Ya cerca de las casas vieron a las dos mujeres, que avanzaban por entre
un campo de cebada. Ambas miraban risueñas, y casi casi burlonas, a
los tres caballeros. Cuando Urrea, apeándose ante su prima, le pidió
perdón poco menos que de hinojos por su desobediencia, doña Catalina no
se mostró muy severa con él, sin duda por no avergonzarle delante de
los dos sacerdotes, y de otras personas que allí se reunieron.
--Si ha habido falta, señora Condesa --dijo don Remigio galanamente--,
yo intercedo por el culpable y solicito su perdón.
--Ya sabe el pícaro que padrinos le valen --replicó Halma sonriendo,
y todos reunidos, después que los jinetes entregaron a Cecilio las
caballerías, se encaminaron al castillo, que así en la comarca era
llamada la casona, aunque de tal castillo solo tenía la robustez de
sus paredes, y una torre desmochada, en cuyo cuerpo alto, mal cubierto
de tejas, había un palomar. Del escudo de los Artales, apenas quedaban
vestigios sobre el balcón principal del llamado castillo. La piedra era
tan heladiza que solo se podía ver una garra de dragón, y un pedazo de
la leyenda, que decía _Semper_. Mejor se conservaba la berroqueña de
los ángulos y del dovelaje, y el ladrillo revocado de los paramentos no
tenía mal aspecto; pero los hierros todos, balcones y rejas, no podían
con más orín, por lo que había dispuesto su propietaria reponerlos,
mientras un buen maestro de Colmenar preparaba la reparación de
toda la fábrica, interior y exteriormente. Veíase ya, frente a la
casa, dentro del recinto murado que a la entrada precedía, el montón
de cal batida, y maderas para andamios y obra de carpintería. Junto
a la torre, se alzaban los descarnados murallones que la tradición
designaba como ruinas de un monasterio cisterciense, y que más que
edificio destruido, parecían una segunda casa a medio hacer. Respetando
los basamentos, y aprovechando el material de lo restante, la Condesa
pensaba construir allí su capilla y panteón, con la mayor economía
posible. A un tiro de piedra de la casa-castillo, estaban las cuadras,
y más abajo, un tercer edificio, habitado por los que llevaron en
renta la finca hasta el año anterior. Últimamente, Pedralba estuvo a
cargo del administrador de las propiedades de Feramor en Buitrago,
don Pascual Díez Amador, el cual dio posesión del castillo y casas
y tierras a la señora doña Catalina, el día de su llegada en el
carromato, que fue el 22 del mes de Marzo del año de mil ochocientos
noventa y tantos.
Era la heredad de Pedralba extensísima; pero no se labraban más que los
terrenos próximos a la casa, labor descuidada, somera y primitiva, que
daba escaso rendimiento. Lo demás era monte, bien poblado de encinas,
enebros, y algunos castaños en la parte alta. Lo más próximo al llano
sufrió varias talas, y uno de los renteros propuso al Marqués, años
atrás, la roturación. Pero asustaron al propietario los dispendios de
la empresa, y quedó en tal estado, ni monte ni labrantío, a trechos
pradera desigual, cruzada de viciosos retamares. Dos riquísimas fuentes
surtían de cristalinas y puras aguas potables a Pedralba, la una entre
la casa-castillo y las cuadras, la segunda, manantial de primer orden,
en una encañada a la vera del monte. Árboles de sombra había pocos.
Los que puso el último arrendatario se perdieron por incuria. Frutales
no existían más que tres en finca tan vasta, un moral inmenso detrás
de la torre, el cual cargaba anualmente de dulcísimas moras negras,
y dos albérchigos en el sendero que unía las dos casas. Los madroños
diseminados en distintos parajes no se contaban, por su silvestre
lozanía y lo desabrido del fruto, en el reino propiamente frutal. Tal
era Pedralba, finca de primer orden según opinión de don Pascual Díez
Amador, siempre y cuando se _tiraran_ en ella veinte o treinta mil
duros.
No eran estos los planes de Catalina, que solo se propuso sostener
la propiedad tal como la encontró, con los mejoramientos que su
residencia imponía, y procurarse en ella la vida retirada y humilde
que adoptar anhelaba, sin caer en la tentación del negocio agrícola,
ni pensar en aumentos de riqueza que habrían desmentido sus ideas
y propósitos de modestísima existencia. Lo que le restaba de su
legítima, pensaba conservarlo en valores de renta, reservando los dos
tercios para sostenimiento de su persona y casa, y de la familia de
infelices que en torno de sí había reunido: el otro tercio lo dedicaba
a las reparaciones indispensables, a la construcción de la capilla y
enterramientos, a plantar una huerta, y, si aún había margen, a mejorar
la finca.
Entremos ahora en el castillo, y veamos la mejor pieza de él, que era
la cocina, en el piso bajo y al fondo del edificio, a la parte del
Norte. Todo era grandioso en aquella pieza, hogar, alacenas, horno,
el piso de hormigón muy sólido, el techo alto y la campana bien
dispuesta para dar salida a los humos rápidamente. Las otras piezas
bajas valían poco; eran estrechas, y sus ventanas, que más parecían
troneras, les daban muy tasada la luz. En cambio, las del piso alto
teníanla de sobra. Seis o siete estancias existían en él, que bien
arregladas habrían podido alojar mucha gente. En dicho piso, al lado
de Levante, vivían la Condesa y Beatriz, en aposentos separados y
próximos; a la parte de Occidente, el matrimonio Ladislao-Aquilina con
sus hijos, y aún quedaban entre estas y las otras viviendas algunas
estancias vacías. En la torre, debajo del palomar, tenía su cuarto
Nazarín, comunicado con la casa-castillo por estrecho pasadizo. El
mueblaje era casi todo del siglo pasado, o del tiempo de Fernando
VII, confundido con sillerías modernas de paja, de lo más ordinario,
llevadas de Colmenar Viejo. Las cómodas y consolas, las sillas de
caoba con respaldo de lira, las camas de pabellones _a la griega_, las
laminotas con marco de ébano y asuntos pastoriles, ofrecían un aspecto
sepulcral, lastimoso, como de objetos desenterrados, a los cuales se
había limpiado el humus de la fosa, a fuerza de jabón y estropajo.
Doña Catalina y Beatriz vestían exactamente lo mismo, con las ropas de
la primera, que habían venido a ser comunes: falda de merino negro,
calzado grueso, blusa de percal rayada de negro y blanco, y un mandil
de retor. Al adoptar la vida pobre, la señora Condesa no estimó que
debía renunciar a sus hábitos de pulcritud; decía que el aseo exterior,
por causa de la educación y la costumbre, afectaba al alma, y que la
suciedad del cuerpo era pecado tan feo como la de la conciencia. No
vacilaba, pues, en aplicar estas ideas a la realidad, manteniendo en su
cuarto y persona la misma esmerada limpieza de sus mejores tiempos de
vida cortesana.
--El aseo --decía--, es a la pureza del alma, lo que el rubor a la
vergüenza.
No comprendía el ascetismo de otro modo.
Y como nada tiene la fuerza del buen ejemplo, Beatriz, que había
llegado a reinar en la intimidad y en el afecto de la Condesa, por
feliz concordancia de sentimientos, se asimiló en breve plazo los
hábitos de pulcritud de su amiga y señora, y la imitaba sin darse
cuenta de ello. Sobre la admirable simpatía, o compatibilidad, que
había llegado a borrar entre aquellos dos caracteres la diferencia de
clase y educación, hay mucho que hablar: el fenómeno se inició por un
irresistible afecto la primera vez que se vieron, cuando doña Catalina,
por mediación de su criada Prudencia, fue a socorrer en su pobre
domicilio al afinador de pianos. Mientras duró el proceso de Nazarín
y consortes, Beatriz vivía con su prima Aquilina Rubio, esposa del
mísero don Ladislao, compartiendo la escasez, ya que no el bienestar,
que ninguno tenía. Halma llevó el pan, la vida, la salud, a la triste
vivienda de la calle de San Blas, y atraída de aquel espectáculo de
pobreza y resignación, añadió al socorro material el consuelo de sus
visitas. Habló largamente con Beatriz, admirándose de lo mucho y
bueno que esta mujer humilde sabía, tocante a cosas espirituales y de
nuestras relaciones con lo invisible y eterno; admiró también su piedad
no afectada, la firmeza de sus ideas, y la elocuencia sencilla con
que las expresaba. Sentíase la Condesa inferior, por todos aquellos
respectos, a la que ya miraba como amiga del alma; aprendió de ella
muchas y buenas cosas, enseñándole a su vez otras de un orden social
más que religioso, y con este cambio llegaron a encontrarse la una
para la otra, y las dos en una, fenómeno raro en estos tiempos, que
dan pocos ejemplos de una tan radical aproximación de dos personas de
opuesta categoría. Pero de esto hemos de ver mucho en los tiempos que
ahora comienzan, porque las llamadas clases rápidamente se descomponen,
y la humanidad existe siempre, sacando de la descomposición nuevas y
vigorosas vidas.
Ya se comprende que de la intimidad entre Beatriz y Halma nació el
vivo interés por Nazarín, y su propósito de llevársele consigo, para
intentar su curación, y devolverle sano y útil al poder eclesiástico.
Una discrepancia en cierto modo accidental existía entre la dama y
la mujer del pueblo, y era que, mientras la Condesa, sin asegurar
que Nazarín fuese loco, abrigaba sus dudas sobre punto tan difícil
de aclarar, la otra sostenía con sincera conciencia y fe la completa
regularidad de las funciones cerebrales de su maestro.
Instaladas en Pedralba, la concordia entre una y otra llegó a ser
perfecta. Beatriz observaba delicadamente la distancia social, que
la otra con la misma o más sutil delicadeza trataba de acortar. Ambas
trabajaban juntas desde el primer día en el arreglo y limpieza del
destartalado castillo, o en la resurrección del mueblaje, y a Beatriz
no le valió reservar para sí las faenas más duras, porque la otra
invadía su terreno, y la igualdad triunfaba gradualmente, por ley de
ambos corazones, que sin darse cuenta de ello propendían a lo mismo.
Aquilina no había sido aún elevada al grado de comunidad de su prima
Beatriz. Era una mujer excelente; pero sin intuición bastante para
comprender las ideas de su bienhechora. Manteníase con tenacidad en
su puesto inferior, contenta de que su marido y sus hijos tuvieran
que comer. Los primeros días encargáronla de la cocina, oficio muy
apropiado a sus aptitudes, y las otras dos pudieron consagrarse
descuidadas al fregoteo de muebles viejos, al remendar de colchones
y a otros engorrosos menesteres. Luego alternaron en los diferentes
oficios, y mientras cocinaba la nazarista, Halma y Aquilina lavaban la
ropa en la fuente cercana. El día que precedió a la llegada de Urrea
con don Remigio y Nazarín, Aquilina actuó de cocinera, y la Condesa
y Beatriz lavaban en la fuente del monte, repartiéndose las dos por
igual la carga de la ropa al ir y volver. Como Beatriz se obstinase en
llevarla sola, pretextando ser más fuerte que su compañera, Catalina le
dijo:
--Te equivocas si crees tener más poder de musculatura que yo. Parezco
débil, pero no lo soy, Beatriz, y esta vida ha de robustecerme más.
Y sobre todo, no me prives de este gusto de la igualdad. Es el sueño
de mi vida desde que perdí a mi esposo, y me sentí igual a todos los
desgraciados del mundo. Haz el favor de no llamarme Condesa, ni volver
a usar esa palabra estúpidamente vana delante de mí. Arrojé la corona
en los empedrados de Madrid cuando salí en el carromato... Las escobas
de los barrenderos no la encontrarán, porque fue arrojada con el
pensamiento, pues no la tenía en otra forma; pero allá quedó. Llámame
Catalina, como me llaman mis hermanos, o Halma, como mi primo. Y no
te digo que me tutees, porque parecería afectación, y ya sabes que el
maestro te la prohíbe. Pero todo se andará.
V
La llegada de los tres amigos no debía alterar la marcha de los asuntos
domésticos en el castillo, porque, claramente lo decía la Condesa, ya
que no ayudaran, no era bien que estorbasen.
--Primo mío, supongo que desearás conocer esta gran finca, los estados
de Pedralba, donde hacemos vida recogida y modesta, sin pretensiones
de ascetismo, mis amigos y yo. Usted también, señor don Remigio,
necesita enterarse del terreno que consagro a mi obra. Váyanse, pues,
a dar un paseíto, guiados por el bonísimo Nazarín, que lo conoce ya
palmo a palmo, mientras nosotras les preparamos de comer. No esperen
que salgamos de nuestro pobre régimen. Aquí no hay ni puede haber
comilonas, pues aunque yo quisiera darlas, no habría con qué. Comerán
de nuestro diario frugalísimo, con el poquitín de exceso que pide la
hospitalidad. Conque vean, vean mi ínsula, y tráiganse la salsa que
nosotras no podemos hacerles, un buen apetito.
Fuéronse los tres de paseo, conducidos de don Nazario, que les hizo
subir al monte para que vieran los castaños robustos que lo coronaban,
al barranco para probar el agua de la rica fuente, y después de brincar
y despernarse por lomas y vericuetos, volvieron a casa a las doce, hora
invariable de la comida. En una pieza próxima a la cocina, pusieron
la mesa, la cual era de una robustez patriarcal, de castaño renegrido
y con torcidos herrajes en su armadura. Dos sillas había de la misma
casta y edad, las demás variaban entre el estilo Fernando VII, de
caoba, y la forma y material llamados de Vitoria. Pero la mayor y más
sorprendente variedad estaba en la vajilla y ropa de mesa, pues al lado
de vasos de cristal finísimo, se veían otros del vidrio más ordinario,
servilletas finas, servilletas bastas, platos de porcelana rica, y
otros de cerámica tosca.
--Dispensen la diversidad de la loza --les dijo doña Catalina--. En
mi comedor reina todavía una confusión de clases estupenda, como en
tiempos revolucionarios. Pero esta confusión no es parte para que
yo olvide las categorías de los comensales. Para los dos señores
sacerdotes lo fino, que ellos mismos irán escogiendo; para ti, José
Antonio, y don Ladislao, el barro plebeyo.
--Pues yo propongo --dijo don Remigio con buena sombra--, que no
establezcamos diferencias humillantes, y que nos repartamos como
hermanos, como hijos de Dios, lo malo y lo bueno. Venga ese barro,
señor de Urrea.
Lo más extraño de aquella singular comida fue que las mujeres no se
sentaron a la mesa. Las tres, funcionando con igual destreza y alegría,
servían a los señores. Luego comían ellas en la cocina. Esta era una
costumbre medieval, que Halma no alteraba jamás por consideración
alguna. Diéronles una sopa muy substanciosa hecha con hierbas
diferentes, patatas picadas muy menudito y golpes de chorizo; luego
un plato de carnero bien condimentado, vino en abundancia, postre
de requesón de la Sierra, leche con bizcochos de Torrelaguna, y a
vivir. Sobria y nutritiva, la comida fue saboreada con delicia por los
forasteros, que no cesaron de alabar el buen trato de Pedralba, y la
pericia de las tres marmitonas.
Entre la sopa y el carnero llegó inopinadamente don Pascual Díez
Amador, administrador que fue de la finca, y propietario vecino, pues
suya es la dehesa extensísima que linda por Poniente con Pedralba. Dos
o tres veces por semana visitaba a la Condesa, caballero en su jaca
torda, para ver si se le ofrecía algo. Era un hombre mitad paleto,
mitad señor, lo primero por el habla ruda, por la camisa sin cuello
y el sombrero redondo, lo segundo por las acciones nobles, por el
andar grave, que hacía rechinar las espuelas. Una faja encarnada
parecía separar el lugareño del hidalgo, o más bien empalmar las dos
mitades. Tanto afecto había puesto en doña Catalina, que dispuso que
dos de sus guardias jurados estuviesen de punto noche y día en la
casa de abajo, para que la señora descansase en la persuasión de una
absoluta seguridad. Muchos días caía por allí en su jaca a la hora de
comer, otros a cualquier hora, en que también comía. Su cara redonda,
episcopal, crasa y mal afeitada, despedía fulgores de patriarcal
soberanía, de conformidad con la suerte, sin duda por ser esta de las
más próvidas y felices.
--¡Hola, Remigio!... señora doña Catalina..., don Nazario..., don
Ladislao, aquí estamos todos...
Los saludos duraron hasta después que el gordinflón paleto-señor tomó
asiento sin ceremonia, disponiéndose a comer cuanto le diesen. Porque,
eso sí, hombre de mejor diente no lo había en todo el partido judicial,
con la particularidad notable de que no sabía ponerse tasa en la bebida.
--¿Sabe usted lo que estábamos hablando, amigo don Pascual? --dijo el
curita de San Agustín--. Que esta es una gran finca, y que es lástima
no trabajarla.
--¡Hombre, a quién se lo cuenta! Si estos señores Feramores no tienen
perdón de Dios... ¡Menuda brega tuve yo con el Marqués actual y con
el otro, para que tiraran aquí veinte o treinta mil durillos! Sí, lo
digo: era sembrarlos hoy, para coger el día de mañana, cinco años
más o menos, tres o cuatro millones. Y esto solo con el ganado, que
metiéndonos a ponerlo todo de labrantío... ¡Jesús, oro molido...! Es
una tierra esta, que no la hay mejor ni donde están las pisadas de la
Virgen Santísima, ea.
Don Pascual se incomodaba al tocar este punto, viéndose precisado a
sofocar su enojo con copiosas libaciones. Y como siguieran hablando
del mismo asunto, concluyó por expresar una idea muy atrevida.
--Yo que la señora Condesa..., digo lo que siento, sin ofender, ea...,
pues yo que la señora, me dejaría de capillas y panteones, y de toda
esa monserga de poner aquí al modo de un convento para observantes
_circuspetos_ y _mendicativos_, dedicando todo mi capital a...
--Poco a poco --replicó vivamente don Remigio--, no paso por eso. Lo
espiritual es lo primero.
--¡Potras corvas! ¿Y de qué sirve lo _espertual_ sin lo... sin lo otro?
--Yo que la señora Condesa, persistiría impertérrito en mi grandioso
plan... contra el dictamen de los estripaterrones.
--Y yo, contra el _ditame_ de los engarza-rosarios, digo que sí... no,
digo que no... que sí.
--Si no sabe usted lo que dice, amigo don Pascual.
--¡Vaya! paz y concordia entre los príncipes cristianos --dijo doña
Catalina risueña--. Por un exceso de consideración a mis huéspedes, me
permito el lujo de darles una golosina: café.
Alabado y festejado por todos el obsequio, Amador y don Remigio
lograron encontrar una fórmula de transacción entre sus opuestos
pareceres. Al servir el café, doña Catalina pidió perdón por la
pobreza y rustiquez de la comida, añadiendo que para otra vez tendrían
pan bueno, hecho en casa, y menos desigualdades en vajilla y servicio
de mesa.
Mientras las mujeres comían, salieron los hombres al patio, llevando
cada uno su silla, y allí platicaron formando dos grupos. Don Remigio
y Amador charlaban de los asuntos de Colmenar Viejo, de lo mal mirado
que en la cabeza del partido estaba el cura titular, y de los esfuerzos
que hacían los caciques para hacerle saltar de allí... Naturalmente,
se gestionaría para que ocupase la vacante el curita de San Agustín.
A otra parte hablaban Urrea, don Ladislao y Nazarín, preguntando el
primero al segundo si seguía cultivando la música en aquel retiro,
a lo que contestó el afinador que no le hablaran a él de músicas ni
danzas, pues se hallaba tan contento y gozoso en su nueva vida, que
había tomado en aborrecimiento todo su pasado musical y cabrerizo. La
mejor ópera no valía ya tres pitos para él, y aunque le aseguraran que
había de componer una superior a todas las conocidas, no quería volver
a Madrid. Salió Nazarín a la defensa de arte tan bello, y le propuso
que siguiera cultivándolo allí, pues se compadecía muy bien la música
con la vida campestre. Y añadió que él se permitiría aconsejar a la
señora Condesa que trajese un órgano, para que don Ladislao compusiera
tocatas campesinas y religiosas, y les deleitara a todos con aquel arte
tan puro y que hondamente conmueve el alma.
Con estos y otros paliques, fue llegada la hora de la partida, y Urrea
no cabía en sí de inquietud, por no haber podido hablar a solas con su
prima, ni esta decirle que se quedara, como era su deseo. El temor de
que contestase con una rotunda negativa a su propósito de permanecer
en Pedralba, le sobresaltó de tal modo, que no tuvo ánimos para
formularlo. Tristeza infinita cayó sobre su alma cuando Halma le dijo
en tono de maestro:
--Ahora, José Antonio, te vas por donde has venido, y sin mi permiso
no vuelvas acá, ni abandones las ocupaciones a que deberás una
independencia honrada.
Con tal autoridad pronunció estas palabras, que el calavera arrepentido
no tuvo aliento para contradecirlas y exponer su deseo. Sentíase tan
inferior, tan niño, ante la que le gobernaba en sus sentimientos y en
su conducta, que no pudo ni pedirle menos severidad, ni explicarse con
ella sobre la pesadísima y cruel condena que le imponía. Verdad que
estaban delante Nazarín y los forasteros, y no era cosa de hacer ante
ellos el colegial mimoso. Faltaban tan solo minutos para la partida,
cuando la Condesa dijo al curita de San Agustín:
--Señor don Remigio, si usted no se opone a ello, se quedará en el
castillo el amigo don Nazario, porque si es bueno para la salud el
ejercicio del entendimiento, no lo es menos el corporal, y conviene
que alternen. Ya concluirá más adelante esa gran recopilación de los
Discursos de la Paciencia.
--Lo que usted disponga, señora mía, es ley --replicó don Remigio, ya
con el pie en el estribo--. Si nuestro buen Nazarín prefiere quedarse,
quédese en buen hora... Que lo diga él.
Con semblante confuso, y casi casi con lágrimas en los ojos, el
peregrino respondió:
--Yo no determino nada.
--¿Pero usted qué prefiere?
--Pues, la verdad, estimando mucho la hospitalidad del señor cura, y
ofreciéndole ponerme a su disposición para terminar aquellos apuntes y
cuanto guste mandarme, hoy me quedaría, pues la señora Condesa así lo
desea.
--Es que... verá usted, don Remigio, como tenemos tanta obra en casa,
necesito que me ayuden mis buenos amigos. Hay que estar en todo, y
cuantos viven aquí han de arrimar el hombro a las dificultades. Mañana
pienso probar el horno de pan, y deshacerlo si no nos resulta bien.
Conque...
--Que se quede, que se quede. Usted es aquí la santa madre, usted
manda, y los hijos... a obedecer calladitos. Señor de Urrea, ¿no monta
usted?
Lívido y tembloroso, Urrea no acertaba ni a despedirse airosamente de
su prima. Era una máquina, no un hombre. Su tristeza le cogía todo
el ser como una parálisis, matándole la voluntad. Montó a caballo, y
partió con el cura y con Amador, sin saber que existía en el mundo un
pueblo llamado, por buen nombre, San Agustín.