Lo que platicaron aquella noche, después de cenar, la gobernadora de
la ínsula y el futuro señor de Pedralba, no consta en los papeles del
archivo nazarista, de donde todos los materiales para componer la
presente historia han sido escrupulosamente sacados. Sin duda, después
de dar cuenta de la grave resolución matrimonial de la santa Condesa,
no creyeron los cronistas del nazarismo que debían extenderse a mayores
desarrollos historiales de tan considerable suceso, o conceptuaron
vacías de todo interés religioso y social las sentidas palabras con que
aquellas dos personas hicieron confirmación solemne de su propósito
matrimonesco. Lo único que se encuentra pertinente al caso es la
noticia de que José Antonio de Urrea se preparó aquella misma noche
para partir a Madrid a la mañanita siguiente. Y otro papel nazarista
corrobora que, en efecto, partió a caballo al romper el día, y que
Halma salió a despedirle, y a desearle un buen viaje, agregando algunas
advertencias que se le habían olvidado en su coloquio de la noche
anterior. Es un hecho incontrovertible, del cual darán fe, si preciso
fuere, testigos presenciales, que ya montado en la jaca el presunto
gobernador de la ínsula, y cuando estrechaba la mano de la Condesa,
pronunció estas palabras:
--No llevo más que un resquemor: que nuestro don Remigio, que de seguro
tocará el cielo con las manos al ver que no le cae la breva de la
Rectoría de Pedralba, ha de fastidiarnos con dilaciones, y quizás con
entorpecimientos graves. No he cesado de cavilar sobre ello esta noche,
y al fin, querida prima, lo que saco en limpio es que necesitamos
comprar su voluntad.
--¡Comprarle...! ¡Cómo...! ¿Qué quieres decir?
--Ya verás. No me vengo de Madrid sin traerme su nombramiento para una
de las parroquias de allá. Es su sueño, su ambición, y si yo logro
satisfacerla, el hombre es nuestro ahora y siempre. He pensado que
nadie puede ayudarme en esta pretensión como Severiano Rodríguez, el
cual es, ya lo sabes, íntimo amigo del Obispo. Y, como Severiano y
tu hermano Feramor tuvieron una formidable agarrada en el Senado, y
ahora están a matar, espero que me apoye con interés, con ardor de
sectario. Basta para ello hacerle comprender que el parlamentario y
economista inglés ha de ver con malos ojos lo que a nosotros nos agrada
y favorece. Créelo, araré la tierra de allá, como he arado la de aquí,
por ganarnos la benevolencia del curita de San Agustín, que es quien ha
de echarnos las bendiciones. Déjame a mí, que ya sabré arreglarlo...,
mi palabra. Ya me río al pensar en el tumulto que ha de armarse cuando
yo suelte la noticia. Será como echar una bomba; de aquí oirás el
estallido, y te reirás, mientras allá me río yo, hasta que venga el día
feliz en que nos riamos juntos... Adiós, adiós, que es tarde.
El primer día de la ausencia de Urrea, la Condesa, en largo y afectuoso
conciliábulo que celebró con Nazarín, según consta en documentos
de indubitable autenticidad, indicó al apóstol cuán justo y humano
sería darle de alta, declarándole en el pleno goce de sus facultades
intelectuales. Si ella hubiera de decidirlo, no había duda, ¿pues qué
prueba más clara del perfecto estado cerebral de don Nazario, que su
incomparable consejo y dictamen en el asunto que Halma sometió días
antes a su criterio?
A lo que respondió serenamente el peregrino que, hallándose sujeto a
observación por el Superior jerárquico, solo este podía resolver si
debía o no ser reintegrado en sus funciones sacerdotales. Cierto que
un buen informe de la señora Condesa, a quien la Iglesia confiara la
custodia del supuesto demente, sería de gran peso y autoridad; pero a
juicio del interesado, este informe no sería eficaz si no iba precedido
de una explícita manifestación de su Superior inmediato, el cura de San
Agustín. Añadió el apóstol que su mayor gozo sería que le devolviesen
las licencias para poder celebrar el Santo Sacrificio, y si se le
concedía la libertad, se trasladaría sin pérdida de tiempo a Alcalá de
Henares, donde sus caros feligreses, el _Sacrílego_ y Ándara, sufrían
el rigor de la ley. Por lo demás, su paciencia no se agotaba nunca,
y esperaría tranquilo, decidido a no disfrutar la anhelada libertad,
mientras quien debía dársela no se la diera.
Con don Remigio habló también la Condesa de este asunto, no obteniendo
de él más que vagas promesas de estudiarlo, sometiéndolo además al
criterio facultativo de Láinez. También dio cuenta al cura y al médico
de su proyectado casamiento, y no hay lengua humana que describir pueda
la sorpresa, el estupor de aquellas dignísimas personas, y del vecino
propietario de la Alberca. Don Remigio no paró, en todo el viaje de
Pedralba a San Agustín, de hacerse cruces sobre boca, cara y pechos.
Cinco días estuvo José Antonio en Madrid, regresando en la mañana
del sexto, gozoso y triunfante, pues se traía bien despachado todo
el papelorio que la celebración del casamiento exigía. Contando a su
prima el escándalo que en la familia produjo el notición de la boda,
empezaba y no concluía. Al principio, lo tomaron a broma: convencidos
al fin de que era cierto, cayó sobre los solitarios de Pedralba una
lluvia de sangrientos chistes. El menos ofensivo era este: «Catalina se
llevó a Nazarín para curarle, y él la ha vuelto a ella más loca de lo
que estaba.» Hicieron Halma y Urrea lo que anunciado habían antes de la
partida de este: pasar buenos ratitos riéndose de todo aquel tumulto
de Madrid, que seguramente no les causaría inquietud ni desvelo.
Acertó a presentarse en aquel momento el buen don Remigio, y Urrea se
fue derecho a él, y dándole un abrazo tan apretado que parecía que
le ahogaba, le dijo: «Mil parabienes al ínclito cura de San Agustín,
por la justicia que sus superiores le hacen, concediéndole plaza
proporcional a sus grandísimos talentos y eminentes virtudes.»
No comprendía don Remigio, y el otro, repitiendo el estrujón, hubo de
explicárselo con toda claridad.
--Sepa que me he traído su nombramiento...
--¿Para una parroquia de Madrid?
--No ha podido ser, por no haber vacante en estos días, mi dignísimo
amigo y capellán; pero el señor Prelado, con quien habló de usted un
amigo mío, encareciéndole sus méritos, aseguró que irá usted a los
Madriles muy pronto, y que en tanto, para que hombre tan virtuoso y
sabio no esté obscurecido en ese villorrio, le nombra Ecónomo de Santa
María de Alcalá.
--¡Santa María de Alcalá! --exclamó don Remigio como en éxtasis; ¡tan
soberbio y apetitoso le parecía su nuevo destino!
Y un abrazo más sofocante que los anteriores, selló la amistad
imperecedera entre el buen párroco de San Agustín y el insulano de
Pedralba.
--¿Y qué puedo hacer yo para demostrarle mi agradecimiento, señor de
Urrea, qué puede hacer este modesto cura...?
--Ese modesto cura no tiene que hacer más que conservarnos su preciosa
amistad, que en tanto estimamos. Y antes de entregar la parroquia al
que viene a sustituirle, échenos las santas bendiciones.
--Ahora mismo..., digo, mañana, pasado mañana. Estoy a las órdenes de
la señora doña Catalina, a quien ya no debo llamar Condesa de Halma.
--Será pasado mañana, señor don Remigio --indicó Halma--. Y otra cosa
he de merecer de su benevolencia: que no me olvide al bendito Nazarín.
--Como he de ir a la Corte a ver a mi tío, allá informaré
favorablemente. ¡Si salta a la vista que está en su cabal juicio!
Inteligencia clara como el sol. ¿Verdad, señora?
--Tal creo yo.
--No tengo inconveniente en darle de alta, bajo mi responsabilidad,
seguro de que el señor Obispo ha de confirmar mi dictamen, y si quiere
venirse conmigo a Alcalá, me le llevo, sí señor, y le daré una modesta
habitación en mi modestísima casa.
--Nos alegramos de ello, y lo sentimos --afirmó la señora de
Pedralba--, porque la compañía del buen don Nazario nos es gratísima
sobre toda ponderación.
--Ya vendrá a vernos --dijo Urrea--. Y al señor don Remigio también
le tendremos aquí alguna vez. Esto no es ya un instituto religioso
ni benéfico, ni aquí hay ordenanzas ni reglamentos, ni más ley que
la de una familia cristiana, que vive en su propiedad. Nosotros nos
gobernamos solos, y gobernamos nuestra cara ínsula.
--Y así debe ser... y así no tienen ustedes quebraderos de cabeza, ni
que sufrir impertinencias de vecinos intrusos, ni el mangoneo de la
dirección de Beneficencia o de la autoridad eclesiástica. Reyes de su
casa, hacen el bien con libérrima voluntad, sin dar cuenta más que a
Dios... ¡Si es lo que yo he dicho siempre, si es la verdad sencilla,
elemental!... Ea, pasado mañana en mi parroquia, a la hora que los
señores me designen.
Concertada la hora, don Remigio montó en su jaca, y picó espuelas. El
animalito debía participar del inquieto gozo de su amo, porque en un
soplo le llevó al vecino pueblo.
* * * * *
En la nota de un curiosísimo documento nazarista, que merece guardarse
como oro en paño, se dice que el mismo día de la boda salió de San
Agustín el curita manchego, caballero en la borrica del gran don
Remigio. Despidiose afectuosamente de los señores de Pedralba, y de
Beatriz, que lloraba como una Magdalena al verle partir, y tomando
la carretera hasta la barca de Algete, pasó el Jarama, siguiendo sin
descanso, al paso comedido de la pollina, hasta la nobilísima ciudad
de Alcalá de Henares, donde pensaba que sería de grande utilidad su
presencia.
Santander-San Quintín. -- Octubre de 1895.