La Princesa Luisa, conocida bajo el nombre de Condesa de Albany, tuvo
una existencia larga y brillante; fué amada del gran Alfieri, y éste la
llamaba _su Musa_; Sismondi fué uno de sus más constantes admiradores;
Mme. de Staël, cuando la escribia, la llamaba _su querida soberana_;
Lamartine adoraba la gracia y suavidad de su talento; en Florencia, en
París, tuvo una córte de admiradores, que los años no despoblaron; en
fin, vivió muy dichosa, segun los hombres, muy envidiada, muy
lisonjeada, muy favorecida hasta el fin, por la fortuna y por la
naturaleza; pero su historiador, Mr. Saint René de Taillandier,
consigna que no pudo ver sin amargura á su esposo, á aquel Príncipe tan
heroico á los veinte y cinco años, y degradado despues por un largo
infortunio, levantarse ya cerca de su fin, por una tierna y generosa
influencia, que no era la suya.
Luisa vió con dolor á la hija llenar con una piadosa abnegacion la
tarea que pertenecia á la esposa; y la Duquesa Carlota, levantando el
alma fatigada y abatida de Cárlos Estuardo, humilló á la Princesa Luisa.
La dulce figura de Carlota Estuardo nos ha parecido digna de ser puesta
ante los ojos de nuestras lectoras; esta Antígona cristiana,
consoladora de un Príncipe desgraciado, merece nuestro más tierno
recuerdo.
Como última prueba de amor al padre que durante tanto tiempo la habia
olvidado, la Duquesa de Albany le siguió á la tumba, no pudiendo ya
vivir sin afectos en la tierra, despues de haber sentido el más puro y
tierno de todos; parece como que su mision fué la de atesorar en su
retiro las bellas flores de la religion y de la piedad cristianas, y
trasmitirlas á su padre, para que se durmiese dulcemente en el sueño de
que no se despierta jamas; cumplida aquella sagrada tarea, Dios la
llamó para darla á su lado el premio que reserva á los buenos y amantes
hijos.