Bajó despacito las escaleras, fija la vista en los peldaños, mientras
volteaba en su mente la grande, la excelsa idea, y en el portal se
encontró a los señores Marqueses que regresaban de su paseo en coche.
--¿Todavía por aquí, don Manuel?
--¿Quiere quedarse a comer?
--Gracias mil. Ya saben que no como a estas horas. Mi chocolatito, y a
la cama como un ángel. Consuelo, buenas tardes.
--¿Y cuándo tendremos el gusto de volver a verle por aquí? --le
preguntó el Marqués.
--Ese gusto lo tendrán ustedes mañana.
--El disgusto será de usted.
--Quizás... Pero en fin, mañana hablaremos. Abur, abur.
Requirió el manteo, y se fue, dejando a su buen amigo un tanto caviloso
con aquel anuncio de conferencia, que debía de ser, se lo decía
el corazón, alguna extravagancia de su señora hermana la Condesa.
Preparose, pues, prejuzgando todos los órdenes, de razonamientos
con que podría embestirle don Manuel, y le aguardó tranquilo. Las
diez no eran todavía cuando el sacerdote entró en la casa, y ambos
en el despacho, sentaditos a uno y otro lado de la mesa, hablaron
largo tiempo. El Marqués, si le dejaban, era un águila para las
amplificaciones; pero Flórez sabía ser lacónico y contundente cuando
el caso lo exigía. La confianza autoritaria, de superior a inferior,
con que le trataba, por haber sido su maestro antes de la partida de
Feramor para Inglaterra, facilitaba mucho a don Manuel las fórmulas de
concisión.
--Ya, ya me lo figuraba --dijo el Marqués, oída la breve exposición que
hizo don Manuel de su visita--. Desde que usted me indicó anoche...
Bajaba usted de su cuarto, donde estuvo en cónclave con ella toda la
tarde... En seguida comprendí. Mi señora hermana desea que le entregue
su legítima.
--Exactamente.
--¿Y para eso tanto misterio, y conferencias tan largas entre usted
y ella? ¿Por qué no me lo dice? ¿Acaso me niego a entregarle lo suyo?
¿Por ventura no tengo mis cuentas bien claras, y mi conciencia muy
tranquila, y todos los asuntos tan en regla, que fácilmente podría
contestar a cuantas objeciones se me hicieran? Vea usted, vea usted...
Y diciendo esto sacó un legajo cuyo rótulo decía: «Cuenta de las
cantidades suplidas a mi señora hermana Catalina...»
--Ya, ya --dijo el clérigo continuando de memoria la lectura del
rótulo--. «Suplidos en Madrid cuando se casó... y después en Sophia,
Constantinopla, Corfú...» Dame acá.
Y tomó los papeles, y sin dignarse pasar por ellos la vista, con
resolución firme y calmosa empezó a romperlos, no pudiendo hacerlo con
todo el legajo de una vez, por ser demasiado grueso.
--¡Qué hace usted, don Manuel! --exclamó el Marqués abalanzando su
cuerpo por encima de la mesa, pero sin atreverse a quitarle al otro de
las manos los papeles que rompía pausadamente, echando los pedazos en
una cestita próxima.
--Ya lo ves... Hago lo que tú harías si fueras como Dios y yo queremos
que seas, lo que harás seguramente si reflexionas en ello... Déjame,
déjame que deshaga toda esta podredumbre...
--Pero...
--No hay pero que valga. ¡Si has de concluir por aprobarlo, y
ayudarme a romper los que quedan! Hijo mío, tengo de ti mejor idea
de lo que parece, y aunque te empeñes en disimular tu buen corazón
con esas apariencias de egoísmo que te impone la sociedad, no has
de conseguirlo. Ya, ya estás comprendiendo que debes entregarle a
tu hermana su legítima íntegra, y que esa resta infame que tenías
preparada no es propia de un caballero cristiano... como debes ser...
como eres, lo digo y lo repito, como eres.
--¡Don Manuel!
--Don Manuel te quiere mucho, y cuando te ve desfigurado por el
egoísmo, que todo lo contamina, te rehace a su gusto... Yo quiero que
seas conforme al tipo de caballero cristiano que quise formar en ti
cuando te llevaron a tierras de ingleses metalizados. No pongas esa
cara compungida, ni abras esos ojazos, Paco, amigo mío y discípulo
amado. Los anticipos que hiciste a tu hermana son miserias... miserias
para ti, que eres rico; y si retienes esas cantidades al entregarle
su legítima, rebajas tu dignidad, y te pones al nivel de la gente mal
nacida. Prueba que eres noble, no solo de nombre, sino de hechos, y
perdónale a tu pobre hermana las limosnas que le hiciste, que si el no
dar limosna es cosa fea, el reclamar la que se dio es cosa feísima,
plebeya, vil.
--Permítame usted, mi querido Flórez --dijo el Marqués palideciendo,
sin ningunas ganas de ceder, pero también sin ánimo para oponerse al
rasgo de su amigo y maestro--; permítame usted que le diga que no es
esa la manera de tratar las cuestiones de intereses. Discutamos...
--Eso es lo que tú quieres, discutir, porque en ello siempre llevas
ventaja. Pues yo aborrezco las discusiones; soy muy poco parlamentario.
¿Y para qué habíamos de discutir? Ya han desaparecido en pedacitos
mil tus famosas cuentas. Mía es la responsabilidad de este crimen de
lesa majestad... económica. Pero mi conciencia está tranquila, y aquí
donde me ves, al romper tus papelotes he sentido en mi interior un
goce vivísimo. ¡Si tú eres bueno, si tú mismo no sabes lo bueno que
eres! Ea, voy a echármelas de parlamentario. Discusión: planteo el
debate. Seré breve, muy breve. Escúchame. Tú eras rico, tu hermana
pobre. Tú habías hecho un buen casamiento, bajo todos puntos de vista;
tu hermana lo había hecho detestable. Tú eras feliz, ella desgraciada.
¿Qué menos podías hacer que socorrerla en su miseria, cuando aún no
podías entregarle su legítima, por no estar ultimada la testamentaría?
La socorriste, fuiste buen hermano, buen caballero, y ahora, cuando
ella te pide la herencia de vuestro padre, te adelantas gallardamente
y le dices: «Querida hermana, toma lo que te pertenece, y olvida los
sinsabores que te causé, como yo olvido los socorros que te di.» Esto
hace un prócer, esto hace un caballero, esto hace el primogénito de una
casa ilustre que hoy se encuentra en posesión de grandes riquezas.
--No me deja usted hablar... ¡Pero don Manuel de mi alma...!
--Si estoy yo _en el uso_ de la palabra, como decís allá. Después
hablará su señoría, que aún tengo mucho que decir... Sigo. Pues
me figuro que tengo delante de mí a tu padre, o mejor aún, que el
hombre que tienes frente a ti, no soy yo, sino aquel bonísimo aunque
desordenado Pepe Artal, mi noble amigo. ¿Por qué me decidí a romperte
todo este papelorio? Porque tenía la seguridad de que él lo hubiera
roto. No era yo, era él, quien lo rompía. Hago revivir ante ti la
imagen, más que la memoria, de tu padre, para que le imites en este
caso, aunque en otros me guardaría muy bien de presentártelo como
modelo. ¡Ah!... Paco mío, tu padre era un perdido... digo, tanto como
un perdido no, era una mala cabeza, el desbarajuste, la imprevisión.
Cabeza de trapo, corazón de oro. ¡Qué corazón el de Pepe Artal! Era
el caballero español, dispuesto a todas las barbaridades imaginables;
pero también generoso, verdaderamente noble y magnánimo. El pobrecito
no conoció a los economistas ingleses, ni siquiera por el forro. Había
oído hablar con grandes encarecimientos de los políticos de allá: Lord
Palmerston, Pitt, qué sé yo; pero él no les conocía más que yo a los
sacerdotes de Confucio. Creía que todo lo bueno ha de traer una marca
que diga _Londón_, y se empeñó en que tú habías de entrar en el mundo
social y político con esa etiqueta. Fuiste allá, volviste hecho un
inglesote. Vales mucho, yo no lo niego. Serás capaz de arreglar la
Hacienda española... trabajo te mando... como has arreglado la tuya.
Tienes grandes cualidades, algunas muy raras aquí, y que nos hacen
mucha falta; pero careces de otras, quizás las más elementales...
Pero yo, que te quiero tanto, tanto, te cojo, como se coge un muñeco
o cualquier figurilla de materia blanda, y te retuerzo, y te doy una
gran vuelta, hasta enderezar en ti lo que me parece torcido, y hacerte
a mi gusto... Conque se acabó el discurso. Quedamos en eso: en que le
entregarás a tu hermana su legítima sin escatimarle las sumas con que
acudiste a sus necesidades en los tiempos de su extrema pobreza...
¿Estamos? Pues bien, ahora, yo que soy un gran embustero cuando el caso
llega, subiré a ver a Catalina, y le soltaré una mentira muy gorda,
pero muy gorda...
--¡Qué!
--Que tú, por tu propia iniciativa, como saliendo de ti, ¿me entiendes?
has tenido ese rasgo. Que yo no te he dicho nada, que los papeles los
rompiste tú, mejor, que ya los habías roto; en fin, yo me entiendo.
--¿Y eso dirá usted a mi hermana?
--Eso mismo, tal como lo oyes.
--Pues no lo creerá --dijo Feramor, sonriendo por primera vez después
del sofoco que acababa de pasar.
--Tanto peor para ella y para ti... Pero sí lo creerá. Basta que se lo
diga yo.
--Con muchos actos de veracidad como este...
--¡Pero si en rigor no es mentira lo que pienso contarle! ¡Si tú,
al fin, sientes ya no haber tenido aquella espontaneidad, porque tu
corazón se ha vuelto del lado de la esplendidez galana y noble! Y el
aceptar ahora gozoso lo que antes no hiciste, es lo mismo que si lo
hubieras hecho, y llegas a creer que tú mismo rompiste las cuentas,
y... Vaya, confiésame que te has penetrado de tu papel de caballero
y de buen hermano, y que estás contento de haberlo mostrado con una
gallardísima acción. Confiésalo, di que sí, y con esa declaración me
quedo yo más tranquilo, y no me remorderá la conciencia por el embuste
que voy a encajarle a la Condesa...
--Hm...