Corrió Beatriz en su auxilio, la cogió en brazos. Nazarín la miraba
impasible. En su desmayo, entre frases ininteligibles, doña Catalina
pronunció con claridad la siguiente:
--Está loco, y quiere volverme loca a mí.
Salió Nazarín de la sala capitular, donde Beatriz, con el auxilio de
Aquilina que acudió prontamente, trataba de volver a su normal estado
a la ilustre señora. Bastó con desabrocharle el justillo y mojarle las
sienes con agua fría, para que Halma se restableciera, y quedándose
sola otra vez con la nazarista, pasó más de un cuarto de hora sin
que ninguna de las dos dijese palabra, ni en pro ni en contra del
singularísimo consejo del apóstol mendigo.
Catalina, poseída de una intensa languidez, fue la que primero rompió
el grave silencio, con esta pregunta:
--Y cuando yo perdí el sentido, ¿no dijo algo más?
--No señora. Nada más.
--¿No dijo la tercera verdad... que debo casarme con José Antonio?
--No le oí tal cosa.
Quedose Halma como aletargada en el sofá, y cuando Beatriz la creía
dormida, he aquí que se incorpora la dama, muy nerviosa, y con gran
inquietud de lengua y manos, atropelladamente dice:
--Beatriz, ese hombre es el santo, ese hombre es el justo, el misionero
de la verdad, el emisario del Verbo Divino. Su voz me trae la voluntad
de Dios, y ante ella me prosterno. Esa idea de que yo me case, me
andaba rondando el alma, sin atreverse a entrar en ella, porque yo la
tenía ocupada por mil artificios de mi vanidad de santa imaginativa,
y de mística visionaria... Me ha dicho la gran verdad, que ha tardado
en posesionarse de mi espíritu, entontecido con las ideas rutinarias
que estoy metiendo y atarugando en él desde hace algún tiempo. ¿Dónde
está tu maestro? Quiero verle. Quiero que me hable otra vez, y que me
confirme lo que antes rae dijo.
Salieron las dos.
--Allá está --indicó Beatriz, después de explorar por una ventana las
soledades de Pedralba--. Está paseándose debajo del moral.
Corrieron allá, y arrodillándose ante él, Halma le dijo:
--Padre, verdad tan grande y clara jamás oí. Usted me ha revelado a mí
misma. Yo era como el gusano que se encierra en el capullo que labra.
Usted me ha sacado de mi propia envoltura. Un sentimiento existía en
mí, de que apenas yo misma me daba cuenta: tan agazapadito estaba el
pobre en un rincón de mi alma. La voz del padrito le ha hecho saltar,
y se ha crecido el pícaro en un instante... ¡Oh, qué verdades me ha
dicho esa inteligencia soberana! Sola, en vano pediría savia y calor
al misticismo. Acompañada, tendré quien me defienda, quien me ayude,
seremos dos en uno para proseguir la santa obra. No fundo nada, no
quiero comunidad legal constituida con mil formulillas, que serían
otras tantas brechas para que se metieran a inspeccionar mis acciones
el cura y el médico y el administrador. Mi ínsula no es, no debe ser
una institución, a imagen y semejanza del Estado. Sea mi ínsula una
casa, una familia. Mi marido y yo mandamos y disponemos en ella, con
libre voluntad, conforme a la ley de Dios.
--Mírele, mírele --dijo Nazarín señalando a un punto lejano, en que se
veía una pareja de bueyes, y un gañán tras ella--. Allí está el hombre,
el corazón grande y hermoso, el ser que usted, con su caridad, mal
comprendida por el bendito Flórez, y renegada por su hermano, sacó de
la miseria y de la abyección. Le he sondeado. He visto su alma delante
de mí, clara y patente. Es un buen hombre, y será un excelente señor de
Pedralba.
--Y le bendeciremos a usted, padre, el santo, el justo, el que todo lo
ve y todo lo descubre.
--No soy nada de eso --replicó el curita manchego, resistiéndose a que
Halma le besase las manos, y obligándola a levantarse--. ¡La señora de
rodillas ante mí! ¡No faltaba más! Yo no soy ni santo ni justo, señora
mía, sino un pobre hombre que, por favor de Dios, ha sabido ver lo que
nadie había visto: que la señora de Pedralba quiere a su primo, que le
quiere con amor, quizás desde que se llegó a ella, hecho un perdido,
con ánimo de pedirle una limosna.
--Es verdad, es verdad... ¡Y yo pensé alejarle de mí! ¡Qué desvarío!
Llegué a creer que la sequedad del alma era el primer peldaño para
subir a esas santidades que soñé... Estaba yo con mi santidad como
chiquilla con zapatos nuevos. ¡Y el pobre José Antonio abrasado en un
afecto hacia mí, que yo interpretaba como agradecimiento muy vivo! Ya
sospechaba yo que sería algo más; pero tal era mi torpeza que, al ver
aquel sentimiento, le echaba tierra encima, todo el material inerte que
sacaba del hoyo místico en que enterrarme quería.
--Y ahora, señora Condesa, ahora que las grandes verdades han salido,
con la ayuda de la luz de Dios, de la obscuridad en que se escondían,
váyase a la casa, dedíquese a sus ocupaciones habituales, y déjeme a
mí el cuidado de informar a Urrea de esta felicidad, pues si no se
la comunico con arte gradual, podría ser que el gozo repentino le
produjera conmoción demasiado fuerte y peligrosa.
No tardó Halma en obedecerle, y allá se fue con Beatriz a sus trajines
domésticos, que aquel día le parecieron más gratos que nunca. Y el
manchego tomó pasito a paso el sendero que conducía a la tierra que el
noble Urrea estaba labrando. Hízole el bravo gañán, al verle llegar, un
gallardo saludo, levantando repetidas veces la aijada, y cuando le tuvo
a tiro de palabra, no se atrevió a preguntarle, tal miedo tenía, lo
que con tanto ardor anhelaba saber. Parados los bueyes, Urrea se quedó
como una estatua. Los pies en el barro, la mano izquierda en la esteva,
empuñando con la derecha la aijada, era una hermosa representación de
la Agricultura, labrada en _terracotta_.
--Hijo mío --le dijo Nazarín--, no sé si las noticias que te traigo
serán satisfactorias para ti. No te alegres antes de tiempo.
José Antonio palideció.
--Hijo mío, si no fueras tan bruto, comprenderías que las noticias que
te traigo son medianas, tirando a buenas.
El rostro del gañán se enrojeció.
--La señora Condesa no quiere que te vayas de Pedralba. Pero...
--¿Pero qué?
--Pero... ello es que no encontraba la manera de retenerte. Al fin,
yo le he dado una formulilla o receta para resolver el conflicto, y
evitar las intrusiones probables de don Remigio, de Láinez y Amador. Se
cambiará radicalmente el régimen de Pedralba. ¿Te vas enterando?
--No entiendo nada.
--Porque eres muy torpe. Nada, hijo, que he convencido a la señora
Condesa... ¿te lo digo? de que debe rematar la gran obra de tu
corrección, ¿te lo digo?... haciéndote su esposo. ¿No lo crees?
Urrea blandió la aijada, y tal movimiento le imprimió en la convulsión
de su gozosa sorpresa, que Nazarín hubiera podido creer que le
atravesaba de parte a parte.
--Calma, hijo, no hagas locuras. Las cosas van por donde deben ir.
Da gracias a Dios por haber iluminado a tu prima. Al fin comprende
que debe llevarse la corriente de la vida por su cauce natural. Su
determinación resuelve de un modo naturalísimo todas las dificultades
que en el gobierno de esta ínsula surgieron. Los señores de Pedralba
no fundan nada; viven en su casa y hacen todo el bien que pueden.
¡Ya ves cuán fácil y sencillo! Para discurrir esto no se necesita la
intervención del Espíritu Santo. Y sin embargo, la gran inteligencia de
la señora Condesa de Halma, deslumbrada por sus propios resplandores,
no veía esta verdad elemental. Dios ha querido que yo, un pobre clérigo
vagabundo, predique el sentido común a los entendimientos atrevidos, a
las almas demasiado ambiciosas.
José Antonio dio un abrazo a Nazarín, y no pudo expresar su alegría
sino con frases entrecortadas:
--Yo también, yo también... vi claro... no podía decirlo... a mí propio
no decírmelo... Temía disparate... ¡Y no lo era, Cristo, no lo era!
La suma ciencia parece locura; la verdad de Dios... sinrazón de los
hombres.
--Ahora, hijo mío, continúa en tu trabajito, como si nada hubiera
pasado. Sigue arando, arando, que esto entretiene, y al propio tiempo
que abres la tierra, das gracias a Dios por la merced que acaba de
hacerte. Este bien tan grande y hermoso no lo mereces tú.
--No lo merezco, no --dijo Urrea con emoción--. Mucho he padecido en
este mundo. Pero aunque mis tormentos hubieran sido un millón de veces
mayores, no está en la proporción de ellos esta inmensa alegría.
--Trabaja, hijo, trabaja. Y otra cosa te encargo. No vayas al castillo
hasta la noche... porque supongo que te traerán aquí la comida.
--Así lo creo.
--No muestres impaciencia, no te descompongas, ni cuando veas a tu
prima esta noche, a la hora de la cena, hagas figuras ni desplantes.
Tú... calladito hasta que ella te hable. Y cuando se digne exponerte
su pensamiento, tú le das las gracias en forma reposada y noble,
prometiendo consagrarle tu vida y tu ser todo, y haciéndole ver que
no te crees merecedor de la inaudita felicidad que te depara... Anda,
hijo, a tus bueyes, y hasta la noche... Con ese surco escribes en la
tierra tu gratitud. Ama la tierra, que a todos nos da sustento, y nos
enseña tantas cosas, entre ellas una muy difícil de aprender. ¿A que no
sabes lo que es? Esperar, hijo, esperar. La tierra guarda la sazón de
las cosas, y nos la da... cuando debe dárnosla.