(† 1658)
Publicó en 1650, con el nombre de Lorenzo Gracián, la primera parte
de su novela filosófica _El Criticón_, y en 1653, la segunda. _El
Discreto_, colección de retratos morales, apareció en 1646.
Este profundo escritor, diestro conocedor de la naturaleza humana,
tan gustado por los filósofos y moralistas franceses y alemanes en
los siglos XVII y XVIII, pertenece, por su estilo, a la escuela
de Quevedo, de quien era gran admirador. Era, como dice Menéndez
y Pelayo, «talento de estilista de primer orden, maleado por la
decadencia literaria; pero, así y todo, el segundo de aquel siglo en
originalidad de invenciones fantástico-alegóricas, en estro satírico,
en alcance moral, en bizarría de expresiones nuevas y pintorescas,
en _humorismo_ profundo y de ley...; el que quiera hacerse dueño de
las inagotables riquezas de nuestra lengua, tiene todavía mucho que
aprender en _El Criticón_, aun después de haber leído a Quevedo».
Es quizá el escritor más conciso de nuestra literatura. Su laconismo
es casi siempre de admirar; lo profesaba como una de las principales
reglas de su estilo: _lo bueno, si breve, dos veces bueno; más
obran quintas esencias que fárragos_; por esto sus obras brillan
principalmente en la abundancia de máximas morales, animadas por un
espíritu de profunda observación. Pero cayó en las exageraciones
de todos los conceptistas, mirando como única fuente de belleza
el concepto agudo, variado de mil artificiosas maneras: «Son
los conceptos, escribía, vida del estilo, espíritu del decir, y
tanto tienen de perfección cuanto de sutileza. Hase de procurar
que las _proposiciones_ hermoseen el estilo, los _misterios_ le
hagan preñado, las _alusiones_ disimulado, los _empeños_ picante,
las _ironías_ le den sal, las _crisis_ hiel, las _paranomasias_
donaire, las _sentencias_ gravedad, las _semejanzas_ lo fecunden y
las _paridades_ lo realcen; pero todo esto con un grano de acierto:
que todo lo sazona la cordura.» Esta le faltó a menudo, haciéndole
caer en los extremos del ingenio y dando a su expresión oscuridad
enigmática.
Lo mismo que Quevedo, maneja el lenguaje con gran libertad, empleando
compuestos y derivados nuevos, y en sus obras se hallarán palabras
desusadas en el siglo XVI, principalmente abstractas, que los
culteranos y conceptistas introducían entonces en la lengua para
la expresión desembarazada de pensamientos generales. Como ejemplo
pueden recordarse: _reagudo_ ‘el que se pasa de listo’, _conrey_,
_conreynar_ ‘conregnare’, _improporción_, _incomprensibilidad_,
_exorbitancia_, _desautorizado_, _integérrimo_, etc.
EL DISCRETO
NO ESTAR SIEMPRE DE BURLAS. SÁTIRA.
Es muy seria la prudencia, y la gravedad concilia veneración de dos
extremos; más seguro es el genio majestuoso. El que siempre está
de burlas nunca es hombre de veras, y hay algunos que siempre lo
están, tiénenlo por ventaja de discreción y le afectan; que no hay
monstruosidad sin padrino; pero no hay mayor desaire que el continuo
donaire. Su rato han de tener las burlas; todos los demás las veras.
El mismo nombre de sales está avisando cómo se han de usar. Hase de
hacer distinción de tiempos, y mucho más de personas. El burlarse con
otro es tratarle de inferior, y a lo más, de igual, pues se le aja el
decoro y se le niega la veneración.
Estos tales nunca se sabe cuándo hablan de veras, y así los igualamos
con los mentirosos, no dándoles crédito a los unos por recelo de
mentira, y a los otros de burla. Nunca hablan en juicio, que es tanto
como no tenerle, y más culpable, porque no usar de él por no querer,
más es que por no poder, y así no se diferencia de los faltos sino
en ser voluntarios, que es doblada monstruosidad. Obra en ellos la
liviandad lo que en los otros el defecto; un mismo ejercicio tienen,
que es entretener y hacer reír, unos de propósito, otros sin él.
Otro género hay aún más enfadoso por lo que tiene de perjudicial,
y es de aquellos que en todo tiempo y con todos están de fisga.
Aborrecibles monstruos, de quienes huyen todos más que del bruto de
Esopo, que cortejaba a coces y lisonjeaba a bocados. Entre fisga y
gracia van glosando la conversación, y lo que ellos tienen por punto
de galantería es un verdadero desprecio de lo que los otros dicen,
y no sólo no es graciosidad, sino una aborrecible frialdad. Lo que
ellos presumen de gracia es un prodigioso enfado de los que tercian.
Poco a poco se van empeñando hasta ser murmuradores cara a cara. Por
decir una gracia os dirán un convicio, y éstos son de quien Cicerón
abominaba, que por decir un dicho pierden un amigo o lo entibian;
ganan fama de decidores y pierden el crédito de prudentes. Pásase el
gusto del chiste y queda la pena del arrepentimiento: lloran por lo
que hicieron reír. Estos no se ahorran, ni con el más amigo ni con el
más compuesto, y es notable que jamás se les ofrece la prontitud en
favor, sino en sátira; tienen siniestro el ingenio.
Este, con otros defectos infelices, nace de poca sustancia y acompaña
la liviandad. En hombres de gran puesto se censuran más, y, aunque
los hace en algún modo gratos al vulgo por la llaneza, pone a peligro
el decoro con la felicidad; que como ellos no la guardan a los otros,
ocasionan el recíproco atrevimiento.
Es connatural en algunos el donoso genio. Dotóles de esta gracia
la naturaleza, y si con la cordura se templase, sería prenda, y
no defecto. Un grano de donosidad es plausible realce en el más
autorizado; pero dejarse vencer de la inclinación en todo tiempo es
venir a parar en hombre de dar gusto por oficio, sazonador de dichos
y aparejador de la risa; si en una cómica novela se condena por
impropiedad el introducirse siempre chanceando a Davo, y que entre
lo grave de la enseñanza o lo serio de la reprensión del padre al
hijo mezcle él su gracejo, ¿qué será, sin ser Davo, en una grave
conversación estar chanceando? Será hacer farsa con risa de sí mismo.
Hay algunos que, aunque le pese a Minerva, afectan la graciosidad,
y como en ellos es postiza, ocasiona antes enfado que gusto, y si
consiguen el hacer reír, más es fisga de su frialdad que agrado de
su donaire. Siempre la afectación fué enfadosa, pero en el gracejo,
intolerable, porque sumamente enfada, y queriendo hacer reír,
queda ella por ridícula, y si comúnmente viven desacreditados los
graciosos, ¿cuánto más los afectados, pues con su frialdad doblan el
precio?
Hay donosos y hay burlescos, que es mucha la diferencia. El varón
discreto juega también en esta pieza del donaire, no la afecta, y
esto en su sazón; déjase caer como al descuido un grano de esta sal,
que se estimó más que una perla, raras veces, haciéndole salva a la
cordura y pidiéndole al decoro la venia. Mucho vale una gracia en su
ocasión. Suele ser el atajo del desempeño. Sazonó esta sal muchos
desaires. Cosas hay que se han de tomar de burlas, y tal vez las que
el otro más de veras. Único arbitrio de cordura, hacen juego del más
encendido fuego.
Pesado es el extremo de los muy serios, y poco plausible Catón con
su bando, pero venerado; rígida será la de los compuestos y cuerdos;
pocos la siguen, muchos la reverencian, y aunque causa la gravedad
pesadumbre, pero no desprecio.
Que es de ver uno de estos destemplados de agudeza, siniestros de
ingenio, chancear aún en la misma muerte; que si los sabios mueren
como cisnes, éstos como grajos, gracejando mal y porfiando. De esta
suerte un Carvajal mostró cuán rematada había sido su vida.
Los hombres cuerdos y prudentes siempre hicieron muy poca merced a
las gracias, y una sola bastaba para perder la real del Católico
prudente. Súfrense mejor unos a otros los necios, o porque no
advierten o porque se semejan. Mas el varón prudente no puede
violentarse, si no es que tercie la dependencia.
EL CRITICÓN
PARTE I, CRISI VI
Visitando Critilo y Andrenio el mundo, buscan en vano, como
Diógenes, algún hombre. Sátira de la que abandonan toda
aspiración práctica por entregarse a ilusiones exageradas y vanas.
En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo
de rato y cansancio toparon con medio, un medio hombre y medio fiera;
holgóse tanto Critilo cuanto se inmutó Andrenio, preguntando: «¿Qué
monstruo es éste tan extraño?»--«No temas, respondió Critilo, que
éste es más hombre que los mismos, éste es el maestro de los reyes
y el rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh, qué bien
nos viene y cuán a la ocasión! Pues él nos guiará en esta primera
entrada del mundo, y nos enseñará a vivir, que importa mucho a los
principios.» Fuése para él saludándole, y correspondió el Centauro
con doblada humanidad; díjole como iban en busca de los hombres,
y que después de haber dado cien vueltas, no habían podido hallar
uno tan sólo».--«No me espanto, dijo él, que no es éste siglo de
hombres, digo, aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué, pensabais
hallar ahora un don Alonso el Magnánimo, en Italia; un Gran Capitán,
en España; un Enrico IV, en Francia, haciendo corona de su espada y
de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo, ni
aun memoria dellos.»--«¿No se van haciendo?», replicó Andrenio.--«No
llevan traza, y para luego es tarde; pues de verdad que ocasiones no
han faltado.»--«¿Cómo no se han hecho, preguntó Critilo?»--«Porque se
han deshecho; hay mucho que decir en ese punto, ponderó el Quirón;
unos lo quieren ser todo, y al cabo son menos que nada; valiera
más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con
las tijerillas de Tomeras. Pero yo digo que ni es eso ni esotro,
sino que mientras el vicio prevalezca, no campeará la virtud, y sin
ella no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene
arrinconadas a Belona y a Minerva en todas partes, y no trata ella
sino con viles herreros, que todo lo tiznan y todo lo yerran. Al
fin no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes, ni
en las armas, ni en las letras. Pero decidme, ¿dónde los habéis
buscado?» Y Critilo: «¿dónde los habemos de buscar sino en la tierra?
¿No es ésta su patria y su centro?»--«Qué bueno es eso, dijo el
Centauro; ¡mirá cómo los habíais de hallar! No los habéis de buscar
ya en todo el mundo, que ya han mudado de hito; nunca está quieto
el hombre, con nada se contenta.»--«Pues menos los hallaremos en
el cielo», dijo Andrenio.--«Menos, que no están ya ni en cielo ni
en tierra.»--«Pues ¿dónde los habemos de buscar?»--«Dónde? En el
aire.»--«¿En el aire?»--«Sí, que allí se han fabricado castillos en
el aire, torres de viento donde están muy encastillados, sin querer
salir de su quimera.»--«Según eso, dijo Critilo, todas sus torres
vendrán a ser de confusión, y por no ser Ianos de prudencia, les
picarán las cigüeñas manuales, señalándolos con el dedo, y diciendo:
¿éste no es aquel hijo de aquel otro? De suerte que con lo que ellos
echaron a las espaldas los demás les darán en el rostro.»--«Otros
muchos, prosiguió el Quirón, se han subido a las nubes, y aun hay
quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza en
las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios,
camaranchones de su presunción. Pero la mayor parte hallaréis acullá
sobre el cuerno de la luna, y aun pretenden subir más alto, si
pudieran.»--«Tiene razón, voceó Andrenio, acullá están, allá los
veo, y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros,
según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una
cara y ya otra, y aun ellos también no cesan entre sí de armarse
zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.»--«¡Hay
tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar propio del
hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en
este medio, y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¿Hay tal
disparate?»--«Sí, lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta
lástima para unos y de risa para otro, ver que el que ayer no se
levantaba de la tierra ya le parece poco un palacio, ya habla sobre
el hombro el que ayer llevaba la carga en él; el que nació entre
las malvas pide los artesones de cedro; el desconocido de todos hoy
desconoce a todos; el hijo tiene el puntillo de los muchos que dió su
padre; el que ayer no tenía para pasteles asquea el faisán; blasona
de linajes el de conocido solar, el vos es señoría; todos pretenden
subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los
de un toro, pues estando fuera de su lugar, es forzoso dar abajo con
ejemplar infamia.»