Las primeras ediciones conocidas de esta novela son tres, impresas en
Burgos, Alcalá y Amberes, en el mismo año 1554; las tres suponen otra
anterior de la cual ellas derivan.
La prosa castellana había tenido en la Edad Media un cultivo temprano
y aventajado; nos admira ya en el siglo XIII con Alfonso el Sabio, en
el XIV con don Don Juan Manuel, y produce, en tiempos de los Reyes
Católicos, obras tan notables como la _Celestina_. Bajo el reinado de
Carlos V tomó mayor vuelo; aplicáronla a la exposición doctrinal Fr.
Antonio de Guevara, Hernán Pérez de Oliva, Juan de Valdés, etc., y
apareció como maestra consumada en la novela. En este terreno no es
ciertamente su mérito mayor haber servido a narraciones _idealistas_
de aventuras en los Libros de Caballerías, pues este género decaía
ya de su viejo esplendor, que en el siglo XIV había producido el
Amadís de Gaula; un nuevo lenguaje de la narración se desarrollaba
ahora, a mediados del siglo XVI, complaciéndose en la pintura
satírica de tipos y costumbres sociales, tomados de la realidad, con
todo el vigor y crudeza con que en ella se ofrecen, y este es sin
duda el aspecto más importante que ofrece la prosa en tiempo del
Emperador. Con estas narraciones _realistas_ que forman la llamada
novela picaresca (por abundar en tipos de pícaros, truhanes, vagos,
espadachines y ladrones), España dió a la literatura universal el
primer modelo de la novela moderna de costumbres.
El _Lazarillo_, aparecido en los últimos tiempos del emperador Carlos
V, es la más antigua de estas novelas picarescas, la más popular
en España[159] y la más conocida en Europa, y nos ofrece como una
novedad (a pesar de la _Celestina_) el cultivo de la lengua popular
y corriente, en que no escasean las incongruencias gramaticales que
consigo arrastra la viveza de la conversación; por eso en el prólogo,
el pobre Lázaro, antes de empezar a referir su historia, disculpa el
_grosero estilo_ en que por fuerza ha de contarla.
En este estilo llano, propio para la pintura de escenas de la
vida ordinaria, parecido al que cincuenta años más tarde empleará
Cervantes, es el Lazarillo admirable modelo. Su lenguaje se distingue
especialmente por una sobriedad magistral; cada palabra va derecha a
lograr un marcado efecto pictórico y satírico.
Esta excelencia, sin embargo, no nos ha de impedir el notar cierta
falta de habilidad en la construcción de una frase un poco larga, y
alguna dificultad en las transiciones, embarazadas con adverbios y
conjunciones inútiles o pesados: _en este tiempo_, con el sentido de
‘luego’ o ‘entonces’, _finalmente_, _de manera que_, etc.; pero éste
no es defecto suyo propio, pues algo análogo hallamos en casi todos
los escritores de este siglo, como Mendoza, Granada y León; cada
vez menos, conforme la lengua va ganando en experiencia. Advirtamos
también que es enteramente inexacta la apreciación que en 1620 emitió
un implacable corrector y discreto continuador del Lazarillo, Juan de
Luna, diciendo que la frase de esta antigua obra era «más francesa
que española». Quizá le chocaba el uso abundante del pronombre
personal acompañando a las formas verbales, donde, por no haber
necesidad de insistir en la persona, se omite hoy: _yo por bien
tengo_, _yo oro ni plata no te lo puedo dar_, _yo hice_, _yo dormí_
(pág. 94), y otros casos así, que Luna corrigió en su edición, y que
se hallan también, por ejemplo, en Mendoza; o frases como _no curé de
lo saber_ (je n’ai cure de le savoir), o voces tales como _coraje_
o _luengo_[160], que son del más castizo castellano, por más que no
le parecieran corrientes a Luna; como éste era maestro de español en
Francia, se le antojaban tomadas del francés cuantas expresiones oía
en su idioma patrio que a él no le eran familiares y se asemejaban a
otras francesas.
LAZARILLO DE TORMES
TRATADO III
Lázaro[161], herido desgraciadamente por un clérigo avaro, a
quien servía en Maqueda, abandona este pueblo y sirve en Toledo a
un hidalgo tan presumido como pobre y holgazán.
Desta manera me fué forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco,
con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad
de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se
me cerró la herida; y[162] mientras estaba malo siempre me daban
alguna limosna; mas después que estuve sano todos me decían: «tú,
bellaco y gallofero[163] eres; busca, busca un amo a quien sirvas.»
¿Y adónde se hallará ése[164], decía yo entre mí, si Dios agora de
nuevo (como crió el mundo) no lo criase? Andando así discurriendo
de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad
se subió al cielo), topóme Dios con un escudero[165] que iba por
la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en
orden; miróme y yo a él, y díjome: «mochacho, ¿buscas amo?» Yo le
dije: «sí, señor».--«Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te
ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy».
Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que[166] me
parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester.
Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran
parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendía pan
y otras provisiones; yo pensaba y aun deseaba que allí me quería
cargar de lo que se vendía, porque esta era propria hora[167] cuando
se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por
estas cosas. «Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía yo, y
querrá que lo compremos en otro cabo.»
Desta manera anduvimos hasta que dió[168] las once: entonces se entró
en la iglesia mayor, y yo tras él; y muy devotamente le vi oir misa
y los otros oficios divinos, hasta que todo fué acabado y la gente
ida. Entonces salimos de la iglesia, y[169] a buen paso tendido
comenzamos a ir por la calle abajo; yo iba el más alegre del mundo,
en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer; bien consideré
que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto[170], y
que ya la comida estaría a punto, y tal como yo la deseaba y aun la
había menester. En este tiempo dió el reloj la una, después de medio
día[171], y llegamos a una casa, ante la cual, mi amo se paró y yo
con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo,
sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa, la
cual[172] tenía la entrada obscura y lóbrega, de tal manera, que
parecía que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro
della estaba un patio pequeño y razonables cámaras[173]. Desque
fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando[174] si
tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente
soplando un poyo que allí estaba, la puso en él; y hecho esto,
sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y
cómo había venido a aquella ciudad, y yo le di más larga cuenta que
quisiera; porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la
mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedía; con todo eso,
yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo
mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en
cámara[175].
Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego[176] vi mala señal, por
ser ya casi las dos y no le ver más aliento[177] de comer que a un
muerto. Después desto, consideraba aquél tener cerrada la puerta
con llave ni[178] sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por
la casa; todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella
silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de
marras[179]; finalmente ella parecía casa encantada. Estando así,
díjome: «tú, mozo, ¿has comido?»--«No, señor, dije yo, que aun no
eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.»--«Pues,
aunque de mañana, yo había almorzado, dice, y cuando ansí como algo,
hágote saber que hasta la noche me estoy ansí; por eso, pásate como
pudieres, que después cenaremos.» Vuestra merced crea, cuando esto le
oí, que estuve en poco de caer de mi estado[180], no tanto de hambre
como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me
representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos;
allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me
pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado
y mísero, por ventura toparía con otro peor; finalmente, allí lloré
mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera; y con todo,
disimulando lo mejor que pude:[181] «señor, mozo soy que no me fatigo
mucho por comer, bendito Dios[182]; deso me podré yo alabar entre
todos mis iguales, por de[183] mejor garganta, y ansí fuí yo loado
della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.»--«Virtud es esa,
dijo él, y por eso te querré yo más: porque el hartar es de los
puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.»--Bien te
he entendido, dije yo entre mí; maldita tanta medicina y bondad como
aquestos mis amos, que yo hallo, hallan en la hambre. Púseme a un
cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían
quedado de los de por Dios.
Él, que vió esto, díjome: «Ven acá, mozo, ¿qué comes?» Yo lleguéme
a él, y mostréle el pan; tomóme él un pedazo, de tres que eran,
el mejor y más grande[184], y díjome: «¡Por mi vida, que parece
éste buen pan!»--«¡Y cómo agora, dije yo, señor, es bueno!»--«Sí,
a fe, dijo él; ¿adónde lo hubiste? ¿Si[185] es amasado de manos
limpias?»--«No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor
dello.»--«Ansí plega a Dios», dijo el pobre de mi amo, y llevándolo
a la boca comenzó a dar en él tan fieros[186] bocados como yo en lo
otro. «¡Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios!» Y como le sentí de
qué pie coxqueaba[187], dime priesa, porque le vi en disposición,
si acababa antes que yo, se comediría[188] a ayudarme a lo que me
quedase; y con esto acabamos casi a una. Mi amo comenzó a sacudir
con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas[189], que en los
pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba,
y sacó un jarro desbocado, y no muy nuevo, y desque hubo bebido,
convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije: «Señor, no bebo
vino.»--«Agua es, me respondió, bien puedes beber.» Entonces tomé
el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí
estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme
en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: «Mozo,
párate[190] allí, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas
hacer de aquí adelante.» Púseme de un cabo y él del otro, y hecimos
la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía
sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa...
Hecha la cama, y la noche venida, díjome: «Lázaro, ya es tarde, y de
aquí a la plaza hay gran trecho; también en esta ciudad andan muchos
ladrones, que siendo de noche, capean[191]; pasemos como podamos, y
mañana, viniendo el día, Dios hará merced; porque yo por estar solo
no estoy proveído; antes he comido estos días por allí fuera, mas
agora hacerlo hemos[192] de otra manera.»--«Señor, de mí, dije yo,
ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche, y aun más,
si es menester, sin comer.»--«Vivirás más, y más sano, me respondió,
porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir
mucho, que[193] comer poco.» Si por esa vía es, dije entre mí, nunca
yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero
en mi desdicha tenella toda mi vida. Y acostóse en la cama, poniendo
por cabecera las calzas y el jubón[194], y mandóme echar a sus pies,
lo cual[195] yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque
las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y
encenderse[196], que con mis trabajos, males y hambre, pienso que
en mi cuerpo no había libra de carne. Y también, como aquel día no
había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no
tenía amistad; maldíjeme mil veces, Dios me lo perdone, y a mi ruin
fortuna. Allí lo más de la noche y lo peor, no osándome revolver por
no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.
La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus
calzas y jubón, y sayo y capa; ¡y yo que le servía de pelillo![197];
y vísteseme muy a su placer de espacio; echéle aguamanos, peinóse y
puso su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponía, díjome:
«¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es esta! No hay marco de oro en el
mundo porque yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio[198]
hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los
tiene»; y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo:
«Vesla aquí, yo me obligo con ella[199] cercenar un copo de lana.»
Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero,
un pan de cuatro libras.» Tornóla a meter, y ciñósela, y un sartal
de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo
derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando
el cabo de la capa sobre el hombro, y a veces so[200] el brazo,
y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta,
diciendo: «Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oir misa, y
haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está; y
cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al[201]
quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.» Y súbese por la
calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le
conociera pensara ser muy cercano pariente al Conde Claros[202], o a
lo menos camarero que le daba de vestir.
Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad,
y ponéis el remedio. ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no
piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado
y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le
cuenten[203] por muy bien almorzado? Grandes secretos son, Señor,
los que vos hacéis, y las gentes ignoran. ¿A quién no engañará
aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensará
que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel
mendrugo de pan, que su criado Lázaro trujo un día y una noche en
el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy,
lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir
del halda del sayo?[204] Nadie, por cierto, lo sospechará. ¡Oh Señor,
y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados,
que padecen por la negra que llaman honra[205] lo que por vos no
sufrirían!...
Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que
el día demediase, y si viniese[206], y por ventura trajese algo que
comiésemos; mas en vano fué mi esperanza. Desque vi ser las dos, y
no[207] venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la
llave donde mandó, y tórnome a mi menester; con baja y enferma voz y
inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos, y la
lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas
más grandes que me parecía; mas como yo este oficio le hobiese
mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo
aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no
había caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di,
que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas
libras de pan ensiladas[208] en el cuerpo, y más de otras dos en las
mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la tripería, pedí
a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras
pocas de tripas cocidas.
Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada
su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como
entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas
mejor lo hizo Dios. Preguntóme do[209] venía; yo le dije: «Señor,
hasta que dió[210] las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra
merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas
gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que
en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y
dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí.
Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por
Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como ello[211] me parece
bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que
toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que
en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»--«De
eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno
tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»--«Agora, pues, come,
pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque
te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido:
debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que
a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin
dubda, de ellas[212]; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en
ella, aunque me la den por mía.»
Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé
la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y
disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía
sus ojos de mis faldas, que aquella[213] sazón servían de plato.
Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo
que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada
día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber
dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente,
yo deseaba aquel[214] pecador ayudase a su trabajo del mío, y se
desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo[215], por
ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y
aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba
paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en
comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo
verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»--La muy buena
que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con
todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba[216], y me abría camino
para ello, y díjele: «Señor, _el buen aparejo hace buen artífice_;
este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y
sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»--«¿Uña de
vaca es?»--«Sí, señor.»--«Dígote que es el mejor bocado del mundo,
y que no hay faisán que ansí me sepa.»--«Pues pruebe, señor, y
verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro
raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a
comer, como aquel que lo había gana[217], royendo cada huesecillo de
aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote,[218]
decía, es este singular manjar.»--Con mejor salsa lo comes tú[219],
respondí yo paso.--«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera
comido bocado.»--Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo
entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído;
es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo
sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como
la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos
ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento
y paso contado[220] a papar aire por las calles, teniendo en el
pobre Lázaro una cabeza de lobo.[221] Contemplaba yo muchas veces
mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y
buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese,
mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver
que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y
muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase[222], yo lo
pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de
su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece
lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento:
que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un
poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me
parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya
cornado de trueco[223], ha de andar el birrete en su lugar[224]. El
Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
Pues estando yo en tal estado, pasando[225] la vida que digo, quiso
mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella
trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este
tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los
pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de
allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la
ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión
de pobres azotando por las Cuatro Calles[226], lo cual me puso tan
gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien
vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio
de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres
días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas
mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par
de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de
la lacería[227] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual
muy pasado me pasaba[228], y no tenía tanta lástima de mí como del
lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a
lo menos en casa bien los[229] estuvimos sin comer; no sé yo cómo o
dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo
con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que
toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz
no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada
entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo:
«¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves,
es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de
padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no
sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un
real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de
Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá,
Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan
y vino y carne; _quebremos el ojo al diablo_[230]; y más te hago
saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta
desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita
sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella
entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni
bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal
vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos
hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa,
comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy
contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi
triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué
éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que
le[231] emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado,
dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero,
a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo
muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por
darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho
una que debía ser su[232] mujer del difunto, cargada de luto, y con
ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y
diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os me[233] llevan? ¡a la
casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa
donde nunca comen ni beben!»[234] Yo que aquello oí, juntóseme el
cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa
llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio
de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que
pude para mi casa, y entrando en ella cierro a[235] grande priesa,
invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga
ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que
fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué
has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»--«Oh señor, dije yo,
acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»--«¿Cómo así?» respondió
él.--«Aquí arriba le encontré, y venía diciendo su mujer: _marido
y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la
casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!_
acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó,
aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran
rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la
aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó
la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían
de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer,
el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va
diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues
Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de
comer.»[236]--«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo.
Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome,
que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a
encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto
yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y
mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi
consideración.
De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este
escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de
su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que
con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento
y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi
deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido
razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda[237], y
díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más
de[238] por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor,
dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades
en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»--«Sí
es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas
veces yo se le[239] quitaba primero, no fuera malo comedirse él
alguna, y ganarme por la mano.»--«Paréceme, señor, le dije yo, que
en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen
más.»--«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la
honra, en que el día de hoy[240] está todo el caudal de los hombres
de bien; pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas
vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien
quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar
en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra
calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un
hidalgo[241] no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo,
siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su
persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial,
y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me
decía: _mantenga Dios a vuestra merced_[242]. Vos, don villano ruin,
le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿_Manténgaos Dios_, me
habéis de decir como si fuese quien quiera? De allí adelante, de
aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»--«¿Y no es
buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le
mantenga Dios?»--«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres
de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de
hablar menos de: _beso las manos de vuestra merced_, o por lo menos,
_bésoos, señor, las manos_, si el que me habla es caballero. Y ansí
aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento[243], nunca más
le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey
abajo, que _manténgaos Dios_ me diga.»--Pecador de mí, dije yo, por
eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie
se lo ruegue.--«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo
en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien
labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de
Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se
podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar
derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y
otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y
vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me
ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos
hallo; mas es gente tan limitada[244], que no los sacarán[245] de
su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan;
mas servir con[246] estos es gran trabajo, porque de hombre os
habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y
las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más[247]
cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y
satisfaceros vuestros sudores, sois librados[248] en la recámara, en
un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre[249]
con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura
no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios,
si con él topase, muy gran su privado[250] pienso que fuese, y que
mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como
otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires
y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle
cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente
en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas
que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la
gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a
él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos
para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado;
decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser
malicioso mofador, malsinar[251] a los de casa; y a los de fuera
pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y
muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y
a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres
virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios,
y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede
descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy,
de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta
manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación
de su persona valerosa.