Los poetastros pedantes asaltan el Parnaso; Mercurio les impone
una tregua, y cogiendo prisionero a uno de ellos, lo lleva ante
Apolo en calidad de embajador.
Entraron, pues, en un salón magnífico y espacioso; el pavimento y
las paredes eran de esquisitos mármoles, la decoración corintia, las
basas y capiteles de sus columnas de oro purísimo, como también los
adornos del cornisamento y zócalo, y en las bóvedas apuró la pintura
todos los encantos de la ficción.
Allí se veían los orígenes de las artes y los progresos del talento
humano: muda historia, capaz de encender el ánimo y arrebatarle a la
contemplación de los objetos más sublimes. En una parte se veía a los
hombres fabricar chozas de troncos y ramas, de donde la arquitectura
tomó las formas que dió después a materias más durables, variando,
según la mayor o menor consistencia de ellas, la proporción de sus
edificios. A otro lado los egipcios daban principio a la geometría,
señalando sus campos con términos de piedras hacinadas, para que el
Nilo en sus inundaciones no alterase los conocidos límites. Otros
señalaban en el suelo los contornos de la sombra, de donde tomó
su origen la pintura, perfeccionándose después lentamente con la
invención casual de los colores y la perspectiva, que apenas conoció
la antigüedad. Otros cortaban la corriente de un río, fiados a un
tronco mal seguro; una gran multitud admiraba desde la opuesta
orilla el temerario atrevimiento, y las madres tímidas apretaban
al pecho sus pequeñuelos hijos. Los árabes y caldeos observaban
el aparente giro del sol, y en las serenas noches al planeta que
recibe su luz, y los demás astros que la distancia nos amenora o
nos oculta. La escultura en otra parte ponía sobre las aras bultos
informes que adoraba supersticioso el temor, y más allá los Fidias,
Lisipos y Praxiteles daban a los mármoles y bronces tan elegante
forma, que en algún modo parece que el arte disculpaba la idolatría.
Allí Orfeo reducía a los hombres en vida social, les daba leyes, y
les persuadía la necesidad de un culto religioso. Confucio enseñaba
virtudes morales a los remotos chinos. Eaco, Radamanto, Minos, Solón,
Licurgo y Numa establecían leyes, gobernando en justicia y paz nuevas
repúblicas; y a más distancia se veían florecer las ciencias y las
artes a la sombra de la libertad. Allí estaba representado el padre
Homero, a quien rodeaban con admiración los poetas de todas las
naciones y todos los siglos. Píndaro, al son de la lira, celebraba
con sublime verso las victorias istmias y olímpicas, y eternizaba el
nombre de Hierón. Simónides cantaba tiernas elegías. Alceo de Lesbos,
añadiendo nuevos sonidos a las cuerdas griegas, hacía aborrecible
entre los hombres el despotismo de los tiranos. Safo, desgraciada en
amor, se precipitaba del promontorio de Leucate al mar, y repetía
muriendo el nombre de su ingrato Faón; en tanto que Anacreón de
Teos, coronado de pámpanos, con la copa en la mano, danzaba alegre
al son de las flautas entre las Gracias y los Amores. Allí acudía la
juventud de Grecia a escuchar en las Academias, el Liceo y el Pórtico
las austeras lecciones de la moral; y no muy lejos se levantaban
teatros magníficos para declamar con el auxilio de la música las
grandes obras de Eschilo, Sófocles y Eurípides, que alternaban con
las del atrevido Aristófanes, a quien Menandro siguió después para
obscurecer la gloria de cuantos le habían precedido. En otra parte
Demócrito y el divino Hipócrates, reclinados junto a un sepulcro ya
destruído, conversaban profundamente a la sombra de unos cipreses
mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida,
los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que
ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá Demóstenes desde la
tribuna de las arengas conmovía al pueblo ateniense, le persuadía
por algunos instantes a sacudir el yugo macedónico; excitaba en
él estímulos de valor, recordándole las épocas gloriosas de sus
triunfos, los nombres santos de Milciades, Conón, Cimón y el justo
Arístides; y oponiéndose, por una parte, a todo el poder de Filipo,
y por otra, a la envidia, la calumnia atroz y la inconstancia
de un vulgo corrompido e ingrato, veía a pesar de su elocuencia
irresistible perecer para siempre la libertad de su país, y perecía
con ella.
En el testero del salón había un trono riquísimo, y en él estaba
Apolo: siete de las musas le acompañaban inmediatas al solio, y los
más célebres poetas españoles, según la edad en que florecieron, así
ocupaban por su orden las sillas.
Si mucho se admiró el coplero de aquel aparato y magnificencia, no
menos se admiraron todos los demás al ver su figura ridícula, porque
era el hombre la más triste visión que imaginarse puede: reviejuelo,
arrugadito, moreno, remellado, tuerto de un ojo, romo, calvo, algo
tiñoso, chiquirritillo y contrahecho, si bien es verdad que le
desfiguraban en parte las barbas, el sudor negro, el polvo, el cisco
y las telarañas que le cubrían el rostro. Revolvíase en unas bayetas
pardas, raídas y llenas de chorreaduras de aceite y caldo, con un
ribete de arambeles por las orillas a modo de randas o cucharetero;
sus movimientos eran más vivos de lo que su edad prometía, la acción
teatral, y la voz gangosa, chillona y desapacible.
--«Este es, dijo Mercurio a su hermano, el que he podido agarrar
entre aquella turba; él te dirá lo que deseas saber;»--y acercándose
a él, le dijo al oído: «mirad, señor, que aquí no os sufrirán
disparates; decid claramente quiénes son los del portal, y a qué es
su buena venida, sin andarnos en más repulgos; porque si así no lo
hiciéreis, témome mucho que mi hermano os mande freir y echar a los
perros, según le he visto de mal humor esta tarde;» y habiendo dicho
ésto, se fué volando a observar lo que pasaba en la escalera.
El poetastro, encarándose con Apolo, le hizo tres grandes cortesías,
y quedó aguardando el permiso de hablar. Diósele Apolo, y él comenzó
a delirar de esta manera:
«Reverberante Numen que del Istro
Al Marañón sublimas con tu zurda,
Al que en ritmo dulcísono te urda
Elogio al son del címbalo y del sistro:
Si la alígera prole de Caistro
Blandos ministra acentos a mi burda
Armónica pasión, ¡ay! no te aturda
Ver rompo de tu tímpano el teristro.
La nubígena Dea en alto plaustro,
Ungiendo el nervio de oloroso electro,
Me lleva en alas del Ouest y el Austro,
Y hurtando a las Memnósides el plectro,
Hoy me intromito en el fulgente claustro,
Obstupefacto, a venerar tu espectro.»
Reventaba Apolo entre la indignación y la risa; las musas se tendían
por los suelos dando exorbitantes carcajadas; los poetas se miraban
los unos a los otros sin saber lo que les sucedía, y el badulaque,
muy satisfecho, se disponía a proseguir disparatando en culto; pero
Francisco de Rioja, que estaba inmediato, le dijo: «Ved, señor
enviado, que Apolo nuestro amo no os llama aquí para que le declaméis
versos tenebrosos; lo que únicamente quiere es...».--«¡Ah! dijo el
de las sopalandas, ya sé lo que quiere, no hay para qué decírmelo,
que ya lo he comprendido, lo que quiere es otro soneto con los mismos
consonantes; pues allá va, hijo de Latona, escuchadme benévolo...»
Pero volvamos la mal tajada péñola a referir lo que Mercurio hizo
mientras duró la embajada. Parecióle conveniente no descuidarse
ni fiar a la fortuna el éxito de aquella empresa; había llegado a
entender, aunque confusamente, la pretensión estrafalaria de los
filólogos; y conociendo que Apolo no podía concederles nada, pensó
seriamente en hacer preparativos para la defensa, persuadido de que
sólo a garrotazos se podría concluir tan enrevesado asunto.
Llamó a consejo a los poetas que imaginó más inteligentes y
acostumbrados a tales peleonas; tratóse el caso con la madurez que
requería, y se acordó, por último, que se hiciera provisión de
armas ofensivas, acudiendo al repuesto de los malos libros, que
estaban en las inmediaciones de la cocina destinados a socarrar
pollos y envolver especias, y que además se recogiesen cuantos
trastos semovientes hubiera en la casa y pudieran ser útiles para
convertirlos en armas arrojadizas, o en parapetos y trincheras.
Tratóse después del orden que se debía guardar en los ataques, y
resolvieron que para lograr alguna ventaja era necesario salir de
la escalera, obligando a los eruditos a que, dejando el portalón,
pasaran al patio, creyendo todos que allí se les podría combatir más
a placer, ya fuese en batalla campal, o ya arrojando sobre ellos,
desde las ventanas que había alrededor, cuanto pudiera ofenderlos y
destruirlos.
Aprobado este plan, se dispuso que Garcilaso de la Vega, por estar
herido Cervantes, mandase el ala derecha; la izquierda, don Diego de
Mendoza; el centro, don Alonso de Ercilla, y el cuerpo de reserva,
que debía acudir adonde la necesidad lo pidiese, se encargó al conde
de Rebolledo, acompañado de Lope de Vega, Cristóbal de Virués y otros
sujetos de acreditado valor y experiencia militar.
Después de ventilados estos puntos, se ocuparon en conducir hacia
la escalera cuanto hallaron que podía ser útil para un caso de
rompimiento; acudieron luego al repuesto de los malos libros, y
llevaron infinitos volúmenes antiguos y modernos que hasta entonces
no habían servido de gloria a sus autores, ni de utilidad alguna al
género humano, y en aquel día se hicieron apreciables; porque no hay
duda en que un mal libro, por malo que sea, siempre sirve, y más si
es de buen tomo, para descalabrar con él a cualquiera cuando no hay a
mano abundante provisión de cachiporras o peladillas de Torote.
Hecho, pues, todo lo que va referido, sucedió la bajada y volteo del
culterano; y conociendo Mercurio que era ya inevitable volver a la
zurra, fuese volando a decir a su hermano cuanto había dispuesto.
Hallóle que bajaba ya la escalera con ánimo de presentarse a los
enemigos, creyendo que a sus razones y autoridad ni debían ni podían
oponerse. Dudó mucho Mercurio si aquella cuadrilla desvergonzada
guardaría respeto y moderación, hallándose ya obstinada en conseguir
por fuerza lo que pretendía; pero hubo de ceder, mal de su grado, a
las instancias de Apolo, y dejándole en la escalera, se remontó al
techo para anunciar su venida.
A este tiempo empezó a notarse un rumor y conmoción general en el
bando contrario, mal satisfecho del suceso que había tenido la
erudita oración de su embajador; pero, dando Mercurio un grande
aullido desde allá arriba, les hizo callar y atender. Díjoles que
Apolo iba a presentarse; que venerasen en él al grande hijo de
Júpiter, y que, pues se llamaban alumnos suyos, no le diesen enojo en
cosa alguna, y adorasen humildes sus soberanos preceptos.
Apolo entonces, levantado en hombros de los más robustos, se dejó
ver de aquella amotinada gente. Comenzó con semblante pacífico y
agradable a persuadirlos que, dejando las armas, se volviesen a sus
casas a cuidar de sus mujeres e hijos, si los tenían. Que no creyesen
que la nación perdería nada, perdiéndolos a ellos; pues no sólo
la harían una gran merced en quemar todos sus papeles y no volver
a escribir jamás ni aun la cuenta de la ropa, sino que, por otra
parte, olvidando con un verdadero arrepentimiento las travesuras
pasadas, podían dedicarse a varios ejercicios honestos, y adquirir
por ellos una subsistencia segura como buenos ciudadanos y gente de
juicio. Díjoles también que los hombres habían nacido para trabajar,
y muy pocos entre ellos para saber; porque ciertamente aquellos
pocos, siendo buenos, bastan para ilustrar a todos los demás con su
sabiduría. Que esto de ser doctos no era cosa tan hacedera y trivial
como se habían imaginado, pues cualquiera ciencia o facultad necesita
todo un hombre, toda una vida, y tal reunión de circunstancias, que
rara vez llega a verificarse; y aun por eso, siendo tantos los que
siguen la carrera de las letras, son tan pocos los que han llegado
a poseerlas en grado sobresaliente, y a merecer el aprecio público
por sus escritos. Que dejasen el encargo de sostener el honor de la
literatura nacional a otros talentos muy superiores, sin comparación,
a los suyos. Que abandonasen para siempre la negra erudición
enciclopédica que tanto les había trastornado la racionalidad, y tan
ridículo papel les había hecho hacer en estos últimos años a los
ojos de la Europa culta; y que sobre todo abjurasen de buena fe el
error de haberse creído poetas. Que no envidiasen esta gloria a los
que realmente lo son; gloria mezclada siempre de sinsabores los más
amargos; gloria funesta, que casi nunca ha concedido el mundo a los
que, viviendo, pudieran gozarla, porque la reserva el cruel para las
cenizas de los que ya no existen.
Más iba a decirles; pero fueron tales los berridos que resonaron en
el zaguán, los gritos y amenazas, que Apolo, temiendo algún insulto
de parte de aquel populacho feroz, se bajó a toda prisa del trono
racional en que estaba encaramado, y comenzó a echar tacos y reniegos
por aquella boca, que Dios nos libre.
Seguía entretanto la gritería y tumulto de los enemigos, y el
endiablado tuerto corría de un lado a otro atizando el fuego de la
discordia, ponderando el mal tratamiento que Apolo le había hecho y
el poco aprecio que le merecían las doctas fatigas de tantos sabios;
ellos, que no necesitaban espuelas, se enfurecieron de tal modo que
no es posible ponderar a qué extremo llegó entonces su frenesí.--«No
es ese, decían, no es ese Apolo; a ese no le conocemos, y estos son
ardides de Mercurio, que piensa burlarse de nosotros, tomándolo a
fiesta y tararira; que venga el hijo de Latona, que venga, él nos
conocerá y nosotros le adoraremos como hijos obedientes suyos.»
--«Medrados estamos, dijo Mercurio, con lo que nos salen ahora estos
malditos. Si es imposible que no se hayan desatado del infierno para
darnos guerra. ¿Se habrá visto tal invención? Pero yo les juro por la
asquerosa Estigia que no se han de reir de mí; no, si no hacéos de
miel y paparos han moscas; para ellos no sirven razones; lo que no
les duele, no les persuade; pues que la paguen, mal haya su casta,
que la paguen, y acabemos de una vez con ellos.»
Dicho esto, se metió entre los suyos, repitió las órdenes, previno
los acasos, y sin que diera la señal de combatir el estruendo de
trompetas ni atambores, se comenzó la batalla, poniendo en uso los de
Apolo las nuevas armas de que se habían prevenido.
Llovían librotes sobre los literatos intrusos; unos viejos, sucios y
despilfarrados; y otros nuevecitos y en pasta, y en papel de Holanda,
y con láminas y elogios ultramontanos, y notas y animadversiones.
Esta descarga desordenó las primeras filas enemigas, no sin pérdida
de sus gentes; pues aseguran algunos sujetos fidedignos, apoyados
en relaciones auténticas, que pasaron de veinte los que cayeron
derrengados, cinco tuertos, descalabrados nueve, y trece o catorce
contusionados o aturdidos.
Con esta pérdida se notó algún desfallecimiento en aquellas tropas, y
nuevo espíritu en los de Apolo, que no dudaban ya combatir cuerpo a
cuerpo para concluir de una vez aquella empresa; bien que los jefes
procuraban contenerlos, conociendo cuán cerca está de ser temeridad
el valor si la prudencia y el arte no le dirigen.
Pero a este tiempo ocurrió un accidente que puso a los de la escalera
en grave peligro de perderse; porque acabada que fué la primera
descarga, vieron venir de retorno por el aire el tenebroso _Macabeo
de Silveira_, que arrojado de robusta mano parecía una bala de cañón,
según el ímpetu que traía; hirió de paso, aunque levemente, a Luis
Barahona de Soto; y, volviendo de rebote dió tal golpe en el pecho al
tierno Garcilaso, que sin ser poderoso a resistirle, cayó aturdido
sobre las gradas, y tuvieron que retirarle inmediatamente.
Lupercio de Argensola que se hallaba cerca, lleno de indignación y
dolor por la desgracia de su dulce Laso, agarró seis o siete tomos
que vió a sus pies, y con no vista fuerza los lanzó al enemigo.
No bien llegaron allá los _Comentos de Góngora_, que ésta era
la gracia de los tales volúmenes, cuando se conoció el horrible
estrago que habían hecho en el cuerno izquierdo de los contrarios;
lo que advertido por los de Apolo, se adelantaron algunos a querer
seguir hacia aquella parte la derrota; pero así que se alejaron de
los demás, se vieron rodeados de enemigos y cortado el paso a la
escalera; dieron y recibieron golpes crueles, y con no poco trabajo
pudieron volverse a incorporar en sus líneas, sufriendo mucho en la
retirada, que tuvo todas las apariencias de fuga.