DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS

(1744-1811)

La _Memoria en defensa de la Junta Central_ fué escrita un año antes

de la muerte del autor.

El siglo XVIII es de gran decadencia de la prosa. Apenas se empleaba

ésta más que en la exposición doctrinal y en la controversia;

abundan los investigadores de la historia, Berganza, Flórez, Masdeu,

Mayans; pero si sus escritos están muy llenos de crítica, carecen

de estilo, y la historia como arte no se escribe hasta Quintana; la

novela no tiene otra manifestación notable que el _Fray Gerundio_

del Padre Isla; en fin, apenas se hallarán sino dos maneras de

prosa: la didáctica y la polémica. A consecuencia de esta pobreza

de vida literaria, los buenos escritores de este siglo encontraban

una gran dificultad en su camino; pues lejos de disponer de una

lengua artística favorable, la hallaron estragadísima, teniendo que

aplicar cuidado y atención muy especiales en huir los muchos defectos

en que abundaba la lengua que entonces se escribía ordinariamente.

El vocabulario de la lengua escrita andaba muy menguado por el mal

gusto de amanerados autores, que ni se inspiraban en los clásicos

nacionales ni en el habla viva del pueblo; su principal fondo lo

formaban, de un lado, los latinismos extravagantes y los términos

abstractos introducidos a manos llenas en la poesía y en la oratoria

por los culteranos, y en la prosa por los conceptistas, y de otra

parte, gran caudal de galicismos que se desbordaba merced al gran

favor que en toda Europa gozaban entonces las ideas y los libros

franceses.

Jovellanos consiguió expurgar su dicción de estos viciosos elementos;

y si en las oraciones académicas y discursos de su primera época

no lo consiguió del todo, en la _Memoria de la Ley Agraria_ y en

la _Defensa de la Junta Central_ aparece su estilo muy aliviado

de cultismos y libre de galicismos. Sin embargo, entiéndase esto

último respecto del galicismo en el vocabulario, que era fácil de

desterrar cuando ya existía el Diccionario académico de autoridades,

que permitía averiguar rápidamente si tal vocablo estaba o no

autorizado por nuestros buenos escritores; pero el galicismo en la

sintaxis, como es más difícil de reconocer y de estudiar, escapó

con mayor facilidad a las persecuciones de nuestros más esmerados

prosistas[625].

Jovellanos puede pasar por el mejor tipo de prosa que nos ofrece el

siglo XVIII; en él aparecen reunidos con feliz tino los elementos de

la lengua clásica, con los elementos nuevos que era necesario acoger

para reflejar el pensamiento moderno, predispuesto a giros distintos

que los habituales en los autores antiguos, y preocupado de materias

por ellos no tratadas, como las relacionadas con la economía.

Jovellanos era ciertamente un purista, que buscaba restaurar, en

lo posible, la castiza lengua de nuestros clásicos; pero no era

radical en esta tendencia, como lo fué Vargas Ponce, que cayó en una

exageración sistemática de arcaísmo; el purismo de Jovellanos, como

el de Toreno y Quintana, fué templado, el que prevaleció e informa la

lengua que hoy usamos todos.

Lejos de toda afección de clasicismo rígido, la prosa de Jovellanos

es la primera de un grande autor moderno que nos ofrece un nuevo

elemento de riqueza; el _provincialismo_, usado intencionadamente

como recurso artístico, para lograr una expresión breve y pintoresca.

En sus cartas familiares, sobre todo en las dirigidas a su paisano

el canónigo don Carlos González de Posada, se hallan bastantes voces

asturianas, como _bígaro_ (caracol de mar), _escazabellar_ (revolver

papelotes), _solmenar_ (sacudir con fuerza), _peñerar_ (cerner),

etcétera[626], y basta recordar las novelas de Valera y de Pereda

para comprender el valor que en una obra literaria pueden tener estos

elementos dialectales.

DEFENSA DE LA JUNTA CENTRAL

ARTÍCULO III, INIC.

La Junta Central, que asumió el poder de la nación en 1808

en ausencia de Fernando VII, terminó su misión en enero de

1810, siendo sus miembros objeto de calumnias y persecuciones

secundadas por la suprema Regencia y por el Consejo de España e

Indias. Jovellanos, miembro de esa Junta, habla en defensa propia

y de sus compañeros.

En la última calumnia divulgada contra los miembros de la Junta

gubernativa, acabaron de vomitar sus enemigos todo el odio que

en sus ruines almas escondían. Era muy grave, sin duda, sobre

vergonzoso, el crimen de _peculato_; pero el de infidencia a la

patria en las circunstancias en que, y en las personas a quienes

se imputaba, reunía toda la enormidad que podía hacerle en el más

alto grado abominable y atrocísimo. Y esto hace ver que si nuestros

calumniadores fueron bastante insensatos para atribuirnos un crimen,

que por inverosímil y repugnante se haría increíble o se desvanecería

por sí mismo, también fueron bastante malvados en aprovechar el

momento que era más favorable para producir el pronto y terrible

efecto a que aspiraban. Hallábase la nación consternada por la

triste y no esperada derrota de Ocaña y por la falta del mejor de

sus ejércitos; los enemigos, vencida la barrera de Sierra-Morena,

venían derramándose sobre los cuatro reinos de Andalucía; uno de

sus ejércitos se avanzaba al de Sevilla y amenazaba su capital;

aquella populosa ciudad estaba ya en el mayor sobresalto, y en

este punto el Gobierno, saliendo de ella para trasladarse a la

isla de León, parecía abandonarla a su suerte. ¡Qué momento tan

oportuno para representar los centrales como fugitivos y traidores

a la credulidad de un vulgo tan acostumbrado a oír esta voz, y tan

agitado y descontento entonces, como propenso siempre a atribuir a la

infidelidad las desgracias públicas!

Pero por más que circunstancias tristes y raras hubiesen favorecido

aquella calumnia en Sevilla, por más que su eco hubiese resonado

en otras partes por algunos días, por más que la emulación y la

envidia hubiese salido en su apoyo en los lugares en que se reunió el

Gobierno, el tiempo sólo bastó para desvanecerla; la verdad tomó su

lugar, y se puede ya asegurar sin reparo que no habrá hoy en toda la

extensión de España un solo hombre de sano juicio y recto corazón que

pueda darle el más pequeño asenso.

Porque ¿a quién podría persuadirse que hombres tan altamente

calificados por la opinión pública cayesen todos de repente en tanta

vileza y corrupción como sus calumniadores suponían? ¿Cabía esto

siquiera en el corazón humano? No por cierto. Capaz del bien y el

mal, así como no se levanta de un vuelo hasta la cima de la heroica

virtud, tampoco se despeña de un golpe en la sima de la iniquidad.

Máximas de prudencia y justicia, de moderación y honestidad, bebidas

en la primera educación; ejemplos de fortaleza, de beneficencia y

patriotismo presentados en la juventud, y admirados y fielmente

seguidos, forman los hábitos virtuosos que le perfeccionan y elevan

por grados a la primera. Ignorancia y abandono en la primera

edad, malos ejemplos aplaudidos o defectos tolerados, y pasiones

mal reprimidas en la adolescencia, forman los hábitos perversos,

que le corrompen y abaten hasta la segunda. Cabe sin duda en la

flaqueza humana que un hombre antes inocente, agitado por el furor

de una pasión fogosa y exaltada, se arroje sin reflexión a cometer

alguna acción temeraria y violenta; pero ¿cabrá en este hombre

un atroz designio, que no pueda concebirse sino por la más negra

iniquidad, ordenarse sino con la más fría y profunda meditación,

ni ejecutarse sino por medios viles, oficios tenebrosos, arterías

y astucias pérfidamente maquinadas? Y lo que no cabe en un hombre

solo ¿cabría en más de treinta de tan distinguido carácter y de

probidad tan generalmente reconocida? Creer, pues, que todos, sin

excepción alguna, desmintiesen de repente esta probidad, y haciéndose

insensibles al freno del honor y sordos a la voz de la conciencia, y

olvidados de lo que debían a su Dios, a su rey, a su patria y a sí

mismos, se hiciesen de repente traidores, sería creer un fenómeno,

tan raro en el orden moral como el retroceso de los planetas en el

orden físico.

Y aun dado por posible este fenómeno moral, ¿cómo lo sería que en

tanto número de personas de tan diferente condición y carácter se

hallase tan estrecha unión, tan estudiado disimulo, tan profundo

secreto y tan tortuosa conducta, como este malvado designio requería?

Y cuando esto fuera repugnante en cualquier noble corporación, cuando

lo fuera en el más humilde gremio o cofradía, ¿cuánto más no lo

fuera en un cuerpo compuesto de tan nobles y tan varios elementos;

en un cuerpo en que se habían reunido prelados, grandes, canónigos,

militares, togados, intendentes y otras personas de diferente clase

y profesión; en un cuerpo cuyos individuos se distinguían, más

todavía que por su profesión, por su clase, por su educación, por

sus talentos, por sus estudios, por sus servicios y por su conducta

y carácter, y entre los cuales, por lo mismo, no podían faltar ni

el deseo de dominar y distinguirse, ni la lucha y diferencia de

opiniones, ni los celos y desavenencias, ni la falta de discreción

y prudencia, ni la buena ni aun la mala emulación; vicios endémicos

que turban la concordia de todas las corporaciones? Y cuando nuestros

enemigos no cesaban de llamar defectuosa e imperfecta nuestra

institución, precisamente porque entre tanto número de individuos

creían difícil hallar la unión, la actividad y el secreto necesario

para salvar la patria, ¿cómo podrían creer que sólo era fácil para

venderla? ¿Creían por ventura que esta unión era imposible para el

bien, y sólo posible y fácil para el mal? ¡Insensatos! El honor, la

conciencia, el respeto a la opinión pública, el amor a nuestro rey

y a nuestra patria, y el odio a la tiranía, nos pudieron unir y nos

unieron para desempeñar fielmente nuestro deber hasta donde nuestras

luces y nuestras fuerzas alcanzaron. ¿Cuáles, decid, cuáles pudieron

ser los motivos que nos uniesen para prostituirle?

Porque siendo constante que los hombres no obran sin que algún

impulso mueva o determine su acción, y que este impulso deba ser

proporcionado a la grandeza de las acciones que produce, a nuestros

enemigos toca señalar cuál pudo ser el que sacándonos de la senda

del honor y virtud nos despeñó en tanta vileza y depravación.

Sentimientos de odio y de amor, de temor o de interés, suelen mover

poderosamente las acciones humanas. Y bien, ¿cuál de éstos pudo

movernos a ser traidores a nuestro rey y a nuestra patria? ¿Será

el odio a un rey tan virtuoso y tan desgraciado, o a una patria

tan generosa y tan afligida? ¿A un rey que libraba en nosotros la

esperanza de recobrar su libertad y su trono, o a una patria que nos

había confiado el rescate de su rey y la defensa de su libertad?

¿Sería acaso el amor? Pero ¿a quién? ¿Al monstruo de perfidia que

tan vilmente había engañado a nuestro amado e inocente rey, y tan

cruelmente estaba ultrajando y oprimiendo a nuestra heroica y querida

patria? ¿Sería el temor? Pero ¿qué podían temer los que estaban

cubiertos con el escudo de la suprema autoridad y defendidos por todo

el poder de una nación tan heroica y valiente? ¿Sería el interés?

Pero ¿cuál pudo tentar a los que habían abandonado sus empleos, su

casa, su fortuna y sus esperanzas para servir y ser fieles a su

patria? Ni ¿qué interés pudo presentar a nuestra ambición la ruin

política del tirano? ¿De mando? ¿Cuál igualaría al que ejercíamos en

el seno de nuestra patria? ¿De honores? Y ¿cuáles serían comparables

a aquel a que nuestra patria nos había elevado? ¿De otras altas

recompensas? Pero ¿cuáles podría esperar nuestra perfidia de

un tirano ofendido y provocado, que no pudiese esperar nuestra

fidelidad de una patria generosa y reconocida? No, no; si esto no

cabía en nuestro carácter ni en nuestra conciencia, menos cabía en

nuestra razón ni en nuestra seguridad. ¿Podíamos acaso desconocer la

condición de un tirano, modelo de tiranos, tan sabiamente prevista y

tan exactamente definida por nuestras leyes? ¿Podíamos poner la menor

confianza en los halagos y sugestiones de un monstruo, para quien la

religión, los dulces vínculos del amor y de la sangre, el honor, la

amistad, la buena fe, son nombres vanos; para quien las palabras, las

promesas, los más solemnes tratados y los más santos juramentos, no

son otra cosa que medios de seducción y perfidia?

Pero ¿qué digo? Los que disfrutábamos el alto honor de estar al

frente de la nación más heroica del mundo, y aclamados en ella por

padres de la patria, ¿iríamos a postrarnos a los pies del soldán de

la Francia, para que nos pusiese en la lista de sus viles esclavos?

¿Iríamos a inclinar la rodilla ante el sátrapa de Madrid, para

ayudarle a usurpar el trono de Pelayo y robar a nuestro Fernando

el Sétimo la herencia de los Alfonsos y los Fernandos de Castilla?

¿Iríamos a mezclarnos con los Ofarriles, Urquijos y Morlas; con los

caballeros Arribas y Marquinas, para ser, como ellos, insultados

y despreciados por los insolentes bajáes del tirano, o iríamos a

confundirnos entre los demás apóstatas de la patria, para ser, como

ellos, escupidos y escarnecidos por nuestros fieles y oprimidos

hermanos, para ostentar a su vista la ignominia que cubre siempre el

rostro de los traidores, y para ser a todas horas objeto de su odio y

execración? ¡Oh, colmo de ignominia y vileza! ¡Oh, asombro de malicia

y perversidad! ¡Españoles, hijos de la lealtad y el honor, dechados

de probidad y buena fe, sed vosotros jueces en esta causa! Juzgad,

pronunciad si aquellos honrados ciudadanos que merecieron un día

vuestra confianza, pudieron caer en tan vil y vergonzoso abatimiento.

Y si todavía los hallais dignos de loor o de aprecio, haced que

vuestro imparcial y respetable juicio desplome sobre sus infames

calumniadores toda la ignominia con que quisieron manchar sus nombres

y memoria.

CARTAS

CARTA A DON ANTONIO PONZ

El autor describe las romerías de Asturias y habla de la llamada

_Danza Prima_.

Después de haber sesteado un rato por los lugares amenos y sombríos

de aquel contorno, se empiezan a disponer las danzas, que sirven de

ocupación al resto de la tarde. Estas danzas no son menos sencillas

y agradables que los demás regocijos del día. Cada sexo forma las

suyas separadamente, sin que haya ejemplar de que el desarreglo o la

licencia los hayan confundido jamás. El filósofo ve brillar en todas

partes la inocencia de las antiguas costumbres, y nunca esta virtud

es más grata a sus ojos que cuando la ve unida a cierta especie de

placeres, que la corrupción ha hecho en todas partes incompatible con

ella.

Aunque las danzas de los hombres se parece en la forma a la de las

mujeres, hay entre unas y otras ciertas diferencias bien dignas de

notarse. Seméjanse en unirse todos los danzantes en rueda, asidos de

las manos, y girar en rededor con un movimiento lento y compasado, al

son del canto, sin perder ni interrumpir jamás el sitio ni la forma.

Son una especie de coreas a la manera de las danzas de los antiguos

pueblos, que pueden tener su origen en los tiempos más remotos y

anteriores a la invención de la gimnástica. Pero cada sexo tiene su

poesía, su canto y sus movimientos peculiares, de que es preciso dar

alguna razón.

Los hombres danzan al son de un romance de ocho sílabas, cantado por

alguno de los mozos que más se señalan en la comarca por su clara

voz y por su buena memoria; y a cada copla o cuarteto del romance

responde todo el coro con una especie de estrambote, que consta de

dos solos versos o media copla. Los romances suelen ser de guapos y

valentones, pero los estrambotes contienen siempre alguna deprecación

a la Virgen, a Santiago, San Pedro u otro santo famoso, cuyo nombre

sea asonante con la media rima general del romance.

Esto me ha hecho presumir que tales danzas vienen desde el tiempo de

la gentilidad, y que en ellas se cantarían entonces las alabanzas de

los héroes, interrumpidas y alternadas con himnos a los dioses. Lo

cierto es que su origen es muy remoto, que el depravado gusto de las

jácaras es muy moderno, y que la mezcla de ellas con las súplicas

a los santos es tan monstruosa, que no pudieron nacer en un mismo

tiempo, ni derivarse de una misma causa.

Tampoco sería extraño presumir que estas danzas eclesiásticas, y

que tienen cierto sabor a los usos y estilos litúrgicos de la media

edad, pudieron ser traídas acá por los romeros que en ella venían

a peregrinar en este país; pues ya sabe usted que las romerías de

San Salvador en Oviedo, fueron en algún tiempo muy frecuentadas, y

aun de ellas dura todavía algún resto. Lo cierto es que esta mezcla

de devoción, regocijo y francachela, tiene parecer muy conforme al

espíritu de los siglos supersticiosos y al carácter de aquellos

devotos vagamundos, que con título de piedad andaban por entonces de

santuario en santuario, dados a la vida libre y holgazana, comiendo,

bebiendo y saltando por el rey de Francia.

Como quiera que sea, estas danzas varoniles suelen rematar muchas

veces en palos, única arma de que usa nuestro pueblo; y como nunca la

sueltan, vería usted a todos los danzantes con su garrote al hombro,

que sostienen con dos dedos de la mano izquierda, libre los otros

para enlazarse en rueda, seguir danzando en ella con gran mesura y

seriedad. Sucede, pues, frecuentemente que, en medio de la danza,

algún valentón caliente de cascos empieza a victorear a su lugar o su

concejo. Los del concejo confinante, y por lo común rival, victorean

al suyo; crece la competencia y la gritería, y con la gritería la

confusión; los menos valientes huyen; el más atrevido enarbola su

palo; le descarga sobre quien mejor le parece, y al cabo se arma tal

pelea de garrotazos, que pocas veces deja de correr sangre, y alguna

se han experimentado más tristes consecuencias.

Para remediar estos abusos, alguna vez ha pensado el gobierno en

prohibir el uso de los palos; pero ¡pobre país si esto sucediera! Los

hombres naturalmente tímidos y amantes de su conservación, gustan de

llevar consigo alguna prevención, alguna defensa contra los insultos

que les amenazan. Prohibido el uso de los palos, entrará sin duda

el de las navajas y cuchillos, armas mortíferas que hacen a otros

pueblos insidiosos y vengativos, y enervan y extinguen el valor y la

verdadera bizarría.

Ni por este uso puede usted tachar de bárbaros a mis paisanos.

Semejantes escenas, además de interesar en gran manera la curiosidad

por cuanto hieren fuertemente la imaginación de los espectadores, son

muy del gusto de los pueblos no corrompidos por el lujo, y en cierto

modo están unidas a la condición misma de la humanidad. «El hombre,

dice el sabio Fergusón, es demasiado propenso a las lides y a emplear

sus facultades naturales contra cualquiera enemigo: gusta de ensayar

su razón, su elocuencia, su constancia y aun su vigor y fuerzas

corporales. Sus recreos son muchas veces imagen de la guerra, el

sudor y la sangre suelen correr en sus juegos, y las fracturas y aun

la muerte dan término alguna vez a las fiestas y pasatiempos de su

ociosidad. Nacido para morir, hasta en su diversión halla su camino

para el sepulcro...»

Dejemos, pues, a los pueblos frugales y laboriosos sus costumbres,

por rudas que nos parezcan, y creamos que la nobleza del carácter en

que tienen su origen merecen por lo menos esta justa condescendencia.

Pero las danzas de las asturianas ofrecen ciertamente un objeto,

si no más raro, a lo menos más agradable y menos fiero que las que

acabamos de describir. Su poesía se reduce a un solo cuarteto o copla

de ocho sílabas, alternado con un largo estrambote, o sea estribillo,

en el mismo género de versos, que se repite a ciertas y determinadas

pausas. Del primer verso de este estrambote que empieza:

Hay un galán de esta villa,

vino el nombre con que se distinguen estas danzas.

El objeto de esta poesía es ordinariamente el amor, o cosa que diga

relación a él. Tal vez se mezclan algunas sátiras o invectivas,

pero casi siempre alusivas a la misma pasión, pues ya se zahiere la

inconstancia de algún galán, ya la presunción de alguna doncella, ya

el lujo de unos, ya la nimia confianza de otros, y cosas semejantes.

Lo más raro y lo que más que todo prueba la sencillez de las

costumbres de estas gentes, es que tales coplas se dirigen muchas

veces contra determinadas personas; pues aunque no siempre se las

nombra, se las señala muy claramente, y de forma que no pueda dudarse

del objeto de la alabanza o de la invectiva. Aquella persona que más

sobresale en el día de la fiesta por su compostura o por algún caso

de sus amores; aquel suceso que más reciente es y notable en la

comarca; en fin, lo que en aquel día ocupa principalmente los ojos

y la atención del concurso, eso es lo que da materia a la poesía de

nuestros improvisantes asturianos. Ya ve usted si les será fácil

indicar las personas sin nombrarlas expresamente.

Supongo que para estas composiciones no se valen nuestras mozas de

ajena habilidad. Ellas son las poetisas, así como las compositoras de

los tonos, y en uno y otro género suele su ingenio, aunque rudo y sin

cultivo, producir cosas que no carecen de númen y de gracia. Pondréle

a usted dos ejemplos, entre mil que pudiera señalar, y si no entiende

el dialecto, tenga paciencia, que otros le entenderán.

En una de estas romerías a que concurrió cierto amigo mío, se había

presentado una fea que, entre adornos, llevaba una redecilla muy

galana y de color muy sobresaliente. Al instante fué notada de las

mozas, que le pegaron esta banderilla:

Quítate la rede negra

y ponte la colorada,

para que llucia[627] la rede

lo que non llu[627] la tó cara.

Era yo bien niño cuando el Ilmo. señor don Julio Manrique de Lara,

obispo entonces de Oviedo, se hallaba en su deliciosa quinta de

Contrueces, inmediata a Gijón, el día de San Miguel. Celebrábase

allí aquel día una famosa romería, y las mozas, como para festejar a

su ilustrísima, formaron su danza debajo de los mismos balcones de

palacio. El buen prelado, que estaba en conversación con sus amigos,

cansado del guirigay y la bulla de las cantiñas, dió orden para que

hicieran retirar de allí las danzas: sus capellanes fueron ejecutores

del decreto, que se obedeció al punto; pero las mozas, mudando de

sitio, bien que no tanto que no pudieran ser oídas, armaron de nuevo

su danza, cantando y recantando esta nueva letra, que su ilustrísima

celebró y oyó con gusto desde su balcón gran parte de la tarde:

El señor obispo manda

que s’acaben los cantares;

primero s’an d’acabar

obispos y capellanes.

Los estribillos con que se alternan estas coplas son una especie

de retahila que nunca he podido entender; pero siempre tienen sus

alusiones a los amores y galanteos, o a los placeres y ocupaciones

de la vida rústica. Los tonos son siempre tiernos y patéticos, y

compuestos sobre la tercera menor. Llevan la voz de ordinario tres

o cuatro mozas de las de más gallarda voz y figura, colocadas a la

frente del coro, y las otras van repitiendo ya la mitad de la copla,

ya el estribillo, a cuyo compás giran todas sin interrupción sobre

un mismo círculo, pero con lentos, uniformes y bien acordados pasos.

Entretanto resuena en torno una dulce armonía, que penetrando por

aquellos opacos y silenciosos bosques, no puede oírse sin emoción ni

entusiasmo.

No constan estas danzas, como nuestros modernos bailes, de fuertes y

afectadas contorsiones, propias para expresar unas pasiones violentas

y artificiosas, sino de movimientos lentos y ordenados, que indican

las tranquilas afecciones de un corazón inocente y sensible. Si esta

es o no una ventaja para los pueblos que la melindrosa corrupción

tiene por bárbaros, no parece un problema difícil de resolver.

Antología de prosistas castellanos · 第 71 / 79 题