--Mire usted, mi querido don Manolo --dijo el Marqués sentándose,
después de dar dos o tres vueltas por la estancia--. Sin esfuerzo
alguno, y con solo una ligera indicación de usted o de ella misma,
habría usted visto en mí eso que llama rasgo, si supiera yo que al
entregar a mi hermana su legítima, daba un empleo útil a ese pequeño
capital... Déjeme usted seguir, que ahora me toca hablar a mí. ¡Pues no
faltaba más sino que usted se lo dijera todo! Continúo _en el uso_ de
la palabra. Cúreme usted a mi hermana de sus manías de fundadora...
--Pero ven acá, majadero, ¿acaso la fe es una enfermedad?
--Que hablo yo ahora: no se interrumpe al orador. Quítele usted de
la cabeza a mi señora hermana esas ideas y esos planes para cuya
realización no le ha dado Dios el cacumen que se necesita, y no solo
le entregaré gustoso lo que le pertenece, sin merma alguna, sino que
añadiré algo, siempre que ella se humanice, dejándose de aspirar a la
canonización, y vuelva al mundo, mirando por su propio interés y por
el de la familia. De buen grado daré todo el esplendor posible a la
posición que ella podría crearse, bien casándose con el viudo Muñoz
Moreno-Isla, bien con...
--¡Paco, por Dios, no desbarres!... Sí, te interrumpo, no te dejo
hablar, no consiento que barbarices de ese modo. ¡Pero tonto, si su
grande espíritu la llama hacia cosas bien distintas de eso que llamas
posición!... ¡Vaya una posición! ¡Si ella quiere la más alta de todas,
la que será siempre inaccesible para todos esos Casa-Muñoz y demás
traficantes ennoblecidos que se revuelcan en la vulgaridad, entre
barreduras de plata y oro! ¡Buena está Catalina para vender la alegría
de su alma, que consiste en estar siempre en Dios y con Dios, por el
dinero de esos publicanos! ¡Divertida estaría tu hermana con esa gente,
pues a trueque de poseer unas cuantas acciones del Banco, tendría que
soportar a su lado noche y día al de Casa-Muñoz y oírle decir _áccido_,
_carnecería_, y otros barbarismos! ¡Y de añadidura, tener por cuñada
a la Josefita Muñoz, la _reina de las tintas_, como la llama no sé
quién, y oírla y aguantarla y estar cerca de ella, cosa tremenda,
porque es público y notorio que le huele mal el aliento!... Yo no me he
acercado... tate... Me lo han dicho. Pues otra: la madre de esos tenía
su tienda en la calle de la Sal. ¡Dios misericordioso, las varas de
sarga que me ha medido a mí la buena señora para sotanas! ¡Y hoy sus
hijos son Marqueses, y en señal de finura se llevan la mano a la boca
cuando les viene un eructo, y van a París como maletas para introducir
en España la moda... de los _huevos al plato_! ¡Y esa es la posición
que quieres para tu hermana!
--No se puede con usted, mi buen don Manolo, cuando toma las cosas
en solfa --replicó el Marqués festivamente--. Búrlese usted todo lo
que quiera; pero yo repito y sostengo que no hay otro medio, para
crear clases directoras en esta desquiciada sociedad, que cruzar la
aristocracia de pergaminos con la de papel marquilla, dueña del dinero
que fue de la Iglesia y de las casas vinculadas. Yo le aseguro a
usted...
--No me asegures nada... Tu hermana no quiere ser clase directora en el
sentido social. Puede serlo en otro mucho más elevado. Sus desgracias
le han hecho aborrecer toda esa miseria dorada del mundo. Ningún amor
terrestre puede sustituir en su alma al cariño que tuvo a su esposo.
Ahí donde la ves, con todo ese aire de poquita cosa, es una heroína
cristiana. Fue buena esposa, mártir de sus deberes; la memoria del
pobre muerto es su consuelo, y la llama vivísima de fe que arde en su
alma se traduce en la ambición de consagrar su vida al bien de sus
semejantes, a aliviar en lo posible los males inmensos que nos rodean,
y que vosotros los ricos, los prácticos, los parlamentarios, veis con
indiferencia, cuando no los escarnecéis, queriendo aplicar a su remedio
las famosas leyes económicas, que vienen a ser como la receta del
italiano contra las pulgas.
--Pero si yo no me opongo a que mi hermana sea piadosa... Accedo a que
no se case, a que se dedique a la oración en la soledad de un claustro.
Soy creyente, bien lo sabe usted.
--Hm... ¡Creyente! Todos los señores prácticos, políticos y
parlamentarios lo son por conveniencia, por decoro y exterioridad. Van
con vela a las procesiones, y cuando se arrodillan ante el Santísimo y
ven elevar la hostia, están pensando en que los cambios suben también,
o bajan.
Dijo esto don Manuel nervioso, impaciente, levantándose y dando tumbos
por el cuarto. De pronto entra _Sandy_ a pedir a su padre los sellos
que había recibido aquellos días, y el buen sacerdote, después de
acariciarle, le dice:
--Corre al segundo, alma mía, y a tu tiíta Catalina que baje al
momento, que tu papá y yo tenemos que hablarle.
Subió el chiquillo como una exhalación, y en el tiempo transcurrido
hasta que se presentó la Condesa, el Marqués hubo de parafrasear
sus últimas afirmaciones para evitar que Flórez las interpretara
torcidamente. Era hombre práctico, y humillándose ante los hechos
consumados, quería quedar bien con todo el mundo.
--He querido decir, señor don Manuel, que no ha demostrado mi hermana,
hasta ahora, aptitudes para cosa tan grande, para una empresa que no
solo requiere piedad, sino inteligencia, saber del mundo y de los
negocios. Eso sostuve y sostengo. ¿Pero acaso el que no haya demostrado
aptitudes, significa que no pueda adquirirlas cuando menos se piense?
La fe hace milagros, ¿quién lo duda? La fe puede mucho.
--Según tú, los milagros los hace la santa economía.
--También. Y la inteligencia, y el método, y...
La entrada de su hermana le cortó la palabra. Antes de saludarla, don
Manuel le alargó desde lejos los brazos, diciéndole con tanta seriedad
como alegría:
--Venga usted acá, señora Condesa de Halma, y dé las gracias a su
hermano, este noble hijo de su padre, esta gloria de los Artales y
Javierres... El señor Marqués, no bien le indiqué los proyectos de
usted, abrió, como quien dice, su corazón y su alma toda, inundada de
fe cristiana y de entusiasmo católico. Y nada... que disponga usted
de su legítima, sin merma alguna, que no hay cuentas, ni las hubo,
ni puede haberlas entre dos hermanos que tanto se aman... que si no
basta, él está dispuesto...
--Poco a poco, don Manuel... Yo...
--Sí, sí, quiere decir que no nos abandonará en caso de... En fin, se
ha portado como quien es, como un prócer castellano, caballero de la
fe de Cristo. Ya lo esperaba yo, que conozco la raza, y he llorado de
satisfacción viendo cómo sus ideas a las mías respondieron, cómo su
noble corazón se inundó de regocijo ante los sublimes proyectos de su
bendita hermana. ¡Vivan los Artales y Javierres, cuyo blasón no tiene
igual en nobleza, cuya historia está llena de actos magnánimos, de
virtudes heroicas! ¡Viva la familia que cuenta más santos que príncipes
en su árbol genealógico, y príncipes a centenares, y felicitémonos
todos, y yo el primero, por la honra de ser amigo de tan ilustres
personas!
--Bien, muy bien --dijo doña Catalina entre dos sonrisas, demostrando
en la frialdad con que pronunció aquellas palabras, que no aceptaba
como artículo de fe las del clérigo.
--No me opongo jamás --dijo Feramor tragando saliva, para ahogar con
ella la tumultuosa procesión que le andaba por dentro--, no me opongo a
nada que sea razonable. Cuando lo espiritual se presenta en condiciones
prácticas, soy el primero... ya se sabe... Mis ideas generales,
mis ideas políticas, concuerdan con todo lo que sea el _fomento y
protección_ de los intereses religiosos. La fe es una fuerza, la mayor
de las fuerzas, y con su ayuda, las demás fuerzas, ora sociales, ora
económicas, podrán realizar maravillas. Toda empresa de _mejora_ moral
me tiene a su lado, porque no veo más camino para el perfeccionamiento
humano que las creencias firmes, la misericordia, el perdón de las
ofensas, la protección del fuerte al débil, la limosna, la paz de las
conciencias.
--¡Qué hermosas ideas! --dijo don Manuel con fingido entusiasmo--.
¡Benditas sean las riquezas que atesoras, porque con ellas harás el
bien de tus semejantes desvalidos! Si todos los ricos fueran como tú no
habría miseria, ¿verdad?, ni el problema social sería tan pavoroso.
Al llegar a este punto, el Marqués necesitaba violentarse mucho
para no coger una silla y dejarla caer sobre la cabeza del ladino y
maleante sacerdote. Pero su corrección social, como una conciencia más
fuerte que la conciencia verdadera, se sobrepuso a su enojo, y ni un
momento desapareció de sus labios la sonrisa, que parecía esculpida,
de la buena educación... ¡Ah, la buena educación! Era la segunda
naturaleza, la visible, la que daba la cara al mundo, mientras la
otra, la constitutiva, rara vez salía de la clausura en que las bien
estudiadas formas urbanas la tenían recluida. Prescindir de aquella
segunda naturaleza para todos los actos públicos y aun domésticos,
era tan imposible como salir a la calle en cueros, en pleno día.
Los refinamientos de la educación, si en algunos casos corrigen
las asperezas nativas del ser, en otros suelen producir hombres
artificiales, que por la consecuencia de sus actos se confunden con los
verdaderos.
Apurando los inagotables recursos de su buena educación, de aquella
fuerza en cierto modo creadora y plasmante que hace hombres o por lo
menos estatuas vivas, el Marqués sostuvo el papel que le había impuesto
el eclesiástico amigo de la casa, y terminó la conferencia diciendo
graciosamente a su hermana:
--Dispón de... eso cuando quieras. Estoy a tus órdenes. Y, como te ha
dicho muy bien don Manuel, entre nosotros, entre hermano y hermana,
no se hable de cuentas, ni de anticipos... No, no me des las gracias.
Es mi deber perdonarte una deuda insignificante. La fortuna me ha
favorecido más que a ti; ¿qué digo la fortuna? Dios, que es quien
da y quita las riquezas. Si a mí me las ha dado, es para que puedas
consagrarte... consagrarte...
No acabó el concepto, porque la buena educación, empleada a tan altas
dosis, hubo de agotarse... Para disimular la repentina extinción de
aquella fuerza, el Marqués no tuvo más remedio que fingir una tosecilla.
Y don Manuel, sacando una cajita de cartón, le dijo con buena sombra:
--Tome usted, señor parlamentario, una pastillita de las que yo gasto.