Debajo de Pórtici y Resina está sepultada la ciudad de Herculano;
los edificios más considerables de ella que hasta ahora se han
descubierto, son un foro y un teatro; en el foro se hallaron las
dos estatuas ecuestres de los Balbos, una de Vespasiano y otras de
varias familias ilustres. El proscenio del teatro tiene ciento y
treinta pies de ancho, y en las veinte y una gradas destinadas a los
espectadores y los espacios restantes, se ha calculado que cabían
diez mil personas. La cantidad de ceniza y lavas que cayeron sobre
esta ciudad fué tal, que sus edificios se hallan a sesenta, ochenta y
cien pies de profundidad. Esto hace muy difícil la excavación, pues
además de la consistencia y grueso de las materias que hay que romper
a pico, es necesario sostener con postes y estribos las excavaciones,
para que todo no se hunda y arruine; y además, ¿cómo es posible
taladrar un terreno sobre el cual existen en pie tantos edificios,
sin que éstos se resientan? Mientras permanezcan Resina y Pórtici, no
se pueden adelantar los descubrimientos de Herculano.
Siguiendo el camino, que va siempre inmediato al mar, se hallan
después de Resina la torre del Greco y la de la Anunciata,
poblaciones contiguas unas a otras con poca o ninguna interrupción,
bien situadas y alegres, de mucha gente, llenas de casas de campo,
con jardines, huertas y abundante cultura. Atraviesa el camino por
encima de un gran torrente de lava que arrojó el Vesubio en 1760,
mezclada con cenizas y enormes piedras; abrasó todo el terreno,
destruyó los edificios que halló al paso, y bajó hasta el mar con
estrago espantoso. A poca distancia se hallan las ruinas de Pompeya,
ciudad antigua que hasta la mitad de este siglo permaneció tan oculta
a la vista humana, que nadie se atrevía a fijar el paraje en que
estuvo. La multitud de cenizas que cayeron sobre ella, detenidas
de los huecos de sus calles y edificios, formaron una elevación
de terreno, el cual, haciéndose con el tiempo vegetal y fértil,
comenzó a labrarse, y hoy se ve encima de los templos, teatros y
sepulcros de Pompeya, enlazarse las parras a los chopos, y segar el
labrador mieses abundantes. Las excavaciones que se hacen en este
sitio cuestan poco trabajo, así porque todo es ceniza lo que hay que
romper, como porque es mucho menor la profundidad a que se encuentran
las ruinas que en Herculano. Hasta ahora se han descubierto dos
calles, una de ellas con la puerta de la ciudad, y varios sepulcros,
un cuartel, un templo de Isis y dos teatros. No es posible caminar
por aquel paraje sin una especie de entusiasmo que todos aquellos
objetos inspiran. Este era el teatro: aquí se acomodaba el pueblo,
allí la nobleza, por allí salían los actores, aquí se oyeron los
versos de Terencio y Plauto, este recinto sonó con aplausos públicos;
los hombres desaparecieron, y el lugar existe. Este era el templo:
allí está la inscripción, allí las aras; las paredes anuncian
todavía, en pinturas y estucos, los atributos de la deidad. Aquí se
degollaban las víctimas; aquí, escondidos los sacerdotes, prestaban
su voz a un mudo simulacro, y el pueblo, lleno de terror, creía
escuchar la divinidad misma anunciando a la ignorancia humana los
futuros destinos. Esta es una calle: empedrada está, como las de
Nápoles, con lavas que ha vomitado ese volcán vecino; a un lado y
otro hay ánditos para que pase el pueblo seguro de los carros: aun
se ven las señales de las ruedas. Veis aquí las tiendas: allí se
vendieron licores; la insignia que está a las puertas, la señal que
ha dejado el pie de las copas sobre el mostrador, y las hornillas
inmediatas para tener caliente la bebida, lo manifiestan. Allí hay
otra donde se vendían príapos: la insignia está esculpida sobre la
puerta; allí está el aparador repartido en gradas, donde se exponían
estos dijes a la vista pública. Estas son casas de gente rica; este
es el pórtico, sostenido en columnas de ladrillo revestidas de
estuco, con decoración dórica; allí está el patio con la galería
que le rodea: estancias pequeñas, altas, con mosaicos en el suelo y
pinturas en las paredes; el baño, la estufa, con pared hueca, por
donde se comunicaba el calor; el jardín, la fuente, la bodega, con
grandes cántaros; la sala de conversación, la de comer, la alcoba, el
poyo donde estaba el lecho; pinturas voluptuosas por todas partes,
triunfos de amor. Veis allí los sepulcros que erigió la patria
agradecida a sus hijos ilustres; la inscripción anuncia sus nombres y
su calidad; allí reposan sus cenizas. ¡Qué silencio reina en todo el
contorno! ¡Qué soledad horrible! Y ¡todavía el Vesubio arroja llamas
y retumban sus cavernas con rumor espantoso!
Este monte, distante dos leguas y media de Nápoles, hacia la parte
oriental, tiene de altura unas seiscientas toesas; su figura es
cónica, con base muy ancha, la parte superior se compone de lavas,
piedras, cenizas, arenas y escorias, sin yerbas, ni plantas, ni
árboles, ni animales, ni hombres; aspereza horrible, cavernas
profundas, soledad, silencio en la parte inferior, donde es el
terreno fertilísimo; hay mucha cultura de árboles y viñas, que
producen excelentes vinos, y en lo más llano, cerca ya del mar, se
ven las alegres poblaciones de Pórtici, Resina, Torre del Greco,
Torre de la Anunciata, y otras muchas que le rodean. Si se considera
la inmediación de este volcán y el riesgo inminente de que un día
reviente incendios, trastorne toda su circunferencia, y sepulte en
fuego y cenizas aquellas moradas deliciosas, centro del lujo y de
los placeres, se conocerá ¡cuán fácilmente se olvidan los hombres
del peligro, por más que vean presente la amenaza! Pórtici está
edificada encima de Herculano opulenta; Pompeya se descubre ahora,
después de haber permanecido largos años oculta bajo las cenizas que
en ella cayeron; en los jardines del rey y en otras varias partes
en que se han hecho excavaciones profundas, se hallan hasta treinta
capas distintas de lava, y éstas seis o siete veces interrumpida
con tierra vegetal y restos confusos de edificios, que es decir:
treinta veces aquel terreno, que ahora habitan los hombres con tal
seguridad, ha estado cubierto de torrentes de fuego con el trascurso
de los siglos; seis o siete veces se han olvidado los hombres del
estrago anterior, han cultivado y han habitado aquel territorio;
otras tantas se han repetido aquellos horrores, y, no obstante, hoy
viven sobre tantas ruinas, sin temer que la naturaleza, en un solo
momento, renueve igual destrozo. La montaña de Soma, que por el
lado de Oriente y Mediodía rodea al Vesubio, parece ser una parte
de él; ambos están sobre una misma base, y parece haberlos desunido
algún hundimiento, de que resultó una abertura lateral, aumentándose
después la cima del volcán con las materias mismas que arroja. Las
montañas de Soma, por la parte interior, que mira al Vesubio, toda
está rota y quebrantada, y la opinión de haber sido en otros tiempos
estos dos montes uno solo se fortifica, no solamente por la forma
de entrambos, sino también por la identidad de las materias de que
se componen. Este volcán tiene, además de la boca principal, varias
aberturas, que rompen u obstruyen sucesivamente la dimensión de la
crátera; se ha encontrado diferente en varias ocasiones también la
distancia que hay desde sus bordes hasta donde se halla el fuego;
toda la parte interior de su gran boca, compuesta de ásperas masas de
piedras, lavas, cenizas, pómez y escorias metálicas y bituminosas,
presenta a la vista varios colores, siendo los principales el blanco,
verde, amarillo, ceniciento y morado. Casi siempre arroja humo con
más o menos abundancia; de noche se ven salir por su boca llamaradas
y materias líquidas que se revierten en varias direcciones, y a
corta distancia se congelan. Si se examinan las señales que ha
dejado este volcán en sus erupciones, se pierde la imaginación en
el cálculo de su antigüedad; la memoria de los hombres, limitada y
oscura, abraza apenas un corto espacio de su edad larga, anterior a
todos los monumentos que conocemos y a las naciones de que tenemos
algunas noticias. La primera erupción de que hablan los escritores
es la del año de 79 de Jesucristo, en que perecieron Herculano y
Pompeya. Plinio el naturalista, que se hallaba en Miseno, atravesó el
mar con deseos de observar sus efectos, y murió a las faldas de este
monte, sofocado por el humo. Desde entonces hasta la edad presente
se cuentan treinta y tres o treinta y cuatro erupciones, más o menos
terribles, que han hecho de aquel país un montón confuso de ruinas,
convirtiéndole muchas veces en un desierto. No pueden leerse sin
admiración y horror los efectos de estas erupciones. Suena un rumor
confuso en las cavernas de la gran montaña, sale humo espeso por su
boca, le agita el aire y esparce oscuridad y fetor por los campos
vecinos; se aumenta el estruendo, revienta el monte, y entre una
espesa lluvia de ceniza ardiente, que cubre la atmósfera y sepulta
en tinieblas a la populosa Nápoles, con estampidos y relámpagos sale
una columna altísima de fuego, arrojando al aire enormes piedras
candentes, que se precipitan a los valles; brama impetuoso el viento,
se altera el mar, tiembla la tierra, inflámase por todas partes el
monte y derrama torrentes de agua entre las lavas que desde su altura
bajan ardiendo al mar, abrasando y reduciendo a cenizas los árboles,
las mieses, los edificios, las ciudades, que al pasar aniquila o
sepulta; irritados los elementos, anuncian el trastorno final del
mundo, y en sólo un momento desaparecen naciones enteras.