(1786-1843)
La _historia del levantamiento, guerra y revolución de España_ se
publicó en cinco tomos, 1835-37.
Es un admirable ensayo de restauración de la forma histórica clásica
y de imitación particular de Mariana. No le imita en sus discursos
y arengas, género que ha pasado definitivamente de moda; pero sí en
las sentencias y reflexiones breves, y sobre todo, en la narración
corriente y limpia, hecha en un lenguaje fácil y elegante, y también
afectadamente arcaico, aunque en este punto no llegue ciertamente su
afición por el arcaísmo al extremo que en el P. Mariana.
HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA
PRIMER SITIO Y DEFENSA DE ZARAGOZA
Sin muro y sin torreones, según nos ha transmitido Floro, defendióse
largos años la inmortal Numancia contra el poder de Roma. También
desguarnecida y desmurada, resistió al de Francia, con tenaz
porfía, si no por tanto tiempo, la ilustre Zaragoza. En ésta como
en aquélla mancillaron su fama ilustres capitanes, y los impetuosos
y concertados ataques del enemigo tuvieron que estrellarse en los
acerados pechos de sus invictos moradores. Por dos veces, en menos de
un año, cercaron los franceses a Zaragoza: una, malogradamente; otra,
con pérdidas e inauditos reveses. Cuanto fué de realce y nombre para
Aragón la heroica defensa de su capital, fué de abatimiento y desdoro
para sus sitiadores, aguerridos y diestros, no haberse enseñoreado de
ella pronto y de la primera embestida.
Baña a Zaragoza, asentada a la derecha margen, el caudaloso Ebro.
Cíñela al mediodía y del lado opuesto, Huerba, acanalado y pobre,
que más abajo rinde a aquél sus aguas y casi enfrente adonde, desde
el Pirineo, viene también a fenecer el Gállego. Por la misma parte,
y a un cuarto de legua de la ciudad, se eleva el monte Torrero, cuya
altura atraviesa la Acequia Imperial, que así llaman al canal de
Aragón, por traer su origen del tiempo del emperador Carlos V.
Antes del sitio hermoseaban a Zaragoza en sus contornos feraces
campiñas, viñedos y olivares, con amenas y deleitables quintas, a que
dan en la tierra el nombre de torres. A la izquierda del Ebro está el
arrabal, que comunica con la ciudad por medio de un puente de piedra,
habiéndose destruído otro de madera en una riada que hubo en 1802.
Pasaba la población de 55.000 almas; menguó con las muertes
y destrozos. No era Zaragoza ciudad fortificada, diciendo
Colmenar[628], a manera de profecía, cosa ha de un siglo, «que estaba
sin defensa, pero que reparaba esta falta el valor de sus habitantes».
Cercábala solamente una pared de diez a doce pies de alto y tres de
espesor, en parte de tapia y en otras de mampostería, interpolada
a veces y formada por algunos edificios y conventos, y en la que
se cuentan ocho puertas que dan salida al campo. No lejos de una
de ellas, que es la del Portillo, y extramuros, se distingue la
Aljafería, antigua morada de los reyes de Aragón, rodeada de un foso
y muralla, cuyos cuatro ángulos guarnecen otros tantos bastiones. Las
calles en general son angostas, excepto la del Coso, muy espaciosa
y larga, casi en el centro de la ciudad, y que se extiende desde
la puerta llamada del Sol hasta la plaza del Mercado. Las casas,
de ladrillo, y por la mayor parte de dos o tres pisos; la adornan
edificios y conventos bien construídos y de piedra de sillería.
La piedad admira dos suntuosas catedrales: la de Nuestra Señora
del Pilar y la de la Seo, en las que alterna por años, para su
asistencia, el Cabildo. El último templo, antiquísimo; el primero,
muy venerado de los naturales por la imagen que en su santuario se
adora. Como no es de nuestra incumbencia hacer una descripción
especial de Zaragoza, no nos detendremos ni en sus antigüedades
ni grandeza, reservando para después hablar de aquellos lugares
que, a causa de la resistencia que en ellos se opuso, adquirieron
desconocido renombre, porque allí las casas y edificios fueron otras
tantas fortalezas.
Si ningunas eran en Zaragoza las obras de fortificación, tampoco
abundaban otros medios de defensa. Vimos cuán escasos andaban al
levantarse en mayo. El corto tiempo transcurrido no había dejado
aumentarlos notablemente, y antes bien se habían aminorado con los
descalabros padecidos en Tudela y Mallen. En semejante estado, déjase
discurrir la consternación de Zaragoza al esparcirse la nueva, en la
noche del 14 de junio, de haber sido aquel día derrotado don José
de Palafox en las cercanías de Alagón, según dijimos en el anterior
libro. Desapercibidos sus habitantes, tan solamente hallaron consuelo
con la presencia de su amado caudillo, que no tardó en regresar a la
ciudad. Mas el enemigo no dió descanso ni vagar. Siguieron de cerca
a Palafox, y tras él vinieron proposiciones del general Lefebvre
Desnouettes, a fin de que se rindiese, con un pliego enderezado al
propio objeto, y firmado por los emisarios españoles Castel-Franco,
Villela y Pereira, que acompañaban al ejército francés, y de quienes
ya hicimos mención.
Fué la repuesta del general Palafox ir al encuentro de los invasores,
y con las pocas tropas que le quedaban, algunos paisanos y piezas
de campaña, se colocó fuera, no lejos de la ciudad, al amanecer del
15. Estaba a su lado el marqués de Lazán y muchos oficiales, mandando
la artillería el capitán don Ignacio López. Pronto asomaron los
franceses y trataron de acometer a los nuestros con su acostumbrado
denuedo. Pero Palafox, viendo cuán superior era el número de los
contrarios, determinó retirarse, y ordenadamente pasó a Longares,
pueblo seis leguas distante, desde donde continuó al puerto del
Frasno, cercano a Calatayud, queriendo engrosar su división con la
que reunía y organizaba en dicha ciudad el Barón de Versages.
Semejante movimiento, si bien acertado en tanto que no se consideraba
a Zaragoza con medios para defenderse, dejaba a esta ciudad del todo
desamparada y a merced del enemigo. Así se lo imaginó fundadamente el
general francés Lefebvre Desnouettes, y con sus 5 a 6.000 infantes y
800 caballos, a las nueve de la mañana del mismo 15, presentóse con
ufanía delante de las puertas. Habían crecido dentro las angustias;
no eran arriba de 200 los militares que quedaban entre miñones y
otros soldados; los cañones, pocos y mal colocados, como gente a
quien no guiaban oficiales de artillería, pues de los dos únicos
con quien se contaba en un principio, don Juan Cónsul y don Ignacio
López, el último acompañaba a Palafox, y el primero, por orden suya,
hallábase de comisión en Huesca. El paisanaje andaba sin concierto,
y por todas partes reinaba la indisciplina y confusión. Parecía,
por tanto, que ningún obstáculo detendría a los enemigos, cuando
el tiroteo de algunos paisanos y soldados desbandados los obligó a
hacer parada y proceder precavidamente. De tan casual e impensado
acontecimiento nació la memorable defensa de Zaragoza.
La perplejidad y tardanza del general francés alentó a los que
habían empezado a hacer fuego, y dió a otros alas para ayudarlos
y favorecerlos. Pero como aun no había baterías ni resguardo
importante, consiguieron algunos jinetes enemigos penetrar hasta
dentro de las calles. Acometidos por algunos voluntarios y miñones de
Aragón, al mando del coronel don Antonio de Torres, y acosados por
todas partes por hombres, mujeres y niños, fueron los más de ellos
despedazados cerca de Nuestra Señora del Portillo, templo pegado a la
puerta del mismo nombre.
Enfurecidos los habitantes, y con mayor confianza en sus fuerzas
después de la adquirida, si bien fácil, ventaja, acudieron sin
distinción de clase ni de sexo adonde amagaba el peligro, y llevando
a brazo los cañones antes situados en el Mercado, plaza del Pilar
y otros parajes desacomodados, los trasladaron a las avenidas por
donde el enemigo intentaba penetrar, y de repente hicieron contra sus
huestes horrorosas descargas. Creyó entonces necesario el general
francés emprender un ataque formal contra las puertas del Carmen y
del Portillo. Puso su mayor conato en apoderarse de la última, sin
advertir que situada a la derecha de la Aljafería, eran flanqueadas
sus tropas por los fuegos de aquel castillo, cuyas fortificaciones,
aunque endebles, le resguardaban de un rebate. Así sucedió que los
que le guarnecían, capitaneados por un oficial retirado, de nombre
don Mariano Cerezo, militar tan bravo como patriota, escarmentaron
la audacia de los que confiadamente se acercaban a sus muros.
Dejáronlos aproximarse, y a quemarropa, los ametrallaron. En sumo
grado contribuyó a que fuera más certera la artillería en sus tiros,
un oficial, sobrino del general Guillelmi, quien encerrado allí
con su tío desde el principio de la insurrección, olvidándose del
agravio recibido, sólo pensó en no dar quiebra a su honra, y cumplió
debidamente con lo que la patria exigía a su persona.
Igualmente fueron los franceses repelidos en la puerta del Carmen,
sosteniendo por los lados el tremendo fuego que de frente se les
hacía, escopeteros esparcidos entre las tapias, alameda y olivares,
cuya buena puntería causó en las filas enemigas notable matanza.
Nadie rehusaba ir a la lid; las mujeres corrían a porfía a estimular
a sus esposos y a sus hijos, y atropellando por medio del inminente
riesgo, los socorrían con víveres y municiones. Los franceses,
aturdidos al ver tanto furor y ardimiento, titubeaban, y crecía con
su vacilar el entusiasmo y valentía de los defensores. De nuevo, no
obstante, y reiteradas veces embistieron la entrada del Portillo,
desviándose de la Aljafería, y procurando cubrirse detrás de los
olivares y arboledas.
Menester fué, para poner término a la sangrienta y reñida pelea, que
sobreviniese la noche. Bajo su amparo se retiraron los franceses a
media legua de la ciudad, y recogieron sus heridos, dejando el suelo
sembrado de más de quinientos cadáveres. La pérdida de los españoles
fué mucho más reducida, abrigados de tapias y edificios. Y de aquella
señalada victoria, que algunos llamaron de las Eras, resultó el
glorioso empeño de los zaragozanos de no entrar en pacto alguno con
el enemigo, y resistir hasta el último aliento.
Fuera de sí aquellos vecinos con la victoria alcanzada, ignoraban
todavía el paradero del general Palafox. Grande fué su tristeza al
saber su ausencia, y no teniendo fe en las autoridades antiguas ni
en los demás jefes, los diputados y alcaldes de barrio, a nombre del
vecindario, se presentaron, luego que cesó el combate, al corregidor
e intendente don Lorenzo Calvo de Rozas, que hechura de Palafox,
merecía su confianza. Instáronle para que hiciera sus veces, y
condescendió con sus ruegos en tanto que aquél no volviera.
Unía Calvo en su persona las calidades que el caso requería.
Declarado abiertamente en favor de la causa pública, habíase fugado
de Madrid, en donde estaba avecindado. Hombre de carácter firme
y sereno, encerraba en su pecho, con apariencias de tibio, el
entusiasmo y presteza de un alma impetuosa y ardiente. Autorizado,
como ahora se veía, por la voz popular, y punzado por el peligro que
a todos amenazaba, empleó con diligencia cuantos medios le sugería el
deseo de proteger contra la invasión extraña la ciudad que se ponía
en sus manos.
Prontamente llamó al teniente de rey don Vicente Bustamante para
que expidiese y firmase a los de su jurisdicción las convenientes
órdenes. Mandó iluminar las calles, con objeto de evitar cualquiera
sorpresa o excesos; empezáronse a preparar sacos de tierra para
formar baterías en las puertas de Sancho, el Portillo, Carmen y
Santa Engracia; abriéronse zanjas o cortaduras en sus avenidas;
dispusiéronse a artillarlas, y se levantó en toda la tapia que
circuía a la ciudad una banqueta, para desde allí molestar al enemigo
con la fusilería. Prevínose a los vecinos en estado de llevar armas
que se apostasen en los diversos puntos, debiendo alternar noche y
día; ocupáronse los niños y mujeres en tareas propias de su edad y
sexo, y se encargó a los religiosos hacer cartuchos de cañón y fusil,
cumpliéndose con tan buen deseo y ahinco aquellas disposiciones, que
a las diez de la noche se había ya convertido Zaragoza en un taller
universal, en el que todos se afanaban por desempeñar debidamente lo
que a cada uno se había encomendado.
Con más lentitud se procedió en la construcción de las baterías, por
falta de ingeniero que dirigiese la obra. Sólo había uno, que era don
Antonio San Genis, y éste había sido el 15 llevado a la cárcel por
los paisanos, que le conceptuaban sospechoso, habiendo notado que
reconocía las puertas y la ronda de la ciudad. Ignoróse su suerte
en medio de la confusión, pelea y agitación de aquel día y noche,
y sólo se le puso en libertad, por orden de Calvo de Rozas, en la
mañana del 16. Sin tardanza trazó San Genis atinadamente varias obras
de fortificación, esmerándose en el buen desempeño, y ayudado, en
lugar de otros ingenieros, por los hermanos Tabuenca, arquitectos
de la ciudad. Pintan estos pormenores, y por eso no son de más, la
situación de los zaragozanos, y lo apurados y escasos que estaban
de recursos y de hombres inteligentes en los ramos entonces más
necesarios.
Los franceses, atónitos con lo ocurrido el 15, juzgaron imprudente
empeñarse en nuevos ataques antes de recibir de Pamplona
mayores fuerzas, con artillería de sitio, morteros y municiones
correspondientes. Mientras que llegaba el socorro, queriendo Lefebvre
probar la vía de la negociación, intimó el 17 que a no venir a
partido pasaría a cuchillo a los habitantes cuando entrase en la
ciudad. Contestósele dignamente, y se prosiguió con mayor empeño en
prepararse a la defensa.
El general Palafox, en tanto, vista la decisión que habían tomado
los zaragozanos de resistir a todo trance al enemigo, trató de
hostigarle y llamar a otra parte su atención. Unido al barón de
Versages, contaba con una división de 6.000 hombres y cuatro piezas
de artillería. El 21 de junio pasó en Almunia reseña de su tropa, y
el 23 marchó sobre Epila. En aquella villa hubo jefes que notando
el poco concierto de su tropa, por lo común allegadiza, opinaron
ser conveniente retirarse a Valencia y no empeorar con una derrota
la suerte de Zaragoza. Palafox, asistido de admirable presencia de
ánimo, congregó su gente, y delante de las filas, exhortando a todos
a cumplir con el duro, pero honroso deber que la Patria les imponía,
añadió que eran dueños de alejarse libremente aquellos a quienes no
animase la conveniente fortaleza para seguir por el estrecho y penoso
sendero de la virtud y de la gloria, o que tachasen de temeraria su
empresa. Respondióse a su voz con universales clamores de aprobación,
y ninguno osó desamparar sus banderas. De tamaña importancia es en
los casos arduos la entera y determinada voluntad de un caudillo.
Seguro de sus soldados, hizo propósito Palafox de avanzar la mañana
siguiente a la Muela, tres leguas de Zaragoza, queriendo coger a los
franceses entre su fuerza y aquella ciudad. Pero barruntando éstos
su movimiento, se le anticiparon y acometieron a su ejército en
Epila a las nueve de la noche, hora desusada, y en la que dieron de
sobresalto e impensadamente sobre los nuestros por haber sorprendido
y hecho prisionera una avanzada, y también por el descuido con que
todavía andaban nuestras inexpertas tropas. Trabóse la refriega, que
fué empeñada y reñida. Como los españoles se vieron sobrecogidos, no
hubo orden premeditado de batalla, y los cuerpos se colocaron según
pudo cada uno en medio de la obscuridad. La artillería, dirigida por
el muy inteligente oficial don Ignacio López, se señaló en aquella
jornada, y algunos regimientos se mantuvieron firmes hasta por la
mañana, que sin precipitación tomaron la vuelta de Calatayud. En su
número se contaba el de Fernando VII, que aunque nuevo, sostuvo el
fuego por espacio de seis horas, como si se compusiera de soldados
veteranos. También hombres sueltos de guardias españolas defendieron
largo rato una batería de las más importantes. Disputaron, pues, unos
y otros el terreno a punto de que los franceses no los incomodaron en
la retirada.
Palafox, convencido no obstante de que no era dado con tropas bisoñas
combatir ventajosamente en campo raso, y de que sería más útil su
ayuda dentro de Zaragoza, determinó, superando obstáculos, meterse
con los suyos en aquella ciudad, por lo que, después de haberse
rehecho, y dejando en Calatayud un depósito al mando del barón de
Versages, dividió su corta tropa en dos pequeños trozos; encargó el
uno a su hermano don Francisco, y acaudillando en persona el otro,
volvió el 2 de julio a pisar el suelo zaragozano.
Ya había allí acudido días antes su otro hermano el marqués de
Lazán, que era el gobernador, con varios oficiales, a instancias y
por aviso del intendente Calvo de Rozas. Deseaba éste un arrimo
para robustecer aun más sus acertadas providencias, acordar otras,
comprometer en la defensa a las personas de distinción que no lo
estuviesen todavía, imponer respeto a la muchedumbre, congregando una
reunión escogida y numerosa, y afirmarla en su resolución por medio
de un público y solemne juramento. Para ello convocó el 25 de junio
una Junta general de las principales corporaciones e individuos de
todas clases, presidida por el marqués de Lazán. En su seno expuso
brevemente Calvo de Rozas el estado en que la ciudad se hallaba, y
cuáles eran sus recursos, y excitó a los concurrentes a coadyuvar
con sus luces y patriótico celo al sostenimiento de la causa común.
Conformes todos, aprobaron lo antes obrado, se confirmaron en su
propósito de vencer o morir, y resolvieron que el 26 los vecinos,
soldados, oficiales y paisanos armados, prestarían en calles y
plazas, en baterías y puertas, un público y majestuoso juramento.
Amaneció aquel día, y a una hora señalada de la tarde se pobló el
aire de un grito asombroso y unánime «de que los defensores de
Zaragoza, juntos y separados, derramarían hasta la última gota de su
sangre por su religión, su rey y sus hogares».