizaban los

servicios de 100,000 obreros, sin contar con las mujeres, los ancianos

y los niños, que también prestaban sus cortas energías en la cría del

gusano productor de la seda. Ni por esto desmerecía la calidad de su

seda, la mejor de los mercados conocidos, aun del extranjero, á los que

hacía competencia; verdad que hoy mismo puede comprobarse, visitando la

fábrica de filatura de los señores Faustino Martínez y Compañía, única

que se dedica en esta capital á su hilado, y donde se elaboran capullos

de todos los mercados de España y del extranjero, y al simple tacto se

distingue la criada en esta región, por sus cualidades de flexibilidad,

tenacidad y elasticidad y á la que por su finura y brillantez llaman los

inteligentes seda «joyante».

A muchos se le ocurrirá esta pregunta;--¿Siendo tan productiva esta

industria y tan buena la calidad de su seda, por qué causa ha

desaparecido por completo de esta región? Varias han sido las causas que

han contribuido á la decadencia de tan floreciente industria; en primer

lugar, las enfermedades del gusano productor de la seda, y en particular

de la llamada «pebrina», enfermedades que, por pura negligencia, propia

de nuestro caracter, no estudiamos ni combatimos; y en segundo lugar,

porque á mediados del siglo XVIII ya comenzamos á gustar de lo

extranjero, y las sabias leyes de nuestros católicos monarcas, fueron

cayendo en desuso, é invadieron nuestros mercados los tejidos de seda

ingleses y franceses, y en el siglo pasado y en el actual nos

europeizamos, y ya no nos gusta nada que sea español, vestimos á la

inglesa, comemos á la francesa y nos arruinamos á la española. Sólo nos

quedan preciosos recuerdos y riquísimos ejemplares de lo que fué nuestra

industria sedera en pasados siglos, como la maravillosa capa de Carlos

I, que se conserva en la Parroquia de Santiago en esta ciudad, las obras

maestras de las Catedrales de Sevilla, Toledo y Córdoba y la tapicería

riquísima del Real Palacio de los Reyes en Madrid, Aranjuez y el

Escorial, y esa variedad, en suma, de preciosas producciones, que es la

admiración de propios y extraños, en casullas, capas y ornamentos

sagrados, que existen en todas las Catedrales de España.

¿Cómo ha nacido ese gremio? Preguntadlo al ingeniero director de la

Estación Sericícola de Murcia, D. Emiliano López, gran patriota y celoso

propagandista de la industria sedera, y este señor os dirá que en el mes

de Septiembre de 1907 visitó á esta ciudad para hacer propaganda de la

cría del gusano productor de la seda, y como delegado del Estado, para

cumplir su misión, se dirigió, como era natural, á los centros y

corporaciones oficiales y á distinguidas personalidades de reconocida

competencia agrícola y en sus industrias derivadas ó similares, y este

mismo señor os dirá también que por ninguna de estas entidades fué

patrocinada su propaganda.

No por esto desistió de su intento el señor López, pues Colón ofrecia un

nuevo mundo y con la misma indiferencia glacial fueron recibidas sus

teorías en las altas esferas; y del mismo modo que Colón volvió su

mirada á la Iglesia, siempre patrocinadora de toda idea noble y elevada

y fué oido é hizo que prosperaran sus afirmaciones, por la intervención

y apoyo de un humilde religioso; así este señor recordó que en el mes de

Mayo del mismo año, un sacerdote sevillano[10] se había dirigido á él,

como Director de la estación Sericícola que el estado tiene establecida

en Murcia, en atenta carta, haciéndole algunas consultas y pidiéndole

instrucciones acerca de la industria sedera y en especial de la cria

del gusano productor de la seda, y acudió á él, como náufrago á tabla de

salvación, y éste humilde clérigo, y por lo tanto «clerical, retrógado,

oscurantista y medio eval,» como lo llaman los «intelectuales,» prestó

atención á sus deseos, expresados con tal entusiasmo y con tal profusión

de datos prácticos, encaminados á probar sus observaciones, que rendido

á la evidencia, con las cortas nociones que de la industria tenia, hizo

suyo el pensamiento y, desde luego, le indicó los medios con que se

podía contar en la región para hacer práctica su propaganda.

Al efecto, le invitó á dar un paseo en uno de los vaporcitos de recreo

que prestan servicio público entre esta capital y los pueblos ribereños

del Guadalquivir y le enseñó la hermosa plantación de moreras que con

gran sentido práctico ha hecho en sus márgenes la Junta de Obras de este

Puerto, encontrando en ésta la solución de su problema, el alimento

predilecto del gusano de seda.

Al regreso de nuestra excursión por el Guadalquivir nos apeamos en el

desembarcadero de San Juan de Aznalfarache, para descansar breves

momentos en una huerta que el hermano de este sacerdote cultiva,

próxima al mismo apeadero, y allí encontró dicho Sr. López el

complemento para el desarrollo de su plan, un gran salón corrido que

reune todas las condiciones necesarias para la industria, espacioso, con

gran elevación, buenas luces y buena ventilación, y más que todo esto,

muchos pueblecitos esparcidos á su alrededor, donde sus habitantes, en

su mayoría braceros, pudieran gozar de los beneficios de esta industria,

al propio tiempo que contribuían á su desarrollo y propagación.

Una sola dificultad se le ocurrió al sacerdote á que nos referimos en

estas líneas; ¿quién había de educar y formar á los nuevos criadores,

que no tenían noticia alguna de esta industria? Duda que fué resuelta en

el acto por dicho Sr. López prometiendo enviar un obrero de la Estación

Sericícola de Murcia y fundar una Escuela Práctica en San Juan de

Aznalfarache, en el salón antes mencionado, á lo que accedió gustoso su

dueño, quedando así acordadas las bases generales para desarrollar su

plan en la primavera próxima.

Llegada esta época, 15 de Marzo, se presentó el obrero en San Juan de

Aznalfarache con todo el material propio para fundar la Escuela;

incubadora, higrómetro, barómetro, termómetro, microscopio, etc., más

las andanas y zarzas, que ya estaban preparadas de antemano, en el

local destinado al efecto, haciéndose enseguida la instalación de la

misma. Mas una vez instalada ésta hacían falta, como es natural,

discípulos; al efecto se hizo una atenta invitación á las clases

acomodadas del pueblo y ... ocurrió lo que en Sevilla; se acudió á la

clase obrera, y recelosa, como sucede siempre con lo desconocido,

tampoco respondió y por último, se llamó á la puerta de la clase media,

y ésta, no sin grandes dificultades, y gracias á la generosidad del

patrono de la Escuela, que ofreció gratuitamente la semilla ya avivada y

hasta su alimento, y á las reiteradas promesas de prosperidad en el

resultado, bajo la dirección del inteligente obrero D. José Hidalgo, y

sin tener que hacer gasto ninguno de su parte, pues á todos atendió la

Escuela, y sí con la seguridad de un beneficio, de mayor ó menor

importancia, según la cantidad que criaran, pues íntegro sería para

ellos, para de esta manera adiestrarlos en la industria y estimularlos

para los años sucesivos.

Estos nuevos criadores, recelosos en un principio, fueron los mejores

propagandistas después por su feliz resultado, guardándose sus

ganancias, que fué el producto total de la cosecha, que ascendió, según

los casos, á veinte, treinta, cuarenta y hasta cincuenta duros,

despertando gran interés en la clase pobre, que al año siguiente

solicitó, en su mayoría dedicarse á la industria. En este año de 1908

produjo la cosecha de estos pequeños criadores y la de la Escuela, más

de cuarenta arrobas de capullos de seda, y en el año actual ha pasado de

cien arrobas, que si bien esto no es nada comparado con la producción en

los siglos en que floreció esta industria, si sigue aumentando en la

proporción que estos dos años, á la vuelta de quince ó veinte años

tendremos la industria á la altura de su mayor apogeo.

Al agremiarse tendrán los productores personalidad legal para poderse

dirigir al Estado, á la Provincia y al Municipio, con el fin de

estimular á estas entidades en la plantación de moreras, base necesaria

para la propagación de la industria por ser el alimento más apropiado al

gusano y para la mejor calidad de la seda, imitando en esto el laudable

ejemplo dado por la Junta de Obras de este Puerto, que en diversas

plantaciones, hechas en el corto espacio de tres ó cuatro años, tiene

plantadas 14,000 moreras y se propone, por iniciativa de su dignisimo

Presidente D. Francisco Ysern, y de su no menos digno Ingeniero Director

D. Luís Moliní, plantar todas las márgenes de este productivo árbol; y

al propio tiempo dando una prima á los criadores, como lo hace hoy la

vecina República, que da un franco de prima por cada kilo de capullos, y

como lo hicieron nuestros católicos monarcas que dieron sabias

pragmáticas en las que ofrecían premios de importancia á los

agricultores que hicieran mayor plantación de moreras en sus

propiedades.

Si esto se consigue, la industria florecerá en un corto periodo de años,

de lo contrarío, resurgirá muy lentamente, si la influencia del

extranjero no la ahoga en su nacimiento.

D. N.

EL ZAPOTE

Ultima memoria de las casas de don Fernando Colón

Con el transcurso de los siglos hanse ido borrando de esta ciudad

insignes memorias, testimonios de sus grandezas de otros tiempos, las

cuales, yacen al presente olvidadas, entre el polvo amontonado sobre

ellas por algunas generaciones. Vana empresa sería la de intentar

reconstituir la forma y disposición que tuvieron eminentes fábricas

arquitectónicas; y á veces, ni aún es dado señalar los parajes en que se

alzaban: sobre templos, palacios, portadas y torres, abre el arado

profundos surcos, crecen á su sabor los jaramagos y amapolas, ó entre

sus despedazados fragmentos anidan reptiles y alimañas. Tan triste

suerte, tan vil paradero ha tocado á ilustres fundaciones con que

Sevilla se enorgullecía; y toda la diligencia de historiadores y

cronistas para dar vida á alguno de sus monumentos, perdidos hoy, ha

resultado insuficiente, cuando no esteril por completo, pues, la

destrucción inexorable no ha consentido que permanezcan, ni aun leves

vestigios de aquellas glorias del arte ó de la historia. A veces sin

embargo, el hallazgo de un simple papel, despreciable á primera vista,

nos facilita medios para restaurar la obra mentalmente, con toda

exactitud. Para prueba de esto volvamos los ojos á la Sevilla antigua y

venga el lector benévolo á pasar breves momentos en nuestra compañía,

que más de un motivo de recreo y de curiosidad hemos de ofrecerle, en

que se espacie y distraiga su ánimo con la contemplación de grandezas

pasadas.

Cuantos viajeros ilustres por su amor á las ciencias y á las letras,

visitaban esta metrópoli en los años de 1528 al 29, después de cruzar

por la plaza del Duque de Medina Sidonia, en que se alzaba la opulenta

vivienda de aquel magnate, y de contemplarla por algunos momentos,

fijándose, ora en los dos eminentes y robustos torreones que se alzaban

en sus ángulos, ora en sus grandes ventanas, balcones y portada de

sillería, con sus heráldicos escudos, ora en la fila de antiguos fustes

de mármoles, encadenados entre sí que marcaban la jurisdicción del señor

de aquella casa; después de admirar, decimos, aquel enorme edificio,

mitad palacio mitad fortaleza, que según tradición, motivó que Felipe II

preguntase: «si aquella era la casa del señor de la villa» enderezando

sus pasos por la calle que entonces decían de las Armas, y despues de

atravesar por debajo del gran arco á que nombraban puerta de Goles,

donde más tarde mandó levantar el Cabildo y Regimiento de la Ciudad la

Puerta Real, pasábase, nuevamente, ante otra vasta y magnífica vivienda

que allí se parecía, construida sobre un paraje eminente, y desde el

cual espaciábase la vista con la contemplación de un maravilloso cuadro.

Extendíase á la diestra mano una deliciosa huerta plantada de naranjos y

limoneros, entre cuyas oscuras y apretadas copas, erguíanse, balanceando

sus ligeros penachos, las esbeltas palmeras y los melancólicos cipreses,

con mucha copia de otros árboles y arbustos preciosos y raros traidos de

allende los mares, entre los que descollaban gigantescos zapotes,

plantados á lo largo de la margen del rio, hasta la jurisdicción exenta

de San Juan de Acre; y además, mil variadas suertes de odoríferas

plantas, que embalsamaban el aire con suavísimos perfumes. Por entre

esta arboleda sobresalían las almenadas murallas de la ciudad, con sus

robustos torreones, la pequeña iglesia de San Juan de Acre, á la sazón

recientemente reedificada, el templo y monasterio de Santiago de los

Caballeros, la elegantísima atalaya, que decimos todavía de Don

Fadrique, enclavada en el jardín del convento de Santa Clara, y por

último, á los lejos, la sombría mole del real monasterio de San

Clemente. Frontero al sitio en que imaginamos hallarnos, y en la otra

banda del Guadalquivir, junto á su orilla, plantada de alamos blancos y

de verdes cañaverales, veíase la Cartuja de Santa María de las Cuevas,

rodeada por un espeso bosque de naranjos y de olivos, y en los últimos

términos, la fundación insigne de San Isidoro del Campo, sepulcro del

héroe de Tarifa, el monasterio de San Jerónimo y la robusta atalaya,

erigida por los Guzmanes en el lugar de la Algaba, ya casi envuelta en

las nieblas azuladas del horizonte.

Si dirigíamos los ojos hácia la izquierda, también por esta parte

continuaba el recinto de las murallas hasta llegar á la Puerta de

Triana, enfrente de la cual, y á la otra margen del rio, veíase la mole

del castillo de San Jorge, asiento del Tribunal establecido contra la

herética pravedad en los reinos de España, cuyos torreones semejaban

negros gigantes mirando amenazadores hacia el arrabal y la ciudad, al

par que reflejaban sus sombrios contornos en las ondas del caudaloso

rio. Cierto que al contemplar la amenidad de todo aquel extenso paraje,

la grandiosidad de sus edificios y las bellezas todas que rodeaban la

casa de Don Fernando Colón, justamente pudo éste recomendar á sus

descendientes que conservasen el suntuoso edificio y su magnífica huerta

porque «según había visto sitios de casas por la cristiandad, ninguno

pensaba haber mejor». De propios y de extraños era con razón celebrado,

y aún más, si se atiende á que por aquellos años, el ilustre hijo del

Almirante, cuidábase preferentemente de terminar el adorno de la

fachada, enriqueciendo con los primores del cincel aquel venerando asilo

de las ciencias, en el cual pensaba pasar los años de su vida, trocando

las inquietudes y falácias de la corte, en que había vivido los años de

su juventud, por el dulce sosiego y apacible deleite del estudio.

Determinóse pues, no solo á embellecer su morada, sino á procurar digno

albergue á los numerosos libros y grabados adquiridos en sus frecuentes

viajes por España, Alemania, Italia, los Paises Bajos, Inglaterra y

Francia, para lo cual, por aquellos días de los años de 1529-30

recreábase en admirar las delicadas fantasias, que en ricos mármoles

blancos de Carrara, habían esculpido por su encargo, los famosos

entalladores genoveses, Antonio María Aprile de Carona y Antonio de

Lanzio, naturales ambos del obispado de Como, segun contrato, que para

este efecto con ellos había celebrado.

Tenían las casas, dice un fidedigno documento[11] de una esquina á otra

198 pies y por el lado de largo 78. Con dos suelos de alto ... salas

bajas y altas quadradas y recámaras. Todo muy bien labrado y muy fuerte,

y ansimismo jardín á vn lado y vn quarto largo que sirve de caualleriça.

Tres corrales á las espaldas ... etc.

Bien probaron su suficiencia y habilidad aquellos mencionados artistas

italianos en la ejecución de tantas peregrinas invenciones arregladas

«al romano», según decían por entonces en España, conque adornaron la

archivolta del arco de medio punto, principal entrada de la casa, así

como el entablamento que corría encima, con su piso no menos delicado y

peregrino, sustentado por dos pilastras pareadas, con capíteles del

orden corintio, las cuales alzábanse sobre proporcionados pedestales.

Encima de la clave del arco lucia el nobilísimo escudo con las armas de

los Colones, y á ambos lados, á modo de remates ó crestería, corrían

grupos de delfines, alusivos á la empresa paterna.

A cada lado de la portada había además dos ventanas con marcos,

consistentes estos, en pilastras que sostenían sendos entablamentos, con

frontoncíllos, en cuyos tímpanos resaltaban en relieve bustos de

hombres, concluyendo los adornos, cartelas, vasos con flores y otras

invenciones propias del estilo, todas esculpidas en blanquísimos

mármoles[12].

La hojarasca de los capiteles «tomada del antiguo», era tan delicada y

buena, como la que adornaba los mismos miembros arquitectónicos

empleados en la casa del Marqués de Tarifa (la de Pilato). En cuanto á

la traza, semejábase en gran manera á lo esculpido por los mismos

artistas para los sepulcros de los Marqueses de Ayamonte.[13] Tuvo de

costo la obra de marmoleria, para el adorno de la casa de Don Fernando

230 ducados de oro. El edificio remataba en un antepecho revestido de

brillantes azulejos, entre los cuales corría la siguiente inscripción,

con letras capitales romanas (también de azulejería) negras sobre fondo

blanco:

DON FERNANDO COLÓN HIJO DE DON XPOVAL

COLÓN PRIMERO ALMIRANTE QUE DESCUBRIÓ

LAS INDIAS FUNDÓ ESTA CASA AÑO DE MIL E

QUINIENTOS E VEYNTE E SEIS.»

y debajo parecia la siguiente octava:

«Precien los prudentes

La común estimación

Pues se mueven las más gentes

Con tan fácil vocación

Que lo mesmo que lanzaron

De sus casas por peor

De que bien consideraron

Juzgan hoy ser lo mejor[14].

Aludíase en los versos al hecho de haber sido edificada la casa sobre un

antiguo muladar.

Pero, síganos el lector curioso, y penetremos en una vasta pieza, en que

había reunido el gran bibliófilo un rico tesoro «de todas las ciencias

que en su tiempo halló» pues ciertamente, habría de sorprendernos el

orden y singular inteligencia conque estaban custodiados los numerosos

volúmenes que constituian la biblioteca. Agrupadas las Facultades,

colocados de canto los libros en armarios, que rodeaban la cuadra,

corría á dos varas de distancia, y por delante de aquellos, una verja

con travesaños horizontales, que permitia, solamente, al lector, pasar

las hojas del volumen en que estudiaba, colocado sobre un atril, entre

el estante y la dicha verja, precauciones todas encaminadas á ponerlo á

cubierto de la codicia, por ser cosa probada «que es imposible guardar

los libros aunque estén atados con cien cadenas»[15].

Además de los libros llegó á formar el ilustre hijo del Almirante una

riquísima colección de estampas, á juzgar por el índice que de ellas

hizo él mismo; la cual, por la punible desidia de las manos todas porque

pasó el tesoro Fernandino, ha desaparecido, con gran dolor de los

amantes de las artes[16]. Pocas naciones como España y pocos pueblos

como Sevilla podían ufanarse de poseer riqueza bibliográfica, tan

inapreciable como ésta, y así no es de extrañar, que, atendidos los

méritos del fundador, la importancia de su biblioteca, así como los

servicios de imperecedera memoria prestados por el descubridor de un

Nuevo Mundo, el Cesar Carlos V, y en su nombre la Reina Doña Juana,

hubiesen expedido en favor de Don Fernando, un albalá, su fecha en

Valladolid á 20 de Noviembre de 1536, para que «haya e tenga de nos (Don

Fernando) por merced en cada un año para en toda su vida 500 pesos de

oro de 450 maravedis cada peso ... para ayuda á su sustentación y de la

librería que hace en la çibdad de Sevilla». Situaba el monarca tan

importante pensión «en las rentas e provechos de la Isla de Cuba» y los

oficiales de ella habían de satisfacérsela anualmente, con testimonio de

escribano, que acreditase la existencia de Don Fernando. Por otro

mandato real, fecho también en Valladolid á 2 de Marzo de 1537,

facilitábasele el cobro de dicha renta, y por él se establecía, que se

efectuara por los tercios de cada un año, sin que en cada uno de éstos

tuviese que presentar la fé de vida, pues bastaría que llenase este

requisito anualmente. Mas como podía ocurrir su fallecimiento una vez

cobrado un tercio de la renta, obligábase Don Fernando á que se

devolviese por sus herederos á la Hacienda Real. Pocos años pudo

disfrutar de la merced el ilustre bibliófilo, pues, entre las 12 y la

una del día 12 de Julio de 1539 pasó de esta vida á otra mejor, á los 50

años, diez meses y veintiun días, acompañado del duelo general por sus

virtudes y muy particularmente, del de todos los varones amantes de las

letras.

De aquella famosa biblioteca, reunida á costa de tanta diligencia,

dispendios y sabiduría, puede decirse que solo quedan tristes restos. El

abandono y desidia de unos, la rapacidad y codicia, de los otros,

tuvieron, ya á raíz de la muerte de Don Fernando, ancho campo abierto á

su funesto dominio; y cuantas precauciones dejó aquel, tan sabiamente

dispuestas, en su última voluntad, encaminadas, no solo á la

conservación de los libros, sino también á su aumento; las rentas que

dejó señaladas para estos fines, todo cuanto soñó en vida, no fueron más

que vanos deseos, ninguno de los cuales llegó á realizarse. Las

translaciones que hubo de sufrir, primero desde la casa de Don Fernando

al convento de San Pablo, de éste á la Catedral, (1552) y las mudanzas

de uno á otro claustro del Patio de los Naranjos, y por último el

abandono en que estuvo en los primeros años del siglo XIX, con alguna

que otra depredación más reciente, redujeron de manera tan considerable

el número de volúmenes, al punto, que, los existentes han hallado capaz

colocación en un pequeño gabinete, cuya rica estantería costeó con su

proverbial munificencia, S. M. la Reina Doña Isabel II.

Menos aún resta de la que fué suntuosa morada junto á la Puerta de

Goles:[17] claustros y salones, portadas y ornatos han desaparecido, y,

sobre aquel emporio del saber, tesoro de las ciencias, y monumento del

arte, álzanse hoy los fríos muros de unos almacenes de granos!

Hasta hace poco, quedaba algo más, sin embargo; de la famosa huerta

permanecía uno de aquellos hermosos zapotes, que hizo venir del Nuevo

Mundo el gran Don Fernando, y que tal vez plantara por su mano. Su

magnífica copa alzábase en medio de un solar, «donde las necesidades de

la población, obligarán á construir manzanas de casas; entonces caerá al

golpe del hacha, como sus míseros compañeros,» mientras que, diremos con

un ilustre escritor, la ciudad de Sevilla, indiferente al recuerdo de

aquellos ciudadanos, que más honra le dieron, verá desaparecer, sin

fijar en ello su atención, ese postrer vestigio de una época, en que las

letras y las virtudes cívicas florecieron y fueron honradas en

Andalucía; y verá caer, sin sentimiento de pena aquel testigo de los

generosos esfuerzos de un hombre, que, según el docto caballero Pero

Mexia, «debe ser alabado y merece que los que en esta ciudad vivimos

roguemos á Dios por su ánima, la cual según fué su vida tan

virtuosamente gastada en letras y en honestos exercicios, y su tan

christiana y buena muerte yo creo cierto que está en la gloria de

Jesucristo.»

* * * * *

Nuestros temores, desgraciadamente, no han tardado mucho en confirmarse.

Hace pocos años, el Ayuntamiento vendió el solar en que se alzaba el

zapote. No faltaron cultos sevillanos, amantes de nuestras memorias

históricas, que alzaron su voz, solicitando del Ayuntamiento que se

exceptuase de la venta la parcela en que se hallaba el frondoso árbol,

la cual deberíase rodear de una verja, colocando al pie del tronco de

aquel una inscripción que expresase al transeunte su histórico

significado. Tales excitaciones fueron despreciadas; ¿por ventura,

aquellos celosos administradores consentirían que se lesionasen los

intereses «materiales» de la ciudad, descontando algunos metros de los

que constituían el total del solar; equivalente á unos centenares de

pesetas? ¡En cuanto á los intereses morales ... medrados estamos! ¿Quién

para mientes en ellos, en esta época de tanto progreso y de tanta

cultura?

Cayó el pobre árbol, y con él, desapareció la última memoria de las

casas de Don Fernando Colón!

La mezquita de los osos

Curiosidades antiguas sevillanas (serie segunda) · 第 1 / 14 段