Mira Nero de Tarpeya
a Roma como se ardía;
gritos dan niños y viejos,
y él de nada se dolía.[141]
CALISTO.--Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora digo.
SEMPRONIO.--No me engaño yo, que loco está este mi amo.
CALISTO.--¿Qué estás murmurando, Sempronio?
SEMPRONIO.--No digo nada.
CALISTO.--Dí lo que dizes, no temas.
SEMPRONIO.--Digo, que ¿cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un
vivo que el que quemó tal çibdad y tanta multitud de gente?
CALISTO.--¡Cómo? Yo te lo diré: mayor es la llama que dura ochenta
años que la que en un día passa, y mayor la que mata una ánima,
que la que quema cient mill cuerpos. Como de la apariencia a la
existencia, como de lo vivo a lo pintado[142], como de la sombra a
lo real, tanta diferencia ay del fuego que dizes al que me quema.
Por cierto, si el del purgatorio es tal, más querría que mi spíritu
fuesse con los de los brutos animales, que por medio de aquél ir a la
gloria de los sanctos.
SEMPRONIO.--¡Algo es lo que digo![143] ¡A más ha de ir este hecho.
No basta loco, sino ereje.
CALISTO.--¿No te digo que fables alto quando fablares? ¿Qué dizes?
SEMPRONIO.--Digo, que nunca Dios quiera tal, que es especie de
heregía lo que agora dixiste.
QUARTO AUTO.--Celestina andando por el camino habla consigo
misma, fasta llegar a la puerta de Pleberio, onde halló a
Lucrecia, criada de Pleberio. Pónese con ella en razones;
sentidas por Alisa, madre de Melibea, y sabido que es Celestina,
fázela entrar en casa. Viene un mensajero a llamar a Alisa; váse.
LUCRECIA.--¿Quien es esta vieja que viene haldeando?
CELESTINA.--Paz sea en esta casa.
LUCRECIA.--Celestina, madre, seas bienvenida. ¿Qual dios te traxo por
estos barrios no acostumbrados?
CELESTINA.--Hija, mi amor; desseo de todos vosotros; traerte
encomiendas de Elicia, y aun ver a tus señoras vieja y moça, que
después que me mudé al otro barrio, no han sido de mi visitadas.
LUCRECIA.--¿A esso solo saliste de tu casa? Maravíllome de tí que no
es essa tu costumbre, ni sueles dar passo sin provecho.
CELESTINA.--¿Más provecho quieres, bova, que cumplir hombre
sus desseos? Y tambien como a las viejas nunca nos fallecen
necesidades... ando a vender un poco de hilado.
LUCRECIA.--¡Algo es lo que yo digo! en mi seso estoy, que nunca metes
aguja sin sacar reja.[144] Pero mi señora, la vieja, urdió una tela,
tiene necessidad dello; tú de venderlo; entra y espera aquí, que no
os desavenirés.
ALISA.--¿Con quien hablas, Lucrecia?
LUCRECIA.--Señora, con aquella vieja de la cuchillada, que solía
vivir aquí en las tenerías, a la cuesta del río.
ALISA.--Agora la conozco menos; si tú me das a entender lo incógnito
por lo menos conocido, es coger agua en cesto.[145]
LUCRECIA.--¡Jesú, señora! Más conosçida es esta vieja que la
ruda.[146] No sé como no tienes memoria de la que empicotaron por
hechizera...
ALISA.--¿Qué oficio tiene? Quiçá por aquí la conoceré mejor.
LUCRECIA.--Señora, perfuma tocas, haze solimán y otros treynta
oficios; conoce mucho en yiervas, cura niños, y aun algunos la llaman
vieja lapidaria.
ALISA.--Todo esso dicho no me la da a conocer. Díme su nombre, si le
sabes.
LUCRECIA.--¿Si le sé, señora? No ay niño ni viejo en toda la cibdad
que no le sepa ¿havíale yo de ignorar?
ALISA.--¿Pues por qué no le dizes?
LUCRECIA.--He vergüença.
ALISA.--Anda, bova, díle, no me indignes con tu tardança.
LUCRECIA.--Celestina, hablando con reverencia, es su nombre.
ALISA.--¡Hí, hí, hí! ¡Mala landre te mate si de risa puedo estar,
viendo el desamor que deves de tener a essa vieja, que su nombre has
vergüença nombrar! ¡Ya me voy recordando della! ¡Una buena pieça! No
me digas más; algo me verná a pedir; dí que suba.